Francisco Pi y Margall – HISTORIA DE LA PINTURA EN ESPAÑA - ESTUDIOS SOBRE LA EDAD MEDIA

HISTORIA DE LA PINTURA EN ESPAÑA

En 1851 Pi y Margall publicó su Historia de la Pintura. La obra la emprendió Pi con gran ambición, pero no llegó a pasar del primer volumen, pues fue objeto de la censura eclesiástica del momento, asunto que le trajo no pocas complicaciones.
Abordando materia referente a la pintura medieval, Pi y Margall no pudo sustraerse de plasmar muchas de sus reflexiones acerca del papel de la religión, el cristianismo, los evangelios y la figura de Jesús. «Antes de 1851—escribe Pablo Correa, federalista y amigo de Pi, en su nota biográfica a la edición de La Federación— nadie había llegado en este país a hacer la crítica racional del cristianismo y la Iglesia. Él lo hizo en la Historia de la pintura, con la misma independencia, por lo menos, que posteriormente Strauss en Alemania y Renan en Francia».
No tardaron en llover sobre Pí y Margall las más furibundas críticas y censuras, suspendiéndose la publicación en el primer tomo.
El Episcopado presionó de tal manera sobre el gobierno moderado de Bravo Murillo, que el fiscal de Imprenta ordenó la recogida de la obra (la Congregación del Índice la incluyó entre los libros prohibidos), pasando Pi a ser fichado por la Censura real.

En la revista La Censura (número 94, octubre de 1852), publicación de carácter conservador y religioso, aparecen los siguientes comentarios respecto a la obra:

