Anatole France – EL OLMO DEL PASEO (HISTORIA CONTEMPORÁNEA I)

Es la Historia Contemporánea compuesta de cuatro novelas (El Olmo del Paseo, El Maniquí de mimbre, El Anillo de Amatista y El señor Bergeret en París), colorida representación de la sociedad francesa contemporánea del affaire Dreyfus. Por lo que piensa el señor Bergeret, personaje central, sabemos cual es el pensamiento de France, porque nunca el novelista se identificó tanto con ninguna de sus creaciones como con esta.
La Historia Contemporánea es una novela de costumbres, una novela política y una novela satírica. El cuadro es viviente, animado por numerosas figuras cuya verdad no es disminuida, antes por el contrario destacada, por la nota caricaturesca, llevada por momentos, aunque con discreción, hasta lo grotesco. Según su costumbre, el autor desarrolla la acción con libre desenvoltura, sin ningún plan visible, a través de las más diversas escenas y peripecias serias y cómicas, trascendentes y triviales, enlazando y desenlazando de mil maneras los hilos de la intriga, que tejen con sus manos enguantadas las heroínas de la novela, todas empeñadas, por razones no santas, en hacer un obispo. La frivolidad del asunto es aparente. La tranquilidad sonriente con que el titiritero mueve sus fantoches en el tablado de la vanidad, de la ambición, de la hipocresía, del vicio, del lucro y del goce, no debe engañarnos respecto del desdén que ellos le inspiran. Forman la caterva que se entremezcla, choca y empuja sobre el tablado, aristócratas imbéciles, curas intrigantes, militares brutales, hombres de presa, burgueses advenedizos, políticos sin conciencia, judíos descastados, y toda la hez de la alta sociedad: vividores, caballeros tahúres, profesionales del juego, mujercitas adúlteras.
Por boca de Bergeret, filósofo apacible y escéptico, pero dialéctico diestro y mordaz, ataca France todos los intereses, instituciones e ideas que aquéllos representan y defienden: el militarismo, el fetichismo católico, la política rapaz y solapada, la ingerencia de la alta banca en los negocios públicos, las empresas coloniales, las leyes bárbaras, la justicia prevaricadora : y en lo moral : el honor de los tahúres y rufianes, el nacionalismo fanático y agresivo, la ceguera del populacho, la hipocresía de los adinerados, el rebajamiento del carácter. Por cierto, en el señor Bergeret la reverencia hacia las instituciones consagradas por la tradición y hacia las costumbres universalmente aceptadas, no es el sentimiento dominante.
Aunque en la Historia Contemporáneo prepondera el elemento crítico, no todo en ella es negación. También contiene radicales afirmaciones, principalmente en el tomo que cierra la serie: El señor Bergeret en París. Es natural que el filósofo, acostumbrado a examinar y disociar todas las ideas, no se forje ilusiones desmedidas. No ha olvidado, y lo repite, que «todos los progresos son inseguros y lentos» y que «el avance hacia un mejor orden de cosas es indeciso y confuso»; pero ahora es optimista, tiene fe en el lejano porvenir y cree que la injusticia, la violencia y la explotación, a la larga serán vencidas. El sofista que dudaba de si la verdad tiene caracteres de superioridad sobre la mentira, los cuales puedan asegurarle el triunfo, deja paso en breve tiempo al luchador que afirma que ante la idea de justicia tarde o temprano toda iniquidad cede y se desploma. Es decir, se convierte también él a la fe sencilla que Zola expresó en la memorable frase: «La verdad está en marcha y nadie la detendrá». El milagro de la conversión del escéptico cuya intrepidez era minada por el vicio de reflexionar demasiado lo cumple la evidencia de la monstruosa iniquidad que significó el asunto Dreyfus. Frente a aquella inverosímil organización de la violencia y del engaño, Bergeret (o France) ya sin vacilar más tiempo ocupa su puesto de batalla junto con los hombres de buena voluntad. Él también quiere contribuir a edificar la nueva república en donde cada uno reciba el fruto de su trabajo, todo sea de todos, no haya explotación ni opresión y sí intercambio de bienes. Él también quiere preparar el porvenir combatiendo todas las tiranías e inspirando a los pueblos el odio de la guerra y el amor del género humano. Prudentemente se pone a si mismo en guardia contra las profecías, y no obstante anuncia y describe a su hija la futura república colectivista, la Ciudad nueva, donde a los males inevitables que son la consecuencia de nuestra condición humana, no se añadirán como ahora los males artificiales que derivan de la condición social. En ese elocuente discurso a su hija, su fe y su optimismo se van gradualmente encendiendo a medida que habla, hasta que llamean en esta afirmación: «No, yo no construyo en Utopía, Mi ensueño, que no me pertenece y que es en este momento el ensueño de mil y mil almas, es verdadero y profético». Así la Historia Contemporánea que comenzó siendo un ejercicio dialéctico, un cuadro de costumbres y una sátira social, concluyó en un libro polémico y de afirmación.
Su publicación coincide con el período más intenso de la actividad política de France, quien había ingresado en el partido socialista. Esa actividad, durante los años que corren de 1897 a 1906, ha quedado documentado en cuarenta y seis discursos, alocuciones y cartas reunidas en el libro que se titula Vers les Temps meilleurs. Cuesta trabajo a veces reconocer en ellas al literato descreído y sofista de antaño; uno duda si quien habla ante auditorios de obreros con fe tan simple y robusta, con acento tan sencillo, es el elegante cincelador de las paradojas de Jerónimo Coignard.
Extraído de Roberto Giusti, Anatole France, el aspecto social de su obra, Ediciones Selectas América, Buenos Aires, 1920.


EL OLMO DEL PASEO

La obra, escrita en 1897, contiene muchas tramas secundarias, pero el eje central de la misma lo constituye la relación que se entabla entre el catedrático de literatura latina de la Facultad de Letras Luciano Bergeret y el rector del seminario Lantaigne. Estos dos hombres, siempre que pueden conversan en un paseo, a la sombra de los olmos. Ambos personajes compadrean pero son de opiniones contrarias. Bergeret pretende penetrar en el alma del rector del seminario, hombre inteligente y piadoso. En realidad Lantaigne es una especie de prolongación del propio Bergeret, como portavoz de ideas que el mismo catedrático no desea expresar personalmente.
El decano de la facultad y el cardenal-arzobispo no ven con buenos ojos esta amistad. Pero los dos amigos no le dan importancia.
En una aburrida ciudad provinciana, para Bergeret no hay otra distracción que sus estudios clásicos y las tertulias en el rincón de la librería Paillot. En ese "rincón de pergaminos y pastas viejas" hay tres sillas, a las que llaman "académicas", cuyo asiento está reservado para el profesor Bergeret, Mazure (archivero municipal) y el señor Terremondre, presidente de la Sociedad de Agricultura y Arqueología.
En la narración aparecen también diferentes tipos de la sociedad francesa del momento: un judío francmasón, Worms-Clavelin; Noemi, su mujer, coleccionista de antigüedades eclesiásticas, piezas que se las busca el padre Guitrel, maestro de elocuencia sagrada en el seminario; el general Cartier de Chalmot, contrario a la República, su mujer Paulina y el cardenal-arzobispo, monseñor Carlot.



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Anatole France – EL POZO DE SANTA CLARA

Publicado en 1895, bajo este título nos ofrece el autor una colección de narraciones escritas en Italia. Anatole se sirve de la figura del franciscano y erudito Adone Doni, quien le relataba a las afueras de Siena, sentados junto al Pozo de Santa Clara, llamado así por la visión de la faz de la santa que San Francisco tuvo en el lecho del mismo, estas historias ambientadas en la época renacentista de aquellas tierras.


La obra se compone de las siguientes narraciones:
I. San Sátiro.
II. Messer Guido Cavalcanti.
III. Lucifer.
IV. Los panes negros.
V. El alegre Buffalmacco.
VI. La dama de Verona.
VII. La humana tragedia.
VIII. El misterio de la sangre.
IX. La fianza.
X. Historia de doña María de Ávalos y don Fabricio, duque de Andria.
XI. Bonaparte en San Miniato.



