Mostrando entradas con la etiqueta Literatura Francesa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura Francesa. Mostrar todas las entradas

Anatole France – LA VIDA EN FLOR

Escrita en las postrimerías de su vida, 1922, Anatole France retoma en esta última obra, el contenido autobiográfico del que ya fueron objeto El libro de mi amigo y Pedrín. Retirado en su propiedad cercana a Tours de La Béchellerie, y con esa pesadumbre que otorgan los años y la pasada guerra mundial, France se reconforta con los recuerdos de infancia y juventud como si de un paraíso artificial se tratara.
«Este libro es una prolongación de Pedrín —escribe el autor—, publicado hace dos años. La vida en flor acompaña a mi amigo hasta su presentación en sociedad. Estos dos volúmenes, a los cuales se puede añadir El libro de mi amigo y Pedro Nozière, contienen, bajo nombres supuestos y con algunas circunstancias fingidas, los recuerdos de mis primeros años. (…) En estas páginas se amontonan sucesos minúsculos referidos con exactitud. Y no falta quien me asegure que pueden agradar estas bagatelas verídicas».

ENLACE 1                                ENLACE 2
LEER MÁS (ENLACE)- Anatole France – LA VIDA EN FLOR

Anatole France – LA REBELIÓN DE LOS ÁNGELES

En la mansión parisina de los Esparvieu, poseedora de una biblioteca teológica inmensa y estrictamente custodiada por el bibliotecario Sariette, empiezan a descolocarse libros, a desaparecer, a encontrarlos abiertos y consultados e, incluso, a verlos volar. Entre tanto, un hecho esperpéntico y singular le sucede al joven Mauricio Esparvieu, un hombre al que, en definición de su creador: no había nada que asombrase, nunca trató de conocer la causa de las cosas, y vivía tranquilo en el mundo de las apariencias. Sin negar la verdad eterna, perseguía, al capricho de sus deseos, las vanas formas. Menos aficionado que la mayoría de los jóvenes de su generación a los deportes y a los ejercicios violentos, entregábase inconscientemente a la vieja tradición erótica de su raza.
Y así fue que el sucedido, infinitamente más atrevido que las imaginaciones de Alighieri y de Milton, se dio cuando retozaba con su amante Gilberta en el lecho transgresor: se le aparece su ángel custodio Abdiel (en el cielo), Arcadio (en la tierra).
El plato esta servido cuando descubrimos que este Abdiel, andaba culturizándose con los antiguos tomos teológicos de los Esparvieu y planea, ayudado de otros ángeles que como él pululan, cual anarquistas de medio pelo, por ese París de principios de siglo XX, destronar a Dios, que no es más que un demiurgo mediocre llamado Ialdabaoth.
El asunto da juego a France a través de esta fantasía aderezada con bibliotecarios obsesivos, burgueses de todo tipo, maridos cornudos, damiselas de dudosa moral, y toda una corte celestial, para poner en solfa todas las instituciones divinas y humanas.


ENLACE 1                                ENLACE 2
LEER MÁS (ENLACE)- Anatole France – LA REBELIÓN DE LOS ÁNGELES

Anatole France – LOS DIOSES TIENEN SED

No se puede olvidar que en su infancia, France vivió rodeado de la Revolución.
La trama de esta novela, publicada en 1912, transcurre en los tiempos del Terror revolucionario del París de 1793. Un personaje destacará del resto, Evaristo Gamelin, pintor y grabador discípulo del afamado David, que de corazón ardoroso y noble, se verá arrastrado por los acontecimientos en el instante en que es nombrado juez del temido Tribunal Revolucionario. Tribunal que, todopoderoso, decide la suerte de miles de personas en función de su afinidad al poder jacobino. El reinado del terror surge, en el Paris de 1793, cuando los jacobinos se hacen con el control de la revolución, dando lugar al comienzo de una espiral que afecta, primero a sospechosos de pertenecer o simpatizar con el antiguo régimen, luego a cualquiera acusado de acaparar cualquier producto y al final, termina por caer sobre los propios republicanos denunciados por cualquier absurda desviación.
Anatole France pinta un fresco sin ambages de todo aquel periodo trágico. Por aquellos tiempos, el autor fraternizaba con el progresismo más radical, era lo que podíamos llamar un hombre de izquierdas, pero esa afiliación progresista no le hizo perder el sentido común al extremo de escribir un panegírico de aquellos días, antes bien, conserva la lucidez como para denunciar que aquellos sueños de razón y virtud, escondían horribles delirios de poder; tremendas e implacables acciones sobre el individuo, una maquinaría atroz capaz de devorar a sus propios creadores.
«Gamelin —declara el escritor Milan Kundera— tal vez sea el primer retrato literario de un artista comprometido. No obstante, lo que me cautivó de la novela de France no fue la denuncia de Gamelin, sino el misterio de Gamelin. Digo misterio porque ese hombre, que terminó por enviar a decenas de personas a la guillotina, habría sido sin duda, en otra época, un amable vecino, un buen compañero y un artista dotado. ¿Cómo puede un hombre indiscutiblemente honesto llevar oculto a un monstruo? El novelista no escribió su novela para condenar la Revolución, sino para examinar el misterio de sus actores, y con éste otros misterios, el misterio de lo cómico que se desliza por entre los horrores, el misterio del aburrimiento que acompaña los dramas, el misterio del corazón que disfruta con cabezas cortadas, el misterio del humor como último refugio de lo humano…».



ENLACE 1                                  ENLACE 2
LEER MÁS (ENLACE)- Anatole France – LOS DIOSES TIENEN SED

Anatole France – LA ISLA DE LOS PINGÜINOS

La obra, escrita en 1908, es la visión escéptico-pesimista, recurso inverso a la utopía feliz de Sobre la piedra inmaculada (en una brilla la luz de la esperanza, en la otra ríe en falsete un sombrío pesimismo, dirá un crítico de la época), de una sociedad figurada cuyos habitantes son los pingüinos. Curioso animal el escogido que, de contorno y andares tan característicos, induce, por su aparente estupidez, a la sonrisa fácil, e incluso a la sorna. Caricatura, en opinión de muchos, del burgués emperifollado de finales del XIX y principios del XX, una suerte de ironía antropomórfica que da el juego preciso buscado por el autor.
De hecho, la alegoría animal anatoliana no es más que una sátira; parodia siempre amable y socarrona, que repasa la historia de Francia y de la civilización europea. Obra en la que denotan los ecos de autores como Rabelais, Mointagne, Voltaire y Jonathan Swift, y a su vez se anticipa a Orwell. El libro, visto así, se encuentra dividido en partes que recuerdan las de cualquier manual histórico al uso: Orígenes, Tiempos Antiguos, Edad Media, Renacimiento, Tiempos Modernos y, excepcionalmente, muestra de la voluntad moralizadora del autor, Tiempos Futuros.
«Después de habernos narrado France —escribe Roberto Giusti en Anatole France, el aspecto social de su obra (Ediciones Selectas América, Buenos Aires, 1920)—, con endiablado brío y acre ironía volteriana, inusitada en él, la historia de la Pingüinía, o sea de Francia, deteniéndose con particular complacencia en los acontecimientos de la tercera república y del asunto Dreyfus, cuando esperamos que dé un descanso a nuestros nervios fatigados por tanta necedad y tanta infamia, él en cambio concluye por desconcertarnos y abatirnos con el último cuadro, esa «historia sin fin» de los tiempos futuros, en la cual vemos hundirse las civilizaciones como castillos de naipes, para renacer penosamente a lo largo de los milenios y volver a hundirse sin remedio en la sima de las edades... ¿Qué desengaño de los hombres pudo inspirar a France este libro sin bondad ni entusiasmo, y ese apocalíptico epílogo?
La Isla de los Pingüinos, si admirable e ingeniosísimo, es un libro desolador, concepción de un nihilista desesperado, que después de haberse burlado a su gusto de todas las cosas divinas y humanas, por último, ya hastiado, siente el deseo de hacer saltar de un papirotazo este mundo loco y triste. En otros libros, en Sobre la Piedra Inmaculada y en La Rebelión de los Ángeles, el escritor admite una posible superación de la raza humana por otros seres que nos sucederían en el imperio del planeta, irguiéndose sobre las cenizas y las ruinas de lo que fue el hombre y su genio; en La Isla de los Pingüinos, sobre las ruinas de la civilización extinta sólo pastan los caballos salvajes, en tanto que en el seno de los siglos se engendra una nueva civilización, semejante a las anteriores e igualmente destinada a perecer».



