Mostrando entradas con la etiqueta Arte: pintura-escultura-arquitectura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Arte: pintura-escultura-arquitectura. Mostrar todas las entradas

Francisco Pi y Margall – HISTORIA DE LA PINTURA EN ESPAÑA - ESTUDIOS SOBRE LA EDAD MEDIA

HISTORIA DE LA PINTURA EN ESPAÑA

En 1851 Pi y Margall publicó su Historia de la Pintura. La obra la emprendió Pi con gran ambición, pero no llegó a pasar del primer volumen, pues fue objeto de la censura eclesiástica del momento, asunto que le trajo no pocas complicaciones.
Abordando materia referente a la pintura medieval, Pi y Margall no pudo sustraerse de plasmar muchas de sus reflexiones acerca del papel de la religión, el cristianismo, los evangelios y la figura de Jesús. «Antes de 1851—escribe Pablo Correa, federalista y amigo de Pi, en su nota biográfica a la edición de La Federación— nadie había llegado en este país a hacer la crítica racional del cristianismo y la Iglesia. Él lo hizo en la Historia de la pintura, con la misma independencia, por lo menos, que posteriormente Strauss en Alemania y Renan en Francia».
No tardaron en llover sobre Pí y Margall las más furibundas críticas y censuras, suspendiéndose la publicación en el primer tomo.
El Episcopado presionó de tal manera sobre el gobierno moderado de Bravo Murillo, que el fiscal de Imprenta ordenó la recogida de la obra (la Congregación del Índice la incluyó entre los libros prohibidos), pasando Pi a ser fichado por la Censura real.

En la revista La Censura (número 94, octubre de 1852), publicación de carácter conservador y religioso, aparecen los siguientes comentarios respecto a la obra:

«Desde la página 7 de la introducción encontramos expresiones atrevidas e interpretables en mal sentido, ideas falsas y erróneas, torcida inteligencia de los dogmas y misterios de la religión cristiana, palabras ofensivas a la iglesia y sus ministros, etc. De buena gana procederíamos a examinar según costumbre capítulo por capítulo y página por página este libro, en que aparentando un objeto inocente y lícito parece que su autor se ha propuesto difundir los errores más trascendentales y perniciosos defendidos por los osados corifeos de las sectas modernas, panteístas, humanitarios, partidarios de la perfectibilidad y del progreso indefinido; pero como a ese examen habríamos de destinar muchas páginas de La Censura, y nos urge por razones poderosas acabarle en éste número, nos contentaremos con copiar aquí las páginas en que principalmente se destila toda la ponzoña de la impiedad. (…)Hablando de la doctrina moral que enseñó Jesucristo, y en especial de la infinita caridad que es el alma de la ley de gracia, disputa el impío autor al redentor del linaje humano la originalidad de su doctrina (…) Si tan impíamente juzga el señor Pi del hijo de Dios; ya pueden conocer nuestros lectores cómo juzgará del cristianismo y del Evangelio. Según él la creencia en el dualismo del cielo y de la tierra ha desviado a la humanidad de su camino, ha perpetuado el mal y ha hecho imposible el bien (pág. 159): ha creado un poder espiritual, la iglesia, que empezó a luchar y continúa luchando con el poder temporal, se hizo opresivo, tiránico y violento, se corrompió y ha llegado a hacerse tan odioso, que los mismos que le sirvieron en otros días de escudo, no viendo ya en él mas que un obstáculo para el progreso de la humanidad, son los primeros en provocar y acelerar su ruina (pág. 163).
El cristianismo según el autor no es mas que una evolución, un orden de ideas más o menos estable, pero no eterno: es el resultado legítimo de evoluciones anteriores; es esencialmente modificable; está expuesto a deber sucumbir a evoluciones posteriores: no puede ser examinado aisladamente: debe ser estudiado en los filósofos anteriores y posteriores, cuyas doctrinas forman parte integrante de la suya y la suya de la de ellos (pág. 185).
El Evangelio es defectuoso, obscuro, vago (pág. 164) y ha sido erróneamente interpretado por la iglesia (pág. 165): ha sido despojado del carácter social que le diera Jesucristo, y se ha creado un puro sistema religioso, el cual no basta para corregir; ni moralizar al hombre (pág. 176). No fue más que una evolución, una determinación de ideas (pág. 202); y hay si no una perfecta identidad, a lo menos una conformidad muy notable entre las ideas de aquel libro y las de Platón (pág. 203).
En fin el cristianismo para el autor es un mito y el Evangelio un drama.
El excelentísimo e ilustrísimo señor arzobispo de Santiago, como ya sabrán nuestros lectores, por su edicto fecha 9 de este mes ha prohibido en su diócesis la lectura de la Historia de la pintura en España por contener ideas impías, como que nacen del panteísmo, el cual no es más que un ateísmo disfrazado, y también altamente antisociales.
Es probable que los demás señores obispos imiten la conducta de aquel celosísimo prelado; pero aunque ese paso será de una importancia incalculable, todavía no basta. Se hace preciso que el gobierno siguiendo el buen camino donde parece que ha entrado con decisión de algún tiempo acá, prohíba la continuación de dicha obra y mande recoger lo que de ella va publicado: porque sería escandaloso que se permitiera la propagación y prosecución de un libro en que descaradamente se enseñan doctrinas anticristianas, impías, eversivas de los fundamentos de la sociedad humana, con tendencia a imbuir los delirios de esa turba de sectarios que aspiran a envolver el género humano en nuevas y más desastradas calamidades que las sufridas hasta aquí; de un libro en que se adultera la inteligencia del Evangelio, se proclama su origen puramente humano y su insuficiencia y se anuncia que de evolución en evolución llegará a perfeccionarse; de un libro en que se destruye el único freno posible para contener a los malos en la senda del crimen y alentar a los buenos en el ejercicio de la virtud; de un libro donde se acusa a la iglesia de errar en la inteligencia e interpretación del Evangelio; de un libro en que como para formar contraste se hace en algunos lugares una pintura risueña de la religión pagana, de sus dogmas, su culto, sus fiestas y sus ídolos; de un libro en que se calumnia e injuria, a veces hasta groseramente, a la iglesia, a los romanos pontífices, a los sacerdotes; de un libro en fin en que con halagüeño colorido y estudiado aparato de erudición se introduce en el ánimo de los lectores la ponzoña del error que mata instantáneamente. Vea el gobierno si es urgente y si está en su mismo interés prohibir cuanto antes la Historia de la pintura en España».

Extraído de http://www.filosofia.org/hem/dep/cen/sura691.htm Proyecto Filosofía en español