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Anatole France – LA AZUCENA ROJA

En 1894 France escribió La azucena roja (o El lirio rojo, que hace referencia al emblema de Florencia), libro en que, de manera deliberadamente "estética", al modo de las novelas románticas o mundanas, estudiaba los efectos devastadores de la pasión y la irremediable soledad de los hombres.
Aquí el autor se revela como un hombre dolorido y atormentado, abandonando, en cierta manera, ese personaje escéptico al que nos tiene acostumbrados. A buen seguro, el influjo de Madame de Caillavet, unida a Anatole por algo más que una amistad, se deja sentir en esta historia, a caballo entre Florencia y París, y rasgada por la exaltación de las pasiones amorosas y los celos.

Aquella noche Teresa, ya en la cama, como tenía por costumbre, abrió un libro antes de dormirse. Era una novela. Volvía las hojas distraídamente, y tropezó en estos párrafos:
ʺ(…) El mariposeo está permitido, se concilia con todas las exigencias de la vida elegante; pero el amor, no. El amor es la menos mundana de las pasiones, la más antisocial, salvaje y bárbara. Por esto las gentes lo juzgan con mayor severidad que los devaneos galantes y el relajamiento de las austeras costumbres”.
(…) Teresa cerró el libro. Reflexionaba que aquello era una divagación de novelistas y que los novelistas desconocen la vida. Bien sabía ella que no hay en la realidad, ni Carmelo apasionado, ni cilicios amorosos, ni vocación encantadora y terrible a la cual resistiera vanamente la predestinada. Conocía el amor como embriaguez breve que dejaba un rastro de tristeza. Nada más. Pero ¿no es posible que lo desconociese, que ignorase algo, que hubiera en realidad amores en que se abismara deliciosamente un alma? .. . Apagó la luz. Los ensueños de su primera juventud resurgían entonces entre las confusas memorias de su pasado.



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Anatole France – EL FIGÓN DE LA REINA PATOJA

En 1892 France publicó esta novela, que es un lienzo narrativo sobre la Francia del siglo XVIII. Elma-Lorenzo-Jacobo Ménétrier y su maestro, el abate Jerónimo Coignard, son los protagonistas. Un figón (rótisserie) es una humilde casa de comidas. El padre de Elma-Lorenzo-Jacobo Ménétrie posee uno cuyo nombre es La Reina Patoja (la reina que tenía los pies a la manera de las ocas y los patos). Jacobo es un chico querido por sus padres quienes lo llenan de mimos y cariño. Sin embargo, su origen humilde y las conversaciones que mantiene con el abate Jerónimo Coignard van a introducirlo en las ciencias ocultas, quedando como único testigo de una historia fantástica.
El abate Coignard (nuevo alter ego de France), personaje complejo, irónico, sutil y agradable, aparecerá también en posteriores obras de Anatole: Las opiniones de Jerónimo Coignard (1893) y en el conjunto de relatos titulado El pozo de Santa Clara (1895). «Muchos sabios y hombres de talento frecuentan mi librería —declara el discípulo Jacobo, al final de la obra, acerca de su maestro—, ninguno me recuerda la elegancia de sus pensamientos, la dulce sublimidad, la pasmosa riqueza de su alma, siempre expansiva y desbordante, como la urna de esos ríos que se ven representados en mármol en los jardines; ninguno me ofrece aquel manantial inagotable de ciencia, donde tuve la dicha de beber en mi juventud; ninguno es ni sombra de aquella gracia, de aquella sabiduría, de aquella fuerza de imaginación que resplandecieron en el señor Jerónimo Coignard».



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Anatole France – TAIS

Tais, la cortesana de Alejandría, es una narración de 1890 que desarrolla la historia-leyenda de esta mujer que llegó a ser venerada como santa. La historia nos lleva a la Alejandría del siglo IV DC., donde Tais, mujer sensual y hermosa, ejerce un enorme poder merced a la fascinación que causa entre los hombres. De hecho, Tais es una gran pecadora, un ser entregado a la lujuria y las pasiones, de tal manera que “abrasaba en el fuego de la lujuria a todos los espectadores, y cuando arrogantes jóvenes o ricos ancianos acudían, impulsados por el amor, a depositar flores en el umbral de su casa, ella los acogía y se les entregaba”. En su opuesto estaba Pafnucio, un monje asceta que, de juventud disipada, como corresponde a muchas de las hagiografías de santos tan estudiadas por Anatole, desde su conversión al cristianismo “ya no hervía en la caldera de las delicias, y se maceraba provechosamente con los bálsamos de la penitencia”.
Pafnucio, fruto de sus reflexiones, resuelve como sagrada misión el salvar a Tais de aquella vida de pecado: “iré a encontrar a esa mujer en Alejandría, y, con el auxilio de Dios, la convertiré. Tal es mi propósito”. Poco podía sospechar Pafnucio que andaba jugando con el fuego de su propia naturaleza, pues en sus años mozos “poco había faltado para que Tais indujese también a Pafnucio al de la carne. Con el deseo encendido en su venas, una vez se había dirigido a casa de Tais. Pero se detuvo en el umbral de la cortesana, por la timidez natural de la extrema juventud (entonces tenía quince años) y por el miedo a verse rechazado, falto de suficiente dinero, porque sus padres no le autorizaban para hacer derroches”. Así fue que, aún triunfando con la conversión de Tais, Pafnucio sufrirá las consecuencias de su obra, porque él mismo se verá enfrentado a la confusión y pondrá en duda a la que él creía era su sólida fe: “el deseo de Tais le consumía interiormente, y le hacía exclamar: ‐¿No es aún bastante, Dios poderoso? ¡Más tentaciones! ¡Más pensamientos inmundos! ¡Más monstruosos deseos! ¡Señor, haz que venga sobre mi toda la lujuria de los hombres, para que yo la expíe!”. Se produce así un viaje doble y en sentido inverso: el de Tais hacía la religiosidad y el de Pafnucio hacia el pecado.
Se dice que Tais, en su estructura narrativa, es un claro ejemplo gráfico de reloj de arena: dos personajes centrales en lados opuestos que en un momento determinado convergen; de este punto crucial en adelante cada uno de ellos prosigue en sentido inverso al inicial. Historia, en definitiva, de una situación que se invierte.
En Tais, cada uno de los personajes que tejen la obra representa a una de las diferentes concepciones de la existencia que defendían sus postulados en aquella Alejandría del siglo IV. Aparecen filósofos nihilistas, epicúreos, sibaritas y cristianos. El escéptico Anatole no pudo sustraerse a componer un dialogo entre el cristiano Pafnucio y un extranjero filósofo en torno a la trascendencia de la vida:
“‐Pero ¿qué? ‐arguyó Pafnucio‐. ¿acaso no deseas vivir en la Eternidad? ¿No habitas una cabaña en este desierto a la manera de los anacoretas?
‐Eso parece.
‐¿No vives desnudo y desprovisto de todo?
‐Eso parece.
‐¿No te alimentas con raíces y no practicas la castidad?
‐Eso parece.
‐¿No has renunciado a todas las vanidades de este mundo?
‐En efecto: he renunciado a todas las cosas vanas que, comúnmente, suelen ser la preocupación de los hombres.
‐Así, pues, eres como yo, pobre, casto y solitario. ¡Y no lo haces como yo por el amor de Dios, y con miras a la felicidad celestial! Eso es lo que no puedo comprender. ¿Por qué te privas de los bienes de este mundo, si no esperas ganar los bienes eternos?
‐Extranjero: yo no me privo de ningún bien, y me place haber hallado una manera de vivir algo satisfactoria, por más que, a decir verdad, no haya buena ni mala vida. Nada es en si honesto ni vergonzoso, justo ni injusto, agradable ni penoso, bueno ni malo. La opinión es la que da cualidades a las cosas, como la sal da sabor a, los alimentos.
‐Así, pues, según tú, no hay certidumbre. Niegas la verdad que hasta los idolatras buscaron. Descansas en tu ignorancia, como un perro fatigado que duerme sobre basura.
‐Extranjero: tan vano es injuriar a los perros como a los filósofos. Ignoramos lo que son los perros y lo que somos nosotros. No sabemos nada.
‐¡Oh anciano! ¿perteneces, pues a la ridícula secta de los escépticos? ¿Sin duda eres uno de esos miserables locos que niegan igualmente el movimiento y el reposo y que no saben distinguir la. luz del sol de las sombras de la noche?
‐Amigo mío: sí soy escéptico, y de una secta que me parece loable, mientras tú la juzgas ridícula. Porque las mismas cosas tienen diversas apariencias. Las pirámides de Menfis parecen al amanecer, conos de luz rosada, y a la puesta del sol, sobre el cielo rojizo, se muestran como negros triángulos. Pero... ¿quién penetrará su íntima sustancia? Tú me reprochas que niegue las apariencias, cuando, al contrario, las apariencias son las únicas realidades que reconozco”.
No hay duda que su escepticismo, cada vez más agresivo, le valió violentos ataques de los defensores de la fe y la moral tradicionales.





