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G. Maurenbrecher, M. Philippson, y C. Justi - ESTUDIOS SOBRE FELIPE II

El presente trabajo, publicado en España en 1887 y traducido del alemán por Ricardo de Hinojosa, contiene los siguientes temas:
- La educación de Felipe II
- Felipe II y el Pontificado
- El príncipe D. Carlos
- Felipe II como amante de las Buenas Artes

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Francois Mignet - ANTONIO PÉREZ Y FELIPE II

¿Ordenó realmente Felipe II el asesinato de Escobedo? ¿Qué papel desempeñó Pérez en su ejecución: fue el simple instrumento de la política del rey, o el motor de la muerte del ambicioso secretario de Juan de Austria? ¿Se guió por una razón de Estado o por un interés particular? ¿Cuáles fueron los motivos de las trágicas desavenencias entre el rey y su ministro? ¿Tienen fundamento real los amores de ambos con la princesa de Éboli? La figura de Antonio Pérez se dibuja entre la leyenda negra y la verdad histórica. Secretario de Estado para los asuntos de Flandes e Italia de Felipe II, astuto y capaz, de maneras florentinas, menudo, de salud delicada, y gusto desenfrenado por los placeres, es una de las figuras más enigmáticas de la historia de España.
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Gaspar Muro - VIDA DE LA PRINCESA DE ÉBOLI