ENLACE 1                                  ENLACE 2
LEER MÁS (ENLACE)- Anatole France – LA ISLA DE LOS PINGÜINOS

Anatole France – SOBRE LA PIEDRA INMACULADA

Entre los libros de France más definidos por el pensamiento político, densos de ideas y ricos de sugestiones, debe citarse el titulado Sobre la Piedra Inmaculada (1905).
Un grupo de conocidos y amigos, todos ellos cultos, pasean por las ruinas del Foro de Roma y, ante el incomparable marco de aquellos vestigios que antaño fueron símbolo del poderío mundial, conversan acerca conversan sobre el fin de unos ciclos históricos y el inicio de otros nuevos.
Sobre la piedra inmaculada (traducida también Sobre la piedra blanca, aunque, como apunta el traductor Ruiz Contreras: en las novelas, el título es como en las personas el nombre. Nada tiene de particular, pero caracteriza. ¿Cómo traducir Sobre la piedra blanca? Es la pierre blanche aquella en que nada se ha escrito. Blanche no se refiere al color, sino a la pureza) es un sueño acerca de la inevitable sociedad socialista del porvenir, un “ingenuo” y entrañable bosquejo de la sociedad futura. France describe esta utopía como fruto de la ensoñación de uno de sus personajes, Hipólito Dufresne. Utopía, que más tarde retomará con diferente artificio (utopía de la esperanza frente a utopía del pesimismo) en La isla de los pingüinos, y que somete a la crítica, no por la búsqueda de errores, sino por considerar presuntuosas tales imaginerías constructivistas. France es demasiado filósofo, demasiado erudito, demasiado versado en la historia y demasiado sabio y reconocedor de la ignorancia propia y ajena, para fiarse de tales elucubraciones a las cuales juzga como vanas o peligrosas.
El libro despliega ante nuestros ojos el espectáculo impresionante de la marcha de las civilizaciones. Parte de los abismos de la prehistoria y se lanza en el vuelo de la quimera. La parte central es un vehemente alegato contra los actuales estados capitalistas, guerreros como los feudales, y sus empresas coloniales, su violencia industrial, su locura armamentista y todos los problemas que con ellas se relacionan.
La utopía que lo corona es realmente un esbozo de sociedad comunista que se antojaba en aquellos tiempos paradigma del progreso. El autor nos transporta al año 2270, correspondiente al 220 de la Federación Europea, y nos hace conocer a grandes rasgos el régimen de vida, la organización del trabajo, la estética de los lugares, las relaciones entre los sexos, el traje, las costumbres, la moral, los estudios, el arte, la religión.


ENLACE 1                               ENLACE 2
LEER MÁS (ENLACE)- Anatole France – SOBRE LA PIEDRA INMACULADA

Anatole France – EL SEÑOR BERGERET EN PARÍS (HISTORIA CONTEMPORÁNEA IV)

Luciano Bergeret, designado para desempeñar una cátedra en la Sorbona, deja la residencia provinciana en que le hemos conocido y visto en las tres novelas anteriores y se dirige a París en compañía de una de sus hijas.
Publicado en 1901, con esta novela se evidencia la cada vez más acusada preocupación político-social de France, quien progresivamente se irá acercando a posiciones y tesis del partido comunista. La trayectoria (defensor de causas humanitarias mediante elocuentes defensas de los derechos civiles, de la educación popular y de los derechos de los trabajadores), es patente a través de sus siguientes novelas: El asunto Crainquebille, también de 1901, La isla de los pingüinos, de 1908, y La rebelión de los ángeles, de 1914. No obstante, aunque France está en la lista de los intelectuales de izquierda por un proceso de decantación, es un autor demasiado explosivo e inmanejable para ésta.
«(Los socialistas) no ocultan sus ideas —pone France en boca de Bergeret—, las proclaman, y sus ideas acaso merecen un examen serio. No tema usted que se realicen demasiado pronto, porque todos los progresos son inseguros y lentos, y casi siempre van seguidos de reacciones. El avance hacia un orden más conveniente es indeciso y confuso; las fuerzas innumerables y profundas que ligan al hombre con el pasado le hacen estimar los errores, las supersticiones, los prejuicios y las barbaries, como atributos preciosos de su tranquilidad. Cualquiera innovación bienhechora le espanta; es retrógrado por prudencia, y no se atreve a salir del inseguro abrigo que guareció a sus padres, aun cuando se derrumbe sobre él».

ENLACE 1                             ENLACE 2
LEER MÁS (ENLACE)- Anatole France – EL SEÑOR BERGERET EN PARÍS (HISTORIA CONTEMPORÁNEA IV)

Anatole France – EL ANILLO DE AMATISTA (HISTORIA CONTEMPORÁNEA III)

Un anillo de amatista es el símbolo de la dignidad episcopal, de modo que bajo el título de esta novela, publicada en 1899 y tercera entrega de la Historia Contemporánea, se oculta una procaz intención anticlerical.

El genial ironista francés —declara una reseña aparecida en abril de 1919 en la revista Cervantes— traza con el vigor suyo característico el cuadro de la Francia de finales de siglo, y con impiadosa mano expone los pormenores de los mundos social, político y religioso. Nadie con más crudeza ni con mayor elegancia que el admirable novelista francés ha observado y pintado las costumbres sociales de un pueblo. En El anillo de Amatista Anatole France cuenta, como sólo él sabe hacerlo, la forma peregrina en que se nombra a un obispo.
Qué amargura, qué hondo escepticismo se siente al acabar de leer este libro admirable!.



ENLACE 1                               ENLACE 2
LEER MÁS (ENLACE)- Anatole France – EL ANILLO DE AMATISTA (HISTORIA CONTEMPORÁNEA III)

Anatole France – EL MANIQUÍ DE MIMBRE (HISTORIA CONTEMPORÁNEA II)

Segundo volumen, publicado también en 1897, de los cuatro que componen la Historia Contemporánea.
Bergeret, profesor de literatura antigua en provincias, es un dechado de belleza moral y de verdadera simplicidad; un hombre bondadoso y distinguido. Desprecia las convenciones, como todo espíritu opulento de ideas que no necesita mendigar el parecer de los demás. Se halla casado con una de esas mujeres de cursi sentimentalidad y de ambición burguesa, un trasunto de Mme. Bovary, que no alcanza a ver las cualidades superiores que adornan el espíritu de su marido hasta como marido. Cierto que el amor no reconoce ninguna superioridad; pero es triste que la belleza de la mujer hermosa no pueda tributar el homenaje de su belleza al hombre de talento noble, recto, justo y sano.
Un hombre estúpido, de alma inconsistente, es el preferido de Mme. Bergeret, voluble y ligera. El profesor Bergeret descubre por azar el lío adúltero. Sorprende a su mujer y a su amante besuqueándose en un diván. Con sobrehumana sangre fría pasa por la habitación sin darles a entender que los ha visto. Se encierra en su biblioteca y mientras los amantes se preguntan si los ha descubierto, Bergeret se abandona a una crisis de desesperación. Le pasa por la mente la idea de matar; pero se domina, abre la ventana y echa a la calle un maniquí de mimbre.
No habrá escándalo; no demandará el divorcio. Quita a su mujer la dirección del hogar doméstico sin darle explicación alguna. Ella se siente moralmente destituida, y su amor propio sufre profundamente. Implora gracia a su marido, invocando la existencia de sus hijas. Esto, llegando al alma de Bergeret, le mueve a una conciliación: le deja una hija y se lleva la otra a París, la que más le quiere y más le comprende.
Dulce es el arte de France, cómo un cacho de miel; pero de él se saca un escepticismo pesimista, que constituye un aguijón de abeja.
J. Pérez Jorba, La Revista Blanca, mayo de 1904