La leyenda que surgió sobre esta mujer de vida fácil que, dejando los placeres mundanos, se convirtió en monja y llegó a ser santa, dio lugar a varios escritos, de los cuales el más relevante data del siglo X. Su autora es una religiosa benedictina alemana, llamada Hrostvitha de Gandersheim. En 1839, la publicación de ese relato, bajo el nombre de "Pafnucio o Conversión de la meretriz Tais", sería el punto de partida para la posterior novela de Anatole France, que a su vez serviría de directa inspiración para la ópera de Jules Massenet, en 1894. El libreto de esta ópera fue obra de Louis Gallet, quien siguiendo la obra de Anatole France cambió el nombre del monje Pafnucio por el de Atanael. Gallet trabajó este libreto en lo que él denominó “poésíe mélique”, una suerte de verso libre apto para la declamación musical.
Esta ópera es sobre todo conocida por el precioso fragmento para violín solista que acabó por conocerse como “Meditación de Thaïs”, pieza habitual de repertorio que debe ser el fragmento que se ha adaptado más veces para ser interpretado por los más variados instrumentos.



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Anatole France – EL CRIMEN DE SILVESTRE BONNARD

Anatole France, cuyo nombre era François-Anatole Thibault, nace en París en 1844.
Ya de su niñez, Anatole estuvo estrechamente vinculado a la lectura apasionada, motivado a través de la librería que su padre tenía junto al Sena, librería France, en la orilla opuesta al Louvre; un establecimiento de compra y venta especializado en obras referentes a la Revolución Francesa. Fue allí, donde el “hijo del librero”, con todo seguir sus estudios satisfactoriamente en el Colegio Stanislas, fue forjándose una cultura literaria autodidacta merced a ese contacto cotidiano con aquel espacio en el que se acumulaban documentos, periódicos, y libros, y donde acudían curiosos, historiadores y algún que otro superviviente de aquella época revolucionaría, que aún se mostraba viva en el recuerdo. Años más tarde, esa erudición adquirida en torno al periodo revolucionario habría de servirle de base para una de sus creaciones de mayor alcance: Los dioses tienen sed.
No sólo los libros, elemento perenne en aquel ambiente de los “quais” parisinos, fueron la pasión juvenil de Anatole, también el amor por el arte floreció en su incipiente espíritu de intelectual. En su obra autobiográfica La vida en flor, escribe: «Las artes me apasionaban. Como para ir al Louvre desde mi casa no tenía más que atravesar el Sena, iba lodos los días, y puedo afirmar que mi juventud floreció en un palacio espléndido. Para ser justo con mis profesores debo decir que gracias a ellos pude comprender el genio griego, que ellos no comprendían. Entretuve muchas horas en el Museo Campana que acababa de instalarse, y en las salas de vasos griegos, llamados entonces por muchas personas vasos etruscos. En las pinturas que los decoran aprendí a descifrar las formas bellas, y de este mudo logré, sin proponérmelo, comprender el genio de Ingres».
La fascinación por el mundo clásico será igualmente una de las constantes del autor. La tradición griega y latina estará también presentes en toda su obra, deleitándose con especial pasión con las lecturas de Homero, Horacio y Virgilio. Una Antigüedad clásica que Anatole vinculaba al pensamiento ilustrado del XVIII y que le llevó a cultivar una especial erudición con la que pronto fue reconocido como uno de los principales exponentes, en su época, de ese escepticismo laico e ilustrado tan característico de las letras francesas; o, lo que es lo mismo, como el digno heredero, en la segunda mitad del siglo XIX, de la frialdad lúcida, analítica y escéptica de Montaigne y Voltaire: “retoño de la Enciclopedia, nieto de Voltaire”, dirá de él un destacado crítico. Bebe Anatole de la tradición francesa, la clásica, la renacentista, la ilustrada, la de Rabelais, la de Racine,…
Para Anatole la lectura se convirtió en un refugio, o si se quiere, en un paraíso artificial; un mundo envuelto de legajos y libros que quedaría plasmado en muchos de sus personajes literarios, como el académico Bonnard, el abate Coignard o el profesor Bergeret, todos ellos bibliófilos con amplias referencias de su creador.
En cierta ocasión, con motivo de la inauguración de una imprenta comunista, Anatole declaró lo siguiente: «Camaradas, puedo decir que soy uno de vosotros; los talleres de tipografía me traen a la memoria viejos y caros recuerdos. Mi padre era librero. Niño aún, yo llevaba material a la imprenta; muy joven, me ocupaba en la fabricación de los libros y corregía pruebas. He corregido pruebas ajenas, antes de corregir las mías. Podría ser un regente pasable. Si fuera más joven, me recomendaría a vosotros».
Así fue, el joven Anatole comenzó realizando modestos trabajos en la editorial Bossange y luego en Lemerre, el editor de los parnasianos. Fue a cuenta de las gestiones de Leconte de Lisle, uno de los principales exponentes de la estética parnasiana, que obtuvo plaza en la Biblioteca del Senado, lo que le permitió aumentar notablemente la cultura literaria ya adquirida y llegar a conquistar dotes de gran bibliófilo. Con todo, valga decir, su trabajo como bibliotecario (1876-1890) pasó sin pena ni gloria por la Institución.
La carrera literaria de Anatole se inicia a mediados de los años sesenta con la publicación en prensa, Le Parnasse contemporain entre otros, de un buen número de poemas inscritos en esa corriente del momento que, de frío y anodino fondo, buscaba su razón de ser en la perfección y sutileza de las formas poéticas.
Fruto de este tiempo verá la luz en 1872 su primera recopilación de poesías, los Poemas áueros, obra que dedica a su mentor literario Leconte de Lisle. Antes había publicado un ensayo sobre poeta y dramaturgo Alfred de Vigny (1868). Tres años más tarde publicaría Las Bodas Corintias, otro fruto de refinamiento cultivado en verso; un drama de “intensa belleza” donde evoca con sobriedad el conflicto entre paganismo y cristianismo en la Grecia del siglo II.
Fue en 1879 con la publicación de los relatos Yocasta y el gato flaco, que Anatole abandona las servidumbres artísticas parnasianas para estrenarse como prosista. De aquí en adelante, cultivando la narrativa de ficción, sus éxitos fueron en aumento, hasta consagrarlo como una de las más importantes figuras literarias del fin de siglo XIX y principios del XX.
Su primera novela importante, El crimen de Silvestre Bonnard (1881), con la que recibió el premio de la Academia, lo desmarcó definitivamente del círculo de Leconte. El escritor cedió entonces a las solicitaciones de la vida mundana, frecuentando los salones de Madame Adam, el de Madame de Loynes, el de la princesa Matilde y el de Madame Caillavet; esta última le inspiró una pasión sincera y veló por su obra y su gloria hasta el día de su muerte, con infatigable devoción.
Las ficciones autobiográficas Los Deseos de Jean Servien (1882) y El libro de mi amigo (1885) revelaron en Anatole un anticonformismo que se plasmó también en Tais (1890), novela histórica que celebraba el deseo en todas sus formas, contra el cristianismo represivo. En Tais nuevamente planteaba el conflicto entre paganismo y cristianismo, esta vez en la Alejandría del siglo IV. Su escepticismo, cada vez más agresivo, le valió violentos ataques de los defensores de la fe y la moral tradicionales. France fue el hombre de la filosofía sonriente y amarga, escéptica y piadosa, hermana de la de Epicuro y de la de Lucrecio.
Anatole France gustó también de la crítica literaria, y sus crónicas semanales aparecidas en Le Temps entre 1887 y 1896, dieron lugar a la edición de La vida literaria, corpus que, en opinión de algunos críticos, puede ser comparado en calidad al de Sainte-Beuve.
En 1892 publicó en forma de folletín El figón de la Reina Patoja, sátira al gusto del siglo XVIII en la que aparecía el personaje del abad Coignard, quien predicaba una moral de escepticismo tolerante. El personaje reapareció en 1893, en Las opiniones de Jerónimo Coignard, crítica de las instituciones de la Tercera República.
Su escepticismo epicúreo, que hundía sus raíces en el decadentismo latino de Petronio, se manifestó en los relatos históricos El estuche de nácar (1892), los ensayos cortos de El jardín de Epicuro (1894) y los cuentos de El pozo de Santa Clara (1895). «Para leer a Anatole France —cita una reseña de principios de siglo— se necesita cierta preparación mental ya que es el más curioso y el más despiadado de los historiadores. No sabes si es religioso o no; si tiene fe o no; si cree en algo o es un espíritu moderno que estudia y que analiza cuanto le rodea». El profesor de literatura inglesa Samuel C. Chew, dedica al gran escritor francés un estudio de mérito en la North American Review de diciembre de 1925. Para el profesor norteamericano, el autor de Tais fue un escritor lleno de contrastes. Era un completo escéptico y, sin embargo, estaba muy versado en todas las sutilezas de la polémica teológica; era anticlerical, y pintó con gran fidelidad, y hasta afecto, a multitud de eclesiásticos; consideraba la historia como un registro de los crímenes, errores y locuras de la humanidad, y se sentía atraído por ella; era un epicúreo y un voluptuoso, y se hallaba dominado por el más profundo sentimiento de la justicia y fácilmente se rendía a la compasión; era esencialmente crítico y, al mismo tiempo artista creador; era cínico y sentimental, cruel y bondadoso.
En 1896 ingresó en la Academia Francesa, pero a pesar de su consagración literaria, quedó aislado al tomar partido por Alfred Dreyfus. Anatole France fue uno de los primeros en alinearse junto al Zola de Yo acuso. El caso Dreyfus apareció en los últimos volúmenes de su tetralogía Historia contemporánea, compuesta por El olmo del paseo (1897), El maniquí de mimbre (1897), El anillo de amatista (1898) y El señor Bergeret en París (1901). Estas obras son la pintura, en el microcosmos de una ciudad de provincias, de las intrigas del poder civil y el poder religioso, de las que Monsieur Bergeret era el espectador clarividente e irónico.
Amigo del famoso político y filósofo socialista Jean Jaurès, esperaba que a la revisión del proceso Dreyfus siguiera una profunda reforma espiritual y social, como lo puso de manifiesto en El asunto Crainquebille (1901), relato de un error judicial, así como en Opiniones sociales (1902). Sus ilusiones se desvanecieron en los años siguientes con la descomposición del dreyfusismo, y su amargura quedó plasmada en La isla de los pingüinos (1908), sátira de la historia de Francia. Esta fue la época en la que comenzó a participar activamente en la batalla política, ganado por las tendencias socialistas que encabezaba su amigo Jaurés. Anatole participó en reuniones políticas, intervino en el movimiento de las universidades populares e hizo oír su voz a favor de los revolucionarios rusos de 1905. Claro que le ocurrió lo que a tantos otros intelectuales franceses, que al ver el cariz que tomaban las cosas en Rusia se volvieron atrás de su adhesión y no quisieron sumarse a los hechos de los nuevos tiranos.
Los dioses tienen sed (1912), notable reconstitución del París del Terror a la vez que meditación sobre el poder, y La rebelión de los ángeles (1914), en la que el autor expresa sus opiniones sobre la religión, la inteligencia y la vida, son sus dos obras más importantes del último período.
En 1925, desde las páginas de La Libertad, el republicano Marcelino Domingo escrutaba acerca de la trayectoria artística y vital de Anatole France: «Hay un Anatole France excelso: el del estilo puro, claro como el agua clara, fluido como un manantial inagotable. Este Anatole France ha descubierto a Francia el inmenso tesoro de la lengua francesa. Hay otro Anatole France egregio: el que conjuga el escepticismo con la piedad y eleva esta conjugación armónica a norma filosófica. Este Anatole France ha enseñado a Francia el tacto, la medida, el amor a lo bello y a lo perfecto; ha saturado de mieles clásicas el espíritu de las últimas generaciones francesas y ha enlazado su corazón con el corazón de las generaciones que comprendieron y amaron a Rabelais y Montaigne, a La Fontaine y a Voltaire.
Hay, sin embargo, otro Anatole France superior al estilista y al filósofo: el Anatole France hombre, hombre de su tiempo, hombre sensible a los problemas civiles de su época. Este Anatole France ha enriquecido, con su alto ejemplo, la función austera de la ciudadanía. ¿Quién no verá en este Anatole France último el Anatole France mejor?».
La guerra de 1914 dejó a Anatole en una profunda confusión. Se retiró a su propiedad de La Béchellerie, en Saint-Cyr-sur-Loire, desde donde siguió las alternativas del conflicto con angustia y temor. Retrocedió entonces a los paraísos artificiales de los recuerdos infantiles, escribiendo Pedrín (1918) y La vida en flor (1922).
A lo largo de su trayectoria, Anatole France llegó a alcanzar los más altos honores que un escritor podría esperar: la Legión de Honor en 1886, miembro de la Academia francesa en 1896, y como colofón, el galardón en 1921 del Premio Nobel de Literatura, "en reconocimiento de sus brillantes logros literarios, caracterizados por su nobleza de estilo, su profunda gracia y simpatía humanas, y la exacta plasmación de la idiosincrasia francesa".
En su retiro de Saint-Cyr-sur-Loire, fallecerá Anatole France el 12 de octubre de 1924.


