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Modesto Lafuente – HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA

La monumental Historia General de España de Modesto Lafuente, es considerada el paradigma de la historiografía nacional del pensamiento liberal del siglo XIX. Pensamiento que hunde sus raíces en el periodo de la Ilustración, comienza a desarrollarse durante la Guerra de la Independencia, y adquiere carta de naturaleza con el romanticismo imperante de la época isabelina. Con su publicación finaliza el hasta entonces “reinado” de la Historia del padre Mariana, y se inaugura éste nuevo, mucho más acorde con las exigencias nacionales del momento. 
La obra de Lafuente, publicada en su primera edición entre 1850 y 1867, llegó a alcanzar un lugar de privilegio casi unánime en toda la sociedad de la segunda mitad del XIX, y hasta bien entrado el siglo XX. Su predicamento fue tal que devino en símbolo cultural de toda institución que se preciara de importante: ayuntamientos, bibliotecas de ateneos, casinos y centros docentes, así como bibliotecas particulares de políticos, burgueses y militares. Pero su difusión fue incluso mucho más lejos del círculo elitista e intelectual. Por su aparente llaneza de composición y lenguaje, así como por las múltiples anécdotas y pequeñas historias que jalonan su discurso identitario nacional, la Historia de Lafuente sirvió de modelo a muchos autores de libros de texto y manuales de enseñanza, arraigando vivamente entre las clases medias españolas, al punto que su posesión fue signo de cierta distinción. «En cuanto a la claridad —escribe Lafuente en el prólogo a la primera edición—, siempre he preferido a la vanidad que se disfraza bajo la brillantez de las formas, la sencillez que Horacio recomienda tanto, aconsejando a los autores que escriban no solo de manera que puedan hacerse entender, sino que no puedan menos de ser entendidos. La historia no es tampoco un discurso académico». 
Definitivamente, el éxito obtenido le avaló un cierto status oficial como modelo de historia general de la nación. «La historia pasó a ser un género con una gran aceptación —escribe Marc Baldó Lacomba de la Universitat de València en su artículo Regeneracionismo en la universidad y creación de la sección de historia (1900-1923)—. Todo miembro de la burguesía o clase media que se preciara tenía en su casa, al menos, una Historia de España en varios volúmenes. Además, la lectura histórica se consumía en distintos formatos: como compendio, como síntesis, como novela (ahí están los Episodios nacionales de Galdós). La historiografía liberal, especialmente la de la época romántica, era un género que, con frecuencia, estaba a caballo entre la literatura y la erudición; tenía que estar bien escrita para ser comprada y leída, y pasó a tener una amplia difusión; los historiadores de entonces eran buenos narradores, si no el mercado los hubiese marginado (en el liberalismo, como es sabido, el mercado manda)». 
La Historia de Lafuente no fue un caso aislado en la producción historiográfica del momento. Las historias generales constituyeron un género muy difundido en la Europa liberal del XIX. En estas obras, influidas en gran medida por la Historia de la civilización del francés Guizot, se sientan unas bases metodológicas sobre las que interpretar el devenir histórico, bases que tienen como epicentro el concepto aglutinador de nación, el romántico volkgeist o “alma nacional”, concepto que destilado de los acontecimientos, hasta de los más remotos, buscó la legitimación del estado-nación en el presente. La Historia, vista así, deja de ser un mero compendio de crónicas dinásticas y acontecimientos diplomáticos y militares, para centrarse en el protagonista por excelencia de los avatares históricos, un sujeto colectivo: la nación. Surge así una imagen inmutable de la genealogía nacional, basada en la arraigada caracterización del pueblo español como valeroso, religioso y básicamente conservador. En la magna obra de Modesto Lafuente, como en casi todos los escritores del siglo XIX, de cualquier signo ideológico, a la nación española se la identificó con el pueblo y con su manera de ser, confiriéndoles el carácter de atemporales y eternas a tales categorías sociológicas. Los españoles, por tanto, eran ese nuevo concepto político que adquiría rango de categoría histórica. Españoles eran los que, a lo largo de los siglos, habían encarnado el espíritu de un pueblo y habían defendido sus instituciones. Españoles que además, desde ahora, se convertían en los nuevos protagonistas del discurso político y, por supuesto, del relato historiográfico. Eran la nación, ni más ni menos. Por eso Modesto Lafuente podía escribir en el prólogo de su obra que “hace veinte años no hubiéramos podido publicar esta historia”, porque efectivamente escribía cuando ya la soberanía nacional permitía establecer un nuevo sujeto del devenir histórico. 
Con todo, «no había, sin embargo, un plan gubernamental o estatal para utilizar a los historiadores en pro de la nacionalización del país —escribe Jorge Vilches en su artículo Los liberales y la Historia—, o para inculcar una determinada ideología o mentalidad. Modesto Lafuente era un liberal, progresista pero de orden, muy independiente; fue sacerdote, luego periodista satírico –Fray Gerundio– y finalmente un historiador que vivió de su pluma sin depender de encargos institucionales ni tener que someterse a consigna académica alguna. Es más: los tres hombres que continuaron su Historia General no coincidían políticamente: Juan Valera era conservador; Andrés Borrego, liberal-conservador, y Antonio Pirala, progresista. Pero aquella obra se convirtió, como ha escrito Sisinio Pérez Garzón, en el libro de Historia de cabecera de las clases medias. 
Del artículo El nacionalismo español en los manuales de historia, a cargo de Ramón López Facal y publicado en Educació i Historia: Revista d´Historia de l´Educació (nº 2, 1995), extraemos lo siguiente: 
«La historiografía romántica liberal, especialmente la magna obra de D. Modesto La Fuente publicada entre 1850 y 1867 influyó de manera decisiva en la definición de estereotipos básicos de la historiografía posterior, especialmente en las obras escolares. En la Historia de España de Lafuente se perfila con nitidez el concepto de nación española (resultado de proyectar al pasado del modelo de Estado liberal-burgués) que perdurará durante mucho tiempo apenas matizado desde otras opciones ideológicas; la articula a partir de los siguientes elementos:  
- La idea de soberanía territorial: España es una nación formada por un territorio con cierta unidad, delimitado por unas fronteras que vienen determinadas en gran medida por una realidad geográfica «natural». 
- La unidad legislativa y política. La nación se constituye cuando está presente cierto grado de unidad política, con un gobierno «central» y un sistema legislativo común. 
- Una identidad de carácter. Los habitantes que viven en un mismo territorio están condicionados por el medio geográfico y participan de un mismo tipo de comportamiento. 
- La unidad religiosa. La religión católica ha contribuido a forjar la identidad de los españoles. Este rasgo es una aportación relevante de los historiadores moderados (Lafuente) común con los tradicionalistas (Gebhartd...) 
Esta concepción de la nación va a ser tan común que ni siquiera entre los autores más progresistas se suele poner en cuestión la importancia del catolicismo en la formación de la identidad nacional, ni se hace una reivindicación expresa de la soberanía nacional como un elemento constitutivo básico de la nación. Cuando algún historiador más radical critica —excepcionalmente— la importancia que la mayor parte de la historiografía dominante otorgaba al cristianismo en la formación de la identidad española, no lo hace desde una perspectiva racionalista-ilustrada del contrato social sino también desde cierto historicismo romántico, reivindicando una identidad común anterior al cristianismo en la época ibérica. 
Tras analizar más de una veintena de Historias de España publicadas en el siglo XIX, en su mayor parte manuales escolares, podemos resumir algunos rasgos comunes a todas ellas y muy similar al esquema adoptado por la historiografía francesa: 
- Los primeros pobladores históricos que se identifican son los iberos y a ellos se atribuye el origen del «carácter español». Se valora positivamente su «lucha por la independencia» frente a los fenicios, los cartagineses y sobre todo a los romanos. 
- Los visigodos son el origen de la monarquía hispánica y los primeros en lograr su «unidad política». 
- La Reconquista fue la gran forja de la nación. Los españoles (identificados exclusivamente con los cristianos peninsulares) expiaron el pecado de su desunión y los vicios de costumbres degeneradas; sólo con su unidad tras ocho siglos de esfuerzos lograron consumar la unidad perdida.  
- Los Reyes Católicos lograron la culminación de las aspiraciones nacionales al restaurar la unidad. Desde posturas ideológicas incluso contrapuestas se considera su reinado como el momento de mayor esplendor nacional. 
- La monarquía de los Austrias recibe una valoración más crítica; se la considera, generalmente, responsable de la decadencia española al dedicar los esfuerzos más importantes a empresas exteriores olvidando las verdaderas preocupaciones de la nación (representadas para muchos por los comuneros). A finales del XIX, desde posiciones tradicionalistas y neocatólicas se inicia la reivindicación de los reinados de Carlos I y Felipe II «providenciales» porque salvaron a Europa de los turcos y frenaron la expansión del protestantismo.
- El siglo XVIII se valora de manera diferente dependiendo del sesgo ideológico de los historiadores. Sin duda su mayor proximidad al proceso revolucionario-liberal influyó en ello. Para la mayoría merece una valoración positiva la voluntad modernizadora y de progreso de los gobernantes ilustrados (incluso entre autores muy moderados, aunque algunos hacen salvedad de la expulsión de los jesuitas por Carlos III). Los tradicionalistas y neocatólicos del último tercio del siglo censuran esos esfuerzos modernizadores que consideran contrarios al «verdadero sentir de la nación». 
- La revolución liberal apenas tiene cabida en los manuales escolares. En los textos publicados durante el siglo XIX se glorifica la guerra contra Napoleón y suelen evitar valoraciones sobre la etapa isabelina. En España no se produjo ningún fenómeno comparable a la reivindicación del proceso revolucionario realizada en Francia durante la III República. La influencia de la Iglesia católica y la hegemonía política del liberalismo doctrinario (partido moderado en la época isabelina y partido conservador a partir de la Restauración) propiciaron que incluso autores progresistas asumiesen un concepto de nación esencialmente conservador, sin considerar la soberanía nacional uno de sus rasgos definitorios». 
Es cierto que ante tales consideraciones, y a pesar de la ingente documentación de la que se hace uso, la obra de Lafuente carece de un cierto rigor científico. Es necesario señalar que el autor de la Historia General de España, como muchos otros que siguieron sus pasos, no era fundamentalmente un historiador. El rigor científico no se consideraba como absolutamente indispensable. Hasta principios del siglo XX los estudiosos y narradores de la historia se basaban en una formación filológica, jurídica, teológica, filosófica, literaria, periodística, política e incluso médica. 
Será unos años después, con la recepción tardía del positivismo en España cuando los especialistas de la Academia de la Historia, con Cánovas del Castillo como coordinador, y más tarde, la fundación del Centro de Estudios Históricos en 1909 (entidad en la que colaboran los dos principales impulsores de la historiografía española: Altamira y Menéndez Pidal), se planteen la necesidad de alcanzar un nivel de conocimiento científico suficiente como base de cualquier trabajo histórico. 
A medida que finalizaba el siglo XIX tomaba auge el inevitable debate sobre los fundamentos del Estado unitario por parte del historicismo regionalista, especialmente el catalán. El discurso de Lafuente se le antojaba excesivamente castellanista y excluyente; una historiografía centralista que intentaba monopolizar la representación de España. Presumiendo el autor de la Historia General las acusaciones que del tal frente habrían de imputarle, escribe en su prólogo: «Si en todas las historias son esenciales requisitos el método y la claridad, necesitase particular estudio para evitar la confusión en la de España, acaso la más complicada de cuantas se conocen, señaladamente en las épocas en que estuvo fraccionada en tantos reinos o estados independientes, regido cada cual por leyes propias y distintas, y en que eran tan frecuentes las guerras, las alianzas, los tratados, los enlaces de dinastías, que hacen sobremanera difícil la división sin faltar a la unidad, y la unidad sin caer en la confusión. Procuro, pues, referir con la separación posible las cosas de Aragón y las de Castilla, las de Navarra, Portugal o Cataluña, y las que tenían lugar en los países dominados por los árabes; aparte de los casos en que los sucesos de unos y otros estados corrían tan unidos que hacen indispensable la simultaneidad en la narración. (…) Siento haber de advertir que una historia general no puede comprender todos los hechos que constituyen las glorias de cada determinada población, ni todos los descubrimientos que la arqueología hace en cada comarca especial. No haría esta advertencia, que podría ofender al buen sentido de unos y parecer excusada a otros, si no tuviera algunos antecedentes para creerla necesaria». 

