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Luis Coloma – FRAY FRANCISCO

Fray Francisco quedó, por desdicha, truncado. Es sumamente doloroso que el Padre Coloma muriera antes de dar cumplido término a la vida del gran Cardenal, porque tal obra, por la trasparencia de su fondo, estaba llamada a sobresalir entre las del eximio escritor y entre las más interesantes narraciones de nuestro tiempo.
Cuando examinamos los sucesos en que intervino como actor principal el Cardenal Cisneros, un sentimiento de reverente admiración invade nuestro espíritu. Le vemos como Arzobispo de Toledo emprender la reforma de las Ordenes religiosas, secundado eficazmente por la reina Isabel; le contemplamos atónitos cuando toma a su cargo la conquista de Oran y comunica su entusiasmo a los soldados que comanda Pedro Navarro; le aplaudimos luego cuando coarta en parte la autoridad temible del preceptor Adriano, y nos entristece de modo señalado su triste fallecimiento, en los instantes mismos en que se avecinaban grandes disturbios que a su visión política no se habían ocultado. Involuntariamente acuden a nuestra memoria, cuando del Cardenal Cisneros se trata, dos varones egregios de la historia de Francia: Mazarino y Richelieu. Pero sin que nos vicie nada el amor a la raza hispana, declaramos que ni en la austeridad de vida—de que carecieron en absoluto los cardenales franceses—ni en la visión clara de político, ni en firmeza de voluntad, ni en habilidad de estadista, igualan aquéllos al glorioso regente de España.

(Extraído del artículo El padre Coloma aparecido en la revista Cuba Contemporánea (n.64, 1920) firmado por Fernando de la Vega).



Dícese que el P. Coloma tiene en estado de preparación otro trabajo por el estilo de Jeromín, que llevará por titulo Fray Francisco. Dios le conceda salud y tranquilidad para llevar á cabo esta obra, que será, de seguro, un monumento literario levantado á la gloria de la gran figura del Cardenal Cisneros, tipo eterno del sano y legítimo clericalismo español, del castizo y austero fraile, del religioso franciscano que, erguido en medio de los siglos que constituyen nuestra historia, como para simbolizar nuestra política nacional, así en España como en África, mira, según transcurren los tiempos, agigantarse su figura con la comparación de los estadistas más celebrados, que se agrupan en torno de él como los sillares de un pedestal encargado de levantar á lo alto la estatua gigantesca del genio, del carácter y de la virtud españoles señalando con mano firme á la Patria el Norte de sus providenciales destinos.

(Alejandro Pidal Mon. Discurso leído en la Real Academia Española el día 6 de diciembre de 1908, con motivo de la recepción pública del Rvdo. P. Luis Coloma)




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Luis Coloma – RECUERDOS DE FERNÁN CABALLERO

Había yo devorado —escribe Coloma—desde que supe leer las obras todas de la insigne escritora, y anidaba en mi cabeza aquel enjambre bullidor de chiquillos y de viejas, damas y campesinas, señorones y labriegos, gatos, perros, gallos, grillos, cabras y demás criaturas de Dios que pululan al calor de la fantasía de Fernán, y saltan, cual si estuviesen vivos, en cada una de sus encantadoras páginas.
Lloraba yo amargamente las trágicas desventuras de Medio Pollito; reía, con Pedro de Torres, de D. Judas Tadeo y no Iscariote; erizábaseme el pelo y despertaba despavorido, soñando con el pordiosero asesino del serranito de Zahara; y acongojábame, y sentía la honda desolación, la nostalgia del cielo que se apodera del alma á la vista de las miserias de la tierra, cuando me figuraba en la solitaria playa de Villamar y en una brumosa tarde de Noviembre, la hoguerita que consumía la cama, los muebles, y las ropas de Lágrimas, la pobre niña hética, para no dejar nada... nada de ella; ni aun la memoria…
¡Oh!... Con qué gusto, con qué satisfacción tan grande de deber cumplido, hubiera dado entonces un par de cachetes que le aboyasen por lo menos la chistera, á D. Roque la Piedra, el repulsivo millonario padre de Lágrimas, “más feo que el Hércules de la alameda de Cádiz”.
Natural era que en el centro de aquel mundo fantástico que poblaba mi infantil cabeza, se levantase también la imagen de la prodigiosa maga (sabía yo que era maga y no mago) que con las puntas de su pluma les daba vida, como con una varita mágica, y así era en efecto...