EL CRIMEN DE SILVESTRE BONNARD

Esta obra de 1881 (titulada también El crimen de un académico), premiada por la Academia, sirvió a su autor para catapultar su nombre a un lugar destacado de la literatura francesa del momento.
Silvestre Bonnard es un sabio del Instituto francés que habita en su Ciudad de los libros, un hombre, coleccionista impenitente de manuscritos, que vive de manera incondicional por y para los libros que le envuelven; un bibliófilo que se ha construido un mundo propio en pos de la sabiduría. «No conozco —dirá Bonnard— lectura tan sencilla, tan atractiva y tan suave como la de un catálogo». Es uno de los tipos en los que, al igual que el abate Coignard en El Figón de la Reina Patoja, el señor Bergeret, en la Historia Contemporánea, o Brotteaux en Los dioses tienen Sed, se estiliza el retrato del propio autor como de filósofo erudito, sutil, mordaz e irónico, y a su vez, bondadoso, tolerante, y, en gran medida, escéptico.
Muchas son las expresiones en boca de Bonnard que reflejan esa ironía aguda y escéptica tan característica de Anatole France: «porque los libros históricos que no mienten resultan fastidiosos. Yo mismo publico libros verídicos, y si por su desgracia llevara usted uno de ellos de puerta en puerta, se expondría a conservarlo toda la vida en su pañuelo verde sin encontrar una cocinera bastante mal aconsejada para comprarlo», o «no sé nada, pues ninguno de esos libros deja de desmentir al otro; de manera que, una vez conocido lo que dicen todos no se sabe qué pensar».
En la novela, Anatole implicará al bueno de Bonnard en dos tramas (la obsesiva adquisición de un antiguo manuscrito y su relación con la nieta de un antiguo amor de niñez) que romperán con su vida cotidiana: «Entreteníame con mis libros como un chiquillo con sus juguetes, y al fin mi existencia adquiere una dirección, un sentido, un interés, un asunto».
Quedará, pues, abierta al lector la disyuntiva de descubrir el verdadero crimen del académico: ¿el delito del que se le acusa en la novela y del que sale inculpado por los tribunales? O quizás el de haber conformado su vida a una entrega incondicional, artificiosa y reducida a la pasión por los libros. Una entrega que, a pesar de la bondadosa decisión de terminar con ella en beneficio de su protegida, el hecho de perderla le consume y atormenta al punto de cometer un crimen; no acabar de “morir una vida para entrar en otra”: «Tenía una reserva. Entonces conocí el crimen».