«De esta obra —apunta Correa en la citada nota biográfica de 1880— apenas se encuentra un ejemplar fuera de las bibliotecas de los hombres estudiosos. Fue el primero de sus trabajos serios y fundamentales. Su doctrina es profunda y su exposición bellísima. (…)Atribuye la pobreza de la Pintura en España durante la Edad Media al estado de guerra en que vivió constantemente, ya luchando los reinos y los nobles entre sí mismos, ya con los árabes, ya con el estado llano, que entonces, se levantaba en nuestras ciudades al amparo de la industria y el comercio; por lo cual, hace de continuo excursiones á Italia, donde nuestro arte tuvo sus modelos, su iniciación, mejor dicho, ¡Y cómo, con qué perspicacia señala el camino de las diferentes escuelas! ¡Con qué precisión nota sus relaciones y diferencias, determinando los pasos que daba la Pintura en su desarrollo progresivo, de escuela en escuela, de siglo en siglo, de pintor en pintor, de año en año! En su pluma hablan los cuadros. Sorprende sus secretos más recónditos, descubre sus detalles al pormenor, explica la razón de sus efectos y arranca de sus formas el espíritu del artista, mostrándolo evidente á los ojos del lector. (…) Mas como muestra de lo que es esta obra; copiaremos el paralelo que hace el Sr. Pi de los dos príncipes de la Pintura, Miguel Ángel, el autor sublime de El Juicio Final, de, La Creación y de otros frescos de la capilla Sixtina, y Rafael de Urbino, el pintor del Vaticano, el autor de los frescos La Escuela de Atenas, de Atila y San León, y de los cuadros La Sagrada familia (la Perla) I La Virgen de Silla y La Bella Jardinera y El Pasmo de Sicilia:
Miguel Ángel es un genio original, excéntrico, indomable, que convencido de sus fuerzas se arroja sin temor á ejecutar lo que concibe; Rafael es un genio vacilante que no teniendo aun bastante conciencia de si mismo, inclina con humildad la frente ante sus antecesores y sus maestros, apoyándose sobre el terreno de otro artista. No copia Rafael ni imita; pero elige y constituye con elementos ajenos su individualidad artística; Miguel Ángel, lejos de buscar esos elementos, los rechaza como del todo incompatibles con los que ha encontrado en sí mismo desde el instante en que ha tomado el pincel .... La manera de hacer de Rafael es progresiva, la de Miguel Ángel absoluta: Rafael tiene tres épocas; Miguel Ángel, una. Brilla el fuego del genio en los dos, pero de un modo distinto: en Rafael brilla como la luz del sol, cuyos rayos pasan al través de las más densas nubes; en Miguel Ángel, como la luz de la tempestad á cuyos vivos brillantes resplandores suceden las tinieblas. Miguel Ángel presenta más grandiosidad; Rafael, más gracia; éste embelesa, aquél impone. Rafael habla principalmente al corazón; Miguel Ángel, á la inteligencia: las bellezas del uno son fácilmente sentidas; las del otro, difícilmente comprendidas».