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De todas estas épocas de la vida del P. Coloma, la esencial para el escritor literario es la época de su juventud como escritor y como novelista, la época en que fue adoptado como hijo por la musa sin par de Fernán Caballero, y de esta época algo podríamos decir tomado de muy buena fuente.
Pero ¡quién será osado á repetir lo que el propio P. Coloma ha relatado con los más frescos colores de su lozana paleta!, y, por otra parte, ¡cómo trasladar con auxilio de la socorrida tijera á un discurso académico de felicitación aquellas páginas seductoras en que narra el autor, en forma de conversación familiar, sus aventuras picarescas de la niñez, las precoces audacias de su petulancia infantil, la bondad de la insigne escritora acogiendo con materna solicitud las tentativas anticipadas de la mariposa aún en flor para romper la cárcel de su capullo!
Sólo un Fernán Caballero podía emular aquel cuadro en que tan á lo vivo se destaca la genial y opulenta personalidad del gentil modelo de Clemencia, complacida en sorprender los impacientes movimientos de la crisálida todavía por transformar, al sentir la precursora comezón del nacimiento de las alas, que por lo delicado, lo aterciopelado y lo frágil de su maravillosa estructura en todas las mariposas, más parecían destinadas á vagar suavemente de flor en flor para libar las mieles de sus cálices iluminándose con todos los cambiantes y los matices del iris al jugar en el dorado rayo del sol, que á levantar de las hondonadas del suelo la densa y furiosa polvareda que arremolinó hasta las nubes con el leve soplo de su volar sobre las hojas caídas de Pequeñeces. El caso es que el niño que había de ser P. Coloma andando el tiempo, reconoció en el sin par escritor que ha inmortalizado el nombre de Fernán Caballero, la santa musa de su inspiración literaria, y D." Cecilia B6hl de Fáber acaso (aunque lo calle el autor) debió experimentar desconocida inquietud al sentir su sensibilidad femenina afectada por algo que ya debía palpitar, aunque en germen, en el precoz temperamento artístico del muchacho, y que no era precisamente el candor que embalsama las páginas de las Tres almas de Dios, sino más bien un como picaresco tufillo que se respira sin querer entre las líneas austeras de La gorriona. De todos modos, hijo adoptivo o natural, con toda la diversidad de temperamentos fruto del sexo ó de la edad, la filiación es manifiesta y el P. Coloma al aparecer en la escena de la novela española ostentaba en toda su personalidad los signos característicos de la escuela de que es glorioso fundador el autor de La gaviota y de Lágrimas, ó sea el españolismo neto, sano, tradicional de la gran democracia cristiana que se llamó el pueblo español en su matiz más delicioso y poético, el noble matiz andaluz, no tal como lo destrozan los escribidores extranjeros, y se deshonra en caricaturas, grotescas algunas veces, en las mesas de los cafés, en los corros de las tertulias cursis, en los tendidos de los toros, sino como, en verdad, lo hizo Dios y lo produce la rica savia nacional al calor del fuego ardiente de su sol en la tierra de María Santísima.
Claro está que al principio la tradición tenia mucho de infantil, era algo así como la copia con honores de imitación y las tentativas de originalidad con serviles dejos de plagio, decorosos por lo inconscientes; más tarde, aunque poco más, era como la obra aventajada del aprendiz, en que se señalan los toques firmes del maestro que perfecciona al corregir los trabajos de su discípulo; llegó por fin el instante crítico de la armonía por la elevación y la madurez del ingenio, como dos efectos hermanos, hijos gemelos de la misma causa, y se convirtió por último en la vistosa pero divergente variedad que lleva en su opulencia la vida.
A la realidad idealizada de Fernán Caballero había sucedido la idealidad sensibilizada del P. Coloma; al tipo real con todas las idealidades artísticas, el arquetipo ideal con todas las realidades vivientes; á la intuición poética de la Naturaleza creada, sorprendida en la observación, la creación artística del espíritu observador que roba y que transmite la vida para animar sus hechuras; á la flor silvestre que brota fresca y lozana á las caricias del aire y de la luz del alba entre las ruinas y se marchita mustia entre sus sombras á la puesta triste del sol, el espino florido sembrado adrede entre las rosas que extiende sus ramas punzantes y vengadoras por las márgenes mismas del vergel, como leal custodio de las flores; á las armonías líricas de la sacerdotisa, las flagelaciones irónicas del profeta. Porque, apreciados en sus dotes más espléndidas y en sus obras más características, aunque encauzados siempre los dos dentro del naturalismo poético, que es el lecho común de su inspiración y de sus obras, resulta siempre que, en términos técnicos de estética, aparece como más realista Fernán y como más idealista Coloma, aunque el realismo de Fernán Caballero sea ideal y el idealismo del P. Coloma sea realista.
Por eso me parece evidente, estudiados los caracteres del discípulo y la maestra, que el proceso de la formación del discípulo tuvo que ser el siguiente: el entendimiento poderoso del P. Coloma conoció el ideal que vivificaba los seres que impresionaban con su belleza real la sensibilidad artística de Fernán Caballero, y, encendiendo con sus resplandores su mente, proyectó los rayos de oro de su esplendor sobre puñados de tierra, amasados entre sus manos, para iluminarlos con su luz y animarlos con su calor. En cuanto á Fernán Caballero, sospecho yo que se murió sin darse cuenta del procedimiento con que inmortalizaba los suyos, transfigurándolos sin querer á la luz celeste de su alma. Era sencillamente un privilegio de su sensibilidad exquisita. Amaba la flor y se impregnaba inconsciente en su perfume. Cuando componía, el aroma pasaba del corazón al papel por el intermedio de la pluma que escribía al dictado del corazón; y el escrito no era ni podía ser una disertación de botánica, era simplemente una imagen sentida de la forma y de los colores de la flor, pero de una flor tan fresca, tan olorosa y tan viva, que embalsamaba la página y, por la página, el alma entera del lector , que, sin darse cuenta del caso, se iba sumiendo y como anegando en la fragancia que invadía todo el ambiente.
Por eso en las obras maestras del P. Coloma el mundo de las ideas y de los principios se retrata con toda la perfección con que los cuerpos gallardos de los grandes señores y nobles damas, arreados con todas las galas de su principal condición y animados por sus soberbios espíritus, se retrataban en un espejo de veneciano cristal, guarnecido con marco de oro incrustado de pedrería, al paso que en las obras maestras de Fernán Caballero se reflejan las creencias y los sentimientos encarnados en los cuerpos y en las costumbres vivientes, como las nubes en los lagos límpidos perdidos entre los bosques agrestes de las montañas solitarias: leves y aéreas, como apacibles y vaporosos fantasmas, en los días serenos de cielo azul; arremolinadas y sombrías, como heraldos de la tempestad, en las negras horas de la tormenta.
Ante el cuadro lleno de misteriosos encantos que nos ofrece con su austera opulencia la realidad augusta de la vida, Fernán Caballero, interponiendo como un vidente iluminado el mágico y purísimo cristal de su encantado prisma, nos enseña la divina belleza de la realidad, que se transfigura al pasar los rayos de su luz por el prisma que tamiza y cierne todas las deformidades estéticas que acarrean las impurezas de la realidad; y el P. Coloma, ante ese cuadro, como un cíclope forjador que sobre el yunque de la fantasía, con el martillo de su ingenio, golpea y modela el metal que le ofrece en bruto la Naturaleza, hasta imponerle el troquel grabado en su pensamiento, fijo sin cesar en lo alto, donde reside el ideal, sólo siente el deseo de incrustar en él sus figuras, interponiéndolas entre las reales, como si hubieran nacido en él, bañándolas en el ambiente y hasta revolcándolas en el suelo para que se empapen en su color y respiren como hijas exclusivas de la violada realidad sin que nadie sospeche la oculta paternidad del autor, que calladamente se obscurece entre bastidores.
De aquí el vigor potente de sus creaciones artísticas, que imponen y que gravan la verdad con sus irresistibles acentos en sus cuentos más infantiles, bien distinto de aquella sosegada y dulce insinuación de los hechos más naturales que, como voz de los personajes corrientes, nos abre el pecho y nos entra en el corazón el amor á las creencias más consoladoras del alma, por la mano suave de la observación modesta con que Fernán Caballero nos cuenta en las más sencillas narraciones las tradiciones populares.
Bien sabemos que no todos piensan así, y que hay quien, trocando los frenos, tildan de quimérico idealismo á Fernán y de realista á la moderna á Coloma; pero nosotros, sin detenernos aquí á mayores disquisiciones sobre confusión tan extraña, nos limitaremos á responder que el realismo artístico del P. Coloma es todo lo opuesto al realismo trascendental del positivismo literario de Zola. En cuanto á los que tachan de soñador á Fernán, porque ya han desaparecido sus tipos, me recuerdan el dicho de cierto crítico original que negaba el naturalismo artístico de Cervantes porque no había logrado hallar en los mesones españoles al noble hidalgo de la Mancha con la bacía en la cabeza.
Por lo demás, al tratar de vindicar á Fernán Caballero al propio tiempo que al P. Colama, y al tratar de inquirir la fuente de sus respectivas inspiraciones, no tratamos de disminuir en un ápice los merecimientos literarios del P. Coloma, al contrario: lo que hacemos es simplemente distinguir la variedad de procedimientos que se dan en el arte y en la naturaleza, combinados para despertar y para satisfacer al amor que es al cabo el objetivo y la consecuencia final de la manifestación radiante de la hermosura
Por eso, la primer obra, ó según él mismo, el Pastel, que escribió el P. Coloma en los lindes de la niñez, dio lugar á la graciosísima confusión que nos cuenta que experimentó en la primera entrevista con Fernán Caballero por los inconscientes préstamos tomados con profusión de sus obras. La segunda, Solaces de un estudiante, fue ya dirigida y prologada por Fernán, constituyendo su primer obra seria, escrita á los diez y siete años de edad; vinieron después Juan Miseria, Caín, Don Juan Botija y algunos otros cuentos y artículos, revisados todos por Fernán, que se encargaba de publicarlos, más celoso de sus éxitos que el autor, y aunque estas obras las conocemos retocadas por la reflexiva diestra del P. Coloma cuando se volvieron á publicar años después en las columnas de El Mensajero, en esencial fue respetada su hechura tal como había visto la luz en los años alegres de su adolescencia. Pero ¡ay! aquellos años felices corrieron en el atropellado curso de la vida como corren los ríos al mar, y cuando sonaron en el reloj de la Historia los días serenos de la Restauración, que venia á poner paz en los campos y en las ciudades, en las vidas y las conciencias, el escritor ameno, festivo y el joven de buena sociedad y el audaz y revuelto político que había trabajado con bríos y con peligros por la restauración de la Monarquía derrocada por la Revolución de Septiembre, variando de repente de rumbo, entró de improviso en el noviciado que la Compañía de Jesús tenía en el castillo de Poyanne, en el país vecino de Francia. El P. Coloma tenia á la sazón veinticinco años, pero sus trabajos, sus desengaños, sus estudios, abrumándole con prematuros achaques, le coronaron con tanta y tan formal gravedad, que representaba más de cincuenta. Su noviciado y los estudios de Humanidades, de Filosofía y Teología que llevó á cabo en Francia, en Portugal y en Italia, en medio de enfermedades continuas, agravaron su mal estado de salud, hasta que, habiendo regresado á España en 1882, empezó á escribir como por obligación en El Mensajero las Lecturas Recreativas, reanudando su inspiración con tal éxito, que la exigua y poco conocida revista adquirió en breve extensa popularidad con las obras del P. Coloma, que apenas se iban conociendo en España se iban traduciendo al alemán, al inglés, al francés y al italiano, hasta el punto de hallarse vertidas hoy á todos los idiomas cultos, corriendo diversas traducciones en alemán y en inglés y en diversos dialectos de Austria, y siendo muy de notar que ninguna de estas traducciones estén hechas por Padres de la Compañía de Jesús de aquellos países, sino por literatos de profesión ajenos á la Compañía, y algunos de ellos protestantes.
Tal ha sido el mérito de estas obras, tal el éxito que coronó los trabajos del escritor español, tal su fama de novelista en el mundo!

(Alejandro Pidal Mon. Discurso leído en la Real Academia Española el día 6 de diciembre de 1908, con motivo de la recepción pública del Rvdo. P. Luis Coloma)




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Luis Coloma – JEROMÍN

Dos personajes de gran relieve se destacan en Jeromín: el hijo bastardo de Carlos Quinto y su hermano mayor, rey de España. Aunque la obra está dedicada a la vida del primero, son muchas también las personalidades de la época que allí se mueven. Resaltan el príncipe Don Carlos, al que una leyenda misteriosa sigue envolviendo todavía; Don Luis Quijada y Doña Magdalena de Ulloa, Ruy Gómez de Silva, la Princesa de Éboli y el funesto Antonio Pérez. Leyendo algunos capítulos de Jeromín, el vencedor de Lepanto se nos aparece rodeado de una aureola cuasi divina; y seduce sobremanera, después de todo, esa admiración sin límites que el Padre Coloma siente por el héroe incomparable de la cristiandad. Considéralo como hombre providencial, como el ser destinado por Dios para salvar en Europa la civilización cristiana de la amenaza turca. Pocos libros tan hermosos del insigne jesuita como Jeromín; a su valor histórico positivo se aúna la forma literaria excelente, más aliñada que en Pequeñeces, y de un aroma gratísimo, inconfundible.

(Extraído del artículo El padre Coloma aparecido en la revista Cuba Contemporánea (n.64, 1920) firmado por Fernando de la Vega).





En 1953, el director Luis Lucía llevó a pantalla la adaptación de la obra del Padre Coloma. La película recibió el Premio a la Mejor Película Española del aquel año. En el reparto: Ana Mariscal, Rafael Durán, Jesús Tordesillas, Adolfo Marsillach, Antonio Riquelme, Jaime Blanch, Nicolás Perchicot, Luis Pérez de León, Irene Caba Alba, ...
En la escena, un jovencísimo Jaime Blanch (Jeromín), consuela a su madrina Doña Magdalena de Ulloa, personaje interpretado por Ana Mariscal.

Jeromín es la historia del niño de este nombre, criado en un pueblo extremeño, cuyo nacimiento se oculta en el misterio y cuya alegre y desenvuelta infancia se desarrolla vigilada por ojos que no le pierden de vista. Cerca del pueblo, en su retiro de Yuste, el que fuera rey de España y emperador de Europa, deja transcurrir sus últimas jornadas. Entre el niño y el Emperador existen los invisibles hilos de una relación que parece tramada por un folletinista de la calidad de Fernández y González: Jeromín es hijo de Carlos I, nacido de una servidora de palacio, Bárbara Blomberg. Intrigas y murmuraciones cortesanas en torno a aquel paje que el Emperador gusta de tener consigo, se desvanecerán ante el reconocimiento del que sería llamado Juan de Austria, nombre con el que pasó a la historia y es inseparable de un hecho histórico universal como fue la batalla de Lepanto.

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En esta otra escena, Carlos V, retirado en Yuste, conoce a su hijo bastardo Jeromín.