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Ángel Ganivet – EL ESCULTOR DE SU ALMA

Prologando la primera edición de esta postrera obra de Ganivet, Francisco Seco de Lucena escribe:
«El 1.º de Marzo de 1899 se estrenó en el teatro de Isabel la Católica de Granada, un drama místico, original de Ángel Ganivet y titulado El escultor de su alma.
El público, deslumbrado por la brillantez y armonía de una versificación sonora y rotunda, hermana gemela de la que subyuga en las obras de Calderón y Lope, fascinado por la sublimidad de los conceptos que surgían de boca de los actores, cayendo sobre la sala como manantial inagotable de belleza que hería la imaginación y sacudía fuertemente el espíritu, quedó cautivo del poeta desde el principio del drama, y tributó a la obra y al autor una ovación tan entusiasta como no se ha oído otra en el coliseo granadino.
Nadie pidió el nombre del autor, porque era de antemano conocido, ni se pidió tampoco su salida a la escena, porque quien concibió y dio forma a aquella soberana producción dramática, no pertenecía ya al mundo de los vivos.
La sensación que produjo aquella obra genial, inspirando en el ánimo de los amigos y admiradores de Ganivet y en general de los granadinos, vivísimo deseo de conservarla impresa, me han inducido a publicarla, con lo que juzgo cumplir un deber; pues habiendo tenido la fortuna de que el autor me confiara su obra, enviándome desde Riga para su representación en Granada, el manuscrito original de El escultor de su alma, considero que la obra de que se trata merece ser difundida por medio de la imprenta, a fin de que no permanezca escondida esta valiente y genial tentativa de reconstitución de nuestro teatro, iniciada por un granadino que honra con su nombre el de esta ciudad y el de la patria española.
El escultor de su alma es la única obra de Ángel Ganivet que permanece inédita. Sus demás libros, aunque reducidos a un escaso círculo por lo corto de las ediciones, están ya impresos. Algunos, como Granada la bella, Cartas finlandesas y Hombres del Norte, los publicó en artículos El Defensor de Granada, y son muchos los lectores granadinos que los conservan cuidadosamente. No se halla en el mismo caso la producción dramática, y a satisfacer un deseo general, así como a rendir el debido tributo de admiración al ilustre y malogrado literato, se encamina la publicación de este libro.
(…) Como detalle curioso de nuestra vida escolar en el Instituto, recuerdo que por aquel tiempo el autor de los magníficos versos que hacen de El escultor de su alma una de las obras de forma más brillante de nuestro teatro, sentía un profundo desdén por la rima y el metro. El profesor de Retórica quiso un día conocer las facultades poéticas de todos sus alumnos y, quizá con la esperanza de encontrar entre nosotros la crisálida de algún Zorrilla, escribió sobre el encerado, con clara letra, diez palabras que, formadas en columna una debajo de otra, constituían las terminaciones de los versos de una décima.
Para mañana, -nos dijo el catedrático- deben ustedes traer a clase una décima, y para ahorrarles el trabajo de los consonantes, ahí los tienen ustedes en el encerado. Todo se reduce a un trabajo de relleno que no puede ser más fácil.
Al día siguiente, no se reveló ningún poeta; pero se vio a cuanto alcanza la resistencia de una casa ruinosa, porque a pesar del diluvio de ripios que cayó aquella mañana sobre la clase de Retórica, el Instituto no se hundió.
Sólo un pequeño grupo de estudiantes no tomó parte en el concurso. Entre ellos figuraba Ganivet, que nos sorprendió con su retraimiento, y lo explicó en estas sustanciosas palabras:
-Para decir tonterías en verso, mejor es escribir prosa, o no escribir ni en prosa ni en verso, que es lo que yo hago.

(…) Las ideas que expuso Ganivet en uno de los más interesantes capítulos de Granada la bella acerca de «lo viejo y lo nuevo» tienen su aplicación práctica a la literatura dramática en la genial producción que con el título El escultor de su alma, drama místico en tres autos me envió desde Riga en Noviembre de 1898, días antes de su muerte.
Preocupándole la decadencia de nuestro teatro, hizo en El escultor una valiente tentativa encaminada a marcar los rumbos de la reconstitución posible del arte dramático mediante la adaptación de lo genuinamente nacional, lo que gloriosamente fructificó en siglos pasados, al espíritu de la época.
La representación de la obra, que fue un verdadero triunfo, dio lugar a los más apasionados comentarios, pues reconociendo todos su indiscutible mérito, diferían en cuanto a su fondo filosófico, y mientras unos, de acuerdo en esto con el pensamiento del autor, calificaban el drama como una producción que cabe dentro de la más pura ortodoxia, ya que el espíritu rebelde y antirreligioso de Pedro Mártir queda vencido al final del drama, otros por el contrario le atribuían una significación demoledora y una tendencia completamente negativa, no faltando tampoco quienes, apartándose de las dos interpretaciones, entendieran que el fondo del drama no afecta a las creencias religiosas, y que todo él se reduce a una teoría estética desarrollada en una acción dramática.
En realidad El escultor de su alma, merece la calificación de drama místico que le diera su autor.
El pensamiento artístico que guió a Ganivet cuando lo escribía, o mejor dicho, cuando lo pensaba, era el de adaptar los autos sacramentales del siglo de oro a las ideas y aspiraciones de nuestros días. Esta tendencia percíbese bien clara en el auto primero o auto de la fe cuya versificación emula las esplendideces de la forma calderoniana, y el concepto aparece sutil, algunas veces alambicado y siempre de gran altura filosófica. El auto segundo o del amor es de estilo más moderno, más plástico y por consiguiente más comprensible; y por último el auto de la muerte con que finaliza la obra, vuelve afectar el sello de grandeza hierática que ya se percibe en el primero, y deja al espectador suspenso, atónito y deslumbrado.
La idea principal de este drama singularísimo es también la auto-perfección del espíritu humano, conseguida mediante la lucha y el dolor; por eso le cuadra perfectamente la denominación de drama místico.
Pero al mismo tiempo El escultor de su alma es una creación grande y profundamente humana; en esta cualidad se halla el secreto de su fuerza dramática y su poder de fascinación sobre los públicos que ha de ir aumentando según transcurra el tiempo y el drama sea más conocido y se divulgue. Entre las cuatro figuras que intervienen en la acción y que han de tomarse como símbolos y no como figuras de carne y hueso (en cuyo último caso algunas escenas, de las más bellas ciertamente, no tienen explicación) sobresale la del protagonista Pedro Mártir en quien Ganivet quiso encarnar el hombre natural.
Pedro Mártir es un personaje al que no es difícil encontrar parentesco en la literatura dramática; pero en honra del autor y de la grandeza del tipo hay que decir que esos parientes de El escultor son las primeras figuras del arte universal, y se llaman Prometeo, Edipo y El Doctor Fausto. Las tres tienen con Pedro Mártir ciertos puntos de semejanza y ninguna se confunde con él; puede decirse que las cuatro figuras son otros tantos aspectos de una sola; la figura desolada del hombre, esclavo de la propia imperfección, combatiente siempre vencido y nunca domado, titán que trata de escalar el cielo por la conquista de la luz y prisionero eterno de las sombras.
En torno de esta colosal y novísima concepción del espíritu humano y de sus luchas, que aunque pretendiera explicarla no lo conseguiría, muévense otras figuras simbólicas: Cecilia personificación de la mujer creyente, y admirable contraste del espíritu rebelde de Pedro Mártir; Alma la creación humana, hija de la razón y de la fe, y símbolo de la belleza ideal, y por último Aurelio en quien se sintetiza la vanidad del mundo y es la única figura pequeña del drama, que está todo lleno por las dudas y rebeldías de Pedro Mártir, las ternuras de Alma y la resignación heroica de Cecilia, junto a las cuales la mediocridad de Aurelio resuena como una calabaza hueca.
Aún cuando en el segundo tomo de Los trabajos de Pío Cid, alude Ganivet, al referir las sustanciosas pláticas del protagonista con sus amigos de la «Cofradía del Avellano» a una tragedia que parece ser El escultor, de la que dice tenerla ya escrita, aunque sin bautizar, yo creo que el drama a que me estoy refiriendo ahora, no estaba escrito en aquella fecha, que es la del verano de 1897, sino que se escribió después, o por lo menos lo reformó el autor grandemente. Para ello me fundo en que Ganivet, no era hombre que dilatase la publicación de sus obras, una vez escritas y hasta setiembre de 1898 no me habla en sus cartas particulares de El escultor; y por otra parte encuentro el fundamento a mi creencia en que la referida producción parece de los últimos meses de su vida, pues ya se observan en ella ciertos rasgos de pesimismo tan acentuados, una tendencia al absoluto reposo como felicidad suprema, y un tan grande desprecio de todo lo terrenal, que no parece, sino que quien tales pensamientos concebía y expresaba, encontrábase ya casi desprendido de este mundo y mirando de frente el eterno arcano.
Al escribir este drama, como siempre que se elevaba a las puras regiones del ideal, Ganivet tenía el alma puesta en Granada, y así lo revela no sólo que el lugar de la acción es la Alhambra, a cuyos torreones está dedicado uno de los fragmentos poéticos más hermosos de la obra, sino que Ganivet quiso estrenarla en su tierra, y que los derechos de autor se dedicasen a aumentar el fondo disponible para erigir una estatua en esta ciudad al genial artista granadino Alonso Cano.
Por lo que hace a la forma literaria de esta audacísima y genial obra que cierra con broche de oro la producción de Ángel Ganivet, no necesito hacer demostración alguna: pronto saldrá el que me leyere (si hay quien tenga esa paciencia) del erial de este difuso y desmañado prólogo, para entrar en el campo amenísimo de El escultor. En él desde las primeras escenas percibirá los destellos geniales de aquel soberano talento; en esas páginas comprenderá que no han sido la amistad y el cariño los que me han guiado en esta exposición de los méritos literarios de Ganivet, sino el sentimiento de la más sincera y estricta justicia».