«Desde la página 7 de la introducción encontramos expresiones atrevidas e interpretables en mal sentido, ideas falsas y erróneas, torcida inteligencia de los dogmas y misterios de la religión cristiana, palabras ofensivas a la iglesia y sus ministros, etc. De buena gana procederíamos a examinar según costumbre capítulo por capítulo y página por página este libro, en que aparentando un objeto inocente y lícito parece que su autor se ha propuesto difundir los errores más trascendentales y perniciosos defendidos por los osados corifeos de las sectas modernas, panteístas, humanitarios, partidarios de la perfectibilidad y del progreso indefinido; pero como a ese examen habríamos de destinar muchas páginas de La Censura, y nos urge por razones poderosas acabarle en éste número, nos contentaremos con copiar aquí las páginas en que principalmente se destila toda la ponzoña de la impiedad. (…)Hablando de la doctrina moral que enseñó Jesucristo, y en especial de la infinita caridad que es el alma de la ley de gracia, disputa el impío autor al redentor del linaje humano la originalidad de su doctrina (…) Si tan impíamente juzga el señor Pi del hijo de Dios; ya pueden conocer nuestros lectores cómo juzgará del cristianismo y del Evangelio. Según él la creencia en el dualismo del cielo y de la tierra ha desviado a la humanidad de su camino, ha perpetuado el mal y ha hecho imposible el bien (pág. 159): ha creado un poder espiritual, la iglesia, que empezó a luchar y continúa luchando con el poder temporal, se hizo opresivo, tiránico y violento, se corrompió y ha llegado a hacerse tan odioso, que los mismos que le sirvieron en otros días de escudo, no viendo ya en él mas que un obstáculo para el progreso de la humanidad, son los primeros en provocar y acelerar su ruina (pág. 163).
El cristianismo según el autor no es mas que una evolución, un orden de ideas más o menos estable, pero no eterno: es el resultado legítimo de evoluciones anteriores; es esencialmente modificable; está expuesto a deber sucumbir a evoluciones posteriores: no puede ser examinado aisladamente: debe ser estudiado en los filósofos anteriores y posteriores, cuyas doctrinas forman parte integrante de la suya y la suya de la de ellos (pág. 185).
El Evangelio es defectuoso, obscuro, vago (pág. 164) y ha sido erróneamente interpretado por la iglesia (pág. 165): ha sido despojado del carácter social que le diera Jesucristo, y se ha creado un puro sistema religioso, el cual no basta para corregir; ni moralizar al hombre (pág. 176). No fue más que una evolución, una determinación de ideas (pág. 202); y hay si no una perfecta identidad, a lo menos una conformidad muy notable entre las ideas de aquel libro y las de Platón (pág. 203).
En fin el cristianismo para el autor es un mito y el Evangelio un drama.
El excelentísimo e ilustrísimo señor arzobispo de Santiago, como ya sabrán nuestros lectores, por su edicto fecha 9 de este mes ha prohibido en su diócesis la lectura de la Historia de la pintura en España por contener ideas impías, como que nacen del panteísmo, el cual no es más que un ateísmo disfrazado, y también altamente antisociales.
Es probable que los demás señores obispos imiten la conducta de aquel celosísimo prelado; pero aunque ese paso será de una importancia incalculable, todavía no basta. Se hace preciso que el gobierno siguiendo el buen camino donde parece que ha entrado con decisión de algún tiempo acá, prohíba la continuación de dicha obra y mande recoger lo que de ella va publicado: porque sería escandaloso que se permitiera la propagación y prosecución de un libro en que descaradamente se enseñan doctrinas anticristianas, impías, eversivas de los fundamentos de la sociedad humana, con tendencia a imbuir los delirios de esa turba de sectarios que aspiran a envolver el género humano en nuevas y más desastradas calamidades que las sufridas hasta aquí; de un libro en que se adultera la inteligencia del Evangelio, se proclama su origen puramente humano y su insuficiencia y se anuncia que de evolución en evolución llegará a perfeccionarse; de un libro en que se destruye el único freno posible para contener a los malos en la senda del crimen y alentar a los buenos en el ejercicio de la virtud; de un libro donde se acusa a la iglesia de errar en la inteligencia e interpretación del Evangelio; de un libro en que como para formar contraste se hace en algunos lugares una pintura risueña de la religión pagana, de sus dogmas, su culto, sus fiestas y sus ídolos; de un libro en que se calumnia e injuria, a veces hasta groseramente, a la iglesia, a los romanos pontífices, a los sacerdotes; de un libro en fin en que con halagüeño colorido y estudiado aparato de erudición se introduce en el ánimo de los lectores la ponzoña del error que mata instantáneamente. Vea el gobierno si es urgente y si está en su mismo interés prohibir cuanto antes la Historia de la pintura en España».

Extraído de http://www.filosofia.org/hem/dep/cen/sura691.htm Proyecto Filosofía en español