La presente edición de 25 tomos corresponde a la Historia General de España desde los tiempos primitivos hasta la muerte de Fernando VII. Continuada desde dicha época hasta nuestros días (muerte de Alfonso XII) por D. Juan Valera con la colaboración de D. Andrés Borrego y D. Antonio Pirala. Impresa en Barcelona por Montaner y Simón entre 1888 y 1890.

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TOMO XI     TOMO XII     TOMO XIII     TOMO XIV     TOMO XV    

TOMO XVI     TOMO XVII     TOMO XVIII     TOMO XIX     

TOMO XX     TOMO XXI     TOMO XXII     TOMO XXIII    

 TOMO XXIV     TOMO XXV
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Fray Prudencio de Sandoval - HISTORIA DE LA VIDA Y HECHOS DEL EMPERADOR CARLOS V

Escritor español, nacido en Valladolid. Benedictino, fue obispo de Tuy en 1608 y de Pamplona en 1612. Su labor de cronista fue continuadora de la realizada por Florián de Ocampo y Ambrosio de Morales, aunque solamente resulta interesante por la gran cantidad de documentos que insertó, ya que le faltó el sentido crítico y mezcló leyendas con hechos de la realidad, admitiendo afirmaciones poco documentadas de autores como Guevara y Mejía,de quienes tomó muchos datos.
Sus obras fundamentales son la Historia de la vida y hechos del emperador Carlos V y la Historia de los reyes de Castilla y León (Pamplona, 1615), más conocida como Historia de los cinco reyes.




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Cesáreo Fernández Duro - ESTUDIOS HISTÓRICOS SOBRE FELIPE II

Cesáreo Fernández Duro (Zamora, 25 de febrero de 1830 - íd. 5 de junio de 1908) fue un Capitán de Navío de la Armada Española, escritor, erudito e historiador.
En 1881 entra en la Real Academia de la Historia, y en 1898 es nombrado Secretario Perpetuo de la misma. Poco antes de fallecer, estando ya enfermo de gravedad, recibe el Premio al Mérito de la Real Academia de la Historia.
Se le deben más de 400 publicaciones entre libros, monografías, informes y memorias, en particular sobre tres ejes temáticos: la historia de la Marina española, la conquista de América y la historia de Zamora.