«La pieza teatral de Ángel Ganivet puede entenderse, en principio, como resultado de un influjo hispánico; en este sentido creemos que tanto Calderón de la Barca como los primitivos dramaturgos españoles parecen estar gravitando sobre la misma, como puede apreciarse, por ejemplo, en la concepción tripartita propia de algunos autos del final de la Edad Media o del primer Renacimiento, titulados aquí Auto de la Fe, Auto del Amor y Auto de la Muerte. Pero, junto a las raíces propiamente hispánicas, hay que apuntar también en la concepción de esta obra diversas corrientes finiseculares, de carácter simbolista, que sin duda Ganivet conocía y que han marcado en cierto sentido su drama. Junto a dramaturgos del norte de Europa, como Henrik Ibsen o Björnstjerne Björnson, analizados o comentados en los textos que componen Hombres del Norte, hay otros escritores que aportan por entonces una teoría y una práctica (entre los que están los franceses Stephane Mallarmé y Villiers de L´Isle Adam o el belga Maurice Maeterlinck) en la que se aprecian elementos constatados también en el drama ganivetiano.
Podemos concluir que, de lo expuesto hasta aquí, se desprende cierta familiaridad de Ángel Ganivet con autores y obras de la corriente simbolista, de tal manera que El escultor de su alma no tiene una explicación completa y absoluta dentro de los moldes propiamente españoles. La simbiosis entre lo europeo y lo hispánico da como resultado esta pieza, cuya comprensión en el plano de las formas literarias nos resulta más clara desde una perspectiva europeísta; quizás otras aportaciones del escritor granadino, ya imposibles por desgracia, nos hubieran dado, de una forma más clara, la clave de la tendencia que engloba a este enigmático drama místico. Lo que nos parece fuera de duda es que se trata de una obra poco convencional, prácticamente única en el panorama del teatro español de su momento, que se adelanta en muchos años a corrientes innovadoras que beben, en muchas ocasiones, de las mismas fuentes. Como en otros aspectos, Ganivet se nos aparece también en el teatro un espíritu adelantado a su época».



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Ángel Ganivet – LOS TRABAJOS DEL INFATIGABLE CREADOR PÍO CID

Tras su aventura africana, Pío Cid se enfrasca, a evocación de los doce trabajos de Hércules, en diferentes tareas como reformador de su patria. Así, uno tras otro, en los seis trabajos que comprende la obra (no pudieron ser doce conforme estaba previsto), el infatigable Pío Cid se ve envuelto en la educación de unos estudiantes, en el gobierno de una familia de mujeres, en la formación de un buen poeta, en la reforma política de España, en la regeneración de una mujer caída y en la cura de una duquesa enferma de frivolidad.
Como señalan muchos de los estudiosos de la obra ganivetiana, en Los trabajos… se abordan de manera consciente las principales inquietudes del movimiento regeneracionista finisecular, y de manera destacada, los aspectos relativos a la educación.
El título de la novela es en si mismo una parodia, pues el lector, lejos de encontrarse con legendarias hazañas fabulosas, comprobará que Los trabajos son transformaciones cotidianas íntimas con las que el hombre medio que es Pío Cid, ilumina su progresivo avance espiritual mientras ayuda a otros a avanzar espiritualmente también.
De hecho, el personaje central de la novela, al igual que su autor, es un ser poliédrico, lleno de múltiples contradicciones. En ocasiones aparece como un cínico, en otras como un idealista, y en su trasfondo deja ver muchas veces un halo de intelectual melancólico. El crítico Rafael Cansinos eleva la figura de Pío Cid a una edición moderna del pícaro, un simulacro que le permite a Ganivet, a modo de máscara, plasmar sus intenciones: «Los trabajos de Pío Cid —escribe Cansinos en su obra Los Hermes— son el intento más grande que se ha hecho para presentar la figuración de un mundo creado por la voluntad y por la eficacia de los conceptos, el más grande intento por asentar el mundo de la utopia, ese infantil y vagoroso mundo, de nubes y pájaros, sobre columnas tan firmes como aquellas que sustentan el mundo de la realidad. Los trabajos de Pío Cid son el manual del ideólogo, el índice de las más altas posibilidades mentales, el ejemplo más interesante de un mundo moral creado por el espíritu y el espejo más claro que puede presentarse como anticipación a los soñadores en lo futuro. Es la obra más alta del genio de la inducción y en ella nos parece ver el punto de partida, al menos en nuestra patria, de toda esa literatura de posibilidades que ha dado nuevo sentido y nueva vida a la novela picaresca. Fue ésta, desde su origen, en la literatura oriental, y acaso en los poemas épicos de la literatura griega y latina, un intento para mostrar hasta dónde puede elevarse un hombre asistido de la sola fuerza del genio y sostenido de las axilas por la voluntad, fuerte matrona. El pícaro es un gran inventivo que aspira a crear su mundo y a sostenerlo, frágil mundo sobre las yemas de los dedos, contra todas las leyes de la gravitación universal. De esta oposición a las normas tradicionales, se derivan los lances y episodios, los conflictos en que el personaje picaresco se salva por la astucia, inventora de efugios, burlando las inminencias que parecen inevitables. Esta burla del pícaro representa el triunfo del ingenio libre, con libertad de alas, sobre la fatalidad de las leyes físicas, sujetas en el puño del destino. La novela picaresca puede considerarse como el poema épico del ingenio, como la fiesta más viva de las facultades inventivas del hombre sobre las colinas peladas de las fuerzas fatales que en vano perpetúan su amenazante gesto extático. Por eso el personaje picaresco, mezcla de héroe y de hampón, suma viva de todos los poderes burladores, curva la más viva y suelta en la geometría espiritual, ha sido siempre la máscara más propia para encubrir las intenciones de una voluntad libérrima. Así, Pió Cid es la máscara de Ganivet, la representación plástica de sus intenciones, el simulacro creado por sus formas mentales y la sonda ponderable arrojada por él desde la orilla serena de las meditaciones al fluctuante mar de los fenómenos».
«De Los trabajos puede decirse —escribe Seco de Lucena—, como con razón decía uno de los más discretos apologistas de Ganivet refiriéndose a la totalidad de su obra, que puede compararse a una estatua que el escultor hubiera comenzado a labrar por el pie, dejándola sin concluir; sólo se sabe de ella que tiene los pies en dirección a Oriente y que pisa firme. Adivínase por la belleza del fragmento la hermosura que hubiera llegado a alcanzar la obra terminada; pero lo más noble de ella, el contorno del pecho y de la cabeza, la expresión del rostro, quedó para siempre enterrado con el maravilloso artífice.
Los trabajos de Pío Cid es la obra más cuidada de Ganivet; puso en ella el autor sus mayores empeños, y aún parece que trató de reflejar en sus páginas su propia vida. Lo imaginativo se mezcla en esta producción con lo histórico y real en términos que hacen dudar muchas veces donde acaba la autobiografía y da principio lo novelesco. Capítulos casi enteros hay en Los trabajos que reproducen con fidelidad fotográfica escenas y conservaciones que ante nuestros ojos se han desarrollado las unas, que aún suenan en nuestros oídos las otras, y llenándolo todo, el carácter enigmático, incoherente, con frecuencia contradictorio del protagonista. A veces Pío Cid semeja un andante caballero de nuevo cuño empeñado en desfacer espirituales entuertos; otras lo vemos complacerse en amargar a los que le rodean, lanzándolos, implacable, desde las cimas de la ilusión a la realidad impura que apaga los más nobles entusiasmos; su alma es una mezcla singular de cínico y de asceta, de sacrificios y de caídas, una perpetua contradicción, algo parecido al flujo y reflujo de las olas. En aquel carácter no hay más que dos notas permanentes: el desprecio de los intereses materiales y de las vanidades mundanas, y la serena tranquilidad con que son aceptados los vaivenes de la vida.
Pío Cid es un profundo estudio psicológico, y a la vez de moral y de filosofía universales; por el espíritu superior de aquel hombre, condenado a una vida oscura por su propia voluntad, van pasando todos los grandes problemas de la Ética; podrá participarse o no del criterio moral con que el protagonista de Los trabajos los resuelve; pero hay que descubrirse con respeto ante la magnitud de la empresa acometida por el autor, la valentía con que hace lo que pudiéramos llamar disección de las almas y el inmenso caudal científico de que alardea. Pío Cid es el espíritu del hombre moderno, atormentado por su propia cultura intelectual, el Promoteo de nuestros días, encadenado a la roca de su limitación, roídas sus entrañas por el buitre de la duda.
La infinidad de complejísimas cuestiones que en este admirable y misterioso libro se proponen, anunciaba el autor a sus amigos que quedarían resueltas, y tal vez en sentido muy diferente del que por la lectura de los dos primeros tomos se pudiera colegir, en el Testamento de Pío Cid, coronación y remate de la Odisea de este Ulises del mundo moral.
El pensamiento íntimo de Ganivet quedó truncado por su prematura muerte; el espíritu de Pío Cid incompleto, y la obra trascendental del insigne granadino, velada por las sombras del misterio. La esfinge sigue muda, y dijérase que una vez más ha devorado al viajero».