La Vida de la Princesa de Éboli, debida a la pluma del Sr. D. Gaspar Muro, precedida de un notable prólogo del Sr. Cánovas, y enriquecida con número copioso de documentos inéditos importantísimos, es un trabajo histórico de gran valía que merece examen más detenido que el que nos consienten los estrechos límites de una revista. Indicaremos, sin embargo, las cuestiones capitales que su estudio provoca y la opinión que sus conclusiones nos merecen.
El libro del Sr. Muro tiene por objeto resolver un importante problema histórico y responde a un doble propósito del autor, que consiste en rehabilitar a Felipe II y dulcificar las negras tintas que hasta ahora rodeaban la figura de la Princesa de Eboli. El problema histórico es dilucidar si hubo o no relaciones amorosas entre estos personajes, cuestión que siempre fue muy controvertida por la crítica.
El Sr. Muro niega terminantemente que hubiese entre el rey y la princesa correspondencia amorosa, fundándose en todo el conjunto de documentos que en su libro se publican y en razones de crítica histórica que menuda y discretamente expone. Pero una vez concedido este aserto, ocurre preguntar cuál fue la verdadera causa del rigor desplegado por Felipe II contra Antonio Pérez y la princesa, a lo cual no satisface, ni mucho menos, la contestación del Sr. Muro, para quien la razón del precitado rigor queda reducida a no querer dichos personajes reconciliarse con el secretario Mateo Vázquez, a haber indicios de que éste corría peligro por parte de aquellos, y a ser demasiado altiva la de Eboli.
Esto, no sólo no es resolver el problema, sino que pone a Felipe II en peor lugar de lo que quisiera el Sr. Muro, tan atento a enaltecerlo y rehabilitarlo. Una estrecha prisión de doce años en que se prodigan contra la princesa el desprecio, el rigor y el ultraje; una tenaz y cruelísima persecución contra Antonio Pérez, la cual más parece obra del odio que de la justicia; cosas son que no pueden explicarse por tan fútiles motivos; y de aceptarse tal explicación, Felipe II aparecería como el más caprichoso e insensato de los tiranos, mejor aún, como un imbécil, pues sólo quien tal es puede ser capaz de aplicar a tal falta tan terrible castigo y de dar a las rencillas y chismes mezquinos de dos ministros y una mujer intrigante las colosales proporciones de un grave negocio y proceso de Estado.
Ni cabe atribuir el hecho a la muerte de Escobedo, a no aceptar la juiciosa opinión del Sr. Cánovas; pues no se comprende que por ceder a las instancias de Mateo Vázquez y a las gestiones de los parientes del difunto, consintiera el rey tan fácilmente en cometer la negra [511] villanía de someter a proceso al que había obrado por su orden y la grave torpeza de comprometer su nombre en tal negocio. Menos cabe suponer en Felipe tal apasionamiento por Vázquez que el hecho de no poder avenirlo con Pérez y la princesa pudiera decidirle a privarse de los valiosos servicios del primero y a perseguirlo con sin igual ensañamiento, ni menos a castigar con tanta dureza a la que, sobre ser tan alta señora, era viuda del mejor de sus amigos y consejeros.
Es, pues, necesario ahondar el asunto y buscar una causa más transcendental de hechos tan graves; y que esta causa existe, cosa es que sin duda no aparece con la claridad de una prueba evidente en los documentos publicados por el Sr. Muro y en los demás ya conocidos a que se refiere; pero que palpita y se adivina de tal suerte en todos ellos, que sólo la preocupación le ha impedido ver lo que tan claramente ha adivinado con su natural perspicacia el señor Cánovas.
Pero ¿qué es lo que ha visto el Sr. Cánovas? ¿Por ventura la añeja anécdota de los amores del rey y la princesa, tal cual la refirieron Branthome y Leti? No, ciertamente; la falta de fundamento serio de esta anécdota resulta plenamente probada con la publicación del libro del Sr. Muro. Pero queda otra hipótesis, que es la sostenida por el Sr. Cánovas, fundándose en multitud de indicios sueltos, que no ha sabido o no ha querido relacionar el Sr. Muro, en muchas y significativas fases de los documentos que éste publica, y sobre todo en las Relaciones de Antonio Pérez, cuya veracidad defiende el señor Cánovas con sólidas razones. Esta hipótesis es que el rey solicitó sin éxito a la princesa, y que al descubrir, no sólo que ésta se hallaba en amorosa intimidad con Pérez, sino que a la venganza de ambos habían sacrificado a Escobedo, engañando al rey y tomándole por instrumento de sus planes, Felipe II se sintió ofendido como rey y como hombre, y su terrible cólera estalló, no sin razón por cierto, para caer como rayo vengador sobre la cabeza de los culpables.
Con esta hipótesis no sólo se explica todo cumplidamente, sino que la figura de Felipe aparece menos odiosa; pues a decir verdad, pocos en su caso y disponiendo de su poder dejaran de hacer otro tanto. Herido en el amor propio, que nunca perdona; engañado por los que le debían confianza y favores; trocado en cómplice inconsciente de personal venganza, que él creyó resolución de Estado, no era maravilla que su ira se encendiera y le llevara a terribles extremos; ni ha de extrañar en tal caso que tratara a la princesa con un desprecio y a Pérez con un rigor, que no tienen excusa posible en la hipótesis del Sr. Muro.
Extraño es el empeño con que este señor procura enaltecer a la de Éboli, llegando a presentarla como merecedora de figurar dignamente en las páginas de la historia como el último representante de la antigua nobleza castellana. ¡Medrada estaba la nobleza castellana [512] si su digna representante hubiera de ser una mujer impúdica, ambiciosa, casquivana, altiva y sin juicio, dominada por una pasión culpable, capaz de no retroceder ante el asesinato, el engaño y la deslealtad para con su rey, poco atenta al gobierno de su casa y de sus hijos, y piedra de escándalo en toda ocasión y lugar! Hay personajes históricos que no pueden rehabilitarse y uno de ellos es la Princesa de Éboli, por más que haga su discreto historiador.
Por no prolongar esta Revista, no entramos tampoco en el examen de la rehabilitación de Felipe II, que también intentan el señor Muro y su prologuista. Decimos del rey lo que de la princesa; para él no hay rehabilitación posible. Pruébese que no amó a la de Éboli, que no fue autor directo ni indirecto de la muerte de D. Carlos; sea enhorabuena; con ello dejará de ser el monstruo que antes se soñaba; pero no dejará de ser el tirano funesto, causa principalísima de los infortunios de la patria. Dejad suprimido el parricida y el adúltero; todavía quedará el verdugo de Flandes, de los fueros de Aragón y de la libertad del pensamiento; todavía quedará el entronizador del más ciego absolutismo y de la más desatentada intolerancia; todavía quedará lo suficiente para que su nombre sea mirado con execración por los amantes de la libertad y de la patria, y su recuerdo maldecido por la historia.