Aunque no pretendiese el P. Coloma ni le fuese posible falsear la historia con las ficciones y fantasías tendenciosas de tantos como han profanado y avillanado el género, su alma de artista y su intención docente y sana no le permitían presentar esas crónicas descarnadas, que acaso en sí no saben dar sino parte de los sucesos, y, por ventura, la menos importante para sus fines. Y así, en llenar esos vacíos con ambiente, a la vez histórico y artístico, utilizaba mucho su intuición poderosa y su gran conocimiento práctico de las costumbres y de las pasiones humanas, eternamente las mismas en lo esencial, dotes que van mucho más allá que el agudo pero frío escalpelo del simple erudito...
Hasta esos confines llegó, por ejemplo, la musa inspiradora de Jeromín, Y así, aunque el fondo de la narración y todos los detalles históricos nos conste que son de veracidad innegable, y eso mismo afirmemos de muchos detalles del paisaje, indumentaria y exornación descriptiva, hay muchos, no obstante, en la pintura moral y física, que por fuerza han debido ser reconstruidos y asimilados; pero tan en conformidad con la época, con los acontecimientos y, sobre todo, con la historia perenne del corazón, que la fe que acompaña su lectura no es menor que el placer que la embebe y la sazona.
De este modo, sin faltar a la honradez y veracidad, por un lado, pero también, por otro, dándole alas a la fantasía y salida y expansión a su corazón de apóstol, supo Coloma utilizar las ventajas de la historia y la novela juntamente, y en tanto grado, que se atrevió a escribir una autorizadísima revista italiana, no saber de otro que hubiese llegado en este género adonde supo llegar el jesuita español.
En Jeromín la verdad era de por sí sobrado interesante, pero acabáronla de repujar y pulir con sus cinceles mágicos el amor al bien y el amor al arte, desde el punto en que Coloma concibió la eminente figura del venturoso y malogrado príncipe y adivinó en ella todo el partido que podrían sacar de darle nuevo relieve y nueva vida su fe de artista y su esperanza de apóstol...
Tampoco aquí fue nunca su intento «desentrañar hondos problemas de la historia, ni descubrir datos desconocidos o documentos ignorados». Su propósito, mucho más modesto, fue sólo vulgarizar una gran figura y «enfocarla a la luz de la razón y del criterio católico». Pero esto no se hizo sin haber «leído y estudiado cuanto sobre ella se ha escrito bueno o malo», aceptando lo cierto, escogiendo entre lo dudoso lo verosímil, y procurando luego con la imaginación y el estudio de la época resucitar al muerto y dar vida, relieve y ambiente contemporáneo a todo el conjunto, a fin de cautivar la atención de los lectores...

(Constancio Eguía Ruiz en El P. Luis Coloma y su vocación literaria, Razón y Fe, 1915)



No es Jeromín un seco estudio de historia científica, del género que tanto se cultiva ahora, principalmente entre los alemanes; ni es tampoco una novela histórica por el estilo de la que ha inmortalizado el nombre de Manzoni, ni siquiera al modo de las de Walter Scott, y mucho menos á lo Dumas ó Pérez Galdós, que, haciendo una ensalada de verdades é invenciones, han servido para encajar en la mollera de tanta gente ignorante de la historia verdadera, una mal tendenciosa seudo-historia de las épocas que escondieron por argumento. La novela histórica, así en sus grandes modelos, como en sus más ó menos ruines degeneraciones, ha solido tomar un argumento próximo imaginado, desenvolviéndolo en una escena de acontecimientos históricos; ó en otras palabras: ha pintado, sobre un fondo de hechos históricos, figuras creadas por la poética fantasía; y en esto está precisamente lo híbrido de dicho género literario que, envolviendo lo falso con lo verdadero, deja indeciso al lector semierudito sobre dónde acaba la verdad, donde empieza la ficción.
El P. Coloma ha echado en su última obra por otro camino, más libre de inconvenientes históricos; pero, en la misma proporción, más erizado de dificultades técnicas, y, en lugar de una acción concreta inventada, sobre un fondo de acontecimientos históricos, nos presenta en Jeromín una verdadera historia, donde sólo el pormenor artístico, lo que da vida actual y palpitante á los personajes, se debe á la imaginación creadora del poeta. No vacilamos, pues, en calificar la obra literaria del P. Coloma de labor de estilo, pero labor dificilísima, de estilo en la acepción más alta de esta palabra. No hay que buscar, pues, en ella el mérito de la invención; Jeromín es sencillamente una narración de la vida de D. Juan de Austria; de aquel nobilísimo bastardo de un tan gran Emperador, que puede decirse de él, que hasta sus culpas resultaron gloriosas; pues á una debió la vida la madre de Alejandro Farnesio y egregia Gobernadora de Flandes, y á otra el vencedor de Lepanto y de las Alpujarras.
Para la acción principal de Jeromín, que resulta decididamente trágica, sirve de aptísima introducción ó proemio el idilio de Leganés y de Villagarcía, no sólo en cuanto rodea de simpático interés la figura del futuro héroe, por el mismo velo del misterio que envuelve su infancia, sino principalmente porque se nos hace conocer aquí la figura nobilísima é interesantísima de Doña Magdalena de Ulloa, el ángel bueno de Jeromín, que no deja de velar jamás sobre D. Juan de Austria, en medio de su azarosa existencia. Esta nota de ternura, que alcanza sus más subidos acentos en el día del encumbramiento y en el de la suprema crisis, se combina maravillosamente con las sombrías tintas de que rodean la vida de D. Juan, aquellos dos genios maléficos: Antonio Pérez y la hermosa y funestísima Tuerta; sombras que se ciernen sobre el héroe aun antes de amanecer en su oriente, y que acaban por abrumar su vida y hundirle en una noche prematura.
Sería nunca acabar querer poner de relieve las bellezas de este drama conmovedor. Acá y allá se encuentran esas pinceladas de soberana distinción, que son el sello de todas las obras del autor de Pequeñeces; pero en ninguno de sus libros (por lo menos en los que he leído) se halla esa elevación moral de los personajes, que en Jeromín le prestan los caracteres incomparables de aquella gran nación que fue España en nuestro gran siglo.
Se siente, en la lectura de Jeromín algo de lo que impresionaba á aquel soldado francés que, habiendo leído una traducción de la Iliada, decía: «He hallado un libro viejo, donde los hombres son un codo más alto que los que conozco.»
Como defecto se ha notado en Jeromín, la pobre figura que hace en él nuestro gran rey D. Felipe II; en lo cual, sin entrar en disquisiciones históricas, que no juzgamos aquí oportunas, hemos de decir que, en todo caso, la historia de D. Juan de Austria nunca será el punto de vista más favorable para contemplar la grandeza del Rey Prudente. Pero viniendo al punto concreto de la intervención que pudiera haber tenido D. Felipe en la trágica muerte de Escobedo, hemos de hacer observar, que el P. Coloma ha cuidado expresamente de poner á salvo la responsabilidad moral del monarca. Fue común en aquella época atribuir á los reyes absolutos la facultad de dictar una sentencia de muerte ó prisión (en casos de grave necesidad), sin seguir trámites legales ningunos; y, conformándose con esta operación (más ó menos plausible, pero apoyada en autoridades suficientes), pudo Felipe II sentenciar á muerte á Escobedo y encomendar á una persona de su confianza la ejecución del secreto fallo. Así supone el P. Coloma haberse hecho, como claramente lo verá quien con atención leyere la obra. Por consiguiente, cualquiera que sea el juicio que se forme acerca de la verdad histórica del hecho, nada podrá influir en la calificación moral de la intervención del Rey. Ahora bien, considerada la cuestión desde el punto de vista artístico, no se puede negar que, el papel que representa D. Felipe en este drama, tal como lo ha interpretado el P. Coloma, sirve grandemente para producir la emoción propia de la tragedia, la cual (como nota Aristóteles) no nace de la perversidad de bandidos como Antonio Pérez, sino de la culpa trágica; ó sea, de una falta semiconsciente de caracteres heroicos, como sin duda fueron D. Juan de Austria y D. Felipe el Prudente.
Terminemos expresando nuestro deseo de que el P. Coloma siga poniendo al alcance de los que no leen otras historias, y aun iluminando mejor con los resplandores del arte para los que las leemos, los grandes modelos que á manos llenas le ofrece nuestra edad de oro; de oro que venía entonces de América abarrotando nuestros galeones, y de otro de más subidos quilates, que avaloraba la vida moral de aquellos caracteres inmortales.
(R. Ruiz Amado en Examen de libros: Jeromín, Razón y Fe, 1907)



