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Nicolás Maquiavelo – LA MANDRÁGORA

Un amante desdichado, un doctor poco astuto, un fraile vividor, y un parásito malicioso y cuco, serán hoy vuestra diversión. Y si esta materia no es digna, por ser demasiado ligera, de un hombre que quiere parecer sabio y prudente, perdonadle por eso, que trata de hacer con esos vanos pensamientos más llevadera su triste existencia porque no tiene fuera de eso dónde volver los ojos; que le ha sido vedado mostrar su virtud en otro tipo de empresas al no premiar sus fatigas.

En esta exitosa comedia escrita en 1518, no estamos frente a un mero pasatiempo de su autor, como irónicamente presenta el propio Maquiavelo en el prólogo de la obra, sino ante su declarada intención de reírse y desnudar una realidad en crisis como la que conoce Florencia y la península, partiendo de su profunda comprensión del comportamiento humano ya desarrollada en sus obras teóricas.
Maquiavelo construye un texto en el que la conquista amorosa, con su exaltación y situaciones de emergencia, sirven como pretexto para desarrollar un tratado práctico y sabroso de estrategia política, sobre el arte de la participación, la manipulación, la persuasión y, finalmente, la conquista de una meta.
En La mandrágora se cuenta la historia de Calímaco, un joven florentino residente en la ciudad de París, quien termina obsesionado de una mujer florentina de cuya belleza ha escuchado mas nunca ha visto en su vida (Lucrezia). La mujer resulta estar casada con un veterano doctor al que todos tomaban por tonto (Nicia) con el que parecía no poder tener hijos. Para lograr su objetivo, el de poder estar con ella, Calímaco se hace con la ayuda de un pícaro charlatán (Ligurio), un criado de su casa muy fiel (Siro), y un fraile que de forma sutil disfraza su hipocresía con su investidura (Fray Timoteo); juntos planean una estratagema que termina involucrando de forma inconsciente al mismo doctor y a la madre de Lucrezia (Sortrata) para convencer a la muchacha de acceder a un tratamiento exótico, a partir de una pócima hecha de mandrágora, propuesto por un médico recién aparecido que supuestamente venía de París, quien no es otro que Calímaco fingiendo ser un médico.

La Mandrágora, aún siendo pasatiempo cómico para ser representada en el carnaval, es sin duda una obra que merece una lectura desde el espacio teórico abierto por El Príncipe y los Discursos sobre la Primera década de Tito Livio. El autor no abandona su lugar de reflexión sobre la realidad política en ese papel de comediante que asume circunstancialmente, sino que desarrolla, tal vez de modo más directo y crudo, bajo el amparo del tono de comedia, una crítica contundente a su realidad.
La comedia le permite ciertos excesos que no se encuentran en las obras teóricas. El genero no requiere fundamentaciones basadas en la historia, tan habituales en las obras “serias”, y permite ciertas tomas de posición que reflejan, sin duda, la esencia del pensamiento de Maquiavelo, más allá de su método y de los reparos que lo condicionan como ciudadano y servidor. Es en este sentido el comediante nos muestra la posición desnuda, que el teórico defiende y fundamenta.


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Nicolás Maquiavelo – EL PRÍNCIPE