Menos amable, como es de suponer, fue la crítica de Menéndez y Pelayo en su Historia de los heterodoxos españoles:
El Sr. Pi publicó en 1851 una supuesta Historia de la pintura española, cuyo primer volumen (único conocido), con ser en tamaño de folio, no alcanza más que hasta los fines del siglo XV, es decir, a la época en que empieza a haber pintura en España y a saberse documentalmente de ella. De los restantes tomos nos privó la Parca ingrata, porque, escandalizados varios obispos, subscriptores de la obra, de las inauditas herejías que en ella leyeron, comenzaron a excomulgarla y a prohibir la lectura en sus respectivas diócesis, con lo cual el Gobierno abrió los ojos y embargó o quemó la mayor parte de la edición, prohibiendo que se continuara.
De la parte estética de esta Historia en otra parte hablaré. Pero la estética es lo de menos en un libro donde el autor, asiendo la ocasión por los cabellos y olvidando hasta que hay pintura en el mundo, ha encajado toda la crítica de la Edad Media, y principalmente del cristianismo. De esta crítica, centón informe de hegelianismo popular de la extrema izquierda y humanitarismo progresivo al modo de Pierre Leroux, quedó Pi y Margall tan hondamente satisfecho, que todavía en 1873, como si los años no hubiesen corrido, ni las filosofías tampoco, los reprodujo al pie de la letra con nuevo título de Estudios sobre la Edad Media, y en verdad que debió quedar escarmentado de hacerlo habiendo caído como cayeron bajo la férula de D. Juan Valera, que escribió de ellos la más amena rechifla en la Revista de España, sin que desde entonces el nombre filosófico de Pi y Margall haya podido levantarse de aquel tremendo batacazo. En sustancia, lo que en su Historia de la Pintura enseña Pi es que el cristianismo llevaba implícito, aunque confusamente, el dogma de la unidad y solidaridad humanas, del cual lógicamente se deduce el de la universal fraternidad y aun el del comunismo, pero que Jesús, hombre de aspiraciones sentimentales más bien que de convicciones profundas, no sistematizó su doctrina. Sin embargo de lo cual, el Sr. Pi y Margall no culpa a Cristo (le perdona la vida, como si dijéramos), porque Cristo, después de todo, para su tiempo sabía bastante. ¡Lástima que introdujese el dualismo entre el cielo y la tierra! Pero ¡cómo ha de ser!, la humanidad ha procedido siempre del mismo modo: empieza por tener aspiraciones, acaba por tener sistemas. Aparte de su dualismo, el Sr. Pi nota al cristianismo de poca invención. Jesucristo no fue más que el continuador de los demás filósofos que le habían precedido. Tomó de acá y de allá, de Platón, de Zenón, de Moisés, de los esenios… Sólo le faltó plagiar la Historia de la pintura del Sr. Pi, que en esto de rapsodias tiene tan sagaz olfato, que hasta descubre en la doctrina de los esenios reminiscencias de los poemas de Virgilio. A pesar de tantos arroyuelos como vinieron a enriquecerle, el Evangelio parece, a los ojos del Sr. Pi, oscuro, defectuoso y vago; en suma, una evolución, un orden de ideas más o menos estable, pero no eterno; el resultado legítimo de evoluciones inferiores, cosa absolutamente modificable. La crítica del cristianismo está hecha como pudiera hacerse la de una mala comedia. Lo absurdo, lo grotesco mejor dicho, de tal manera de proceder con ideas que a los ojos del más desalmado racionalista serán siempre las ideas que han guiado y guían a la más culta y civilizada porción de la especie humana y las que han inspirado, por espacio de diecinueve siglos, todo progreso social, toda obra buena, toda empresa heroica, toda sublime metafísica, todo arte popular y fecundo, arguye por sí sola no ya la vana ligereza del autor, sino el nivel espantosamente bajo a que han descendido los estudios en España cuando un hombre que no carece de entendimiento, ni de elocuencia, ni de cierta lectura, y que además ha sido jefe de un partido político y hasta hierofante y pontífice y cabeza de secta, no teme comprometer su reputación científica escribiendo tales enormidades de las cosas más altas que han podido ejercitar el entendimiento humano desde Orígenes hasta Hegel. Y no es cuestión de ortodoxia, sino de buen gusto y de estética y de sentido común. Ya sería harto ridículo decir compasivamente de Aristóteles: «No culpemos al Estagirita…» ¿Qué será decirlo de Cristo, ante quien se dobla toda rodilla en el cielo y en el abismo? ¡No parece sino que las viejas y los párvulos han sido los únicos que han creído en su divinidad!