Manuel de la Revilla Moreno, Revista Contemporánea, Madrid, 30 de junio de 1877, año III, número 38, tomo IX, volumen IV
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Valentín Gómez - FELIPE II, estudio histórico-crítico

Valentín Gómez y Gómez fue un escritor, periodista y político católico, miembro de la Real Academia Española de la Lengua. De muy temprana edad se trasladó a Calatayud, y ello ha dado lugar a la confusión de que se le considere como hijo de esta ciudad, en la que una calle lleva su nombre y donde tiene una lápida conmemorativa.
Políticamente Valentín Gómez se inició en el carlismo , dirigiendo El Cuartel Real, gaceta oficial carlista durante la tercera guerra, y se le tiene por el redactor del Manifiesto de Morentín, firmado por Carlos VII. En representación de este partido se le eligió diputado a Cortes por Calatayud y por Daroca -de esta ciudad, en el reinado de Amadeo de Saboya -, siéndolo por Calatayud ya afiliado al Partido Conservador . La evolución de sus ideas le llevó a fundar la llamada Unión Católica, de la que fue cabeza don Alejandro Pidal y Mon, quien contestó a su discurso de ingreso en la Academia sobre Lo Trágico, leído el 7-VI-1907, en el mismo año de su muerte, para sustituir al también periodista don Gabino Tejado. Ocupó cargos de confianza con la dinastía reinante, como los gobiernos civiles de Almería, Burgos y La Coruña, cargo en el que murió.
En cierto modo puede considerársele un precursor de la Democracia Cristiana española por su discurso de Zaragoza, en 1890, La democracia cristiana según los Fueros de Aragón. Fundó La Reconquista y El Movimiento Católico -órgano del episcopado-, de los que fue director, además de El Pensamiento Español. Colaboró asiduamente, entre otras, en las siguientes publicaciones: La Ilustración Católica; El Universo; La Lectura Dominical; La Fe; La Constancia; Altar y Trono y La Esperanza.
Destacó como autor dramático, estrenando las siguientes obras: La dama del Rey (1877); La novela del amor (1879); El alma de hielo (1881); La flor del espino (1882); El celoso de sí mismo (1882); Arturo (1883?); El desheredado (1884); La hija del réprobo (1885); El soldado de San Marcial (1885); La ley de la fuerza (1886); Los inválidos (1887); El perro del hospicio (1888); Los Danicheff o el siervo ruso (1898) y El hombre de cien años (1902).
Es autor también de El hijo del labriego; La caza de una orquídea; El señor de Calcena y La paloma blanca (novelas); Felipe II (estudio histórico-crítico), y Ecos de mi fe; Harmonías cristianas; Los liberales sin máscara y La mujer en los palacios reales.
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Salvador Bermúdez de Castro - ANTONIO PÉREZ, secretario de Estado del rey Felipe II

Acerca del autor
Salvador Bermúdez de Castro y Díez, duque de Ripalda, nació en Jerez de la Frontera, el 6 de agosto de 1817. Estudió derecho en Universidad de Sevilla y fue muy amigo de Ventura de la Vega y de García Tassara . Fue nombrado secretario del Consejos de ministros en el Gabinete del general Narváez, siendo herido en el atentado realizado contra éste en 1844.. Ministro plenipotenciario en México en este año y hasta 1847, interrumpida las relaciones de esa República con Francia llevó la representación de esa nación con tal habilidad que el gobierno francés le premió con la gran cruz de la Legión de Honor. De regreso a España representó en las Cortes hasta 1853 el distrito de Algeciras. En este año fue nombrado ministro de Nápoles en cuyo puesto permaneció hasta 1864. Embajador en París, en 1865-1866, senador hasta 1866 y desde 1876 aunque en esta época no tomó posesión. Residente en Roma en los últimos años de su vida, fue restaurador de la famosa villa Farnesina, propiedad del rey de Nápoles, que se la había cedido en enfiteusis. Gracias al esfuerzo de este ilustre jerezano no se han perdido los frescos de Rafael y de otros insignes pintores de la villa Farnesina, celebérrima en el arte. Salvador Bermúdez de Castro murió en Roma el 23 de marzo de 1883.
El poeta jerezano enriqueció la poesía de su tiempo en el tema de la naturaleza, cantando su amor a Andalucía como Pastor Díaz y Gil Carrasco, hicieron en sus regiones respectiva, e interpretó los acontecimientos de su época a la luz de las ideas y los problemas europeos, lo cual le diferencia de sus colegas contemporáneos, en quienes predomina la nota nacional y sentimental. Formó parte del primer grupo de jóvenes que se sentían entusiasmados por la revolución literaria de 1835, sirviendo de modelo a otros poetas que dieron impulso a la nueva escuela.
Bermúdez escribió también un estudio histórico, Antonio Pérez, secretario de Estado del rey Felipe II.
Como dato curioso merece recordarse que Bermúdez de Castro utilizó con preferencia en sus poesías la octava de endecasílabos con rima aguda en los versos cuarto y octavo, hasta el punto de que, de él, tomaron el nombre de bermudinas.
A Salvador Bermúdez de Castro dedicó Valera unos párrafos muy sentidos en el prólogo de su Florilegio, lamentando que hubiera abandonado tan joven el cultivo de la literatura para dedicarse de lleno a la diplomacia y a la política. Y como dijo el poeta jerezano. “Bajo la copa del ciprés doliente / en mi pereza muelle descansado, / dejo el triste vaivén de lo presente, / busco el dulce solaz de lo pasado”.