En Jeromín, Coloma se esfuerza por ahondar en la psicología del héroe; ya no se queda tan en lo descriptivo como en La Reina Mártir, y en la expresión procede con mayor libertad artística, reconstruyendo las escenas más directamente y haciendo mayor empleo del diálogo.
La Reina Mártir, es un encanto de belleza y sublimidad; pero Jeromín la sobrepuja por el arte y por la labor, y por las serenidades del juicio en asuntos tan disputados por la conciencia y las pasiones. Dicen que el P. Coloma la escribió poniendo en ella todos sus cinco sentidos; y yo me permito añadir que la escribió á la sombra de una sotana á que rinden las armas en son de honor los soldados de una gran Compañía, contra quien no se atreven á ladrar las jaurías del fanatismo. Si el P. Coloma no hubiera merecido y alcanzado ya la palma del escritor entre los mejores de su tiempo, la novela histórica Jeromín le abriría por si sola, de par en par, las puertas de dos Academias: la que corona el arte de la forma literaria más ideal y la que premia la investigación honda y serena y la exposición franca y sincera de la realidad en los senos más íntimos y recónditos de los arcanos de la Historia.
Porque no es menuda labor la de dar corrientemente en el clavo en asunto de tal magnitud, tan rodeado de escollos, de sirtes y precipicios, cubiertos todos por las nieblas del prejuicio,(de la pasión y de la ignorancia amontonados allí por los declamadores de oficio de las dos mentiras rivales, en los sucesos de aquel tiempo: la que todo lo condena en montón como obra infame del crimen perpetrado incesantemente por monstruos que sólo respiran el mal, y la que todo lo canoniza á bulto y sin excepción, como si fuesen ángeles y no hombres los que nos delata la historia como hijos al fin de Adán, aunque regenerados en Cristo y absueltos al fin por la Iglesia; pero, merced á esta penosa investigación y á este juicio elevado y sereno, sobre esta exposición concienzuda de pormenores pintorescos y de interesantes detalles se levanta como sobre un pavés, erguida como una aparición evocada por el doble conjuro de la ciencia y del arte, la gran figura del hijo de Carlos V, con una realidad tan verdadera y tan viva, que el vencedor de Lepanto, á semejanza de los héroes de la clásica antigüedad, que, divinizados como dioses en las alturas del Olimpo, abandonaban á veces sus cimas etéreas y luminosas para conversar en el suelo con los mortales, desciende á su vez del carro del triunfador flotante sobre las nubes por donde le conducen las Musas al son de himnos y de cánticos que glorifican sus hechos más valerosos, para bajar á la tierra y convivir con nosotros en los días serenos de la niñez, en los años inquietos de la adolescencia, en los intrépidos y valientes de la juventud, en los firmes y grandes de su noble virilidad, enseñándonos en su cabeza y en su pecho, á través de los cristales de su mente y de su corazón, de qué sangre se nutren los héroes, con qué luz se alumbran y se iluminan los genios, con qué creencias, verdades y sentimientos se forman los grandes Príncipes, llamados de una ú otra manera por Dios á sacrificar su vida por su Patria, haciéndola grande y feliz á costa de trabajos y sinsabores, como hizo el gran hermano de Felipe II, educado y formado á las más altas empresas y á las más gloriosas hazañas por las sencillas, pero sublimes virtudes de la religión; por la dama española y cristiana Doña Magdalena de Ulloa, ¡hasta el punto de no poder comprenderse en todo su intenso valer las grandezas viriles de D. Juan de Austria sin haber tenido á la vista las pequeñeces infantiles de Jeromín! De tal modo brillan al despuntar de la aurora en el alma la luz y el fuego celeste del creador, que, ó los tuerce la mala educación hasta apagarlos en las tinieblas; ó los alimenta y acrece la educación sólida y sana hasta encenderlos como un sol que alumbre y fecunde la Patria, que honre y glorifique á la humanidad, y que ilustre y ornamente la historia, como las alumbró, honró é ilustró el gran General de las escuadras cristianas cuando salvó á la Europa y al mundo del fatalismo religioso y del despotismo político; es decir: del más bárbaro cautiverio, en aquella inmortal jornada que señaló el gran Cervantes á la posteridad y á la Historia como la más alta ocasión que vieron y que verán los siglos.
Tal es á los ojos de todo el mundo el mérito de la novela histórica y pintoresca que lleva el título de Jeromín, y que, inaugurando un género particular entre la novela y la historia, despierta un gran interés en el lector y abre ancho campo á la verdad sincera definitiva y final, repujada y cincelada con esmero y vigor por los cinceles de oro de la ciencia y el arte.

(Alejandro Pidal Mon. Discurso leído en la Real Academia Española el día 6 de diciembre de 1908, con motivo de la recepción pública del Rvdo. P. Luis Coloma)




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Luis Coloma – LA REINA MÁRTIR

La Reina Mártir no es una novela histórica; es una biografía novelada, con mucho más de historia que de novela. En su composición, efecto de la norma seguida en Retratos de antaño, el rigor histórico domina sobre la libertad artística.

Coloma tiene el don de poetizar sus héroes, de comunicarles hondo y singular atractivo. No es posible leer esos libros sin sentirse poseído de un extraño amor hacia aquellos personajes, que el Padre Coloma retrata con intenso colorido, aunque sin herir los fueros de la verdad histórica. No cambia él la faz de los hechos; levanta el velo del pasado, lo estudia detenidamente y luego trata de evocarlo con la magia vigorosa de su fantasía. Hay que anotar, sin embargo, un lunar de consideración en esas obras del Padre Coloma: es el entusiasmo que embarga su espíritu, y que se trasluce en sus páginas, al ofrecer los objetos con proporciones crecidas. Hace ver las cosas con vidrio de aumento. Tales son los efectos de su imaginación. No se necesita torcer el curso de los acontecimientos que se narran para provocar en los lectores una visión falsa de la realidad: no se origina el error en este caso de ignorancia o conocimiento imperfecto del hecho: resulta él del punto de vista nada sereno en que se sitúe el historiador.
En La Reina Mártir, por ejemplo, el Padre Coloma, con todo su respeto a la verdad, y ateniéndose a documentos fidedignos, nos da una impresión distinta de la que en justicia corresponde a la infortunada reina de Escocia. Quien estudie con ánimo frío la vida de esa reina encontrará exagerado el marco que el Padre Coloma asigna a la fisonomía moral de la víctima de Isabel. Sufre uno también tantos desengaños con los héroes de la historia como con las personas vulgares que nos rodean a menudo. Cada día se descubren en aquéllos nuevos aspectos; de súbito, un historiador indiscreto aporta datos desconocidos antes, que truecan por entero o desfiguran notablemente los rasgos fisonómicos del personaje. Entonces, precisa confesarlo, si se ha encariñado uno con ellos, y el dato es desfavorable, se desvanecen las ilusiones y nos sentimos afectados de dolor. En el caso contrario, tal vez se verifique un cambio laudable en nuestro pensamiento, y nos acerquemos de este modo a la verdad completa. Eso ocurre a diario, y no ha sido menos diversamente interpretada María Estuardo. Su actuación como católica, su martirio horrendo, han contribuido poderosamente a que se idealice su figura, y se borren los contornos que pudieran lastimar el conjunto.

(Extraído del artículo El padre Coloma aparecido en la revista Cuba Contemporánea (n.64, 1920) firmado por Fernando de la Vega).



Hay que reconocer, en efecto, antes que nada, sobre la indiscutible amenidad y también el valor histórico de esta obra; porque si no es ella reveladora de tanta y tan escrupulosa erudición como algunas de sus hermanas, obra es al cabo de vulgarización histórico-pintoresca. Nadie suponga a Coloma, como un protestante inglés a quien yo traté, algo más de quimérico que de real en la pintura de la gran Reina, ni tanta ni tan apasionada libertad como en las geniales concepciones de Schil1er o de Shakespeare, ni siquiera algo parecido a nuestra caballeresca Hystoria de la doncella de Francia y de sus grandes hechos, sacados de la chronica Real por un caballero discreto, que es al cabo una crónica enteramente anovelada de Juana de Arco. Coloma se precia de historiador formal, muy ajeno al pirronismo histórico de un Filóstrato y demás sofistas griegos de la decadencia, que se gozaban en componer biografías fabulosas; muy otro que nuestro célebre Guevara, cronista del César, que tanto entendía de forjar personajes fabulosos y anécdotas de pura invención y de entretejer pocas verdades con muchas mentiras.
Sus fuentes católicas y sinceras son de lo más grave que puede pedir la crítica. Así que nadie podrá dudar de la exactitud de trazos en la figura y martirio de la Reina infortunada en esta leyenda, como ni de María Antonieta en Retratos de antaño. Verídica es la acción del Pontífice y sus legados, ciertos y probados los esfuerzos del gran Felipe por romper los lazos que le tendían la envidia y la traición, auténticas las perplejidades de la corte de Francia, los odios, celos y ambiciones de la impía Isabel y la perpetración y consumación del horrendo parricidio a la vista de Europa atónita y... fría. Y tan lejos están de rebajar un punto dicha veracidad y realismo los fueros del arte, que a él se debe y al exquisito sistema narrativo del P. Coloma, tan diestro en los resortes descriptivos, el que la ilusión de lo real aventaje a lo novelesco. Así resulta el gran drama: eligiendo y combinando esos elementos de realidad y reduciéndolo a un conjunto ideal, a una unidad superior en que se manifiesta la belleza de la vida, mediante la representación expresiva y real de sentimientos generales y humanos.
Verdad y arte, son también en La Reina Mártir instrumentos de más alto fin, el fin que persiguió su autor al escoger el tema, el fin que pregonan y desmenuzan las atinadas y sagaces insinuaciones intercaladas acá y allá por el texto, el fruto que dimana espontáneamente de la intensa y profundísima emoción que la obra produce: contrastar nuestras ideas falsas de la vida con la realidad elocuente. Aquí aprendemos de las vicisitudes de una corona y de un imperio, que Dios sólo es grande; aquí se nos disuade de infinidad de errores y de falsos prejuicios cada día más dominantes, acerca de la pobreza y de las riquezas, de la modestia y el fausto, de la frugalidad y el refinamiento, de casi todo lo que es objeto de la admiración o desprecio de los hombres... Aquí vemos, es verdad, durante la jornada terrestre, orgullosa y triunfante a la repulsiva Isabel y a su herética Iglesia... Mas, como

No es buen juzgador quien juzga
Sin notar todo el proceso,

aquí aprendemos también que si los días del impío son largos, su muerte es cierta y viene veloz y escondida, consecuencia de «examinar la última página del proceso de Isabel, y de comparar vida con vida, muerte con muerte, y, a lo que puede colegirse, destino eterno con destino eterno».