Dos son los eruditos estudios que el célebre marino presenta en esta obra:
EL DESASTRE DE LOS GELVES (1560-1561) y ANTONIO PÉREZ EN INGLATERRA Y FRANCIA (1591-1612).
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Antonio Rodriguéz Villa - LA REINA DOÑA JUANA LA LOCA, ESTUDIO HISTÓRICO

Reseña de la obra a cargo de Antonio María Fabié para el Boletín de la Real Academia de la Historia (tomo 22, 1893, pp. 100-105):

El estudio histórico de que voy á dar breve noticia á la Academia es digno, bajo todos conceptos, de ocupar su atención, no sólo porque trata de la interesante figura de la hija y heredera de los Reyes católicos, sino por el esmero con que el autor ha procurado investigar cuanto á ella se refiere, que es de la mayor trascendencia, pues en su tiempo y con motivo de su enlace con D. Felipe se produjo una profunda crisis en nuestra historia, que si tuvo resultados inmediatos gloriosísimos, quizá fué el origen de la decadencia que aún padecemos y de que no se ve próximo remedio.
La muerte prematura del príncipe D. Juan sin dejar sucesión fué una calamidad, agravada á, poco por la de la reina de Portugal, y que sintieron, no sólo sus padres, sino los reinos de Castilla y de Aragón, que parecían presagiar los tristes efectos que en su ulterior progreso habían de producir las influencias extranjeras. El advenimiento al trono de Castilla de los herederos de los Austrias, dadas las circunstancias y las ideas del tiempo, había de hacer partícipes á los pueblos de nuestra Península, en un momento en que se determinaba la formación de las naciones modernas, de tendencias y de propósitos que debieron sernos, si no indiferentes, al menos de interés muy secundario, pues lo natural era que empleáramos nuestras fuerzas, antes que en nada, en la colosal empresa, hacía poco empezada, de descubrir y civilizar un nuevo continente y en mantener nuestro poder en Europa, defendiendo los derechos que la herencia y la conquista nos habían asegurado en Italia.
Ningún interés inmediato podía llamar la atención de castellanos y aragoneses hacia los países del Norte de Europa, con los que nos bastaba vivir en paz, procurando que en aquellas regiones se llegase á establecer un poder bastante fuerte para contrabalancear el que todo indicaba que había de crearse en la vecina Francia, evitando con esmero que alguna vez una misma frente ciñiera la corona real de las Galias y la del Sacro Romano Imperio.
En el libro del Sr. Rodríguez Villa, y con los documentos que le ilustran, asistimos al origen de la desastrosa influencia de los extranjeros en nuestros reinos, que empezó á manifestarse á poco de verificado el matrimonio de Doña Juana con D. Felipe, viéndose con dolor que la fomentaban algunos magnates castellanos, especialmente el hábil y poco escrupuloso D. Juan Manuel, que se aprovechó de las circunstancias que produjo la muerte de la Reina Católica para desarrollar sus funestas ambiciones, y, secundado por la mayor parte de los próceres de Castilla, creó al Rey Católico graves dificultades y peligros, apenas superados por la consumada pericia de D. Fernando, que aparece en aquella ocasión más hábil político que en ninguna de las de su larga y gloriosa vida, que supo terminar manteniendo en su mano el gobierno de todos los Estados que se reunieron bajo su cetro, legándoselos, no sólo íntegros, sino mejorados, á su nieto D. Carlos.
No hay para qué decir que hasta el casamiento de D. Fernando con Doña Germana de Foix, que á primera vista mengua, si no destruye, las simpatías que pudiera inspirar el viudo de Doña Isabel, aparece, en vista de los documentos publicados por el señor Rodríguez Villa, como la consecuencia indispensable de la política que se vió obligado á seguir D. Fernando con motivo de las intrigas que contra él urdían su consuegro y su yerno, atentos sólo á convertir en provecho de sus particulares intereses dinásticos el poder de Castilla, apoyándose en los magnates que, recordando sin duda los tiempos de Enrique IV, anhelaban sacudir el peso de la autoridad del rey que había logrado anularlos en beneficio de los pueblos de la monarquía.
Breve fué, por desgracia, el período en que se pudieron tener justamente á raya las ambiciones de los grandes de Castilla y de los flamencos que formaban la corte de D. Felipe. La muerte de D. Fernando y la del cardenal Cisneros, que coincidió con la llegada de D. Carlos á España, fueron principio de un período funesto y de grandes consecuencias para los destinos de la monarquía española, formada al fin por la feliz unión de los reinos de Aragón y de Castilla.
Muy joven, casi un niño, el que luego nos dió tanta gloria, era inevitable que llegara á su apogeo la influencia de los flamencos que formaban entonces su séquito; pero, como siempre, los castellanos se mostraron rebeldes á ella, y cuando después de lo ocurrido en las Cortes, que terminaron su reunión en la Coruña, se embarcó D. Carlos para tomar posesión de la corona imperial de Alemania, estallaron las pasiones mal comprimidas y se produjo la guerra de las Comunidades, que tuvo rápido desenlace, y sin duda funesto; porque, si bien el poder monárquico resultó de ella, enaltecido y fortificado, y por tanto herido de muerte el de los grandes, sufrió por de pronto la misma fortuna el de las ciudades y villas, decayendo desde entonces la institución de las Cortes, que sufrieron al cabo un largo eclipse, estableciéndose la monarquía absoluta en nuestra patria.
Para dar idea exacta de los acontecimientos que van indicados sería necesario escribir, no sólo la historia de España, sino la de Europa, desde 1496, en que se embarcó Doña Juana en Laredo para unirse con su esposo D. Felipe, hasta que su hijo D. Carlos, en posesión de la corona imperial, volvió á España terminada la guerra de las Comunidades; después de lo cual, salvo la rebelión de los moriscos, gozó la Península largos años de paz, durante los cuales no cesaron las luchas con el extranjero, tan gloriosas para nuestras armas como estériles y aun funestas para España.
Conviene, sin embargo, decir que, si bien tan grandes sucesos fueron contemporáneos de Doña Juana y ella causa involuntaria de muchos, puede asegurarse que no influyó en ellos deliberadamente por el estado mental en que cayó á poco de verificado su casamiento, y de que probablemente tendría gérmenes desde el principio de su existencia. En esta parte disiento radicalmente del Sr. Rodríguez Villa; y creo que la desdichada reina Doña Juana, aun antes de su vuelta á España, no gozaba de su cabal juicio, aunque pueda decirse de ella, como de casi todos los que se encuentran en su caso, que tuvo lúcidos intervalos.
En efecto; á mi parecer, el viaje del P. Matienzo á Flandes, enviado por la Reina Católica, es una prueba de que esta abrigaba sospechas del estado mental de su hija; y esto aparece del contexto de las cartas que el Sr. Rodríguez Villa inserta en el mismo cuerpo de su obra. ¿Cómo interpretar, si no, este pasaje de la de 15 de Enero de 1499?: «... Después que S. A. salió a misa, le hablé algunas veces, en que le dixe todo lo que V. A. me mandó, con todo lo que más me pareció que era razón decirle; en que muchas cosas pasaron, las quales le dixe lo más benignamente que pude y con cuanto amor V. A. lo manda decir, no en forma de reprensión. Recibiólo muy bien, besando las reales manos de V. A. por le avisar cómo guiase su vida, y á mí que me lo agradecía mucho, y que habría placer que cualquier cosa que menos buena me pareciese gela dixese. No sé qué tanto durará. Dixele entre las otras cosas que tenía un corazón duro y crudo sin ninguna piedad como es verdad. Díxome que antes le tenia tan flaco y tan abatido que ninguna vez se le acordaba quán lexos estaba de V. A. que no se hartase de llorar en verse tan apartada de V. A. para siempre...»
Sin duda que el trato á que la sometió su esposo desde los primeros días de su matrimonio, y más que esto los celos fundadísimos que le dió con sus infidelidades y vida licenciosa, contribuyeron eficazmente á agravar la triste dolencia de Doña Juana, y, si se quiere, á producirla; por más de que imparcialmente haya que reconocer que causas análogas no producen de ordinario tales efectos, porque ¿cuántas mujeres, tratadas duramente por sus maridos infieles, conservan íntegro el uso de su razón?
Es verdaderamente conmovedor el espectáculo de la vida de esta ilustre princesa, que no llegó al menos de ordinario, a aquella situación en que el demente pierde por completo la conciencia de su estado, sino por el contrario tiene noticia aunque vaga, de su situación, lo cual debe ser un suplicio horrible. Esto explica la repugnancia de Doña Juana á ocuparse de los negocios públicos y aun de los suyos particulares, y puede decirse que fué providencial esta circunstancia que libró á España de grandes peligros, pues por ella no se convirtió Doña Juana en instrumento de los grandes, cuando á la muerte de su marido le exhortaban á que tomase las riendas del Gobierno que fueron con esta ocasión empuñadas por las hábiles y fuertes manos de su padre, y altos más adelante, cuando despidió á los comuneros que fueron á Tordesillas para oponer su autoridad á la de su hijo.
Pero esta conducta, lejos de probar que gozara de su razón Doña Juana, demuestra todo lo contrario, pues si hubiera estado en la plenitud de sus facultades, ella y sólo ella hubiera sido á la muerte de su esposo como su derecho y su deber exigían reina de Castilla, y á la de su padre hubiese sucedido en el Reino de Aragón, ejerciendo en ambos Estados el Gobierno por sí misma con arreglo á nuestras leyes. Felizmente la misma Doña Juana se sentía para ello incapacitada, y sus declaraciones repetidas relevan de prueba para demostrarlo.
Las hay, sin embargo, tan directas y concluyentes, que basta examinar los actos de la vida de esta ilustre princesa para convencerse de que es propia la calificación de loca que le atribuyó la opinión y le ha conservado la historia. La escena ocurrida en el convento de Miraflores, mandando desenterrar á su esposo, las peripecias de la conducción del cadáver á Granada, cosas son que no bastan á explicar una extravagancia, ni una exaltación pasajera.
Más significativas son en cierto modo las alucinaciones que padecía Doña Juana, especialmente las que se refieren á las cosas de religión tales como las apariciones que creía ver al celebrarse la misa, y por tanto, su repugnacia á oirla, lo cual pudo dar fundamento á la suposición del Sr. Verghenrot, completamente absurda, de que fuese Doña Juana hereje é incursa en los errores que en su época tomaron tanto vuelo en Alemania, y de que participaron algunos españoles que por entonces estuvieron en aquel país acompañando á nuestros príncipes. Los supuestos tratos de cuerda de que habla ese y algún otro escritor no fueron sino las violencias más ó menos acentuadas á que había que apelar para que la reina tomase alimento, repugnancia por otra parte característica de la locura, así como la manera de comer en barreños que pedía el marqués de Denia que fuesen de plata por el gasto que ocasionaban los muchos que rompía la pobre enferma, sin duda en sus arrebatos y en las luchas que había que sostener para reducirla á que comiese.
Todo esto y otras muchas cosas, que el Sr. Rodríguez Villa refiere, bastarían para que cualquier médico alienista, aun sin observarla directamente, conociese esta dolencia, y aun calificara —105→ el género y tipo especial de demencia de que fué víctima Doña Juana, que con los tratamientos que hoy se emplean para esta enfermedad, si no curación, hubiera encontrado alivio para sus sufrimientos, y sobre todo una vida más tolerable que la que le dieron sus carceleros que no podían sustraerse á las opiniones de un tiempo en que se formulaba en este adagio «el loco por la pena es cuerdo» el proceder que convenía seguir con los que padecían esta enfermedad horrible.
Esta discordancia de opiniones no es parte para que yo estime amenguado el mérito sobresaliente de la obra del Sr. Rodríguez Villa que ha prestado un verdadero servicio á nuestra historia con sus interesantes investigaciones, de que no se podrá prescindir, cuando se escriba en adelante la de este período tan fecundo en acontecimientos gloriosísimos, y que fueron de tan grave transcendencia para nuestra patria.