ENLACE 1                             ENLACE 2
LEER MÁS (ENLACE)- Anatole France – EL MANIQUÍ DE MIMBRE (HISTORIA CONTEMPORÁNEA II)

Anatole France – EL OLMO DEL PASEO (HISTORIA CONTEMPORÁNEA I)

Es la Historia Contemporánea compuesta de cuatro novelas (El Olmo del Paseo, El Maniquí de mimbre, El Anillo de Amatista y El señor Bergeret en París), colorida representación de la sociedad francesa contemporánea del affaire Dreyfus. Por lo que piensa el señor Bergeret, personaje central, sabemos cual es el pensamiento de France, porque nunca el novelista se identificó tanto con ninguna de sus creaciones como con esta.
La Historia Contemporánea es una novela de costumbres, una novela política y una novela satírica. El cuadro es viviente, animado por numerosas figuras cuya verdad no es disminuida, antes por el contrario destacada, por la nota caricaturesca, llevada por momentos, aunque con discreción, hasta lo grotesco. Según su costumbre, el autor desarrolla la acción con libre desenvoltura, sin ningún plan visible, a través de las más diversas escenas y peripecias serias y cómicas, trascendentes y triviales, enlazando y desenlazando de mil maneras los hilos de la intriga, que tejen con sus manos enguantadas las heroínas de la novela, todas empeñadas, por razones no santas, en hacer un obispo. La frivolidad del asunto es aparente. La tranquilidad sonriente con que el titiritero mueve sus fantoches en el tablado de la vanidad, de la ambición, de la hipocresía, del vicio, del lucro y del goce, no debe engañarnos respecto del desdén que ellos le inspiran. Forman la caterva que se entremezcla, choca y empuja sobre el tablado, aristócratas imbéciles, curas intrigantes, militares brutales, hombres de presa, burgueses advenedizos, políticos sin conciencia, judíos descastados, y toda la hez de la alta sociedad: vividores, caballeros tahúres, profesionales del juego, mujercitas adúlteras.
Por boca de Bergeret, filósofo apacible y escéptico, pero dialéctico diestro y mordaz, ataca France todos los intereses, instituciones e ideas que aquéllos representan y defienden: el militarismo, el fetichismo católico, la política rapaz y solapada, la ingerencia de la alta banca en los negocios públicos, las empresas coloniales, las leyes bárbaras, la justicia prevaricadora : y en lo moral : el honor de los tahúres y rufianes, el nacionalismo fanático y agresivo, la ceguera del populacho, la hipocresía de los adinerados, el rebajamiento del carácter. Por cierto, en el señor Bergeret la reverencia hacia las instituciones consagradas por la tradición y hacia las costumbres universalmente aceptadas, no es el sentimiento dominante.
Aunque en la Historia Contemporáneo prepondera el elemento crítico, no todo en ella es negación. También contiene radicales afirmaciones, principalmente en el tomo que cierra la serie: El señor Bergeret en París. Es natural que el filósofo, acostumbrado a examinar y disociar todas las ideas, no se forje ilusiones desmedidas. No ha olvidado, y lo repite, que «todos los progresos son inseguros y lentos» y que «el avance hacia un mejor orden de cosas es indeciso y confuso»; pero ahora es optimista, tiene fe en el lejano porvenir y cree que la injusticia, la violencia y la explotación, a la larga serán vencidas. El sofista que dudaba de si la verdad tiene caracteres de superioridad sobre la mentira, los cuales puedan asegurarle el triunfo, deja paso en breve tiempo al luchador que afirma que ante la idea de justicia tarde o temprano toda iniquidad cede y se desploma. Es decir, se convierte también él a la fe sencilla que Zola expresó en la memorable frase: «La verdad está en marcha y nadie la detendrá». El milagro de la conversión del escéptico cuya intrepidez era minada por el vicio de reflexionar demasiado lo cumple la evidencia de la monstruosa iniquidad que significó el asunto Dreyfus. Frente a aquella inverosímil organización de la violencia y del engaño, Bergeret (o France) ya sin vacilar más tiempo ocupa su puesto de batalla junto con los hombres de buena voluntad. Él también quiere contribuir a edificar la nueva república en donde cada uno reciba el fruto de su trabajo, todo sea de todos, no haya explotación ni opresión y sí intercambio de bienes. Él también quiere preparar el porvenir combatiendo todas las tiranías e inspirando a los pueblos el odio de la guerra y el amor del género humano. Prudentemente se pone a si mismo en guardia contra las profecías, y no obstante anuncia y describe a su hija la futura república colectivista, la Ciudad nueva, donde a los males inevitables que son la consecuencia de nuestra condición humana, no se añadirán como ahora los males artificiales que derivan de la condición social. En ese elocuente discurso a su hija, su fe y su optimismo se van gradualmente encendiendo a medida que habla, hasta que llamean en esta afirmación: «No, yo no construyo en Utopía, Mi ensueño, que no me pertenece y que es en este momento el ensueño de mil y mil almas, es verdadero y profético». Así la Historia Contemporánea que comenzó siendo un ejercicio dialéctico, un cuadro de costumbres y una sátira social, concluyó en un libro polémico y de afirmación.
Su publicación coincide con el período más intenso de la actividad política de France, quien había ingresado en el partido socialista. Esa actividad, durante los años que corren de 1897 a 1906, ha quedado documentado en cuarenta y seis discursos, alocuciones y cartas reunidas en el libro que se titula Vers les Temps meilleurs. Cuesta trabajo a veces reconocer en ellas al literato descreído y sofista de antaño; uno duda si quien habla ante auditorios de obreros con fe tan simple y robusta, con acento tan sencillo, es el elegante cincelador de las paradojas de Jerónimo Coignard.
Extraído de Roberto Giusti, Anatole France, el aspecto social de su obra, Ediciones Selectas América, Buenos Aires, 1920.


EL OLMO DEL PASEO

La obra, escrita en 1897, contiene muchas tramas secundarias, pero el eje central de la misma lo constituye la relación que se entabla entre el catedrático de literatura latina de la Facultad de Letras Luciano Bergeret y el rector del seminario Lantaigne. Estos dos hombres, siempre que pueden conversan en un paseo, a la sombra de los olmos. Ambos personajes compadrean pero son de opiniones contrarias. Bergeret pretende penetrar en el alma del rector del seminario, hombre inteligente y piadoso. En realidad Lantaigne es una especie de prolongación del propio Bergeret, como portavoz de ideas que el mismo catedrático no desea expresar personalmente.
El decano de la facultad y el cardenal-arzobispo no ven con buenos ojos esta amistad. Pero los dos amigos no le dan importancia.
En una aburrida ciudad provinciana, para Bergeret no hay otra distracción que sus estudios clásicos y las tertulias en el rincón de la librería Paillot. En ese "rincón de pergaminos y pastas viejas" hay tres sillas, a las que llaman "académicas", cuyo asiento está reservado para el profesor Bergeret, Mazure (archivero municipal) y el señor Terremondre, presidente de la Sociedad de Agricultura y Arqueología.
En la narración aparecen también diferentes tipos de la sociedad francesa del momento: un judío francmasón, Worms-Clavelin; Noemi, su mujer, coleccionista de antigüedades eclesiásticas, piezas que se las busca el padre Guitrel, maestro de elocuencia sagrada en el seminario; el general Cartier de Chalmot, contrario a la República, su mujer Paulina y el cardenal-arzobispo, monseñor Carlot.