(Constancio Eguía Ruiz en El P. Luis Coloma y su vocación literaria, Razón y Fe, 1915)



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Luis Coloma – EL MARQUÉS DE MORA

En 1769 brillaban —comienza así su historia el Padre Coloma—, así en los salones de París como en la corte de Versalles, dos ilustres españoles: el Marqués de Mora y el Duque de Villahermosa.
El primero, primogénito del Conde de Fuentes, Embajador del Rey Católico en la corte de Francia, contaba veinticuatro años; el segundo, agregado á la Embajada de España desde seis años antes, rayaba ya en los cuarenta. Sospechoso era, ciertamente, y poco recomendable para la moral y la piedad cristiana brillar y distinguirse en aquel vasto escenario, el más resbaladizo y corrompido de la Europa de entonces; porque nunca como en aquel tiempo pudo aplicarse á la babilonia de París el calificativo de Universidad de los siete pecados capitales, que más de un siglo después había de darle un grande hombre.
Dos faros luminosos, pero de luz diabólica y siniestra, alumbraban en aquella época la alta sociedad francesa Voltaire y la Du Barry, la soberbia y la carne; los dos ojos del demonio, fijos en un solo punto, la sociedad de París, para magnetizarla y subyugarla y extender ó mantener luego su dominio sobre toda la Francia y sobre toda la Europa, y aun sobre el mundo entero.
Imperaba la una en la Corte, dictaba el otro sus leyes desde Ferney al mundo filosófico, y las corrientes de elegante depravación que de aquélla venían, y las de pedantesca impiedad que manaban de éste, fundíanse en una sola catarata que pretendía anegar, sabiéndolo y queriéndolo todos, el dogma y la moral católica, y había de derruir, sin saberlo y sin quererlo muchos, el trono y el orden social reinantes; porque la piedra fundamental de toda sociedad ha sido siempre la piedra de un altar, y cuando esta piedra se remueve ó se derrumba, la sociedad se mueve también ó se derrumba con ella...

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De la escandalosa conducta seguida en París por el Marqués de Mora (José María Pignatelli de Aragón y Gonzaga, 1744-1774), sus locos devaneos con mademoiselle de Lespinasse y su culto idolátrico por el patriarca de Ferney (Voltaire), larga cuenta nos da el P. Luis Coloma en su monografía sobre este personaje.
Como en todas las obras del autor de Pequeñeces, resaltan en El Marqués de Mora la pintura de caracteres y la descripción de la vida aristocrática.
El malogrado hijo del Conde de Fuentes, Embajador de España en Paris, viudo a los veinte años de Doña María Ignacia del Pilar Abarca de Bolea y Fernández de Híjar (1745-1764) hija del Conde de Aranda, fue el amante apasionado de Julie de Lespinasse (1732-1776) famosa organizadora de un Salón en la Rue Bellechasse y protectora de Jean le Rond D'Alembert.
Allí acabaron congregándose los filósofos más brillantes del país como d'Alembert, Diderot, Condillac, Marmontel, Turgot, Condorcet,... Su Salón se erigió entonces en el auténtico hogar del movimiento enciclopedista.
Cortejada por d'Alembert, le prefirió a éste dos caballeros como el marqués de Mora y el conde de Guibert. Tras las sucesivas frustraciones sufridas con estos dos amantes, su salud se resintió de tal manera que abandonó su vida mundana para morir dos años después al enterarse del matrimonio del conde de Guibert. Algunos vieron en su exaltado temperamento y en la violencia de sus sentimientos, los signos precursores de las tendencias del romanticismo.
Él Marqués murió de tuberculosis a los veintinueve años.

Fue la vida del Marqués de Mora en París una continuada orgía material y moral —escribe Luis Coloma—, en que su carne gustó todos los vicios, y su entendimiento abrazó todos los delirios, á toda prisa, sin punto de reposo, en conjunto casi, como si temiese que la muerte, que tan de cerca le acechaba, pudiera privarle de algún goce ó apartarle de algún error.
Encuéntrasele en aquella época comensal mimado y festejado de aquellas cenas famosas que justificarían la revolución, si pudiera ser un crimen justo castigo de una blasfemia.
Mad. d'Epinay escribe á Grim en Octubre de 1771: «Os diré como última noticia, que Mr. de Sartine ha cenado anoche en mi casa con el Marqués de Mora, Mr. de Magallón y el Marqués de Croismare.» Y lo que es verdaderamente raro, la vieja Du Deffand escribe á Horacio Walpole en Diciembre del mismo año: «Hace tres días que tengo mesa abierta, es decir, doce ó trece personas cada noche. La de ayer fué la más brillante: estuvieron los Beauvau, la Cambis, Stianville, Toulouse y tres extranjeros, Caraccioli, Mora y Creutz.»
Lo cual prueba que la pasión de Mora por Mlle. de Lespinasse, no llegaba hasta el punto de sacrificar á ésta las divertidas y solicitadas cenas de su aristocrática rival y antigua señora.
La Lespinasse, por su parte, apretaba más y más los grillos en que tenía aprisionado á Mora, que lo mismo podían ser los del amor que los de la vanidad, especie harto común de amor con que corresponden los hombres fatuos á las preferencias de mujeres de algún renombre. Habíale ligado en este tiempo con un hombre peligroso, de su amistad íntima, Condorcet, que arrastró á Mora del odio del altar al odio al Trono, paso que no habían dado aún todos los filósofos, ni llegaron á dar en Francia sino muy corto número de grandes, ni acaso ha dado todavía en España uno solo de entre ellos.

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Sucesora y apéndice de Retratos de antaño, la biografía del Marqués de Mora es viva muestra, en opinión de Coloma, del estrago que en la juventud española causaban las doctrinas libres de la Enciclopedia. Son breves, pero sabrosas páginas las que traza el Padre Coloma sobre aquel joven volteriano que cayó en las redes de la sociedad francesa de fines de ese siglo. Tal semblanza del Marqués de Mora sugiere ya la España liberal de la centuria posterior.
(Extraído del artículo El padre Coloma aparecido en la revista Cuba Contemporánea (n.64, 1920) firmado por Fernando de la Vega).




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Luis Coloma – RETRATOS DE ANTAÑO

Tras la publicación de Pequeñeces, el derivo de Coloma hacia la biografía novelada se hizo patente.
Los Retratos de antaño fueron publicados bajo el mecenazgo de la Duquesa de Villahermosa en 1895. Doña María del Carmen Aragón Azlor e Idiáquez, XV Duquesa de Villahermosa (Madrid, 1841- El Pardo 1905) desarrolló a lo largo de su vida una destacada actividad en el ámbito del mecenazgo cultural favoreciendo la producción literaria de conocidos autores como José Zorrilla o el propio Luis Coloma, promoviendo la edición de obras antiguas así como de numerosos estudios de carácter histórico. Sus ideales como protectora de las artes y las letras, la llevaron a fundar junto a su marido, el Conde de Guaqui, el patronato Villahermosa-Guaqui dirigido al fomento de la actividad cultural e investigadora.
Su sensibilidad hacia la cultura también alcanzó al mundo de los museos y trascendió su propia vida. Tras su fallecimiento, y por expreso deseo contemplado en una de las cláusulas de su testamento, pasaron a formar parte del Museo del Prado y del Museo Arqueológico Nacional importantes obras procedentes de las destacadas colecciones formadas sus antepasados.

Los Retratos de antaño, aunque muy trabajados, adolecen de la pesadez epistolar inserta en el relato, el cual, no obstante, pinta con amenidad personas y grupos cortesanos del s. XVIII.

Temía Valera, oculto detrás del albornoz encapuchado de Currita, que los superiores jerárquicos de nuestro novelista perderían el tino hasta prohibirle seguir escribiendo novelas, siendo así que podía, según él, escribirlas buenas sin los inconvenientes de Pequeñeces y sin mover aquellos alborotos, logrando «elevar las almas a las regiones serenas de lo ideal por virtud de una representación artística del mundo, conforme siempre con la verdad, aunque menos triste y más bella». Pues bien, con perdón del famoso crítico, nuestro gran artista halló medio de componer varios libros anovelados de interés y atractivo verdaderamente literario y artístico, sin salir de la Historia misma, a que rendía sagrado culto, y sin dejar de añadir a la desnuda realidad histórica, con su potente fantasía, toda la idealidad de un mundo entero soñado y entrevisto, y toda la elevación de las puras e inefables ideas y sentimientos de un alma religiosa. Continuó, pues, siendo excelso novelista dentro del género histórico, tal como pudieran soñarle y desearle los aspirantes a obtener nuevas hermanas de Pequeñeces con todas sus dulzuras y sin pizca de sus amargores.
La pluma del religioso aparece, en efecto, y prevalece sobre la del costumbrista mundano, en una obra ya de tanto empeño como los Retratos de antaño, una hijuela de la cual, con el epígrafe de El Marqués de Mora, apareció más tarde, para acabar por refundirse ahora en la narración que complementa.
Agótanse allí las noticias halladas en los archivos de Villahermosa, Solferino y Fuentes. Hácese un minucioso estudio de aquellos anales familiares para retratar antes que a nadie a la heredera legítima de la ya conocida en la historia con el dictado de Santa Duquesa.
A vueltas de esta magistral figura, aparecen, también magistralmente retratadas, las costumbres aristocráticas del siglo XVIII en España, en Francia, en Italia, en las cortes de Carlos III, Luis XV y Víctor Manuel de Cerdeña.
Nadie dirá que allí el novelista se ha obscurecido, ni echará de menos en la estela que allí ha dejado como historiador, aquel relieve que supo dar con pincel de artista y sagacidad de maestro y de confesor en sus lienzos admirables de Pequeñeces representando la España de don Amadeo. Sin negar la confusión natural que en su desarrollo y narración engendran hechos de suyo algo divorciados y complejos, nadie dudará de que, maestro en la viveza descriptiva, ha salvado su autor los encantadores peligros y difíciles primores de la historia llamada con verdad pintoresca...
¿Mas ese lujo adonde bueno va?... ¿A qué vienen aquellos dibujos del natural, al carbón, a lápiz, a pluma, aquella galería de retratos, aquellas miniaturas del Louvre, aquellos caprichos de Goya?...
Fijaos en el contraste que ofrecen el corrompido Versalles, con las pequeñeces de su grandeza y con la turba de filósofos y sabias dengosas, frente por frente de nuestra dama ejemplar, gloria de la nobleza española, y frente a las virtudes claustrales de la insigne carmelita, hija del vicioso Rey, flores las dos que nacieron en mitad del pantano. Considerad el hedor que os causa la pintura exacta de aquellos pérfidos y crapulosos personajes que se codearon con aristócratas españoles, fatuos y libertinos más que incrédulos convencidos, y veréis insensiblemente brotar el anhelo de ser vos cristiano antes que cortesano, patriota antes que vendido al exotismo, y comenzaréis desde luego a discernir lo verdadero de lo falso y aparente, lo bueno de lo malo, la grandeza sólida de la hinchazón liviana...
(Constancio Eguía Ruiz en El P. Luis Coloma y su vocación literaria, Razón y Fe, 1915)