Madrid 17 de Junio de 1892
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Antonio Cánovas del Castillo - ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV

Una gran parte de las obras históricas de Cánovas, además de no pocos estudios de investigación, fueron escritas en el periodo anterior a 1875, momento a partir del cual las actividades políticas de Cánovas, motivadas por la Restauración de la monarquía borbónica,  le obligan a abandonar durante varios años una de sus más queridas aficiones, hasta la publicación, en 1888, de otrade sus grandes obras: los Estudios del reinado de Felipe IV. Es ésta la única obra importante del historiador Cánovas en este período, si exceptuamos un conjunto heterogéneo de discursos conferencias y reflexiones que forman los tres volúmenes de sus Problemas Contemporáneos.
Los Estudios del reinado de Felipe IV fueron escritos cuando su autor contaba ya sesenta años de edad, en plenitud de su poder y conocimientos ensalzado por el prestigio de ser el «artífice” de un sistema político consagrado en una Constitución, a la que el mismo se esforzaría en dar forma y contenido.
En uno de estos períodos de la Restauración —el de la Regencia de María Cristina—en que accede al poder el partido de Sagasta, Cánovas, liberado de los abrumadores deberes de gobernante, dedica su atención a continuar y modificar con nuevas aportaciones sus estudios sobre la decadencia de España, pero centrando ahora su atención en torno a Felipe IV y el Conde-Duque de Olivares. El resultado de esta actividad quedaría plasmado en dos volúmenes aparecidos en 1888 y 1889 que componen sus Estudios del reinado de Felipe IV, publicados en la Colección de Escritores Castellanos.
No se trata de una obra lineal o de conjunto, como las dos anteriores referidas a los Austrias, sino fraccional, es decir, formada por una serie de estudios parciales, cuya temática ya había sido abordada por su autor,pero que aparecen aquí más precisados o rectificados en sus principales manifestaciones y avalados por un extenso acopio documental.

Extraído de Esperanza Yllán Calderón (Departamento de Historia Moderna. Universidad Complutense. Madrid), Los Estudios del reinado de Felipe IV: La obra historiográfica de un hombre de Estado.
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Antonio Cánovas del Castillo - BOSQUEJO HISTÓRICO DE LA CASA DE AUSTRIA EN ESPAÑA

El fundador del Partido Liberal Conservador, y uno de los principales artífices de la Restauración,  fue además periodista, bibliófilo, coleccionista, erudito e historiador aficionado. Interesado por la historia política de los Austrias, su primacía política hizo de él el “jefe” de la escuela historiográfica conservadora y el personaje con mayor poder en el mundo académico de la Restauración.
Como historiador es autor de numerosos prólogos y artículos de tema histórico y, fundamentalmente, de tres grandes obras que vertebran los ejes de su pensamiento historiográfico: la Historia de la decadencia de España desde Felipe III hasta Carlos II (1854), el Bosquejo histórico de la Casa de Austria en España (1869), y los Estudios del reinado de Felipe IV (1888). También, en los años 90 patrocinó la publicación de una Historia General de España escrita por individuos de número de la RAH, ambicioso proyecto que quedó incompleto.

Publicado originalmente en forma de largo artículo en el Diccionario de Administración y Derecho (1869), Bosquejo histórico de la Casa de Austria en España  supuso la rectificación de algunos puntos de vista historiográficos mantenidos por Cánovas del Castillo en su temprana Historia de la decadencia de España desde Felipe II hasta Carlos II. El Bosquejo histórico es obra de un Cánovas maduro, en la que presenta el estudio de cada etapa conjugando la personalidad y actuación de cada monarca con los hechos que encuentra más sobresalientes en cada reinado, no sólo desde el punto de vista político, sino atendiendo también a los aspectos sociales, culturales o militares.



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Francisco Martínez de la Rosa - BOSQUEJO HISTÓRICO DE LA POLÍTICA DE ESPAÑA. Desde los tiempos de los Reyes Católicos hasta nuestros días.

Hace algunos años emprendí la composicion de esta obra, de cuya continuacion me alejaron otras ocupaciones y tareas, en tales términos, que ni estaba seguro de su paradero. La casualidad de haberme encargado la Real Academia de la Historia pronunciar el discurso con que acostumbra esta ilustrada corporacion celebrar en sesion publica el aniversario de su creacion por el Sr. D. Felipe V, me sugirió el pensamiento de aprovechar con tal objeto mi olvidado manuscrito, que encontré por fortuna, y que apenas llegaba hasta fines del siglo XVII.
Parecióme, pues, que, comprendiendo meramente á la dinastía austríaca, podria formarse un cuadro completo, fácil de segregarse del conjunto; y asi salió á luz en aquella ocasion solemne. La favorable acogida que en el público encontró aquel ensayo me estimuló á proseguir mi obra hasta terminarla.
Examinar la política de España desde que ocupó el trono la augusta casa de Borbon ofrecia mas vivo interés que tratar del mismo asunto bajo la dinastía austriaca: una era, por decirlo así, la historia antigua; otra la moderna. Desde el advenimiento de Felipe V cambia completamente la situacion política de España respecto de las demás naciones; cesa la especie de aislamiento en que se habia procurado mantenerla; adelanta en la carrera de la civilizacion y cultura, y como que se columbran los prósperos reinados de Fernando VI y Carlos III.