«De esta obra —apunta Correa en la citada nota biográfica de 1880— apenas se encuentra un ejemplar fuera de las bibliotecas de los hombres estudiosos. Fue el primero de sus trabajos serios y fundamentales. Su doctrina es profunda y su exposición bellísima. (…)Atribuye la pobreza de la Pintura en España durante la Edad Media al estado de guerra en que vivió constantemente, ya luchando los reinos y los nobles entre sí mismos, ya con los árabes, ya con el estado llano, que entonces, se levantaba en nuestras ciudades al amparo de la industria y el comercio; por lo cual, hace de continuo excursiones á Italia, donde nuestro arte tuvo sus modelos, su iniciación, mejor dicho, ¡Y cómo, con qué perspicacia señala el camino de las diferentes escuelas! ¡Con qué precisión nota sus relaciones y diferencias, determinando los pasos que daba la Pintura en su desarrollo progresivo, de escuela en escuela, de siglo en siglo, de pintor en pintor, de año en año! En su pluma hablan los cuadros. Sorprende sus secretos más recónditos, descubre sus detalles al pormenor, explica la razón de sus efectos y arranca de sus formas el espíritu del artista, mostrándolo evidente á los ojos del lector. (…) Mas como muestra de lo que es esta obra; copiaremos el paralelo que hace el Sr. Pi de los dos príncipes de la Pintura, Miguel Ángel, el autor sublime de El Juicio Final, de, La Creación y de otros frescos de la capilla Sixtina, y Rafael de Urbino, el pintor del Vaticano, el autor de los frescos La Escuela de Atenas, de Atila y San León, y de los cuadros La Sagrada familia (la Perla) I La Virgen de Silla y La Bella Jardinera y El Pasmo de Sicilia:
Miguel Ángel es un genio original, excéntrico, indomable, que convencido de sus fuerzas se arroja sin temor á ejecutar lo que concibe; Rafael es un genio vacilante que no teniendo aun bastante conciencia de si mismo, inclina con humildad la frente ante sus antecesores y sus maestros, apoyándose sobre el terreno de otro artista. No copia Rafael ni imita; pero elige y constituye con elementos ajenos su individualidad artística; Miguel Ángel, lejos de buscar esos elementos, los rechaza como del todo incompatibles con los que ha encontrado en sí mismo desde el instante en que ha tomado el pincel .... La manera de hacer de Rafael es progresiva, la de Miguel Ángel absoluta: Rafael tiene tres épocas; Miguel Ángel, una. Brilla el fuego del genio en los dos, pero de un modo distinto: en Rafael brilla como la luz del sol, cuyos rayos pasan al través de las más densas nubes; en Miguel Ángel, como la luz de la tempestad á cuyos vivos brillantes resplandores suceden las tinieblas. Miguel Ángel presenta más grandiosidad; Rafael, más gracia; éste embelesa, aquél impone. Rafael habla principalmente al corazón; Miguel Ángel, á la inteligencia: las bellezas del uno son fácilmente sentidas; las del otro, difícilmente comprendidas».