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Ángel Ganivet – LA CONQUISTA DEL REINO DE MAYA POR EL ÚLTIMO CONQUISTADOR ESPAÑOL, PÍO CID

La novela es la primera de las que habrían de componer (la prematura muerte del autor las dejó en dos) el llamado ciclo de Pío Cid; personaje central de las dos obras en el que la crítica ve una autoficción o alter ego de su creador. En referencia a la naturaleza autobiográfica que estas dos novelas encierran, algunos estudiosos postulan por enmarcar La conquista de Maya…, Los trabajos del infatigable…, y El escultor de su alma, en una trilogía autorreferencial en la que La conquista… sería una obra introductoria, Los trabajos… tomarían el protagonismo de eje central, y El escultor…, encarnado en la figura de Pedro Mártir, pondría el simbólico broche final (testamento místico) a la serie autoficcional.
La Conquista del Reino de Maya es en si misma una gran ironía, una utopía al revés, como algunos la han definido. Publicada la obra, el carácter satírico de la misma dejó desconcertados a propios y extraños: “Un libro raro”, titulaba Navarro Ledesma una reseña de la misma aparecida en El Globo en abril de 1897.
En la novela se narran las aventuras de Pío Cid en el reino africano e imaginario de Maya, en el que, convertido en Sumo Sacerdote, se da al trabajo de promover una serie de reformas acompañadas de un proceso de tecnificación e industrialización cuyos resultados acaban siendo grotescos.
La novela se ha interpretado como una crítica de la colonización del Congo belga, muy negativamente juzgada por Ganivet, como evidencian otros pasajes semejantes al de la carta escrita a Navarro Ledesma fechada el 10 de mayo de 1893, donde escribe que «Cualquiera que piense, no ya con la cabeza, sino con los calzoncillos, comprende que no se trata de la felicidad de la raza negra ni del progreso ni de nada por el estilo; se trata de un negocio en grande escala en el que el buen Leopoldo tiene metidos buenos millones».

«La vida de Ganivet —escribe Santiago Valentí Camp en Ideólogos, teorizantes y videntes (1922)— puede decirse que fue una carrera de obstáculos en la que logró vencer casi siempre. En el orden intelectual jamás buscó el insigne escritor granadino el triunfo fácil, sino que, por el contrario, trató de marcar nuevos derroteros. Así, por ejemplo, La conquista del Reino de Maya por el último conquistador Pío Cid, que apareció en el verano de 1897, causó entre los amigos de Ganivet una impresión vivísima, llegándose a decir que con esta obra había dado un salto a las tinieblas. Ganivet, que, ya en Granada la Bella, estudió el alma de la colectividad en un estado de desenvolvimiento social superior, examinando la ciudad en reposo, trató en La conquista de proyectar el estudio de un organismo social rudimentario, en los primeros vagidos y cuando se inicia la evolución ascendente y progresiva. Haciendo gala de su humorismo, fue disecando una a una todas las instituciones sociales, poniendo de manifiesto sus defectos, sus errores y las consecuencias funestas a que muchas veces dan lugar los intentos de reforma cuando los pueblos carecen de capacidad para recibirlos. Pintó con mano magistral las aventuras y proezas de Pío Cid y el influjo que ejerció en una tribu de negros del África oriental, en donde supuso que existía el Reino de Maya, situado entre lagos.
Ganivet, que conocía muy a fondo la Historia y la Geografía, las razas y las costumbres, escribe una novela originalísima, imitando una serie de cuadros altamente pintorescos, en los que trazó el poder extraordinario de la adaptabilidad de Pío Cid, que, merced a la superioridad de la cultura europea, logró moldear la masa amorfa de negros, explotándolos con habilidad y adecuándose a su modo especial de ser. Es, en verdad, sorprendente la fuerza psíquica que hubo de derrochar el famoso escritor para tejer la curiosa y complicada urdimbre de esta novela, que, escrita toda ella en forma de narraciones de viaje, constituye, en el fondo, un profundo estudio de psicología de las muchedumbres, a la vez que una crítica aceradísima de las formas oropelescas de la civilización europea.
Pero Ganivet no se contentó con la parte que podríamos denominar negativa, sino que, a medida que censuraba lo que representa la conquista y colonización, que actualmente se denominan penetración e influencia, fue exponiendo sus puntos de mira especiales acerca de los problemas de la civilización, señalando aquello que esta conforme con los dictados del humanitarismo por ser producto de la Ética.
Ganivet desenvolvió la idea de que los héroes tradicionales, que la Historia primitiva ha pintado como autores de hazañas extraordinarias, merced a cuyo influjo las tramas se convirtieron de nómadas en sedentarias, llegando a constituir la ciudad y otros organismos sociales, no fueron más que la expresión plástica de los colosales esfuerzos colectivos realizados durante siglos por gran número de generaciones para conquistar un mayor grado de perfección política y social. En La conquista del Reino de Maya pone de manifiesto Ganivet el valor simbólico del proceso genético del pueblo Maya y con un conocimiento verdaderamente extraordinario de la Psicología de verosimilitud a una serie de cuadros episódicos, exponiendo el poder que tiene el hombre inteligente sobre los ignorantes y supersticiosos. En este respecto es admirable el capítulo en que describe la aparición de Pío Cid entre los negros y la sencillez con que estos le concedieron todos los honores hasta ungirlo como a un ser sobrenatural. Son también interesantes las páginas que consagra a estudiar los efectos de la sugestión para infundir en aquella tribu las más estupendas patrañas, como la resurrección de Arumi, debida a un milagro. La conquista de Maya termina con el sueño de Pío Cid, en el que trató Ganivet de reivindicar, con más espíritu que justicia, a los conquistadores españoles. Porque Ganivet fue grande en todo y cuando se equivocaba era para dignificar a aquellos a quienes la Historia a juzgado ya con severidad implacable.
En La Conquista del Reino de Maya hay muchísimo que leer y muchísimo más que estudiar. Los párrafos que dedica a describir la danza de los uagangas constituyen una de las críticas, más enérgicas de los vicios del parlamentarismo, así como los dedicados a la invención de los rujús son una sátira intencionadísima y rebosante de gracia, de las instituciones de crédito. Quien lea este libro sin penetrar en lo esotérico, es posible que lo encuentre árido y lo deje; pero si consigue percatarse de la intención del autor, hallará en la obra enseñanzas de un gran valor moral».