Aun cuando el principal objeto de esta obra sea la política de España respecto de las demás potencias, no era fácil, ni quizá posible, apartar la vista de su régimen interno, poniendo como un muro de separacion entre un terreno y otro. Antes bien, recorriendo el período que abarca esta obra (poco menos de cuatro siglos), se observa constantemente la relacion intima, necesaria, entre la gobernacion del Estado, y su poder é influjo respecto de las demás naciones; pudiéndose notar á veces los síntomas de su decadencia y abatimiento, aun cuando ostentase á lo léjos cierto aparato de grandeza.

Como tal yez haya quien, al terminar la lectura de esta obra, desee saber, como en resumen, cuál es la política qne conviene á España, mi contestacion será la misma que, con voz mas autorizada, di en el seno mismo de las Cortes: Benevolencia con todas las naciones, amistad con algunas, intimidad con ninguna.

Francisco Martínez de la Rosa



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Antonio Ferrer del Río - HISTORIA DEL REINADO DE CARLOS III EN ESPAÑA

Hasta el día de hoy no han tributado las letras españolas a Carlos III el homenaje de veneración que se le debe de justicia. A cada paso que se da por España, renueva la digna memoria de tan preclaro Soberano el campo antes erial y desde su tiempo en cultivo, el puente echado sobre el raudal caudaloso, el camino por donde se transita, y aun quizá la población en que se pernocta: numerosas construcciones de utilidad pública y ornato ostentan sobre su frontispicio el nombre de reformador tan prudente como incansable: aquí dicen sus alabanzas la escuela que frecuenta el párvulo de extracción humilde o el pósito donde halla consuelo el labrador atribulado: allí atestiguan su magnanimidad el templo erigido a la gloria de las artes o el asilo abierto para la humanidad doliente: lo que en muda voz pregona tal cual estatua suya, obra del agradecimiento y no de la lisonja: divúlganlo con sentido acento los ancianos, que parecen olvidados de sus achaques y rejuvenecidos, mientras al amor de la lumbre cuentan maravillas del Soberano que en la infancia o mocedad de ellos gobernaba admirablemente dos mundos, y de los personajes que le auxiliaban con sus consejos, y a quienes su elección atinada supo hacer ilustres. Grande apellidan a Carlos III el cortesano y el campesino: su celebridad es tan notoria para el maestro que enseña como para el discípulo que aprende: todavía sirven de pauta muchas de sus leyes para la extirpación de abusos, y providencias tuvo en la mente aún no practicadas ahora: a menudo la imprenta periodística se hace lenguas encomiando sus actos: entre las glorias de su tiempo figura la unida por siempre a la regeneración de las letras; y estas, apáticas u olvidadizas, han dejado trascurrir más de medio siglo sin fatigar las prensas narrando cosas que tanto impulsan y agitan el vuelo de la fama...

Antonio Ferrer del Río, 1856.
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Antonio Cánovas del Castillo - HISTORIA DE LA DECADENCIA DE ESPAÑA, desde el advenimiento de Felipe III al Trono hasta la muerte de Carlos II

Vamos a anudar la historia de nuestra nación en el punto mismo que comienza su decadencia. Hemos de contar ahora cómo de tanta grandeza vinimos a humillación tan grande; cómo de tamaño poderio a tamaña impotencia, y de sucesos tan prósperos, a tan inauditas desgracias como lloran ojos españoles en los días de Carlos II...
Más de una vez la pluma ha de vacilar en el propósito de seguir adelante, al inquirir y apuntar los hechos de esta era desdichada; más de una vez el rubor ha de manchar nuestras mejillas y la ira ha de agitar nuestro corazón. Míseros reyes y ministros torpes que cometieron todas las faltas de sus antecesores y no supieron estudiar ni imitar ninguno de sus aciertos; movidos, príncipes y subditos, no de erróneos pensamientos de religión ó de política, sino «de la pereza del ánimo ó del deleite del cuerpo, de lujuria, vanidad y codicia. Bien ha sido hacer alto en la severa y noble relación de Mariana y Miñana antes de pasar á referir cosas tan diversas y tan inferiores. Sólo se echará ahora de menos la pluma con que pintó Tácito las vilezas de Galba y de Vitelio y la decadencia de la virtud romana.
Antonio Cánovas del Castillo

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Adolfo de Castro - EL CONDE-DUQUE DE OLIVARES Y EL REY FELIPE IV

El Conde-Duque de Olivares, varon de ánimo constante, de gran resolucion, de notable injenio: prendas que oscurecian ser nada señor de si, poseido de una estraña ambicion, vengativo á veces, pocas generoso y soberbio siempre , no pensaba con maduro examen las cosas. Emprendia las mas arduas sin considerar cuales serian sus resultas , y las dejaba de todo punto al arbitrio de la ciega fortuna. Ni cuidaba de ganar amigos, ni de servir á buenos. Solo frecuentaban su corte los aduladores. De ella estaban apartados cuantos nobles y caballeros no eran de su parcialidad. No premiaba á capitanes y soldados por haber mostrado en las batallas mas esfuerzo, mas bizarria, mas práctica en el ejercicio de la guerra , cosas que para nada consideraba, sino por haber soltado en todo tiempo y lugar palabras en defensa de su gobierno. Para los que murmuraban de él no tenia el disimulo por castigo. Segun la calidad y poder de las personas, destierros, cárceles y aun asesinos. Apartaba de los negocios de estado el ánimo del rey con regocijos, y fiestas, y tambien de cuantas personas le eran sospechosas de conspirar contra su valimiento. Fuera de esto, era de ánimo belicoso, y amante de la gloria de las armas españolas en mar y tierra. Siempre estaba atento á las materias de estado: siempre deseoso de hallar medios con que restaurar la poblacion y riqueza de estos reinos. Acosado incesantemente por la envidia de unos, por la ambicion de muchos, se vió vencedor de todos en el discurso de algunos años. Pudo ser un gran ministro si el deseo de conservar la privanza no le hubiera pintado como empresas necesarias, como acciones justas, y como meros castigos, sus desaciertos, sus rigores, sus crueldades: si el rey Felipe IV que solo tenia de su dignidad el nombre, hubiera partido con su privado la carga del gobierno de los pueblos, atendiendo al bien público, al conocimiento de los daños que afligian á España, al modo de atajarlos, al modo de destruirlos: pero él ni sabia conquistar las voluntades de los pueblos, ni por beneficios convertirlos de subditos en esclavos. Era sin embargo de corazon generoso.
Mostrar los estragos que causó á España la privanza del Conde-Duque de Olivares ha sido mi intento al escribir el presente libro, á imitacion del que ha publicado en Francia Mr. Mignet con el titulo de Antonio Perez y Felipe II.
Por estar la vida del Conde-Duque tan enlazada con la de muchos personages de aquella edad, tales como los duques de Lerma, Uceda y Osuna, Fr. Luis de Aliaga, don Rodrigo Calderon , don Fadrique de Toledo, don Francisco de Rioja, don Francisco de Quevedo, y otros, hago algunas digresiones que aunque parezcan dilatadas y á veces no necesarias  para la claridad de esta historia, contienen curiosas noticias de sucesos que pasaron en aquellos tiempos.