De Nicolás Maquiavelo al magnífico Lorenzo de Medicis



Los que desean alcanzar la gracia y favor de un príncipe acostumbran a ofrendarle aquellas cosas que se reputan por más de su agrado, o en cuya posesión se sabe que él encuentra su mayor gusto. Así, unos regalan caballos; otros, armas; quiénes, telas de oro; cuáles, piedras preciosas u otros objetos dignos de su grandeza. Por mi parte, queriendo presentar a Vuestra Magnificencia alguna ofrenda o regalo que pudiera demostraros mi rendido acatamiento, no he hallado, entre las cosas que poseo, ninguna que me sea más cara, ni que tenga en más, que mi conocimiento de los mayores y mejores gobernantes que han existido. Tal conocimiento sólo lo he adquirido gracias a una dilatada experiencia de las horrendas vicisitudes políticas de nuestra edad, y merced a una continuada lectura de las antiguas historias. Y luego de haber examinado durante mucho tiempo las acciones de aquellos hombres, y meditándolas con seria atención, encerré el resultado de tan profunda y penosa tarea en un reducido volumen, que os remito.
Aunque estimo mi obra indigna de Vuestra Magnificencia, abrigo, no obstante, la confianza de que bondadosamente la honraréis con una favorable acogida, si consideráis que no me era posible haceros un presente más precioso que el de un libro con el que os será fácil comprender en pocas horas lo que a mi no me ha sido dable comprender sino al cabo de muchos años, con suma fatiga y con grandísimos peligros. No por ello he llenado mi exposición razonada de aquellas prolijas glosas con que se hace ostentación de ciencia, ni la he envuelto en hinchada prosa, ni he recurrido a los demás atractivos con que muchos autores gustan de engalanar lo que han de decir, porque he querido que no haya en ella otra pompa y otro adorno que la verdad de las cosas y la importancia de la materia. Desearía, sin embargo, que no se considerara como presunción reprensible en un hombre de condición inferior, y aun baja, si se quiere, la audacia de discurrir sobre la gobernación de los príncipes y aspirar a darles reglas. Los pintores que van a dibujar un paisaje deben estar en las montañas, para que los valles se descubran a sus miradas de un modo claro, distinto, completo y perfecto. Pero también ocurre que únicamente desde el fondo de los valles pueden ver las montañas bien y en toda su extensión. En la política sucede algo semejante. Si, para conocer la naturaleza de las naciones, se requiere ser príncipe, para conocer la de los principados conviene vivir entre el pueblo. Reciba, pues, Vuestra Magnificencia mi modesta dádiva con la misma intención con que yo os la ofrezco. Si os dignáis leer esta producción y meditarla con cuidado reconoceréis en ella el propósito de veros llegar a aquella elevación que vuestro destino y vuestras eminentes dotes os permiten. Y si después os dignáis, desde la altura majestuosa en que os halláis colocado, bajar vuestros ojos a la humillación en que me encuentro, comprenderéis toda la injusticia de los rigores extremados que la malignidad de la fortuna me hace experimentar sin interrupción.

Aunque El Príncipe estuviera dedicado a Lorenzo de Medicis (1492-1519), con la esperanza de recuperar la confianza perdida, Maquiavelo quiere presentar en su obra el arquetipo de cualquier político. Su personalidad debe poseer condiciones especiales para llegar al poder y mantenerse en él:

Capacidad de manipular situaciones, ayudándose de cuantos medios precise mientras consiga sus fines: lo que vale es el resultado. "El que consigue el poder es el Príncipe, el que consigue el orden y la paz son los súbditos".

El gobernante debe poseer seria destreza, intuición y tesón, así como habilidad para sortear obstáculos, y "moverse según soplan los vientos".

Diestro en el engaño: No debe tener virtudes, solo aparentarlas.

Amoral, indiferencia entre el bien y el mal, debe estar por encima.

Para Maquiavelo la mejor forma de gobierno es la República: "el gobierno de muchos es mejor que el de unos pocos", y justifica la romana como la más perfecta. Aunque él era republicano y aspiraba a convertir a Florencia en un Estado fuerte, en El Príncipe acepta, como mal menor, que en ciertos momentos de corrupción y desorden que es mas útil y eficaz la acción de un solo personaje, adornado de cualidades excepcionales.
En El príncipe, obra inspirada en la figura de César Borgia, Maquiavelo describe distintos modelos de Estado según cuál sea su origen (la fuerza, la perversión, el azar) y deduce las políticas más adecuadas para su pervivencia. Desde esa perspectiva se analiza el perfil psicológico que debe tener el príncipe y se dilucida cuáles son las virtudes humanas que deben primar en su tarea de gobierno.
El Príncipe constituye un extraordinario manual de realpolitik. En él, no sólo se describen las distintas clases de principados sino que, sobre todo, se pone un énfasis especial en la manera más eficaz de conservarlos y acrecentarlos. Valiéndose de numerosos ejemplos históricos, Maquiavelo va trazando las líneas maestras de lo que sería la política ulterior de personajes como Federico de Prusia o Napoleón, dos de los comentaristas más conocidos de esta obra. Las tesis defendidas por Maquiavelo han sido utilizadas con tanta profusión desde el siglo XV que apenas puede entenderse la revolución que significaron en su día aquellas páginas. Lo cierto, sin embargo, es que, a partir de El Príncipe, la política ya no sería la misma.


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Nicolás Maquiavelo – DISCURSOS SOBRE LA PRIMERA DÉCADA DE TITO LIVIO

Los Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio no son sólo la obra de teoría política más ambiciosa de Nicolás Maquiavelo (1469-1527), sino también un libro combativo y militante que, escrito entre 1513 y 1520 en el ostracismo político, alienta el propósito de servir de instrumento para edificar el futuro inmediato, con la perspectiva de una república italiana con centro en Florencia. Sin entrar en contradicción con "El Príncipe", que se ocupa de la formación de los estados o de su reforma en situaciones de crisis, esta obra de madurez defiende la superioridad de la república en relación con valores tales como la libertad, el bien común, la igualdad, el respeto a la ley o el patriotismo.
Tradicionalmente, se ha encontrado un conflicto ideológico en el pensamiento maquiaveliano como consecuencia de la difícil conciliación de sus dos obras principales, los Discursos sobre la primera década de Tito Livio y El príncipe.