ENLACE 1                               ENLACE 2
LEER MÁS (ENLACE)- Anatole France – EL OLMO DEL PASEO (HISTORIA CONTEMPORÁNEA I)

Anatole France – EL POZO DE SANTA CLARA

Publicado en 1895, bajo este título nos ofrece el autor una colección de narraciones escritas en Italia. Anatole se sirve de la figura del franciscano y erudito Adone Doni, quien le relataba a las afueras de Siena, sentados junto al Pozo de Santa Clara, llamado así por la visión de la faz de la santa que San Francisco tuvo en el lecho del mismo, estas historias ambientadas en la época renacentista de aquellas tierras.


La obra se compone de las siguientes narraciones:
I. San Sátiro.
II. Messer Guido Cavalcanti.
III. Lucifer.
IV. Los panes negros.
V. El alegre Buffalmacco.
VI. La dama de Verona.
VII. La humana tragedia.
VIII. El misterio de la sangre.
IX. La fianza.
X. Historia de doña María de Ávalos y don Fabricio, duque de Andria.
XI. Bonaparte en San Miniato.



ENLACE 1                                         ENLACE 2
LEER MÁS (ENLACE)- Anatole France – EL POZO DE SANTA CLARA

Anatole France – LA AZUCENA ROJA

En 1894 France escribió La azucena roja (o El lirio rojo, que hace referencia al emblema de Florencia), libro en que, de manera deliberadamente "estética", al modo de las novelas románticas o mundanas, estudiaba los efectos devastadores de la pasión y la irremediable soledad de los hombres.
Aquí el autor se revela como un hombre dolorido y atormentado, abandonando, en cierta manera, ese personaje escéptico al que nos tiene acostumbrados. A buen seguro, el influjo de Madame de Caillavet, unida a Anatole por algo más que una amistad, se deja sentir en esta historia, a caballo entre Florencia y París, y rasgada por la exaltación de las pasiones amorosas y los celos.

Aquella noche Teresa, ya en la cama, como tenía por costumbre, abrió un libro antes de dormirse. Era una novela. Volvía las hojas distraídamente, y tropezó en estos párrafos:
ʺ(…) El mariposeo está permitido, se concilia con todas las exigencias de la vida elegante; pero el amor, no. El amor es la menos mundana de las pasiones, la más antisocial, salvaje y bárbara. Por esto las gentes lo juzgan con mayor severidad que los devaneos galantes y el relajamiento de las austeras costumbres”.
(…) Teresa cerró el libro. Reflexionaba que aquello era una divagación de novelistas y que los novelistas desconocen la vida. Bien sabía ella que no hay en la realidad, ni Carmelo apasionado, ni cilicios amorosos, ni vocación encantadora y terrible a la cual resistiera vanamente la predestinada. Conocía el amor como embriaguez breve que dejaba un rastro de tristeza. Nada más. Pero ¿no es posible que lo desconociese, que ignorase algo, que hubiera en realidad amores en que se abismara deliciosamente un alma? .. . Apagó la luz. Los ensueños de su primera juventud resurgían entonces entre las confusas memorias de su pasado.



ENLACE 1                                   ENLACE 2
LEER MÁS (ENLACE)- Anatole France – LA AZUCENA ROJA

Anatole France – EL FIGÓN DE LA REINA PATOJA

En 1892 France publicó esta novela, que es un lienzo narrativo sobre la Francia del siglo XVIII. Elma-Lorenzo-Jacobo Ménétrier y su maestro, el abate Jerónimo Coignard, son los protagonistas. Un figón (rótisserie) es una humilde casa de comidas. El padre de Elma-Lorenzo-Jacobo Ménétrie posee uno cuyo nombre es La Reina Patoja (la reina que tenía los pies a la manera de las ocas y los patos). Jacobo es un chico querido por sus padres quienes lo llenan de mimos y cariño. Sin embargo, su origen humilde y las conversaciones que mantiene con el abate Jerónimo Coignard van a introducirlo en las ciencias ocultas, quedando como único testigo de una historia fantástica.
El abate Coignard (nuevo alter ego de France), personaje complejo, irónico, sutil y agradable, aparecerá también en posteriores obras de Anatole: Las opiniones de Jerónimo Coignard (1893) y en el conjunto de relatos titulado El pozo de Santa Clara (1895). «Muchos sabios y hombres de talento frecuentan mi librería —declara el discípulo Jacobo, al final de la obra, acerca de su maestro—, ninguno me recuerda la elegancia de sus pensamientos, la dulce sublimidad, la pasmosa riqueza de su alma, siempre expansiva y desbordante, como la urna de esos ríos que se ven representados en mármol en los jardines; ninguno me ofrece aquel manantial inagotable de ciencia, donde tuve la dicha de beber en mi juventud; ninguno es ni sombra de aquella gracia, de aquella sabiduría, de aquella fuerza de imaginación que resplandecieron en el señor Jerónimo Coignard».