Menos amable, como es de suponer, fue la crítica de Menéndez y Pelayo en su Historia de los heterodoxos españoles:
El Sr. Pi publicó en 1851 una supuesta Historia de la pintura española, cuyo primer volumen (único conocido), con ser en tamaño de folio, no alcanza más que hasta los fines del siglo XV, es decir, a la época en que empieza a haber pintura en España y a saberse documentalmente de ella. De los restantes tomos nos privó la Parca ingrata, porque, escandalizados varios obispos, subscriptores de la obra, de las inauditas herejías que en ella leyeron, comenzaron a excomulgarla y a prohibir la lectura en sus respectivas diócesis, con lo cual el Gobierno abrió los ojos y embargó o quemó la mayor parte de la edición, prohibiendo que se continuara.
De la parte estética de esta Historia en otra parte hablaré. Pero la estética es lo de menos en un libro donde el autor, asiendo la ocasión por los cabellos y olvidando hasta que hay pintura en el mundo, ha encajado toda la crítica de la Edad Media, y principalmente del cristianismo. De esta crítica, centón informe de hegelianismo popular de la extrema izquierda y humanitarismo progresivo al modo de Pierre Leroux, quedó Pi y Margall tan hondamente satisfecho, que todavía en 1873, como si los años no hubiesen corrido, ni las filosofías tampoco, los reprodujo al pie de la letra con nuevo título de Estudios sobre la Edad Media, y en verdad que debió quedar escarmentado de hacerlo habiendo caído como cayeron bajo la férula de D. Juan Valera, que escribió de ellos la más amena rechifla en la Revista de España, sin que desde entonces el nombre filosófico de Pi y Margall haya podido levantarse de aquel tremendo batacazo. En sustancia, lo que en su Historia de la Pintura enseña Pi es que el cristianismo llevaba implícito, aunque confusamente, el dogma de la unidad y solidaridad humanas, del cual lógicamente se deduce el de la universal fraternidad y aun el del comunismo, pero que Jesús, hombre de aspiraciones sentimentales más bien que de convicciones profundas, no sistematizó su doctrina. Sin embargo de lo cual, el Sr. Pi y Margall no culpa a Cristo (le perdona la vida, como si dijéramos), porque Cristo, después de todo, para su tiempo sabía bastante. ¡Lástima que introdujese el dualismo entre el cielo y la tierra! Pero ¡cómo ha de ser!, la humanidad ha procedido siempre del mismo modo: empieza por tener aspiraciones, acaba por tener sistemas. Aparte de su dualismo, el Sr. Pi nota al cristianismo de poca invención. Jesucristo no fue más que el continuador de los demás filósofos que le habían precedido. Tomó de acá y de allá, de Platón, de Zenón, de Moisés, de los esenios… Sólo le faltó plagiar la Historia de la pintura del Sr. Pi, que en esto de rapsodias tiene tan sagaz olfato, que hasta descubre en la doctrina de los esenios reminiscencias de los poemas de Virgilio. A pesar de tantos arroyuelos como vinieron a enriquecerle, el Evangelio parece, a los ojos del Sr. Pi, oscuro, defectuoso y vago; en suma, una evolución, un orden de ideas más o menos estable, pero no eterno; el resultado legítimo de evoluciones inferiores, cosa absolutamente modificable. La crítica del cristianismo está hecha como pudiera hacerse la de una mala comedia. Lo absurdo, lo grotesco mejor dicho, de tal manera de proceder con ideas que a los ojos del más desalmado racionalista serán siempre las ideas que han guiado y guían a la más culta y civilizada porción de la especie humana y las que han inspirado, por espacio de diecinueve siglos, todo progreso social, toda obra buena, toda empresa heroica, toda sublime metafísica, todo arte popular y fecundo, arguye por sí sola no ya la vana ligereza del autor, sino el nivel espantosamente bajo a que han descendido los estudios en España cuando un hombre que no carece de entendimiento, ni de elocuencia, ni de cierta lectura, y que además ha sido jefe de un partido político y hasta hierofante y pontífice y cabeza de secta, no teme comprometer su reputación científica escribiendo tales enormidades de las cosas más altas que han podido ejercitar el entendimiento humano desde Orígenes hasta Hegel. Y no es cuestión de ortodoxia, sino de buen gusto y de estética y de sentido común. Ya sería harto ridículo decir compasivamente de Aristóteles: «No culpemos al Estagirita…» ¿Qué será decirlo de Cristo, ante quien se dobla toda rodilla en el cielo y en el abismo? ¡No parece sino que las viejas y los párvulos han sido los únicos que han creído en su divinidad!