Adolfo de Castro, Cádiz, 1846
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G. Maurenbrecher, M. Philippson, y C. Justi - ESTUDIOS SOBRE FELIPE II

El presente trabajo, publicado en España en 1887 y traducido del alemán por Ricardo de Hinojosa, contiene los siguientes temas:
- La educación de Felipe II
- Felipe II y el Pontificado
- El príncipe D. Carlos
- Felipe II como amante de las Buenas Artes

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Alfonso Danvila - FERNANDO VI Y DOÑA BÁRBARA DE BRAGANZA

Divide el Sr. Danvila su obra en tres partes. En la primera trata del príncipe D. Fernando, desde su nacimiento hasta su enlace con la princesa portuguesa Doña Bárbara de Braganza. En la segunda relata la situación y vicisitudes de estos príncipes bajo la opresión y tiranía de la reina Doña Isabel de Farnesio, que gobernaba a su antojo no solo la nación española, sino a su débil y achacoso esposo el rey D. Felipe V, refiriendo la estancia de la Corte en Sevilla y otras poblaciones de Andalucía, el casamiento del infante D. Felipe y el fallecimiento del emperador Carlos VI, ocurrido el 20 de Octubre de 1740, con sus con-secuencias en la política europea. Ocúpase en la tercera de la muerte de Felipe V y de los principios del reinado de Fernando VI, concluyendo con la paz de Aix-la-Chapelle, sirviendo, como lo expresa el autor, el presente libro de introducción al reinado de Fernando VI, que en breve se propone historiar.La importancia del estudio del Sr. Danvila, de que al presentenos ocupamos, se comprende fácilmente teniendo en cuenta que no hay sobre este reinado historia alguna completa, sino solamente estudios parciales y monografías, no muy copiosas por cierto. «No hay parte de nuestra historia, dice nuestro doctísimo compañero el Sr. Menéndez y Pelayo, desde el siglo XV acá, más obscura que el reinado de Fernando VI. Todavía está por hacer el cuadro de aquel período de modesta prosperidad y reposada economía, en que todo fue mediano y nada pasó de ordinario ni rayó en lo heroico, siendo el mayor elogio de tiempos como aquellos decir que no tienen historia.»

Madrid, 14 de julio de 1904, Antonio Rodriguez Villa. (Boletín de la Real Academia de la Historia. Tomo 47, 1905).

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Francois Mignet - ANTONIO PÉREZ Y FELIPE II

¿Ordenó realmente Felipe II el asesinato de Escobedo? ¿Qué papel desempeñó Pérez en su ejecución: fue el simple instrumento de la política del rey, o el motor de la muerte del ambicioso secretario de Juan de Austria? ¿Se guió por una razón de Estado o por un interés particular? ¿Cuáles fueron los motivos de las trágicas desavenencias entre el rey y su ministro? ¿Tienen fundamento real los amores de ambos con la princesa de Éboli? La figura de Antonio Pérez se dibuja entre la leyenda negra y la verdad histórica. Secretario de Estado para los asuntos de Flandes e Italia de Felipe II, astuto y capaz, de maneras florentinas, menudo, de salud delicada, y gusto desenfrenado por los placeres, es una de las figuras más enigmáticas de la historia de España.
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Gaspar Muro - VIDA DE LA PRINCESA DE ÉBOLI

La Vida de la Princesa de Éboli, debida a la pluma del Sr. D. Gaspar Muro, precedida de un notable prólogo del Sr. Cánovas, y enriquecida con número copioso de documentos inéditos importantísimos, es un trabajo histórico de gran valía que merece examen más detenido que el que nos consienten los estrechos límites de una revista. Indicaremos, sin embargo, las cuestiones capitales que su estudio provoca y la opinión que sus conclusiones nos merecen.
El libro del Sr. Muro tiene por objeto resolver un importante problema histórico y responde a un doble propósito del autor, que consiste en rehabilitar a Felipe II y dulcificar las negras tintas que hasta ahora rodeaban la figura de la Princesa de Eboli. El problema histórico es dilucidar si hubo o no relaciones amorosas entre estos personajes, cuestión que siempre fue muy controvertida por la crítica.
El Sr. Muro niega terminantemente que hubiese entre el rey y la princesa correspondencia amorosa, fundándose en todo el conjunto de documentos que en su libro se publican y en razones de crítica histórica que menuda y discretamente expone. Pero una vez concedido este aserto, ocurre preguntar cuál fue la verdadera causa del rigor desplegado por Felipe II contra Antonio Pérez y la princesa, a lo cual no satisface, ni mucho menos, la contestación del Sr. Muro, para quien la razón del precitado rigor queda reducida a no querer dichos personajes reconciliarse con el secretario Mateo Vázquez, a haber indicios de que éste corría peligro por parte de aquellos, y a ser demasiado altiva la de Eboli.
Esto, no sólo no es resolver el problema, sino que pone a Felipe II en peor lugar de lo que quisiera el Sr. Muro, tan atento a enaltecerlo y rehabilitarlo. Una estrecha prisión de doce años en que se prodigan contra la princesa el desprecio, el rigor y el ultraje; una tenaz y cruelísima persecución contra Antonio Pérez, la cual más parece obra del odio que de la justicia; cosas son que no pueden explicarse por tan fútiles motivos; y de aceptarse tal explicación, Felipe II aparecería como el más caprichoso e insensato de los tiranos, mejor aún, como un imbécil, pues sólo quien tal es puede ser capaz de aplicar a tal falta tan terrible castigo y de dar a las rencillas y chismes mezquinos de dos ministros y una mujer intrigante las colosales proporciones de un grave negocio y proceso de Estado.
Ni cabe atribuir el hecho a la muerte de Escobedo, a no aceptar la juiciosa opinión del Sr. Cánovas; pues no se comprende que por ceder a las instancias de Mateo Vázquez y a las gestiones de los parientes del difunto, consintiera el rey tan fácilmente en cometer la negra [511] villanía de someter a proceso al que había obrado por su orden y la grave torpeza de comprometer su nombre en tal negocio. Menos cabe suponer en Felipe tal apasionamiento por Vázquez que el hecho de no poder avenirlo con Pérez y la princesa pudiera decidirle a privarse de los valiosos servicios del primero y a perseguirlo con sin igual ensañamiento, ni menos a castigar con tanta dureza a la que, sobre ser tan alta señora, era viuda del mejor de sus amigos y consejeros.
Es, pues, necesario ahondar el asunto y buscar una causa más transcendental de hechos tan graves; y que esta causa existe, cosa es que sin duda no aparece con la claridad de una prueba evidente en los documentos publicados por el Sr. Muro y en los demás ya conocidos a que se refiere; pero que palpita y se adivina de tal suerte en todos ellos, que sólo la preocupación le ha impedido ver lo que tan claramente ha adivinado con su natural perspicacia el señor Cánovas.
Pero ¿qué es lo que ha visto el Sr. Cánovas? ¿Por ventura la añeja anécdota de los amores del rey y la princesa, tal cual la refirieron Branthome y Leti? No, ciertamente; la falta de fundamento serio de esta anécdota resulta plenamente probada con la publicación del libro del Sr. Muro. Pero queda otra hipótesis, que es la sostenida por el Sr. Cánovas, fundándose en multitud de indicios sueltos, que no ha sabido o no ha querido relacionar el Sr. Muro, en muchas y significativas fases de los documentos que éste publica, y sobre todo en las Relaciones de Antonio Pérez, cuya veracidad defiende el señor Cánovas con sólidas razones. Esta hipótesis es que el rey solicitó sin éxito a la princesa, y que al descubrir, no sólo que ésta se hallaba en amorosa intimidad con Pérez, sino que a la venganza de ambos habían sacrificado a Escobedo, engañando al rey y tomándole por instrumento de sus planes, Felipe II se sintió ofendido como rey y como hombre, y su terrible cólera estalló, no sin razón por cierto, para caer como rayo vengador sobre la cabeza de los culpables.
Con esta hipótesis no sólo se explica todo cumplidamente, sino que la figura de Felipe aparece menos odiosa; pues a decir verdad, pocos en su caso y disponiendo de su poder dejaran de hacer otro tanto. Herido en el amor propio, que nunca perdona; engañado por los que le debían confianza y favores; trocado en cómplice inconsciente de personal venganza, que él creyó resolución de Estado, no era maravilla que su ira se encendiera y le llevara a terribles extremos; ni ha de extrañar en tal caso que tratara a la princesa con un desprecio y a Pérez con un rigor, que no tienen excusa posible en la hipótesis del Sr. Muro.
Extraño es el empeño con que este señor procura enaltecer a la de Éboli, llegando a presentarla como merecedora de figurar dignamente en las páginas de la historia como el último representante de la antigua nobleza castellana. ¡Medrada estaba la nobleza castellana [512] si su digna representante hubiera de ser una mujer impúdica, ambiciosa, casquivana, altiva y sin juicio, dominada por una pasión culpable, capaz de no retroceder ante el asesinato, el engaño y la deslealtad para con su rey, poco atenta al gobierno de su casa y de sus hijos, y piedra de escándalo en toda ocasión y lugar! Hay personajes históricos que no pueden rehabilitarse y uno de ellos es la Princesa de Éboli, por más que haga su discreto historiador.
Por no prolongar esta Revista, no entramos tampoco en el examen de la rehabilitación de Felipe II, que también intentan el señor Muro y su prologuista. Decimos del rey lo que de la princesa; para él no hay rehabilitación posible. Pruébese que no amó a la de Éboli, que no fue autor directo ni indirecto de la muerte de D. Carlos; sea enhorabuena; con ello dejará de ser el monstruo que antes se soñaba; pero no dejará de ser el tirano funesto, causa principalísima de los infortunios de la patria. Dejad suprimido el parricida y el adúltero; todavía quedará el verdugo de Flandes, de los fueros de Aragón y de la libertad del pensamiento; todavía quedará el entronizador del más ciego absolutismo y de la más desatentada intolerancia; todavía quedará lo suficiente para que su nombre sea mirado con execración por los amantes de la libertad y de la patria, y su recuerdo maldecido por la historia.