Reseña bibliográfica aparecida en La Época de Madrid el 6 de noviembre de 1895:
Los lectores de LA ÉPOCA conocen, sin duda, los Retratos de antaño del padre Luis Coloma, publicados en estas columnas, á medida que iban apareciendo en El Mensajero del Sagrado Corazón de Jesús. Entonces era aquella denominación una especie de antetítulo general, especificado por otro epígrafe: La duquesa, de Villahermosa; mas ahora aparece aquél como título único de la obra, modificación acertada, pues el padre Coloma no se limita á ser biógrafo de la piadosa dama, que es por el propósito del autor la figura principal del libro, sino que ha agrupado en torno al suyo muchos otros retratos, poniendo á todos por fondo la pintura general de la sociedad de entonces en varias naciones europeas.
Fortuna ha sido que viniera esta obra después de Pequeñeces, evitando así que quedara reducida á un círculo poco extenso de lectores aficionados á la historia anecdótica ó de personas de buen gusto literario.
Quizá sean los Retratos de antaño, bajo varios aspectos, superiores á la tan celebrada y discutida novela; mas por su índole es probable que no hubieran dado al padre Coloma la excepcional notoriedad que le proporcionó aquélla, cuyo éxito difícilmente podrá ser superado por otra obra alguna de este escritor notable, al cual colocó de un golpe en primera fila, asegurando á sus ulteriores escritos la atención del público.
Podrá discutirse el parecido de los Retratos de Antaño; pero la ejecución es admirable, de verdadero artista. Muestra el padre Coloma poseer en grado eminente las condiciones literarias del historiador, y entre ellas esa fuerza imaginativa que reconstruye con sus formas plásticas lo pasado, y hace revivir en las páginas del libro los personajes y la sociedad que se trata de presentar al lector. Y es esto una prueba más de que el docto jesuita es verdadero novelista, pues en este punto de la forma y la expresión artística, son colindantes el campo de la novela y el de la historia, si es que no se confunden.
Así se explica que sea tan atractiva y amena la lectura de este grueso volumen, cuya acción principal es muy sencilla, aunque aparece envuelta en tal riqueza de accesorios y tanta variedad de escenas y acciones diferentes, que la atención del lector se apartaría de lo que forma el núcleo de la obra y el eje natural de la narración, y á no ser por la habilidad con que el autor desarrolla su relato. En esto se ve también que el padre Coloma posee el sentido artístico de la historia. Es ésta á la manera de un gran paisaje, lleno de variedad, en que el observador puede elegir entre muchos puntos de vista para contemplar, desde aquel qua prefiera, el panorama. Durante mucho tiempo, por una predilección bien natural, se han elegido las cimas y se ha mirado la historia desde el punto de vista de los grandes personajes, directores ó ejecutores de los sucesos de su tiempo. Pero si la altura extendía la perspectiva y facilitaba una visión más clara del conjunto, en cambió la distancia dejaba borrosas las imágenes de la llanura. Y para ver más de cerca lo que había en el llano, el espectador ha descendido de la montaña y ha empezado á hacerse la historia desde el punto de vista de las multitudes, que no excluye el otro, sino le completa. Un estudio biográfico como el que el padre Coloma ha hecho de la duquesa de Villahermosa es un trozo de historia, en que el historiador elige como punto de observación el personaje biografiado.
La época que pinta el padre Coloma al retratar á su heroína, es por demás interesante. Es aquel período de la segunda mitad del siglo XVIII, en que se hallaba tan en boga la filosofía escéptica de los enciclopedistas, y en que lucían los últimos días del antiguo régimen, descuidado y ajeno del fin próximo que le esperaba.
El espectáculo de aquella sociedad tan frívola y tan ciega ante las señales de la catástrofe que se avecinaba, causa una emoción parecida á la que produce ver á un hombre paseándose tranquilamente al borde de un precipicio. Y el fondo del cuadro, por la ligereza é inmoralidad de las costumbres de entonces, es el más propio para que resalte una figura austera y profundamente cristiana, como la de la piadosa duquesa, que al cabo de un siglo ha encontrado tan excelente biógrafo en el padre Coloma. Indudablemente, aquel director espiritual de la duquesa de Villahermosa, aquel Alberto Magno, que queda en una misteriosa penumbra en este libro, pero cuya influencia se ve unas veces y se adivina otras, debió de ser hombre discreto y gran conocedor del mundo: un padre Coloma del siglo XVIII. Sus consejos debieron de ayudar á la duquesa en la tarea, no, siempre llana y fácil, de hacer la vida religiosa á que le impulsaban sus más hondos sentimientos, sin chocar de frente con las preocupaciones de la sociedad de su tiempo, sin desatender los deberes sociales que su alta posición le creaba y sin que su piedad tomase en momento alguno apariencias de gazmoñería.
Aquellas Cortes de Francia, España ó Inglaterra que pinta el P. Coloma, abundaban en modelos propios para figurar en una galería de retratos como ésta. Y detallados unos minuciosamente, esbozados otros tan solo con cuatro rasgos vigorosos, aparecen en ella el viejo Luis XV en sus postrimerías, que eran las de la secular Monarquía francesa; Choiseul, Brienne, Carlos III y Carlos IV, María Antonieta, Walpole, María Luisa, Aranda, el marqués de Mora y la apretada falange de los filósofos, destacándose de entra ellos D'Alembert, Mlle. Lespinasse, Mad. Geoffrin y otros que alguna relación tuvieron con la familia de Villahermosa. La alta posición de los duques, sus viajes por Europa y su residencia en varias Cortes extranjeras, pusiéronlos en comunicación más ó menos inmediata con muchos personajes notables de su tiempo, circunstancia que permite al narrador dar variedad y atractivo a su relato, y que le lleva, sin apartarle de su principal asunto, á pintar lo que eran las clases elevadas al final del siglo XVIII, la vida aristocrática y cortesana de entonce, las costumbres y las ideas reinantes.
Al temperamento crítico y satírico que ya mostró el autor en Pequeñeces, hace que los mejores quizá de estos retratos sean aquéllos en que el original resulta poco favorecido. Verdad es que muchos de los modelos pertenecían de derecho a Juvenal más que a Homero, y que con frecuencia resulta bien empleada la severidad del padre Coloma. Mas, con todo, el valor de los Retratos, como obra literaria, me parece que sobrepuja á su valor como obra histórica. Se ha dicho modernamente que el arte es la Naturaleza; vista al través de un temperamento. Del libro del padre Coloma podría tal vez decirse que es la historia vista al través de una opinión.
Mas así, al través de una opinión, han visto la mayor parte de los cultivadores de los varios géneros históricos, los hombres, los sucesos y los fenómenos sociales que fueron objeto de su atención. La posición absolutamente imparcial del juicio, es casi imposible. Un hombre no es como una balanza, que señala los pesos sin pasión ni simpatía. Y quizás el historiador ideal, encarnación de una inflexible justicia distributiva, no podría ser el historiador artista. El arte hay que sentirlo, y el sentimiento, al sacarnos de la indiferencia, nos acerca á la parcialidad.

E. GÓMEZ DE BAQUERO.




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HISTORIA DE LA CÉLEBRE REINA DE ESPAÑA DOÑA JUANA, LLAMADA VULGARMENTE, LA LOCA

ÍNDICE de la obrita

• Capítulo I: De cómo fueron los padres de Doña Juana La Loca, y las cosas que pasaban en su palacio.

• Capítulo II: De cómo se casó Doña Juana, los hijos que tuvo y otros asuntos del mayor interés.

• Capítulo III: Del mal temporal que fue causa para que el viaje de Doña Juana se hiciese más largo, y de la entrevista que tuvo con la querida de Felipe el Hermoso.

• Capítulo IV: De las disensiones que había en España, y la muerte de Doña Juana.

Un artículo de la época en que fue publicada esta obrita-folleto, reza de la siguiente manera hacerca de la historia de Doña Juana:

Isabel y el católico Fernando gobernaban la España con el esplendor a que la elevaron los grandes acontecimientos que tuvieron lugar en su reinado; los moros habían sido expulsados hasta el África y el genio de un genovés aventurero añadió al vasto dominio de los ilustres soberanos el imperio de un nuevo mundo. La inmensa herencia de Isabel y de Fernando estaba destinada a su hija única, esposa del Archiduque de Austria que nacido sobre el trono de los Césares regia con su cetro la Flandes. Juana a quien estaba reservada una gran parte de dos mundos, no veía la felicidad sino en el afecto de Felipe; entendida y generosa; sensible hasta la exaltación, amante hasta el entusiasmo, se entregó al archiduque con el abandono de una mujer tierna que todo lo ve en el objeto amado y no vive mas que de amor. Felipe poseía brillantes cualidades que justificaban en apariencia la pasión de su esposa; pero abandonado a los placeres, permanecía insensible a la excesiva ternura que había inspirado. Importunado al parecer con el amor de Juana no veía en ella más que una mujer dedicada a llenar sus deberes cuya extensión exageraba por debilidad acaso; estimaba, respetaba sus virtudes pero no le pagaba con amor.