En los Discursos, Maquiavelo se declara partidario de la república, partiendo del supuesto de que toda comunidad tiene dos espíritus contrapuestos: el del pueblo y el de los grandes (que quieren gobernar al pueblo), que están en constante conflicto. Para Maquiavelo el mejor régimen es una República bien organizada (toma como ejemplo la República Romana), aquella que logre dar participación a los dos partidos de la comunidad para de esta manera contener el conflicto político dentro de la esfera pública.
Maquiavelo señala, y de aquí la calificación de bien organizada, que es primordial que en dicha república se disponga de las instituciones necesarias para canalizar el conflicto dentro de las mismas sin las cuales la república se desarmaría. Ninguna de las otras formas de gobierno como la aristocracia, la tiranía, la democracia o la monarquía logran el equilibrio de los partidos dentro del régimen por lo que son inestables.
Sin embargo, la oposición a la república que podría inferirse en El príncipe, debe tenerse en cuenta que cuando Maquiavelo lo escribe está escribiendo para mostrar a Lorenzo II de Médici como debe desempeñarse si es que quiere unificar Italia y sacarla de la crisis en la que se encuentra. Maquiavelo aclara también que puede existir un hombre cuya virtud política (saber aprovechar los momentos de fortuna y escapar de los desfavorables) supere a la república en conjunto pero dicha virtud política morirá con el mortal que la posea, cosa que no ocurriría en una república bien organizada.
Además de esto, debe recordarse que el Príncipe presenta analogías con la figura romana y republicana del dictador, investido de poderes absolutos durante un breve período y teniendo que rendir cuentas posteriormente ante la república. En este sentido, la contradicción entre los dos textos principales de Maquiavelo no es tal. Si es así, entonces el principado y la república deberían ser entendidos como formas de gobierno subordinadas a la auténtica preocupación política de Maquiavelo: la formación de un Estado moderno en la Italia de su tiempo.
Es por esto que tanto en los Discursos como en El Príncipe, Maquiavelo contempla siempre apasionadamente la vida política, no desde el punto de vista de los diversos partidos y grupos, sino desde la perspectiva general del estado: el interés de éste, no el de los particulares, constituye el punto de partida maquiavelista. El autor aprueba así la lucha entre los plebeyos y patricios en Roma, no porque considere justo que se deje a cada cual expresar sus opiniones, sino porque juzga que dichas luchas fueron la primera causa de la libertad y la grandeza de la República, valorándolas por su efecto benéfico para el Estado, y no basado en un principio de derecho individual.

En esta obra, al autor florentino, verdadero precursor de la teoría política moderna, le interesa comunicar su experiencia y su conocimiento acerca de cuándo y cómo se crean las repúblicas, de lo grande y ejemplar que fue la república romana, y de por qué toda república que quiera durar deberá conocer la historia de aquélla e imitarla; de qué errores se deberán evitar y qué acciones habrá que llevar a cabo para salvaguardar el principio básico de toda república, la libertad, y, por tanto, para que la república no se corrompa, y, por último, acerca de cómo, si llegara a corromperse, volver a instaurarla de nuevo en su ser.




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Giacomo Casanova - MEMORIAS (Selección)

La historia de Casanova es fascinante, nacido de una actriz ambulante logró despuntar por su inteligencia y comenzar sus estudios de filosofía y ciencia (aunque quedaron lamentablemente interrumpidos por, como no, liarse con la favorita de su protector). Más tarde pasa por fraile -aunque eso no detiene sus conquistas amorosas, pero sí su carrera monástica- e inicia una serie de viajes por Francia en la que no deja ciudad sin escándalo. Tras una época en Francia, donde llega a codearse con Luis XV o Voltaire, se dedica un poco al juego de la diplomacia y al espionaje. La naturaleza de Casanova, voluble y errante, lo lleva de nuevo a Italia y al escándalo, a la masonería y los menaige a trois.
Sus últimos años, en los que escribe justamente estas memorias, no son los mejores de su vida y, tristemente, Casanova muere antes de contarnos más de 20 años perdidos de sus hazañas, aventuras y locuras.

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