Manuel de la Revilla Moreno, Revista Contemporánea, Madrid, 30 de junio de 1877, año III, número 38, tomo IX, volumen IV
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Fundación Foro Jovellanos del Principado de Asturias - JOSÉ MOÑINO Y REDONDO, CONDE DE FLORIDABLANCA (1728-1808)

Nacido en Murcia, inició su actividad como fiscal del Consejo de Castilla (1766), cargo desde el que intervino en los procesos del motín de Esquilache, defendiendo las prerrogativas regias. En la Respuesta del fiscal en el Expediente de la provincia de Extremadura (1770) mostró su preocupación por la cuestión agraria. Actuó, junto al fiscal Pedro Rodríguez Campomanes, en una línea regalista, y apoyó decididamente la expulsión de los jesuitas (1767). En 1772, fue embajador en Roma, donde presionó para conseguir la eliminación de la Compañía de Jesús.
Fue primer secretario de Estado de 1777 a 1792. Sus propuestas reformistas intentaron modificar comportamientos tradicionales de la sociedad española, como los prejuicios sociales respecto al trabajo (Real Cédula de 1783). En la misma línea, destacó la creación de la Junta General de Caridad (1778). Su preocupación por la educación se advierte en la reglamentación para establecer escuelas gratuitas masculinas y femeninas en barrios madrileños (1783). En 1787 creó la Junta Suprema de Estado, organismo que pretendía coordinar las distintas secretarías de Estado y de Despacho, y dar una solución rápida a las cuestiones de gobierno, por lo que ha sido considerada como un precedente del Consejo de Ministros.
Floridablanca estableció un nuevo sistema de relaciones exteriores que buscaba la seguridad de los territorios americanos, la cobertura diplomática frente a Gran Bretaña y la autonomía respecto a Francia. Ante el problema de la guerra de Independencia de las colonias británicas de América del Norte, trató de mejorar las relaciones con Portugal y con las potencias centroeuropeas y del oriente mediterráneo, con el objeto de aislar a Gran Bretaña.
Muerto Carlos III, fue confirmado en sus cargos por Carlos IV, pero su política varió a partir de 1790, a raíz de los sucesos revolucionarios de Francia (Revolución Francesa). En 1792 fue desterrado. Volvió a la política activa después de la ocupación de España por las tropas francesas, y fue presidente de la Junta Suprema Central en 1808 hasta su muerte, ocurrida en ese mismo año en Sevilla.

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Manuel Ovilo y Otero - VIDA POLÍTICA DE D. MANUEL GODOY, PRÍNCIPE DE LA PAZ

Manuel Ovilo y Otero (Madrid, 1826 - íd., 1885), editor, genealogista, historiador, bibliógrafo y biógrafo español.
De condición aristocrática (era barón de Vallelado y señor de Torregutiérrez), fue bibliotecario de la Universidad de Santiago de Compostela, fue secretario honorífico de Carlos de Borbón I y luego de la Reina Isabel II. Oficial de la Biblioteca Nacional de Madrid, fue también individuo de la Real Academia Española de Arqueología y académico supernumerario de la Real Sevillana de Buenas Letras, corresponsal de la Sociedad Arqueológica de Nueva Orleáns (1852) y miembro del Ateneo Mexicano. Como Dionisio Hidalgo, con quien se le suele emparejar, se dedicó principalmente a los estudios bibliográficos y biográficos de su propio siglo, el decimonoveno. Casó con la segoviana Amalia Canales Gómez, y uno de sus hijos fue el médico Felipe Ovilo Canales, (1850) autor de algunas obras sobre higiene y epidemiología del cólera, así como libros de viajes y de etnografía.
Dirigió la Revista Política, Parlamentaria, Biográfica; El Trono y la Nobleza: Semanario Heráldico, Científico y Literario (Madrid: D. B. González, 1849-1851) y Escenas contemporáneas. Revista bibliográfica: Biografía de los Senadores, Diputados, Publicistas, Escritores y hombres útiles. Noticias necrológicas de las personas notables y conocidas en el país, un interesante archivo de artículos sobre Literatura, Bellas Artes, Teatros etc. impreso posteriormente en cuatro volúmenes (Madrid: Tip. de Manuel G. Hernández, 1882-1884). Amigo de Antonio Alcalá Galiano y de ideología conservadora, entre sus trabajos biográficos destacan la Vida política de D. Manuel Godoy, príncipe de la Paz (Madrid: Imprenta de Benito Lamparero, 1845, pero impreso anteriormente en otra imprenta de Madrid y en 1844) y Don Carlos María Isidro de Borbón. Historia de su vida militar y política (Madrid, 1845, 2 vols.). Otras biografías suyas, siempre de personajes de sesgo conservador, son las de Pedro José Pidal, Casiano de Prado, Federico de Roncali, Ramón Pardiñas y Francisco de Paula Castro (marqués de Gerona).
Su obra más conocida es un famoso Manual de biografía y bibliografía de los escritores españoles del siglo XIX (París: Rosa y Bouret, 1859, 2 vols.), que es en realidad extracto de una obra más amplia que se conserva manuscrita en la Biblioteca Nacional (signatura Ms. 12898). También escribió un Romancero Histórico y trabajó en una Historia de los títulos y grandes de España. Se conserva manuscrito un Catálogo biográfico-bibliográfico del teatro moderno español desde el año 1750 hasta nuestros días y unos Apuntes para un catálogo de poetas líricos.... Otras obras suyas son Guía del viajero español en Londres, Guía del viajero español en París (1863), Historia de las Cortes de España y biografías de todos los diputados y senadores (Madrid, 1847), Historia de las Cortes de España y examen histórico-crítico de las mismas (Madrid, 1847-1854, 6 vols.), Hijos ilustres de la Universidad de Santiago (Santiago de Compostela, 1880) y un Diccionario biográfico contemporáneo de los españoles y americanos que se han distinguido en todas las carreras, Clero, Milicia...