«Pi y Margall —escribe Enrique Vera y González en Pi Y Margall Y La Política Contemporánea (1886)— mostró con este libro inmortal que sabía ascender á la altura de los primeros prosistas castellanos. Mostró algo, que no vale menos que eso: sus excepcionales conocimientos, sus profundos estudios filosóficos y artísticos y su poderosa originalidad de criterio (…). Pero con ser tan grande el valor intrínseco de la Historia de la Pintura, es mayor aún el valor de relación que adquiere ante los que conocen la vida literaria y la influencia poderosa que ejerce la posición social en las creaciones del espíritu. Las primeras obras de los jóvenes están impregnadas—por decirlo así— de un infantil y dulce sentimiento de ternura y bondad, que es ante todo una ilusión, una esperanza. Son generalmente floridas y difusas en su estilo, candorosas como el delirio de un niño, fáciles como los proyectos y las aspiraciones. Mas cuando Pi y Margal! escribió la Historia de la Pintura habían muerto en él, á fuerza de rudos y dolorosos desengaños, los ensueños seductores que todos hemos forjado, allá en nuestra adolescencia, cuando Madrid era para nosotros una esperanza de felicidad. Cuatro años de esa noble, pero difícil, lucha por la existencia en que avaloran su carácter y su grandeza de alma los jóvenes que sienten dentro de su ser la llama vivísima del genio y que todo lo han de esperar de sí mismos, desconocidos y puros, le habían enseñado lo bastante para saber á qué atenerse respecto del fruto de su trabajo.
El hermoso estilo de su obra, la virginal frescura de sus imágenes, no nació, pues, de la ilusión; nació del amor al arte por el arte, del sentimiento del deber; de esa escrupulosidad de conciencia literaria que todos reconocen en Pi y Margall y de que ha dado prueba en cuantos escritos han brotado de su pluma.
Para apreciar bien el sacrificio que el joven filósofo se impuso en aras de sus convicciones, ha de tenerse en cuenta que en aquella época sus escritos eran el único recurso con que contaba para subsistir y que la alarma producida en las gentes timoratas por la Historia de la Pintura, fue causa de que Pi y Margall dejase de escribir los Recuerdos y Bellezas de España. Los editores se negaron á admitir sus escritos por temor á atraerse la animadversión eclesiástica; Pi se vio abandonado hasta de amigos íntimos. Pero la desgracia no le abatió un solo instante: había cumplido con un sagrado deber de conciencia y podía alzar la frente con orgullo. El mismo lo había dicho al resumir sus consideraciones sobre la Edad Media. «El escritor publico debe dejar a un lado toda consideración y no obedecer más que a la voz de su conciencia. Si no se siente fuerte para luchar, debe romper su pluma; jamás emplearla en escribir una sola palabra contra sus propias convicciones. Emplearla así es un delito, es un crimen que jamás cometeremos. Sólo el hombre que ha llegado al último grado de envilecimiento puede ponerla al servicio de cualquier idea, á la merced de todo el mundo »



ESTUDIOS SOBRE LA EDAD MEDIA


Este opúsculo no es sino el capítulo tercero inserto en la Historia de la Pintura en España. Capítulo principal sobre el cual pivotaron la mayor parte de censuras y que, al igual que su conjunto, corrió su misma suerte y no fue reimpreso hasta 1873 (como si los años no hubiesen corrido, ni las filosofías tampoco, al decir de Menéndez Pelayo).
Aún así, y a pesar de publicarse durante la Primera República, el ensayo no quedó exento de las críticas de los muchos opositores al federalismo pi-margalliano, como lo demuestra la del prolijo Juan Valera donde la ocasión le brinda pretexto para destacar lo poco original, las deficiencias y los errores intelectuales e historiográficos del escritor y político catalán:
La República federal, por ejemplo, quizá no se le hubiera ocurrido a nadie para España, a pesar de Suiza y los Estados Unidos, si Proudhon no escribe un libro sobre el principio federativo, y si Pi no lo traduce y lo comenta. Esta es la verdadera madre del cordero. (...) Pi, emigrado entonces, leyó y tradujo la nueva falacia de Proudhon; la tomó por lo serio, y de aquí que tengamos República federal en España. Sobre el tejido de la traducción de Pi han bordado luego los krausistas (...) Repito que hay mucho de fatal en todo esto. Casi no lo censuro; no tengo autoridad para censurarlo: yo lo deploro. Es tan invencible la fuerza que nos lleva a imitar en todo, exagerando y poniendo en caricatura (...) ideas y pensamientos extranjeros.

Los Estudios sobre la Edad Media comprenden:

  • Observaciones generales:
La Edad Media es edad esencialmente antinómica, edad de doble aspecto que tiene su tesis y su antítesis. Según el punto de vista que tomemos, es época altamente religiosa, de grandes virtudes, de elevados sentimientos; según la manera como la consideremos es, no sólo edad bárbara, sino también lodazal inmundo en que viven y se agitan las más viles pasiones. Tiene, mirada en conjunto, un carácter determinado y fijo; examinada en sus pormenores, no presenta uno de importancia que no sea en si contradictorio.
Nada, absolutamente nada, presenta en la Edad Media un carácter franco y decidido. Todo se presenta doble, tenebroso, Incomprensible para el que no lo examina á la luz de la filosofía. No sólo la religión y la política, hasta las costumbres tienen en ella su anverso y su reverso. Dulces y poéticas unas, fieras y salvajes otras, son el reflejo del estado incoherente en que la sociedad vive.