«Pío Cid —señala Nicolás María López— es un filósofo de la peor especie; no es un tipo español, pues aunque con éste se avenga bien lo de aventurero y osado, sóbrale en cambio la filosofía pesimista, el cinismo y perversidad incompatibles con nuestra legendaria generosidad y nobleza. Barbarie y perfidia hay indudablemente en muchas de las empresas de nuestros conquistadores: en los Cortés y Alvarados, en los Pizarros y Almagros encuéntranse en ellos rasgos de groseras pasiones, hijas de la falta de educación, pues Almagro fue guardador de puercos, y todos ellos soldados indisciplinados y aventureros; pero estas manchas se compensaban con su heroísmo épico, con sus ideales soberbios de ambición y grandeza, y, sobre todo, con su entusiasmo por la patria y la religión.
Pío Cid, en cambio, hecho conquistador moral por las circunstancias, es una especie de Schopenhauer andaluz, para el cual la vida es una comedia sin interés, y los hombres animales, que no tienen de bueno más que la facilidad con que se dejan engañar por otros más hábiles y bribones; dada la cultura que el lector le supone, no se concibe tal cinismo, tal ausencia de sensibilidad: Pío Cid padece la indiferencia, la falta de remordimientos. No hay violencia en suponer que quien ve en el asesinato un pasatiempo, quien toma á juego la muerte de sus hijos, quien cree excusable y útil la falta de honor, quien defiende como mejor política la del embrutecimiento, y como instituciones beneficiosas la poligamia y la poliandria, no es sino un loco criminal ó un criminal loco, entretenido en burlarse de aquellos salvajes, á los que embrutece y engaña, dejándoles, en vez de una idea moral, las corridas de toros, los escalafones para los empleados, el uso del alcohol... y el himno de Riego.
Es claro que todo esto no es sino una finísima sátira; pero esta sátira ¿á dónde va á parar? ¿Es á poner en ridículo el afán civilizador de los pueblos cristianos? ¿Es contra la idea humanitaria de la posibilidad del progreso de ciertas razas inferiores? ¿Es, en suma, una burla sangrienta de la misma civilización europea, cuyas conquistas, vistas así al desnudo en una sociedad virgen que las recibe inconscientemente, resultan ridículas pantomimas?... No está clara la intención del autor: el lector cree, á veces, haber dado en el quid, atribuyendo á ciertas teorías de Pío Cid un sentido simbólico determinado de crítica social; pero ve en seguida que el mismo Pío Cid se burla de sus teorías y de sus obras, y acepta las contrarias. Pudiera pensarse que Pío Cid era un conquistador, un aventurero español á la moderna, que en vez de las armas lleva reformas é ideas nuevas; pero en vista de la terrible sátira que emplea y de los fines que se propone al plantearlas, ¿quién puede tomar en serio tales creaciones?
Descartado, pues, todo pensamiento ó idea dominante, hay que ver en este libro una relación novelesca originalísima, que sirve de pretexto para satirizar muchas ideas convencionales de la civilización moderna, y otras que, por no ser convencionales, merecían más respeto.
Como obra literaria, es admirable la sencillez de su estilo, que sin levantar el vuelo ni hacer ostentación del más nimio adorno, tiene el candor y la ingenuidad agridulce que caracteriza a las obras clásicas; el maravilloso alarde de ingenio para llevar adelante una narración en que interviene tanto personaje, de tan raros nombres y extrañas figuras, y en que se van desarrollando peripecias innumerables y sucesos complicadísimos; el profundo estudio que revela de los pueblos salvajes.
El lector se queda atónito á medida que avanza en la lectura, y comprende que todo aquel reino de Maya, con su rey y sus reyezuelos; con sus ciudades, cuya posición topográfica y carácter local se describen admirablemente; con aquella innumerable serie de uagangas, pedagogos, nnanis, etc., etc., y todas aquellas ceremonias, afuiris, uouesus, días muntus, progresos, reformas, guerras, revoluciones, reacciones y crímenes, tan gráficamente pintados y minuciosamente descritos, no son sino una ficción pura, juego caprichoso, para tomar á broma todo lo existente en África... y en Europa».

Tal como apunta el cofrade amigo de Ganivet, quizás la novela sea también un reflejo del devenir histórico de Europa. Así lo entiende el estudioso del pensamiento ganivetiano, Miguel Olmedo Moreno, para quien La conquista… es una historia paródica, y amarga, de los últimos siete siglos europeos.

Acerca de la originalidad de La Conquista como utopía inversa, y del tipo de Pío Cid, como elementos literarios que tienen sus analogías en las aventuras barojianas de Silvestre Paradox o en La isla de los pingüinos de Anatole France, el literato y estudioso Rafael Cansinos Assens, escribe en su obra Los Hermes: «también, en cierto sentido puede compararse a Baroja con escritores tan españoles como Larra y Ganivet, que también desdeñaron las galas retóricas tradicionales y escribieron en un estilo acerado y fuerte de reflejos fríos y duros y profundos como los de los cristales emplomados. Sobre todo con Ganivet. Aún no ha sido debidamente estudiado el influjo que el escritor granadino, formado en el trato con la naturaleza y los escritores del norte, pudo haber ejercido en este otro escritor del norte. Ambos, aun en sus obras puramente, estéticas, tienen la intención sociológica…
Seria también interesante estudiar las analogías indudables entre el héroe de Ganivet y los personajes picarescos de Anatolio France. Estas analogías se hacen más vivas si se comparan La conquista del reino de Maya y La isla de los Pingüinos. Una enorme popularidad se ha granjeado esta obra, sátira acerba de los orígenes de las sociedades. Su titulo ha quedado como una frase definitiva, tan lapidaria y perfecta como Las mentiras convencionales y El mal del siglo, de Nordau. Los pingüinos han sido elevados a la categoría de símbolos. Y, sin embargo, ¡cuánto más grande, por la intención y por el desarrollo y por la pluralidad de las formas críticas, no es esta prodigiosa Conquista del reino de Maya, burlesca apoteosis del genio civilizador, suprema parodia de descubrimientos, conquistas y evangelizaciones, novela utópica al revés, laico evangelio de los orígenes, que corresponde en la esfera estética a las investigaciones rousseaunianas sobre los orígenes y el pacto social y en la que, con mano irreverente y festiva, se nos muestra la pobre y grotesca armazón de madera que sustenta las áureas efigies de los dioses!
Lo que es La isla de los Pingüinos respecto a la Conquista del reino de Maya, es Paradox, Rey, respecto a este mismo libro. Paradox, Rey tiene un irrefragable aire de familia con Pío Cid. Indudable que Baroja ha estudiado al pensador granadino, con el que le unen afinidades singulares de temperamento y espíritu. Como Baroja en nuestro tiempo, también Ganivet en el suyo fue un espectáculo raro y una palabra demasiado fuerte. También él fue un rebelde, un innovador, un antiliterario y un utópico; y también su obra fue un fruto demasiado crudo en los vergeles de la retórica de su tiempo, que se ornaban aún con las últimas flores del romanticismo y las primeras del realismo declamador.
Como Baroja, Ganivet fue un escritor para el futuro, que superó las fórmulas de su época y pudo hacer presentir la aparición de escritores tan fuertes y serios como Unamuno y Ortega Gasset y este mismo Baroja. Escritores graves, de un temple raro en España, llenos de ideas y de larguísimas intenciones estéticas, agudamente burilados, humoristas y paradójicos, plurales de aspectos y de matices, enemigos de la retórica tradicional que, por encima de las floraciones mediterráneas de la península, enlazan con lo más recio de nuestro genio clásico y labran sus sutiles taraceas modernas sobre los más firmes robles y alerces antiguos».



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