Sobre Antonio Pérez
Antonio Pérez fue legitimado por Carlos I en 1542 como hijo de don Gonzalo Pérez, uno de los más prestigiosos secretarios del emperador y, posteriormente, de Felipe II, ya que el origen de su nacimiento quedaba bastante oscuro. Resulta muy probable que el citado Gonzalo Pérez fuese realmente quien lo engendrara durante la etapa en que ejerció como clérigo, como así puede deducirse de las reiteradas acusaciones de sus enemigos en tal sentido, que don Gonzalo siempre negó. Esta circunstancia empañó el origen de Antonio y determinaría su carácter de persona desconfiada y envidiosa y de político intrigante y ambicioso.

Legitimado ya el pequeño Antonio por el emperador, fue puesto bajo la custodia del portugués Rui Gómes de Silva, príncipe de Éboli, en cuya mansión fue criado y protegido por este noble hasta que se decide el inicio de su formación, cuando contaba los 12 años. La formación del niño se cuidó con esmero, ya que estudió en las más prestigiosas universidades europeas: Alcalá, Salamanca, Lovaina y Padua. La cultura italiana le influyó considerablemente, pues fue el país transalpino en donde pasó más tiempo.
Su mentor, el príncipe de Éboli, le requirió para su traslado a la corte, donde iniciaría su formación política de mano de su padre, quien en ese momento desempeñaba el cargo de secretario del Consejo de Estado. A la muerte de don Gonzalo, en abril 1566, Antonio asumió la responsabilidad de la parte de la Italia española.

Sabedor el rey Felipe del disparatado tren de vida, pleno de lujo y ostentación, que llevaba el joven Antonio Pérez en el Madrid imperial, exigió a su secretario que pusiera fin a vida tan disoluta y se casara, para firmar oficialmente su nombramiento. Esta faceta de crápula la mantendrá Antonio Pérez durante buena parte de su vida, quien, una vez secretario, se entrega a los brazos (y a la cama) de la princesa de Éboli, doña Ana de Mendoza y la Cerda (1540-1592), viuda ya de don Rui Gómes, el mentor de Antonio Pérez.

Por su educación, doña Ana tuvo un carácter orgulloso, dominante y altivo, pero también voluble, rebelde y apasionado, todo lo cual le venía dado por sangre de los antiguos Mendozas. De la infancia de esta mujer, no hay noticias destacadas, salvo aquella que dice que era tuerta. En torno a esta lesión física hay una leyenda que atribuye la pérdida del ojo a una caída del caballo o a la práctica de esgrima, pero este dato no es fiable; quizás no fuera tuerta, sino bizca. Sea como fuere, lo cierto es que quienes la conocieron alabaron su belleza, a pesar del parche negro que la adornaba. Por otra parte, Antonio Pérez acrecentó aún más si cabe su fama de persona dada a los lujos, alegres reuniones y opíparos festines, para cuyo mantenimiento se vio obligado a recurrir a turbios asuntos cargados de corruptelas en los que la Historia involucra presuntamente a su amante doña Ana de Mendoza.

Aunque lentamente, Antonio Pérez había ido ganándose la confianza de Felipe II, pasando a ser uno de los más destacados miembros del partido ebolista, enfrentado con el otro grupo de poder en la corte, los partidarios del Duque de Alba. Tal fue la confianza que don Antonio consiguió del rey, que le encargó la elección de una persona de su entorno para espiar a su hermanastro don Juan de Austria (1545-1578), que aspiraba a tener su propio reino, contrayendo matrimonio con María Estuardo, reina de Escocia, reino que ampliaría luego apoderándose de Inglaterra. Resultó elegido don Juan de Escobedo, otro protegido, al igual que Antonio Pérez, del difunto príncipe de Éboli. Pero parece ser que, al conocer Escobedo las relaciones que Pérez mantenía con la viuda de su protector, censuró su comportamiento y decidió abandonar al secretario para apoyar las opiniones de don Juan, que por entonces el rey había destinado a los Países Bajos como Gobernador General.