ENLACE 1                              ENLACE 2
LEER MÁS (ENLACE)- Anatole France – EL FIGÓN DE LA REINA PATOJA

Anatole France – TAIS

Tais, la cortesana de Alejandría, es una narración de 1890 que desarrolla la historia-leyenda de esta mujer que llegó a ser venerada como santa. La historia nos lleva a la Alejandría del siglo IV DC., donde Tais, mujer sensual y hermosa, ejerce un enorme poder merced a la fascinación que causa entre los hombres. De hecho, Tais es una gran pecadora, un ser entregado a la lujuria y las pasiones, de tal manera que “abrasaba en el fuego de la lujuria a todos los espectadores, y cuando arrogantes jóvenes o ricos ancianos acudían, impulsados por el amor, a depositar flores en el umbral de su casa, ella los acogía y se les entregaba”. En su opuesto estaba Pafnucio, un monje asceta que, de juventud disipada, como corresponde a muchas de las hagiografías de santos tan estudiadas por Anatole, desde su conversión al cristianismo “ya no hervía en la caldera de las delicias, y se maceraba provechosamente con los bálsamos de la penitencia”.
Pafnucio, fruto de sus reflexiones, resuelve como sagrada misión el salvar a Tais de aquella vida de pecado: “iré a encontrar a esa mujer en Alejandría, y, con el auxilio de Dios, la convertiré. Tal es mi propósito”. Poco podía sospechar Pafnucio que andaba jugando con el fuego de su propia naturaleza, pues en sus años mozos “poco había faltado para que Tais indujese también a Pafnucio al de la carne. Con el deseo encendido en su venas, una vez se había dirigido a casa de Tais. Pero se detuvo en el umbral de la cortesana, por la timidez natural de la extrema juventud (entonces tenía quince años) y por el miedo a verse rechazado, falto de suficiente dinero, porque sus padres no le autorizaban para hacer derroches”. Así fue que, aún triunfando con la conversión de Tais, Pafnucio sufrirá las consecuencias de su obra, porque él mismo se verá enfrentado a la confusión y pondrá en duda a la que él creía era su sólida fe: “el deseo de Tais le consumía interiormente, y le hacía exclamar: ‐¿No es aún bastante, Dios poderoso? ¡Más tentaciones! ¡Más pensamientos inmundos! ¡Más monstruosos deseos! ¡Señor, haz que venga sobre mi toda la lujuria de los hombres, para que yo la expíe!”. Se produce así un viaje doble y en sentido inverso: el de Tais hacía la religiosidad y el de Pafnucio hacia el pecado.
Se dice que Tais, en su estructura narrativa, es un claro ejemplo gráfico de reloj de arena: dos personajes centrales en lados opuestos que en un momento determinado convergen; de este punto crucial en adelante cada uno de ellos prosigue en sentido inverso al inicial. Historia, en definitiva, de una situación que se invierte.
En Tais, cada uno de los personajes que tejen la obra representa a una de las diferentes concepciones de la existencia que defendían sus postulados en aquella Alejandría del siglo IV. Aparecen filósofos nihilistas, epicúreos, sibaritas y cristianos. El escéptico Anatole no pudo sustraerse a componer un dialogo entre el cristiano Pafnucio y un extranjero filósofo en torno a la trascendencia de la vida:
“‐Pero ¿qué? ‐arguyó Pafnucio‐. ¿acaso no deseas vivir en la Eternidad? ¿No habitas una cabaña en este desierto a la manera de los anacoretas?
‐Eso parece.
‐¿No vives desnudo y desprovisto de todo?
‐Eso parece.
‐¿No te alimentas con raíces y no practicas la castidad?
‐Eso parece.
‐¿No has renunciado a todas las vanidades de este mundo?
‐En efecto: he renunciado a todas las cosas vanas que, comúnmente, suelen ser la preocupación de los hombres.
‐Así, pues, eres como yo, pobre, casto y solitario. ¡Y no lo haces como yo por el amor de Dios, y con miras a la felicidad celestial! Eso es lo que no puedo comprender. ¿Por qué te privas de los bienes de este mundo, si no esperas ganar los bienes eternos?
‐Extranjero: yo no me privo de ningún bien, y me place haber hallado una manera de vivir algo satisfactoria, por más que, a decir verdad, no haya buena ni mala vida. Nada es en si honesto ni vergonzoso, justo ni injusto, agradable ni penoso, bueno ni malo. La opinión es la que da cualidades a las cosas, como la sal da sabor a, los alimentos.
‐Así, pues, según tú, no hay certidumbre. Niegas la verdad que hasta los idolatras buscaron. Descansas en tu ignorancia, como un perro fatigado que duerme sobre basura.
‐Extranjero: tan vano es injuriar a los perros como a los filósofos. Ignoramos lo que son los perros y lo que somos nosotros. No sabemos nada.
‐¡Oh anciano! ¿perteneces, pues a la ridícula secta de los escépticos? ¿Sin duda eres uno de esos miserables locos que niegan igualmente el movimiento y el reposo y que no saben distinguir la. luz del sol de las sombras de la noche?
‐Amigo mío: sí soy escéptico, y de una secta que me parece loable, mientras tú la juzgas ridícula. Porque las mismas cosas tienen diversas apariencias. Las pirámides de Menfis parecen al amanecer, conos de luz rosada, y a la puesta del sol, sobre el cielo rojizo, se muestran como negros triángulos. Pero... ¿quién penetrará su íntima sustancia? Tú me reprochas que niegue las apariencias, cuando, al contrario, las apariencias son las únicas realidades que reconozco”.
No hay duda que su escepticismo, cada vez más agresivo, le valió violentos ataques de los defensores de la fe y la moral tradicionales.





La leyenda que surgió sobre esta mujer de vida fácil que, dejando los placeres mundanos, se convirtió en monja y llegó a ser santa, dio lugar a varios escritos, de los cuales el más relevante data del siglo X. Su autora es una religiosa benedictina alemana, llamada Hrostvitha de Gandersheim. En 1839, la publicación de ese relato, bajo el nombre de "Pafnucio o Conversión de la meretriz Tais", sería el punto de partida para la posterior novela de Anatole France, que a su vez serviría de directa inspiración para la ópera de Jules Massenet, en 1894. El libreto de esta ópera fue obra de Louis Gallet, quien siguiendo la obra de Anatole France cambió el nombre del monje Pafnucio por el de Atanael. Gallet trabajó este libreto en lo que él denominó “poésíe mélique”, una suerte de verso libre apto para la declamación musical.
Esta ópera es sobre todo conocida por el precioso fragmento para violín solista que acabó por conocerse como “Meditación de Thaïs”, pieza habitual de repertorio que debe ser el fragmento que se ha adaptado más veces para ser interpretado por los más variados instrumentos.



ENLACE 1                                  ENLACE 2
LEER MÁS (ENLACE)- Anatole France – TAIS