Después de un año de permanencia en Bruselas donde Felipe se entregó a todos los excesos de la juventud y del poder absoluto, Juana dio al mundo un niño que con el nombre de Carlos V, debía ser un día el príncipe mas poderoso de la tierra y probar por su singular fin que puede descenderse del mas alto rango a la mas humilde condición sin perder mucho.

El archiduque aun después de ser padre no se desvió de los placeres desenfrenados. La tierna Juana herida hasta el fondo de su alma y exasperada por los celos, sentía debilitarse su razón; Felipe importunado sin duda de sus dolorosas quejas la trajo a España y volvió al punto a Flandes donde la guerra le llamaba. Dejó en Burgos a la triste Juana entonces en cinta, siendo inútiles las súplicas de ella para acompañarle: el archiduque permaneció insensible a su interesante delirio y apenas le acordó la gracia de una despedida. Juana le vio partir con una desesperación que acabó de extraviar sus sentidos; la esposa abandonada no recobraba su razón sino en algunos intervalos para sentir entonces todo el peso de su infortunio. Ni el hijo que llevaba en su seno, ni los desvelos de una corte cuidadosa podían arrancarla a sus dolores y concentrada en sí misma, decía a la reina Isabel cuando la prodigaba algún cuidado, no me consoléis ; no está conmigo , me olvida, se expone a los peligros de los combates y no estoy a su lado. ¡Ingrato! no quiere que muera con él.

Bien pronto Juana rehusó hasta el indispensable alimento; fue preciso hablarle en nombre de Felipe y del ser para cuya existencia debía conservar la suya. Todo el día lo pasaba escribiendo; cada noche un correo partía para Flandes cargado de cartas empapadas en lágrimas. Las horas que no escribía se las llevaba en la torre de donde siguió con la vista los pasos de su marido; la amargura de su pesar aumentaba incesantemente; ya no lloraba porque ya no tenia lágrimas.

Los ojos ávidamente dirigidos al horizonte del norte, contemplaban en la bóveda celeste los astros que Felipe podía ver también. Continuamente lo llamaba; creyendo hablar con él le dirigía tristes quejas o se precipitaba de rodillas y le pedía perdón; después exclamaba: «Me desprecia, no me ama, me aleja de si ¡Dios mió! ¿Permitiréis por mucho tiempo que abandone la mujer que le habéis dado? No, no, vos me lo traeréis, vos le obligareis a que no se separe de mí... Largos desmayos sucedían a este estado violento; la recostaban en su cama donde solo recobraba la voz para llamar a Felipe. En medio de estas angustias dio a luz su segundo hijo a quien se puso el nombre de Fernando. Su primer cuidado fue preguntar si se parecía a su padre: «ah! no, exclamó después de haberlo examinado; no se le parece ¿era acaso posible? » Los cuidados de la maternidad cambiaron muy poco su triste situación.

La reina Isabel murió y el interés trajo al archiduque a España; era demasiado tarde para la desgraciada Juana: al ver al que causaba su desesperación no manifestó más que los raptos del delirio y Felipe la mandó encerrar en la fortaleza de Medina del Campo. La locura de su mujer sin duda le humillaba y quiso ocultar su vergüenza en el recinto de las murallas: la vanidad ajada avergüenza a los príncipes pero no les avergüenzan sus crueldades. Felipe interceptó una carta que había obtenido de la debilidad de Juana en la cual confiaba a su padre la regencia de los estados, herencia de Isabel. Esto dio motivo a que estrechase mas que nunca el encierro de su esposa, hasta que engañado por el rey de Inglaterra, desgraciado en sus proyectos y en sus guerras, abismado con la doble fatiga de las intrigas y las traiciones, este joven ambicioso cayó gravemente enfermo. El peligro se hizo eminente; la noticia de esta nueva desgracia produjo en Juana un efecto admirable; su razón le volvió toda entera, recobró su autoridad y voló al lado del que la muerte disputaba a su ternura. Su voz, no alterada por el delirio y animada por el amor, hizo oír a Felipe acentos persuasivos que le volvieron la esperanza; no se separaba un instante del lado del enfermo; jamás el sueño la sorprendía, y su constante vigilancia dulcificaban los padecimientos del ingrato que por la primera vez pareció reconocer cuanto valía la mujer que había abandonado. Sus miradas lánguidas por el dolor penetraban hasta el corazón de Juana que las recibía con delicia; próxima a perderlo lo amaba mucho más. Su amor y su razón brillaban con esplendor. ¡Ah! la razón no la había recobrado sino para aumentar sus penas porque la dicha solo duró un instante. La muerte de Felipe volvió á sumirla en el abismo de donde había salió; su demencia que apareció con el delirio de la desesperación, se hizo mas sensible. Amó a su marido muerto como lo había amado vivo. Creía que no la había abandonado para siempre. No quiere esperarme en la tierra, decía, pero yo le aguardo aquí donde sin duda vendrá porque Dios no ha de querer separar a los que tan estrechamente ha unido. Persuadida de que el Cielo y el amor obrarían este milagro, esperaba algo más calmado el delirio el imaginario regreso. No consintió que ninguna mano extraña tocase a los restos de Felipe; por si sola se encargó del triste cuidado de dar a la muerte la apariencia debida; cuando hubo preparado para su amigo el lecho del reposo eternal, le coronó de flores y lo hizo exponer a la veneración del pueblo; pero sin separarse de esta preciosa reliquia, lloraba y dirigía al cielo plegarias arrodillada delante del ataúd que hizo depositar en su misma habitación. Yo quiero, decía, espiar el instante en que despierte; lejos de mi lado no se despertaría nunca; mi aliento le reanimará porque me lo ha prometido. En sus tiernas ilusiones creía Juana haber oído a Felipe ordenarle recorrer la España acompañada de su cadáver y asegurarle que recobraría la vida cuando atravesara un sitio agradable.



Feliz con la idea de obedecer a esta voz misteriosa, quiso que un numeroso y brillante cortejo se preparase a seguirla. Una mañana al rayar el día, el cuerpo del archiduque, fue depositado en un carro cubierto de terciopelo negro bordado de oro y rodeado por dos largas filas de criados del palacio con hachas encendidas; a la hora señalada se halló a la reina de rodillas cerca de los restos adorados. «Venid, decía a los oficiales, vedlo ahí con la misma armadura que le cubría cuando se separó de mi; ese chal pendiente de la pared es la señal de partida , y esa espada que resplandece en una mano vengativa, está destinada a combatir la muerte. Ved como me toma la mano y me guía. ¡Partamos!...» Al concluir estas palabras, Juana se levanta y seguida de su precioso depósito se lanzó en la litera de camino dando orden a su acompañamiento para ponerse en marcha. Estaba pálida, sus cabellos sueltos con abandono caían sobre su vestido de luto; en su frente se veía la serenidad de la esperanza, y al través de sus brillantes miradas se distinguía el misterio de la contemplación. Tal es el estado en que esta soberana atravesó su vasto imperio. Esta pomposa peregrinación del delirio y de la piedad, atraía las ávidas miradas de las poblaciones, que al ruido de las campanas y de la artillería corrían al encuentro de la reina. La compadecían, la veneraban, y por primera vez el delirio se atrajo el respeto de la multitud. La comitiva marchaba muy lentamente; en todos los puntos de descanso, el cuerpo de Felipe se colocaba en la habitación de la reina, quien antes de tomar algún alimento , antes de entregarse al sueño le contemplaba largo tiempo preguntando al parecer con sus miradas y después se respondía á sí misma. ¡No será todavía hoy!... Cada vez que el cortejo fúnebre llegaba a las márgenes de un arroyuelo o atravesaba una pradera esmaltada de flores o un valle perfumado de mirtos y naranjos , la esperanza animaba su frente, se detenía, se aproximaba al cuerpo con ansiedad, y levantando con mano trémula el velo que lo cubría murmuraba estas palabras: ¿Despiertas? ¿Es aquí?... Escuchaba largo tiempo, se inclinaba hacia el cadáver y expelía el aliento sobre los helados labios del amigo que creía volver así a la vida. Convencida de lo inútil de sus tentativas, «no es aquí aun, repetía, marchemos.».

La alternativa de la esperanza y el dolor destruían el resto de sus fuerzas , y su languidez llegó al mas alto grado; consiguieron hacerla tomar algún reposo y aun persuadirla que depositando en un lugar sagrado el cuerpo de Felipe, el milagro que esperaba se cumpliría mas fácilmente por la influencia del santuario.

El otoño había despojado los bosques de su verdor, y la noche que tan presto llega en esta estación de melancolía, sorprendió a la reina en el valle pintoresco de Peñaflor. Sobre la derecha del camino, la campana de un monasterio se dejó oír; el convoy se detuvo y reconoció que se hallaba inmediato a la célebre cartuja de Aula Dei. Por entre los árboles que poblaban la rivera, distinguieron el resplandor de las lámparas del santuario al través de los cristales, interrumpiendo por intérvalos el silencio de esta soledad el canto monótono de los religiosos que llevado de eco en eco parecía elevándose hasta el cielo. Tan sombrío retiro convenía al dolor de Juana y los restos inanimados de Felipe descansaron en fin en una capilla del templo. La infeliz; se detuvo bastantes días en aquel lugar, donde creía dejar más que su vida, ocupándolos en disponer un entierro solemne. Dispuesta a alejarse ya supo que existía un convento de monjas No lejos de la tumba querida; la proximidad le pareció una profanación y Felipe fue exhumado de nuevo y conducido a la sepultura de los reyes de Castilla. Estos celos aun bajo el imperio de la muerte unen al delirio un sentimiento exquisito de sensibilidad imposible de definir, pero que interesa involuntariamente.