El enfrentamiento con Escobedo provocó la pronta caída de Pérez, que, herido en su amor propio, decidió perder a su amigo. La ocasión para su venganza se le presentó con motivo de una visita oficial que Escobedo hizo a Madrid, enviado por don Juan para recabar mayores apoyos en su política flamenca. Don Antonio acusó a Escobedo ante Felipe II de fomentar los ambiciosos planes de poder de don Juan de Austria. El rey se dejó convencer por su secretario y, según posteriores declaraciones de éste, le autorizó a que atentara contra la vida de Escobedo, que resultaría muerto a estocadas por asesinos pagados en una calle de Madrid el 23 marzo de 1578. El clamor popular inculpó del asesinato a Pérez y la familia de Escobedo pidió justicia ante el rey.

Este error político fue rápidamente aprovechado por los enemigos de Pérez, que suscitaron la sombra de la duda en el ánimo del monarca. Felipe II, recelando que había sido juguete de las intrigas de su secretario, le mandó prender. Se inició una investigación en la que se descubrió la culpabilidad del secretario. Felipe relevó a Pérez por el anciano cardenal Nicolás Perremot de Granvela (1517-1586) y Antonio era detenido y encarcelado el 28 de julio de 1579.

La causa por la que Pérez fue enjuiciado se limitaba a asuntos de corrupción, sin profundizar en el asesinato de Escobedo. El proceso se prolongó once años, sin que se llegase a nada concluyente. Pérez fue condenado a 2 años de cárcel y 10 de destierro, pero, simultáneamente, se inició el proceso por el asesinato de Escobedo, que acabó con la acusación formal y tortura del reo. Corría el mes de junio de 1589 y Pérez se vio perdido, por lo que comenzó a pensar en la huida

Incomprensiblemente, Antonio Pérez logró fugarse de su cárcel de Madrid, y el 19 de abril de 1590 llegaba a Aragón, buscando amparo, valiéndose de su condición de hijo de aragonés, en los fueros de aquel antiguo reino, donde, en virtud del privilegio de manifestación, se puso bajo la protección del Justicia foral, don Juan de Lanuza. No obstante, el magistrado ordenó su reclusión en una cárcel de Zaragoza.

Legalmente, el rey no podía enjuiciar en Aragón a un reo que hubiese cometido su crimen en el reino de Castilla, por lo que recurrió al único tribunal que tenía competencias en todo el territorio peninsular, la Santa Inquisición. Por presión real, Antonio Pérez fue acusado de herejía y se dispuso su traslado a una cárcel inquisitorial, sin que previamente hubiese dado su consentimiento el Justicia de Aragón, que interpretó tal decisión como una agresión a los fueros aragoneses.
Con gran habilidad, Pérez consiguió unir su causa a la del respeto a los fueros, y haciéndose pasar por víctima del rey, soliviantó a su favor al pueblo zaragozano, que exigió violentamente de los inquisidores la libertad del reo, en medio de una insurrección que propició la huida a Francia del acusado. Felipe II envió un ejército a Aragón, que puso fin a los disturbios y, considerando a don Juan de Lanuza culpable de lo ocurrido, mandó procesarlo. Lanuza fue decapitado en Zaragoza y muchos nobles murieron en las cárceles. Después modificó y limitó las atribuciones de los fueros de Aragón, e hizo que el cargo de Justicia del reino fuera, en adelante, de nombramiento real.
Una vez en territorio galo, Pérez recibió el apoyo de Enrique IV, acérrimo enemigo del rey Felipe, protección que él pagó revelando traidoramente secretos de Estado, al poner en manos de éste atractivos proyectos desestabilizadores para España. El fracaso de los intentos de invasión francesa motivó el traslado de Pérez a Inglaterra, donde también contó con importantes ayudas, ofreciendo interesante información que sirvió para el posterior ataque inglés a la plaza de Cádiz en 1596.
Pero el Tratado de Vervins (1598), que dio fin a las guerras de religión en Francia, supuso el final diplomático de Pérez, que se dedicó a la escritura, llegando a publicar dos importantes obras que tuvieron un destacado efecto negativo en la figura de Felipe II: las Relaciones y las Cartas, otra base originaria de la injusta leyenda negra formada contra aquel monarca y contra España.
Muerto ya Felipe II, Antonio Pérez intentaría obtener el perdón hispano en numerosas ocasiones, siempre con resultado negativo, hasta que falleció en la más absoluta pobreza en París, el 7 de abril de 1615.


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