Anatole France – EL CRIMEN DE SILVESTRE BONNARD

Anatole France, cuyo nombre era François-Anatole Thibault, nace en París en 1844.
Ya de su niñez, Anatole estuvo estrechamente vinculado a la lectura apasionada, motivado a través de la librería que su padre tenía junto al Sena, librería France, en la orilla opuesta al Louvre; un establecimiento de compra y venta especializado en obras referentes a la Revolución Francesa. Fue allí, donde el “hijo del librero”, con todo seguir sus estudios satisfactoriamente en el Colegio Stanislas, fue forjándose una cultura literaria autodidacta merced a ese contacto cotidiano con aquel espacio en el que se acumulaban documentos, periódicos, y libros, y donde acudían curiosos, historiadores y algún que otro superviviente de aquella época revolucionaría, que aún se mostraba viva en el recuerdo. Años más tarde, esa erudición adquirida en torno al periodo revolucionario habría de servirle de base para una de sus creaciones de mayor alcance: Los dioses tienen sed.
No sólo los libros, elemento perenne en aquel ambiente de los “quais” parisinos, fueron la pasión juvenil de Anatole, también el amor por el arte floreció en su incipiente espíritu de intelectual. En su obra autobiográfica La vida en flor, escribe: «Las artes me apasionaban. Como para ir al Louvre desde mi casa no tenía más que atravesar el Sena, iba lodos los días, y puedo afirmar que mi juventud floreció en un palacio espléndido. Para ser justo con mis profesores debo decir que gracias a ellos pude comprender el genio griego, que ellos no comprendían. Entretuve muchas horas en el Museo Campana que acababa de instalarse, y en las salas de vasos griegos, llamados entonces por muchas personas vasos etruscos. En las pinturas que los decoran aprendí a descifrar las formas bellas, y de este mudo logré, sin proponérmelo, comprender el genio de Ingres».
La fascinación por el mundo clásico será igualmente una de las constantes del autor. La tradición griega y latina estará también presentes en toda su obra, deleitándose con especial pasión con las lecturas de Homero, Horacio y Virgilio. Una Antigüedad clásica que Anatole vinculaba al pensamiento ilustrado del XVIII y que le llevó a cultivar una especial erudición con la que pronto fue reconocido como uno de los principales exponentes, en su época, de ese escepticismo laico e ilustrado tan característico de las letras francesas; o, lo que es lo mismo, como el digno heredero, en la segunda mitad del siglo XIX, de la frialdad lúcida, analítica y escéptica de Montaigne y Voltaire: “retoño de la Enciclopedia, nieto de Voltaire”, dirá de él un destacado crítico. Bebe Anatole de la tradición francesa, la clásica, la renacentista, la ilustrada, la de Rabelais, la de Racine,…
Para Anatole la lectura se convirtió en un refugio, o si se quiere, en un paraíso artificial; un mundo envuelto de legajos y libros que quedaría plasmado en muchos de sus personajes literarios, como el académico Bonnard, el abate Coignard o el profesor Bergeret, todos ellos bibliófilos con amplias referencias de su creador.
En cierta ocasión, con motivo de la inauguración de una imprenta comunista, Anatole declaró lo siguiente: «Camaradas, puedo decir que soy uno de vosotros; los talleres de tipografía me traen a la memoria viejos y caros recuerdos. Mi padre era librero. Niño aún, yo llevaba material a la imprenta; muy joven, me ocupaba en la fabricación de los libros y corregía pruebas. He corregido pruebas ajenas, antes de corregir las mías. Podría ser un regente pasable. Si fuera más joven, me recomendaría a vosotros».
Así fue, el joven Anatole comenzó realizando modestos trabajos en la editorial Bossange y luego en Lemerre, el editor de los parnasianos. Fue a cuenta de las gestiones de Leconte de Lisle, uno de los principales exponentes de la estética parnasiana, que obtuvo plaza en la Biblioteca del Senado, lo que le permitió aumentar notablemente la cultura literaria ya adquirida y llegar a conquistar dotes de gran bibliófilo. Con todo, valga decir, su trabajo como bibliotecario (1876-1890) pasó sin pena ni gloria por la Institución.
La carrera literaria de Anatole se inicia a mediados de los años sesenta con la publicación en prensa, Le Parnasse contemporain entre otros, de un buen número de poemas inscritos en esa corriente del momento que, de frío y anodino fondo, buscaba su razón de ser en la perfección y sutileza de las formas poéticas.
Fruto de este tiempo verá la luz en 1872 su primera recopilación de poesías, los Poemas áueros, obra que dedica a su mentor literario Leconte de Lisle. Antes había publicado un ensayo sobre poeta y dramaturgo Alfred de Vigny (1868). Tres años más tarde publicaría Las Bodas Corintias, otro fruto de refinamiento cultivado en verso; un drama de “intensa belleza” donde evoca con sobriedad el conflicto entre paganismo y cristianismo en la Grecia del siglo II.
Fue en 1879 con la publicación de los relatos Yocasta y el gato flaco, que Anatole abandona las servidumbres artísticas parnasianas para estrenarse como prosista. De aquí en adelante, cultivando la narrativa de ficción, sus éxitos fueron en aumento, hasta consagrarlo como una de las más importantes figuras literarias del fin de siglo XIX y principios del XX.
Su primera novela importante, El crimen de Silvestre Bonnard (1881), con la que recibió el premio de la Academia, lo desmarcó definitivamente del círculo de Leconte. El escritor cedió entonces a las solicitaciones de la vida mundana, frecuentando los salones de Madame Adam, el de Madame de Loynes, el de la princesa Matilde y el de Madame Caillavet; esta última le inspiró una pasión sincera y veló por su obra y su gloria hasta el día de su muerte, con infatigable devoción.
Las ficciones autobiográficas Los Deseos de Jean Servien (1882) y El libro de mi amigo (1885) revelaron en Anatole un anticonformismo que se plasmó también en Tais (1890), novela histórica que celebraba el deseo en todas sus formas, contra el cristianismo represivo. En Tais nuevamente planteaba el conflicto entre paganismo y cristianismo, esta vez en la Alejandría del siglo IV. Su escepticismo, cada vez más agresivo, le valió violentos ataques de los defensores de la fe y la moral tradicionales. France fue el hombre de la filosofía sonriente y amarga, escéptica y piadosa, hermana de la de Epicuro y de la de Lucrecio.
Anatole France gustó también de la crítica literaria, y sus crónicas semanales aparecidas en Le Temps entre 1887 y 1896, dieron lugar a la edición de La vida literaria, corpus que, en opinión de algunos críticos, puede ser comparado en calidad al de Sainte-Beuve.
En 1892 publicó en forma de folletín El figón de la Reina Patoja, sátira al gusto del siglo XVIII en la que aparecía el personaje del abad Coignard, quien predicaba una moral de escepticismo tolerante. El personaje reapareció en 1893, en Las opiniones de Jerónimo Coignard, crítica de las instituciones de la Tercera República.
Su escepticismo epicúreo, que hundía sus raíces en el decadentismo latino de Petronio, se manifestó en los relatos históricos El estuche de nácar (1892), los ensayos cortos de El jardín de Epicuro (1894) y los cuentos de El pozo de Santa Clara (1895). «Para leer a Anatole France —cita una reseña de principios de siglo— se necesita cierta preparación mental ya que es el más curioso y el más despiadado de los historiadores. No sabes si es religioso o no; si tiene fe o no; si cree en algo o es un espíritu moderno que estudia y que analiza cuanto le rodea». El profesor de literatura inglesa Samuel C. Chew, dedica al gran escritor francés un estudio de mérito en la North American Review de diciembre de 1925. Para el profesor norteamericano, el autor de Tais fue un escritor lleno de contrastes. Era un completo escéptico y, sin embargo, estaba muy versado en todas las sutilezas de la polémica teológica; era anticlerical, y pintó con gran fidelidad, y hasta afecto, a multitud de eclesiásticos; consideraba la historia como un registro de los crímenes, errores y locuras de la humanidad, y se sentía atraído por ella; era un epicúreo y un voluptuoso, y se hallaba dominado por el más profundo sentimiento de la justicia y fácilmente se rendía a la compasión; era esencialmente crítico y, al mismo tiempo artista creador; era cínico y sentimental, cruel y bondadoso.
En 1896 ingresó en la Academia Francesa, pero a pesar de su consagración literaria, quedó aislado al tomar partido por Alfred Dreyfus. Anatole France fue uno de los primeros en alinearse junto al Zola de Yo acuso. El caso Dreyfus apareció en los últimos volúmenes de su tetralogía Historia contemporánea, compuesta por El olmo del paseo (1897), El maniquí de mimbre (1897), El anillo de amatista (1898) y El señor Bergeret en París (1901). Estas obras son la pintura, en el microcosmos de una ciudad de provincias, de las intrigas del poder civil y el poder religioso, de las que Monsieur Bergeret era el espectador clarividente e irónico.
Amigo del famoso político y filósofo socialista Jean Jaurès, esperaba que a la revisión del proceso Dreyfus siguiera una profunda reforma espiritual y social, como lo puso de manifiesto en El asunto Crainquebille (1901), relato de un error judicial, así como en Opiniones sociales (1902). Sus ilusiones se desvanecieron en los años siguientes con la descomposición del dreyfusismo, y su amargura quedó plasmada en La isla de los pingüinos (1908), sátira de la historia de Francia. Esta fue la época en la que comenzó a participar activamente en la batalla política, ganado por las tendencias socialistas que encabezaba su amigo Jaurés. Anatole participó en reuniones políticas, intervino en el movimiento de las universidades populares e hizo oír su voz a favor de los revolucionarios rusos de 1905. Claro que le ocurrió lo que a tantos otros intelectuales franceses, que al ver el cariz que tomaban las cosas en Rusia se volvieron atrás de su adhesión y no quisieron sumarse a los hechos de los nuevos tiranos.
Los dioses tienen sed (1912), notable reconstitución del París del Terror a la vez que meditación sobre el poder, y La rebelión de los ángeles (1914), en la que el autor expresa sus opiniones sobre la religión, la inteligencia y la vida, son sus dos obras más importantes del último período.
En 1925, desde las páginas de La Libertad, el republicano Marcelino Domingo escrutaba acerca de la trayectoria artística y vital de Anatole France: «Hay un Anatole France excelso: el del estilo puro, claro como el agua clara, fluido como un manantial inagotable. Este Anatole France ha descubierto a Francia el inmenso tesoro de la lengua francesa. Hay otro Anatole France egregio: el que conjuga el escepticismo con la piedad y eleva esta conjugación armónica a norma filosófica. Este Anatole France ha enseñado a Francia el tacto, la medida, el amor a lo bello y a lo perfecto; ha saturado de mieles clásicas el espíritu de las últimas generaciones francesas y ha enlazado su corazón con el corazón de las generaciones que comprendieron y amaron a Rabelais y Montaigne, a La Fontaine y a Voltaire.
Hay, sin embargo, otro Anatole France superior al estilista y al filósofo: el Anatole France hombre, hombre de su tiempo, hombre sensible a los problemas civiles de su época. Este Anatole France ha enriquecido, con su alto ejemplo, la función austera de la ciudadanía. ¿Quién no verá en este Anatole France último el Anatole France mejor?».
La guerra de 1914 dejó a Anatole en una profunda confusión. Se retiró a su propiedad de La Béchellerie, en Saint-Cyr-sur-Loire, desde donde siguió las alternativas del conflicto con angustia y temor. Retrocedió entonces a los paraísos artificiales de los recuerdos infantiles, escribiendo Pedrín (1918) y La vida en flor (1922).
A lo largo de su trayectoria, Anatole France llegó a alcanzar los más altos honores que un escritor podría esperar: la Legión de Honor en 1886, miembro de la Academia francesa en 1896, y como colofón, el galardón en 1921 del Premio Nobel de Literatura, "en reconocimiento de sus brillantes logros literarios, caracterizados por su nobleza de estilo, su profunda gracia y simpatía humanas, y la exacta plasmación de la idiosincrasia francesa".
En su retiro de Saint-Cyr-sur-Loire, fallecerá Anatole France el 12 de octubre de 1924.