Consumida por los tormentos y la fatiga de una vida errante, atormentada por sus pensamientos, Juana arrastró largo tiempo una existencia cruel; especie de sombra fluctuando entre la vida y la muerte, permaneció sin embargo sobre el trono, vano simulacro de su poderío. Los pueblos la amaban y deploraban sus desdichas; cuando lo produce un inmenso infortunio, el delirio no inspira menosprecio. Estimaban cuanto había de sublime en esta alma generosa que hubiera podido derramar sobre sus súbditos inmensos raudales de bondad. Por lo demás la religión y la potestad real, tan arraigada entonces en los pechos castellanos, hacían que se respetase en ella la majestad suprema. Algunas veces Juana se mostraba a sus vasallos; daba audiencias y recibía los embajadores. Las facciones se cubrían en esta época como sucede siempre, con su nombre y el de su hijo menor aun, para realizar ambiciosos planes; pero por una coincidencia extraña, el nombre de Juana se halla en la historia asociado y en todos los actos de autoridad, al nombre del poderoso Carlos V. En Tordesillas el 4 de diciembre de 1553 murió la hija de Isabel, legando al primer príncipe del siglo, el mas vasto y mas rico imperio del universo.


(Extraído de EL GABINETE DE LECTURA, Gaceta de las familias. Madrid 20 de febrero de 1842).



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Francisco José Orellana – HISTORIA DEL GENERAL PRIM

“Una de las últimas obras de Orellana —anota Federico Rahola en los Discursos en recuerdo del economista, periodista y escritor— fue esta Historia del General Prim, que escribió al influjo de la indignación general que produjo el horrendo asesinato de aquel varón ilustre. No se limitó a escribir una simple biografía, sino que condensó en torno de la vida del célebre caudillo los acontecimientos más notables de nuestra historia contemporánea.
Y con lo que pudiéramos llamar intuición retrospectiva, que campea también en sus novelas históricas, evoca las escenas pasadas, el ambiente de otros tiempos, y las costumbres de otras épocas con brillante color, riqueza de detalles y carácter de realidad.
Además de este aspecto pintoresco, esta obra de Orellana ofrece el atractivo de estudiar las causas determinantes del malestar de España, enlazando la historia política con la económica, realizando detenido estudio de las campañas parlamentarias, de las ideas y de los hombres de cada periodo, sacando provechosas lecciones del pasado y haciendo severa y justa crítica de nuestros desaciertos”.













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Ceferino Araujo Sánchez - GOYA

Araujo Sánchez fue un pintor, restaurador, grabador, y crítico de arte, nacido en Santander en 1824 y fallecido en 1897. Fue autor de dos conocidos estudios critico-biográficos sobre los pintores Goya y Palmaroli, colaborando también en importantes revistas y periódicos de la época, como El Arte en España, La Ilustración, La España Moderna, El Día o Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. El interés de Araujo por la política museística del momento quedo patente en su obra Los museos de España, de 1875, donde no se arredra en criticar algunas de las ausencias y deficiencias que presentaba por aquel entonces el Museo del Prado, proponiendo, a su vez, la fusión de sus colecciones con las de la Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Esta monografía sobre Goya tuvo su origen en una conferencia pronunciada en el Ateneo y que más tarde apareció en cuatro números diferentes de La España Moderna.
Aún admirando profundamente el genial talento del pintor aragonés, Araujo no deja de lado su sincera visión crítica acerca del artista objeto de su estudio: «La personalidad de Goya —escribe— es tan importante en la historia del arte, que son muchos los escritores que se han ocupado en escribir su biografía y en hacer juicios de sus cuadros y grabados; pero por lo mismo que ha llamado tanto la atención, se ha querido hacer de él lo que no fue; se ha inventado su leyenda, se han interpretado sus obras caprichosamente , y copiándose unos escritores a otros, ha resultado cierta unidad de opiniones que da a la fábula aspecto de verdad». « El objeto de este estudio —prosigue— es examinar sin pasión la obra de autor tan interesante, y exponer mis discrepancias de los que han escrito antes sobre el mismo».
«No tenemos, para juzgar a Goya como hombre, más datos positivos que algunos extractos de sus cartas, sus solicitudes a los reyes pidiendo ascensos en su carrera y sus obras.
De sus obras ya he dicho que se deduce que no tenía creencias políticas ni religiosas; era un escéptico, y como tal no se hallaba dispuesto a sacrificarse por nada, sino a transigir según sus conveniencias. Si hubiera sido patriota, al pintar Los Desastres de la guerra daría muestras de que simpatizaba con los que defendían sus hogares; pero para él tan feroz era el español que mataba un francés, como el francés que fusilaba a un español. «Bien te se está», dice de un extranjero moribundo. «Curarlos, y a otra», exclama ante unos combatientes heridos. La reflexión que le sugiere el ver a un compatriota a quien van a ahorcar por orden de los invasores, se reduce a decir: «¡Duro es el paso!» En otra ocasión le extraña la interpelación del agonizante, que presentando un crucifijo al paciente, con la cuerda al cuello, le conforta diciendo: «¿Te conformas?» ¡Siempre el sarcasmo! Siempre su eterna idea: ¡estúpidos! ¡salvajes! ¡fieras! No ve más, ¿cómo había de ver otra cosa en las corridas de toros? Basta examinar su Tauromaquia, para convencerse de que está tratada con el mismo espíritu.
En sus cartas se ve que le preocupaba mucho su familia, y el sostener el decoro correspondiente a persona a quien, «de los reyes abajo todo el mundo conoce», lo cual no se aviene con que anduviera continuamente mezclado en aventuras escándalos. De modo, que si como artista fue un hombre extraordinario y original, como ciudadano no ofrece rasgos particulares que le diferencien por vicios o virtudes del común de las gentes; que por más que se haya inventado y supuesto en contra, es lo que ha sucedido a la mayoría de los artistas».




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Leopoldo Alas (Clarín) - GALDÓS

Semblanza de Benito Pérez Galdós escrita en 1889 a cargo de su amigo y también célebre autor Leopoldo Alas (Clarín). Al amable retrato que, desde la admiración, Clarín ofrece, se añaden las críticas literarias de las más importantes obras que el escritor canario había publicado hasta la fecha.

Conocí a Galdós en el Ateneo, en el Ateneo nuestro, el antiguo, el bueno, el de Moreno Nieto y Revilla; en el salón de retratos. Vi ante mí un hombre alto, moreno, de fisonomía nada vulgar. Si por la tranquilidad, cabal y seria honradez que expresa su fisonomía poco dibujada puede creerse que se tiene enfrente a un benemérito comandante de la Guardia civil, con su bigote ordenancista; en los ojos y en la frente se lee algo que no suele distinguir a la mayor parte de los individuos de las armas generales ni de las especiales. La frente de Galdós habla de genio y de pasiones, por lo menos imaginadas, tal vez contenidas; los ojos, algo plegados los parpados, son penetrantes y tienen una singular expresión de ternura apasionada y reposada que se mezcla con un acento de malicia... la cual mirando mejor se ve que es inocente, malicia de artista. No viste mal... ni bien. Viste, como deben hacerlo todas las personas formales; para ocultar el desnudo, que ya no es arte de la época. No habla mucho, y se ve luego que prefiere oír, pero guiando a su modo, por preguntas, la conversación.

Cuando Galdós escribe mejor es cuando no piensa siquiera en que está escribiendo, y cuando tampoco el lector se fija en aquel intermediario indispensable entre la idea del autor y el propio pensamiento. Y Galdós escribe casi siempre así, y se puede decir que escribe... como viste, sin asomos de pretensiones, y porque no hay más remedio que escribir para explicarse.



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Miguel Mayans y Siscar - VIDA DE MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA

Hay que esperar 121 años tras la muerte del ingenioso creador, para que Gregorio Mayáns y Siscar (1699-1781) se erigiera por méritos propios en el primer biógrafo del escritor alcalaíno, pues sería en 1737 cuando vería la luz en España la primera edición de la Vida de Cervantes, siendo publicada después en Inglaterra.
Tampoco podemos dejar de recordar que la persona que advirtió a Mayáns acerca de esta carencia de datos sobre el genial literato, no fue precisamente un hombre de letras español, sino un aristócrata inglés llamado Lord Carterer, el cual, habiendo editado por afición El Quijote y las Novelas Ejemplares, deseó conocer quién fue ese Miguel de Cervantes Saavedra, del que prácticamente sólo se sabía que había sido su creador.
Por ello, Lord Carterer envió una carta al responsable de la Real Biblioteca de Madrid, solicitándole información acerca del autor del Ingenioso Hidalgo y, Mayáns, que ostentaba dicho cargo, aceptó de buen grado la propuesta y confeccionó una biografía a partir de la consulta de los prólogos de todas las obras cervantinas.
Mayans tardó siete meses en escribir la biografía, que apareció en Londres (J. y R. Jonson) en 1737, acompañando a la edición del Quijote. El texto alcanzó, desde el primer momento, eco y resonancia inesperados. Además de las traducciones inglesa y francesa, sólo en castellano y en el siglo XVIII se hicieron 13 ediciones. Después se produjo un largo paréntesis, para aparecer de nuevo, en 1916, en la emblemática editorial Prometeo. Esta es la edición que aquí presentamos.





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