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Antonio Cánovas del Castillo - ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV

Una gran parte de las obras históricas de Cánovas, además de no pocos estudios de investigación, fueron escritas en el periodo anterior a 1875, momento a partir del cual las actividades políticas de Cánovas, motivadas por la Restauración de la monarquía borbónica,  le obligan a abandonar durante varios años una de sus más queridas aficiones, hasta la publicación, en 1888, de otrade sus grandes obras: los Estudios del reinado de Felipe IV. Es ésta la única obra importante del historiador Cánovas en este período, si exceptuamos un conjunto heterogéneo de discursos conferencias y reflexiones que forman los tres volúmenes de sus Problemas Contemporáneos.
Los Estudios del reinado de Felipe IV fueron escritos cuando su autor contaba ya sesenta años de edad, en plenitud de su poder y conocimientos ensalzado por el prestigio de ser el «artífice” de un sistema político consagrado en una Constitución, a la que el mismo se esforzaría en dar forma y contenido.
En uno de estos períodos de la Restauración —el de la Regencia de María Cristina—en que accede al poder el partido de Sagasta, Cánovas, liberado de los abrumadores deberes de gobernante, dedica su atención a continuar y modificar con nuevas aportaciones sus estudios sobre la decadencia de España, pero centrando ahora su atención en torno a Felipe IV y el Conde-Duque de Olivares. El resultado de esta actividad quedaría plasmado en dos volúmenes aparecidos en 1888 y 1889 que componen sus Estudios del reinado de Felipe IV, publicados en la Colección de Escritores Castellanos.
No se trata de una obra lineal o de conjunto, como las dos anteriores referidas a los Austrias, sino fraccional, es decir, formada por una serie de estudios parciales, cuya temática ya había sido abordada por su autor,pero que aparecen aquí más precisados o rectificados en sus principales manifestaciones y avalados por un extenso acopio documental.

Extraído de Esperanza Yllán Calderón (Departamento de Historia Moderna. Universidad Complutense. Madrid), Los Estudios del reinado de Felipe IV: La obra historiográfica de un hombre de Estado.
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Antonio Cánovas del Castillo - HISTORIA DE LA DECADENCIA DE ESPAÑA, desde el advenimiento de Felipe III al Trono hasta la muerte de Carlos II

Vamos a anudar la historia de nuestra nación en el punto mismo que comienza su decadencia. Hemos de contar ahora cómo de tanta grandeza vinimos a humillación tan grande; cómo de tamaño poderio a tamaña impotencia, y de sucesos tan prósperos, a tan inauditas desgracias como lloran ojos españoles en los días de Carlos II...
Más de una vez la pluma ha de vacilar en el propósito de seguir adelante, al inquirir y apuntar los hechos de esta era desdichada; más de una vez el rubor ha de manchar nuestras mejillas y la ira ha de agitar nuestro corazón. Míseros reyes y ministros torpes que cometieron todas las faltas de sus antecesores y no supieron estudiar ni imitar ninguno de sus aciertos; movidos, príncipes y subditos, no de erróneos pensamientos de religión ó de política, sino «de la pereza del ánimo ó del deleite del cuerpo, de lujuria, vanidad y codicia. Bien ha sido hacer alto en la severa y noble relación de Mariana y Miñana antes de pasar á referir cosas tan diversas y tan inferiores. Sólo se echará ahora de menos la pluma con que pintó Tácito las vilezas de Galba y de Vitelio y la decadencia de la virtud romana.
Antonio Cánovas del Castillo

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Adolfo de Castro - EL CONDE-DUQUE DE OLIVARES Y EL REY FELIPE IV

El Conde-Duque de Olivares, varon de ánimo constante, de gran resolucion, de notable injenio: prendas que oscurecian ser nada señor de si, poseido de una estraña ambicion, vengativo á veces, pocas generoso y soberbio siempre , no pensaba con maduro examen las cosas. Emprendia las mas arduas sin considerar cuales serian sus resultas , y las dejaba de todo punto al arbitrio de la ciega fortuna. Ni cuidaba de ganar amigos, ni de servir á buenos. Solo frecuentaban su corte los aduladores. De ella estaban apartados cuantos nobles y caballeros no eran de su parcialidad. No premiaba á capitanes y soldados por haber mostrado en las batallas mas esfuerzo, mas bizarria, mas práctica en el ejercicio de la guerra , cosas que para nada consideraba, sino por haber soltado en todo tiempo y lugar palabras en defensa de su gobierno. Para los que murmuraban de él no tenia el disimulo por castigo. Segun la calidad y poder de las personas, destierros, cárceles y aun asesinos. Apartaba de los negocios de estado el ánimo del rey con regocijos, y fiestas, y tambien de cuantas personas le eran sospechosas de conspirar contra su valimiento. Fuera de esto, era de ánimo belicoso, y amante de la gloria de las armas españolas en mar y tierra. Siempre estaba atento á las materias de estado: siempre deseoso de hallar medios con que restaurar la poblacion y riqueza de estos reinos. Acosado incesantemente por la envidia de unos, por la ambicion de muchos, se vió vencedor de todos en el discurso de algunos años. Pudo ser un gran ministro si el deseo de conservar la privanza no le hubiera pintado como empresas necesarias, como acciones justas, y como meros castigos, sus desaciertos, sus rigores, sus crueldades: si el rey Felipe IV que solo tenia de su dignidad el nombre, hubiera partido con su privado la carga del gobierno de los pueblos, atendiendo al bien público, al conocimiento de los daños que afligian á España, al modo de atajarlos, al modo de destruirlos: pero él ni sabia conquistar las voluntades de los pueblos, ni por beneficios convertirlos de subditos en esclavos. Era sin embargo de corazon generoso.
Mostrar los estragos que causó á España la privanza del Conde-Duque de Olivares ha sido mi intento al escribir el presente libro, á imitacion del que ha publicado en Francia Mr. Mignet con el titulo de Antonio Perez y Felipe II.
Por estar la vida del Conde-Duque tan enlazada con la de muchos personages de aquella edad, tales como los duques de Lerma, Uceda y Osuna, Fr. Luis de Aliaga, don Rodrigo Calderon , don Fadrique de Toledo, don Francisco de Rioja, don Francisco de Quevedo, y otros, hago algunas digresiones que aunque parezcan dilatadas y á veces no necesarias  para la claridad de esta historia, contienen curiosas noticias de sucesos que pasaron en aquellos tiempos.

Adolfo de Castro, Cádiz, 1846
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