EL CRIMEN DE SILVESTRE BONNARD

Esta obra de 1881 (titulada también El crimen de un académico), premiada por la Academia, sirvió a su autor para catapultar su nombre a un lugar destacado de la literatura francesa del momento.
Silvestre Bonnard es un sabio del Instituto francés que habita en su Ciudad de los libros, un hombre, coleccionista impenitente de manuscritos, que vive de manera incondicional por y para los libros que le envuelven; un bibliófilo que se ha construido un mundo propio en pos de la sabiduría. «No conozco —dirá Bonnard— lectura tan sencilla, tan atractiva y tan suave como la de un catálogo». Es uno de los tipos en los que, al igual que el abate Coignard en El Figón de la Reina Patoja, el señor Bergeret, en la Historia Contemporánea, o Brotteaux en Los dioses tienen Sed, se estiliza el retrato del propio autor como de filósofo erudito, sutil, mordaz e irónico, y a su vez, bondadoso, tolerante, y, en gran medida, escéptico.
Muchas son las expresiones en boca de Bonnard que reflejan esa ironía aguda y escéptica tan característica de Anatole France: «porque los libros históricos que no mienten resultan fastidiosos. Yo mismo publico libros verídicos, y si por su desgracia llevara usted uno de ellos de puerta en puerta, se expondría a conservarlo toda la vida en su pañuelo verde sin encontrar una cocinera bastante mal aconsejada para comprarlo», o «no sé nada, pues ninguno de esos libros deja de desmentir al otro; de manera que, una vez conocido lo que dicen todos no se sabe qué pensar».
En la novela, Anatole implicará al bueno de Bonnard en dos tramas (la obsesiva adquisición de un antiguo manuscrito y su relación con la nieta de un antiguo amor de niñez) que romperán con su vida cotidiana: «Entreteníame con mis libros como un chiquillo con sus juguetes, y al fin mi existencia adquiere una dirección, un sentido, un interés, un asunto».
Quedará, pues, abierta al lector la disyuntiva de descubrir el verdadero crimen del académico: ¿el delito del que se le acusa en la novela y del que sale inculpado por los tribunales? O quizás el de haber conformado su vida a una entrega incondicional, artificiosa y reducida a la pasión por los libros. Una entrega que, a pesar de la bondadosa decisión de terminar con ella en beneficio de su protegida, el hecho de perderla le consume y atormenta al punto de cometer un crimen; no acabar de “morir una vida para entrar en otra”: «Tenía una reserva. Entonces conocí el crimen».



ENLACE 1                                            ENLACE 2
LEER MÁS (ENLACE)- Anatole France – EL CRIMEN DE SILVESTRE BONNARD

Gustave Flaubert - MADAME BOVARY

Considerada unánimemente una de las mejores novelas de todos los tiempos.
Madame Bovary narra la oscura tragedia de Emma Bovary, mujer infelizmente casada, cuyos sueños choca cruelmente con la realidad. Al hechizo que ejerce la figura de la protagonista hay que añadir la sabia combinación argumental de rebeldía, violencia, melodrama y sexo, «los cuatro grandes ríos», como afirmó en su día Mario Vargas Llosa, que alimentan esta historia inigualable.
A través del personaje de Madame Bovary, el autor rompe con todas las convenciones morales y literarias de la burguesía del siglo XIX, tal vez porque nadie antes se había atrevido a presentar un prototipo de heroína de ficción rebelde y tan poco resignada al destino. Hoy existe el término «bovarismo» para aludir aquel cambio del prototipo de la mujer idealizada que difundió el romanticismo, negándole sus derechos a la pasión. Ella actúa de acuerdo a la pasión y necesidad que siente su corazón de avanzar en la búsqueda de su felicidad, pasando por los ideales establecidos para la mujer en esa época. Rompe con el denominado encasillamiento en que la mayoría de las mujeres estaban sometidas.

La publicación de Madame Bovary en 1857 provocó un gran escándalo en la burguesía francesa de la época, pues el relato dejaba desnuda a una sociedad que apenas podía esconder sus vergüenzas. El mito creado en este libro tuvo influencia en otras obras cumbre de la literatura como Anna Karenina, de Leon Tosltoi (1877) o La Regenta, de Leopoldo Alas “Clarín” (1884). Leer hoy “Madame Bovary” sigue siendo un placer exquisito, como el que sólo causan los amores prohibidos.



LEER MÁS (ENLACE)- Gustave Flaubert - MADAME BOVARY

Théophile Gautier – VIAJE POR ESPAÑA

Gautier conoce en 1833 a Eugène Piot, un joven heredero, apasionado por el arte, la cultura y el coleccionismo, acompañándole en sus viajes en calidad de consejero artístico, a Alemania e Italia. En 1840 le propone un viaje a España, en donde se supone que, después de siete años de guerra civil, es el lugar apropiado para comprar cuadros, objetos de arte y antigüedades, al mismo tiempo que le servirán para escribir sus artículos sobre España y publicarlos en el diario La Presse, de París, y en la revista Deux Mondes.
Gautier llega a la frontera de Bayona el 11 de mayo de 1840, seis días después de su salida de París. Después de pasar tres días en Burgos y Valladolid, se dirige a Madrid donde permanece desde el 22 de mayo al 20 de junio. Del 20 al 23 de junio visita Toledo, regresa a Madrid, de donde sale el 27 con dirección a Andalucía: Granada (1 de julio al 12 de agosto), Málaga (del 14 al 16 de agosto), Córdoba (del 21 al 23 de septiembre), Sevilla (del 24 de agosto al 2 de septiembre), Cádiz (del 3 al 11 de septiembre), permanece en Valencia del 15 al 30 de septiembre; embarca hacia Francia llegando a Port Vendres el 3 de octubre. En 1843 aparece por primera vez una versión de este viaje a España con el título Tra los montes. Ese mismo año, el teatro de variedades presenta el vaudeville Un voyage en Espagne, pero es en 1845 cuando Gautier encuentra un nuevo editor, Charpentier, y lo reedita con el título definitivo.
El libro es un conjunto de artículos que Gautier iba escribiendo semana tras semana, combinando la explicación turística, la crónica, y el diario de viaje.

El viaje romántico (del que se dice que inventó la España de pandereta) aporta al relato una savia nueva, no es una guía, sino una meditación, a veces poética, a veces emotiva, sobre lo que observa, aunque esta meditación es estética y personal, interesada. Interesada y personal porque sólo escoge aquello que le sirve para expresar vivencialmente sus pensamientos, intentando involucrar al lector, haciéndole partícipe, incluso cómplice, de sus emociones.
El viajero romántico ama la verticalidad de la montaña, porque en ella se encuentran los castillos, los bandoleros, ladrones y contrabandistas, en oposición a las llanuras, monótonas, incultas, despobladas, porque al romántico no le interesan las labores agrícolas, despreciando toda la cotidianeidad. En esa situación se encuentra La Mancha, pero de esta descripción salen páginas llenas de matices, de emoción, de exaltación de la sensibilidad de un universo lúdico y pintoresco, estético y sensual.
El paraíso andaluz, por el contrario, contrasta con las demás regiones, la óptica romántica se deshace en elogios al clima, la luz, el relieve, el exotismo africano, el arabismo, el pintoresquismo, características que pocas regiones comparten a medias con el edenismo andaluz.