Fuente: Wikipedia

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Cándido Nocedal - VIDA DE JOVELLANOS

De Gaspar Melchor de Jovellanos se han escrito multitud de estudios biográficos. Poco después de su muerte, se escribieron los de Antillón y Cean Bermúdez; en 1858-59 Cándido Nocedal editó sus obras; en el periodo de la Restauración, publicaron Somoza y Menéndez Pelayo artículos tan eruditos como vindicativos sobre nuestro personaje; en la posguerra se editaron biografías noveladas, como las de Casariego y Bonet y a lo largo del franquismo se promovieron repetidas ediciones de sus obras (Cantera, Del Río, Artola y sobre todo Caso González) y se editó la obra de Polt. Después de la muerte de Franco, se publican las ya clásicas biografías de Gómez de la Serna, Varela, el propio Caso y Fernández Álvarez. La inmensa mayoría de tales estudios se ha caracterizado por la glosa del ilustrado asturiano. Unos, los pioneros del jovellanismo, como Nocedal, desde la orilla ideológica conservadora, descargando a Jovellanos de responsabilidad alguna en los «excesos» revolucionarios y planteando la hipótesis contrafactual de lo que hubiera sido de la historia de España con el moderantismo jovellanista por bandera.

RICARDO GARCÍA CÁRCEL

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Manuel José Quintana - VIDA DE GONZÁLO FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA, llamado El Gran Capitán

Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, fue un general español nacido en Montilla en al año de 1453. Fue paje del infante Alfonso, hermano de Enrique IV de Castilla, y después de la princesa Isabel. Intervino en la guerra de sucesión en favor de los Reyes Católicos y se distinguió en las de Granada.
Al igual que el almirante Colón y el cardenal Cisneros, mereció siempre la confianza y el apoyo de Isabel la Católica, quien valoró sus dotes militares al plantearse la crisis italiana, cuando Carlos VIII de Francia decidió invadir Nápoles (1495). El hombre indicado para organizar y dirigir la operación militar contra Carlos VIII fue Gonzalo Fernández de Córdoba.
Constituida la Liga Santa, Gonzalo debía recuperar Nápoles para Fernando II. Tras un revés en Seminara, frente a Aubigny, el castellano aplicó una eficaz táctica de guerrillas en suelo calabrés mientras que -sostenido por la flota española- Fernando II entraba en Nápoles.
Nombrado para mandar el ejército destinado a Italia, conquistó el reino de Nápoles. Luchó contra los turcos y los franceses, a quienes venció en la batalla de Ceriñola (1503). El rey Fernando le hizo regresar a España, con la promesa (no cumplida) de darle el maestrazgo de Santiago. Fernández de Córdoba se retiró a Loja y después a Granada, donde murió en 1515.
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Valentín Gómez - FELIPE II, estudio histórico-crítico

Valentín Gómez y Gómez fue un escritor, periodista y político católico, miembro de la Real Academia Española de la Lengua. De muy temprana edad se trasladó a Calatayud, y ello ha dado lugar a la confusión de que se le considere como hijo de esta ciudad, en la que una calle lleva su nombre y donde tiene una lápida conmemorativa.
Políticamente Valentín Gómez se inició en el carlismo , dirigiendo El Cuartel Real, gaceta oficial carlista durante la tercera guerra, y se le tiene por el redactor del Manifiesto de Morentín, firmado por Carlos VII. En representación de este partido se le eligió diputado a Cortes por Calatayud y por Daroca -de esta ciudad, en el reinado de Amadeo de Saboya -, siéndolo por Calatayud ya afiliado al Partido Conservador . La evolución de sus ideas le llevó a fundar la llamada Unión Católica, de la que fue cabeza don Alejandro Pidal y Mon, quien contestó a su discurso de ingreso en la Academia sobre Lo Trágico, leído el 7-VI-1907, en el mismo año de su muerte, para sustituir al también periodista don Gabino Tejado. Ocupó cargos de confianza con la dinastía reinante, como los gobiernos civiles de Almería, Burgos y La Coruña, cargo en el que murió.
En cierto modo puede considerársele un precursor de la Democracia Cristiana española por su discurso de Zaragoza, en 1890, La democracia cristiana según los Fueros de Aragón. Fundó La Reconquista y El Movimiento Católico -órgano del episcopado-, de los que fue director, además de El Pensamiento Español. Colaboró asiduamente, entre otras, en las siguientes publicaciones: La Ilustración Católica; El Universo; La Lectura Dominical; La Fe; La Constancia; Altar y Trono y La Esperanza.
Destacó como autor dramático, estrenando las siguientes obras: La dama del Rey (1877); La novela del amor (1879); El alma de hielo (1881); La flor del espino (1882); El celoso de sí mismo (1882); Arturo (1883?); El desheredado (1884); La hija del réprobo (1885); El soldado de San Marcial (1885); La ley de la fuerza (1886); Los inválidos (1887); El perro del hospicio (1888); Los Danicheff o el siervo ruso (1898) y El hombre de cien años (1902).
Es autor también de El hijo del labriego; La caza de una orquídea; El señor de Calcena y La paloma blanca (novelas); Felipe II (estudio histórico-crítico), y Ecos de mi fe; Harmonías cristianas; Los liberales sin máscara y La mujer en los palacios reales.
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Juan Antonio de Vera y Figueroa - EPÍTOME DE LA VIDA Y HECHOS DEL INVICTO EMPERADOR CARLOS V

Don Juan Antonio de Vera y Figueroa Ávila y Zúñiga, conocido como conde de la Roca, era hijo de don Fernando de Vera Vargas y Figueroa, hijo a su vez de don Juan de Vera, I Alférez Mayor de Mérida. Su madre, doña María de Ávila y Zúñiga, era hija de don Luís de Ávila y Zúñiga, amigo íntimo de Carlos V, y doña María Zúñiga y Manuel, marquesa de Mirabel en Cáceres.
Nació en Mérida y fue bautizado en Santa María el 26 de Abril de 1583. Después su familia se trasladó a Jerez de la Frontera donde nacieron sus otros hermanos, Fernando, Luís Lorenzo y Teresa. Don Juan Antonio se trasladó a Sevilla al iniciar sus estudios universitarios sobre 1598 - 1599. Destacado en sus estudios y en sus amores, casa muy pronto en Sevilla con doña Isabel de Mendoza. Tuvo dos hijos, Fernando y Pedro, que huerfanos de madre en 1605 ingresaron en los Agustinos de Sevilla.
El conde, debido a su elegancia y buena conversación, se introdujo en los medios literarios sevillanos contando con amigos como el conde duque de Olivares; a quien conoció estudiando en Sevilla, Lope de Vega, Pérez Montalbán, etc. En 1604, Lope de Vega publicó un soneto en "El peregrino en su patria" dedicado a don Juan Antonio. El mismo conde publicó "El Embajador" que le dio buena fama, convirtiéndose en el vademécum de los aristócratas que iniciaban la carrera diplomática. Se publica en Sevilla en 1620, es traducida al francés en 1635 y al italiano en 1646. Considerando los servicios de su padre a la Corona, en 1613, se le concede el hábito de la orden de Santiago y la encomienda de la Barra en 1621. La muerte de su padre hizo que disfrutase de los terrazgos de Don Tello y Sierra Brava, y el título de Alférez Mayor de Mérida, por el que cobraba 1650 reales y 18 maravedíes anuales. En el año 1621, el conde de Olivares lo llamaba a Madrid para instruir a futuros diplomáticos. Es en esta ciudad donde publica " Epítome de la vida y hechos del invicto emperador Carlos V". Fué nombrado gentilhombre de la Boca de su Majestad, y se le encomendó en 1632 la embajada española en Venecia, que desempeñó durante mucho tiempo. Luego pasó a ser embajador ordinario en Roma, y extraordinario más tarde en Saboya. En gracia a estos servicios y las grandes molestias y trabajos que le produjeron, le concedió el Rey, por influencia del Conde-Duque seguramente, el título de conde de la Roca, y le nombró consejero regio en el ramo de Guerra y de la Contaduría de Hacienda.
Don Juan Antonio murió en Madrid el 20 de noviembre de 1658, siendo enterrado en la parroquia de San Martín.
 
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LEER MÁS (ENLACE)- Juan Antonio de Vera y Figueroa - EPÍTOME DE LA VIDA Y HECHOS DEL INVICTO EMPERADOR CARLOS V