  • El Cristianismo:
Opuso Jesús al politeísmo el dogma de la unidad divina, principio grande y fecundo cuyas consecuencias habrían podido regenerar al hombre. Del dogma de la unidad divina deriva inmediatamente el de la unidad humana; del de la unidad humana, el de la fraternidad y la solidaridad universales; del de la fraternidad y la solidaridad, la absoluta igualdad de todos los que componen la humanidad en el tiempo y el espacio. Si no hay sino un Dios y de él somos hechura, tenemos todos un padre, somos todos hermanos, constituimos todos con él una familia. Toda distinción fundada en la de clases y castas es absurda. La esclavitud, el patriciado, toda aristocracia carecen de razón; la igualdad es la única base legitima de las sociedades. Median entre los hombres diferencias por la determinación cualitativa de sus facultades físicas, intelectuales y morales; pero no pueden engendrar distintos derechos.

  • La filosofía:
Jesucristo no fue más que el continuador de los demás filósofos, uno de tantos ingenios como alumbraron el camino de perfección que sigue sin cesar la especie humana, un eslabón de esa larga cadena científica que empieza en los primeros siglos de la civilización é irá á perderse en el ocaso de los tiempos. No es cierto que, en el sentido que esto suele decirse, no haya tenido necesidad de antecesores ni de maestros: tuvo, como todo hombre, por maestros a todos sus mayores, por punto de partida todo el saber legado á la humanidad por generaciones de pueblos. Basta leer el Evangelio: á cada paso se ve reflejadas en sus páginas las sombras de Platón y de Zenón, la de Moisés y las de los esenios. Queda sin completar la doctrina; y no se la completa mientras no la desarrollan San Pablo y los demás apóstoles, San Agustín y los demás padres de la Iglesia, el sínodo de Nicea y los demás concilios.
Los sistemas no son por lo tanto sino evoluciones de la inteligencia; el cristianismo no es sino un orden de ideas más ó menos estable. No puede examinárselo aisladamente; se lo debe estudiar en los filósofos que le antecedieron y le sucedieron.

  • La civilización antigua:
El derecho romano no dejó de existir nunca en Europa: fue uno de los elementos que entraron por más en la formación social de todos los Estados.
Los códigos bárbaros hacen en todas partes mención de los romanos, y apenas hay documento ni acta de la época que no revele la aplicación de las leyes de Roma á las manifestaciones sociales de la vida de los pueblos.
No es tampoco cierto que la administración romana dejase de existir en: la Edad Media.
El régimen municipal, sobre todo, es incontestable que no desapareció en ningún tiempo. Lo han demostrado hasta la evidencia Savigny, Dupin, Raynouard y otros escritores.
Hubo durante la Edad Media naciones en que apenas dio señales de existencia; pero hasta en aquellas naciones vivía. Al primer grito de libertad que arrojaron los pueblos después de las cruzadas, surgió lleno de brío, y se encargó otra vez de regir los destinos de las ciudades que lograron derribar el feudalismo. En Italia dio pasos de gigante, y fundó repúblicas; en Inglaterra, en Francia, en los Estados de Alemania fomentó sin cesar el espíritu de independencia; en Aragón constituyó pueblos que se atrevieron á dictar leyes á sus Monarcas; en Castilla escribió las cartas-fueros. Fue esencialmente municipal la revolución europea de los siglos XI y XII y presentó en todos los pueblos el mismo carácter: si no hubiesen quedado vestigios de las antiguas curias ¿de dónde habrían recibido las ciudades la luz que las guió por el camino de su regeneración política?