Extraído del artículo: El universo lúdico de Théophile Gautier en Voyage en Espagne: La Mancha, de Nicolás CAMPOS PLAZA y Natalia CAMPOS MARTÍN. Universidad de Castilla - La Mancha.

La realidad española no tenía nada que ver con la idea de nuestro país que atraía a los románticos. Es cierto que España se había quedado atrasada respecto a la Europa más desarrollada tras la catástrofe de la Guerra de Independencia y guerras civiles que la siguieron. También que había elementos pintorescos únicos, empezando por los toros, pero ni estaba en la Edad Media, ni era África.
Pero el Romanticismo, con su búsqueda de emociones, su exaltación de los sentimientos, había decidido mitificar a España, paraíso e infierno delicioso para escritores, artistas y enamorados, lleno de majas, de toreros y de bandoleros.
Con todo, aterrizar en el siglo XIX y que Gautier nos acompañe por Burgos, el Paseo del Prado de Madrid, Sevilla, o la Mezquita de Córdoba es un plan emocionante y lleno de interés. Su visión es casi siempre imparcial y tiene un encanto y una mirada de la que carecen muchos otros viajeros que le siguieron. A su regreso a París confesó:
Me sentía allí como en mi verdadero suelo y como en una patria vuelta a encontrar.




LEER MÁS (ENLACE)- Théophile Gautier – VIAJE POR ESPAÑA

Théophile Gautier – LA NOVELA DE LA MOMIA

Nacida en el contexto de la gran eclosión que experimentó en Francia y en el siglo XIX la egiptología, La novela de la momia destaca como una de las primeras novelas inspiradas en el Antiguo Egipto. El descubrimiento de una misteriosa tumba inviolada en el Valle de los Reyes es el suceso sobre el que Gautier levanta la historia de una enigmática momia, que no es otra que bella Tahoser, hija del gran sacerdote Petamunoph.
Lord Evandale y el sabio Rumphius, responsables del hallazgo, quedan sumidos en el misterio: ¿por qué circunstancia extraordinaria, por qué milagro, por qué suplantación ocupaba este cuerpo femenino un sarcófago real en medio de un palacio críptico, digno del más ilustre y poderoso de los faraones? Entonces, al despojar a la momia de su envoltura de tela, perfumada con vino de palmera, aparece un papiro que les desvelará el misterio.
Este sugerente relato de amor y misterio, fuente de una rica corriente que llega hasta nuestros días tanto en la narrativa como en el cine, combina una vívida descripción del Egipto faraónico con la recreación imaginaria de los acontecimientos que precedieron a la huida del pueblo judío hacia la Tierra Prometida.






LEER MÁS (ENLACE)- Théophile Gautier – LA NOVELA DE LA MOMIA

Théophile Gautier – ESPIRITA

Espirita es la historia de unos amores de ultratumba, donde Gautier retoma el recurrente argumento del Eterno Femenino.

Guy de Malivert, un dandy desencantado del mundo, sumergido en una vida muelle y aquejado de melancolía, mantiene relaciones amorosas con una "dame à la mode". Pero el alma de una joven, muerta de amor por él, se interpone entre los dos haciendo manifiestos sus designios por medio de un iniciado: el barón de Feroë. En sus noche de delirio la mano de Guy, guiada por un impulso sobrenatural, escribe la trágica historia de la joven, que además le informa de lo que es el otro mundo. La muerte de Guy a manos de unos bandidos griegos le permitirá ir a unirse con su amada Espirita en su mundo de ultratumba.

Publicada en 1866, siete años antes de la muerte de su autor, Espirita está considerada como una obra maestra en su género y una de las mejores obras de Gautier.





LEER MÁS (ENLACE)- Théophile Gautier – ESPIRITA

Théophile Gautier – ARRIA MARCELLA

Théophile Gautier definiría, utilizando el recurso de la antigüedad, el amor por el arte, a través de Arria Marcella, de 1852.
En este corto escrito de corte fantástico, Octaviano, el protagonista, se enamora de una obra de arte de un modo puro pero no exento de sensualidad. A lo largo del relato, la inquietante Arria Marcella, objeto de deseos y ensoñaciones, tomará formas distintas, como si su metamorfosis continua proporcionara a la imaginación del personaje fascinado de Octaviano, así como a la del lector, una compleja variedad de signos. Su lectura es como una alegoría de la obra artística: multifacética, evanescente, idealmente presente y físicamente alucinada.
Gautier explota frecuentemente las figuras femeninas como elemento de transgresión del orden cósmico, como fuente directa de fenómenos fantásticos. Estas mujeres inquietantes se inscriben en un tipo át fantástico interior que se desarrolla en Francia a partir de la influencia de Hoffmann. Con el tema de la mujer sobrenatural, Gautier explora pues la vía de lo fantástico como resultado de una aprehensión subjetiva del mundo, una forma particular de mirarlo y, simultáneamente, de bucear en el alma humana.




LEER MÁS (ENLACE)- Théophile Gautier – ARRIA MARCELLA

Théophile Gautier – LA MUERTA ENAMORADA

La Muerta Enamorada (en francés: La morte amoureuse [en ocasiones ampliado a Clarimonde, la morte amoureuse]) es un relato de Théophile Gautier publicado por primera vez en 1836, en la revista Chronique de Paris.

Se trata de un relato vampírico, narrado en primera persona por su protagonista, y probablemente influenciado por la obra del alemán Theodor Amadeus Hoffmann, muy admirado por Gautier. Charles Baudelaire llegó a escribir que ésta "es la obra maestra de Gautier".

La Muerta Enamorada se encuentra inscrita en el más puro estilo romántico donde la realidad y el sueño se confunden, y donde la vida y la muerte se entrelazan, diluyéndose la delgada frontera que, en ocasiones, las separa. Se trata de una de las obras que más evidencia el estilo y el arte de Gautier. En ella el día y la noche, lo real y la ilusión, lo grotesco y lo sutil, la seducción y la repugnancia, plasmadas en un tono enigmático y atrayente, propio del autor, se funden de manera imperceptible para engendrar lo sublime: la belleza.

Ésta es, pues, una novela corta en la que un anciano sacerdote relata su única experiencia con el amor, que vivió en su juventud y que le fue ofrecida por un espectro de la noche, por un «ángel o demonio», dotado de las más excelsas emanaciones de sensualidad, ternura y belleza. Romualdo, que hasta entonces había sido un casto y correcto ferviente servidor de Dios, se encuentra, de repente, sumido en una fascinación inexplicable por una pasión siniestra. Y Clarimonde, la vampira de este relato, y la más voluptuosa, inofensiva y atrayente mujer que pueda existir, tiene, como la prosa de su creador, una magia perfecta; es la encargada de arrastrar al sacerdote hasta los más profundos y oscuros abismos, en los que la belleza resplandece de forma extraña y fascinante. A lo largo de las páginas de La Muerta Enamorada, Gautier desarrolla uno de los temas más recurrentes de su obra: el sueño; lo que sucede en la vigilia y en el sueño del perturbado sacerdote son siempre acontecimientos absolutamente distintos y contradictorios. La confusión de la existencia del protagonista entre lo real y lo soñado lo arrastran prácticamente a la locura, hasta el punto de no saber si es un generoso sacerdote que cada noche sueña con ser un galán fatuo, un joven libertino, señor de la más hermosa y voluptuosa mujer o si, por el contrario, es el joven que se entrega a los placeres y que sueña que es un mortificado sacerdote.



LEER MÁS (ENLACE)- Théophile Gautier – LA MUERTA ENAMORADA