«Pi y Margall —escribe Enrique Vera y González en Pi Y Margall Y La Política Contemporánea (1886)— mostró con este libro inmortal que sabía ascender á la altura de los primeros prosistas castellanos. Mostró algo, que no vale menos que eso: sus excepcionales conocimientos, sus profundos estudios filosóficos y artísticos y su poderosa originalidad de criterio (…). Pero con ser tan grande el valor intrínseco de la Historia de la Pintura, es mayor aún el valor de relación que adquiere ante los que conocen la vida literaria y la influencia poderosa que ejerce la posición social en las creaciones del espíritu. Las primeras obras de los jóvenes están impregnadas—por decirlo así— de un infantil y dulce sentimiento de ternura y bondad, que es ante todo una ilusión, una esperanza. Son generalmente floridas y difusas en su estilo, candorosas como el delirio de un niño, fáciles como los proyectos y las aspiraciones. Mas cuando Pi y Margal! escribió la Historia de la Pintura habían muerto en él, á fuerza de rudos y dolorosos desengaños, los ensueños seductores que todos hemos forjado, allá en nuestra adolescencia, cuando Madrid era para nosotros una esperanza de felicidad. Cuatro años de esa noble, pero difícil, lucha por la existencia en que avaloran su carácter y su grandeza de alma los jóvenes que sienten dentro de su ser la llama vivísima del genio y que todo lo han de esperar de sí mismos, desconocidos y puros, le habían enseñado lo bastante para saber á qué atenerse respecto del fruto de su trabajo.
El hermoso estilo de su obra, la virginal frescura de sus imágenes, no nació, pues, de la ilusión; nació del amor al arte por el arte, del sentimiento del deber; de esa escrupulosidad de conciencia literaria que todos reconocen en Pi y Margall y de que ha dado prueba en cuantos escritos han brotado de su pluma.
Para apreciar bien el sacrificio que el joven filósofo se impuso en aras de sus convicciones, ha de tenerse en cuenta que en aquella época sus escritos eran el único recurso con que contaba para subsistir y que la alarma producida en las gentes timoratas por la Historia de la Pintura, fue causa de que Pi y Margall dejase de escribir los Recuerdos y Bellezas de España. Los editores se negaron á admitir sus escritos por temor á atraerse la animadversión eclesiástica; Pi se vio abandonado hasta de amigos íntimos. Pero la desgracia no le abatió un solo instante: había cumplido con un sagrado deber de conciencia y podía alzar la frente con orgullo. El mismo lo había dicho al resumir sus consideraciones sobre la Edad Media. «El escritor publico debe dejar a un lado toda consideración y no obedecer más que a la voz de su conciencia. Si no se siente fuerte para luchar, debe romper su pluma; jamás emplearla en escribir una sola palabra contra sus propias convicciones. Emplearla así es un delito, es un crimen que jamás cometeremos. Sólo el hombre que ha llegado al último grado de envilecimiento puede ponerla al servicio de cualquier idea, á la merced de todo el mundo »



ESTUDIOS SOBRE LA EDAD MEDIA


Este opúsculo no es sino el capítulo tercero inserto en la Historia de la Pintura en España. Capítulo principal sobre el cual pivotaron la mayor parte de censuras y que, al igual que su conjunto, corrió su misma suerte y no fue reimpreso hasta 1873 (como si los años no hubiesen corrido, ni las filosofías tampoco, al decir de Menéndez Pelayo).
Aún así, y a pesar de publicarse durante la Primera República, el ensayo no quedó exento de las críticas de los muchos opositores al federalismo pi-margalliano, como lo demuestra la del prolijo Juan Valera donde la ocasión le brinda pretexto para destacar lo poco original, las deficiencias y los errores intelectuales e historiográficos del escritor y político catalán:
La República federal, por ejemplo, quizá no se le hubiera ocurrido a nadie para España, a pesar de Suiza y los Estados Unidos, si Proudhon no escribe un libro sobre el principio federativo, y si Pi no lo traduce y lo comenta. Esta es la verdadera madre del cordero. (...) Pi, emigrado entonces, leyó y tradujo la nueva falacia de Proudhon; la tomó por lo serio, y de aquí que tengamos República federal en España. Sobre el tejido de la traducción de Pi han bordado luego los krausistas (...) Repito que hay mucho de fatal en todo esto. Casi no lo censuro; no tengo autoridad para censurarlo: yo lo deploro. Es tan invencible la fuerza que nos lleva a imitar en todo, exagerando y poniendo en caricatura (...) ideas y pensamientos extranjeros.

Los Estudios sobre la Edad Media comprenden:

  • Observaciones generales:
La Edad Media es edad esencialmente antinómica, edad de doble aspecto que tiene su tesis y su antítesis. Según el punto de vista que tomemos, es época altamente religiosa, de grandes virtudes, de elevados sentimientos; según la manera como la consideremos es, no sólo edad bárbara, sino también lodazal inmundo en que viven y se agitan las más viles pasiones. Tiene, mirada en conjunto, un carácter determinado y fijo; examinada en sus pormenores, no presenta uno de importancia que no sea en si contradictorio.
Nada, absolutamente nada, presenta en la Edad Media un carácter franco y decidido. Todo se presenta doble, tenebroso, Incomprensible para el que no lo examina á la luz de la filosofía. No sólo la religión y la política, hasta las costumbres tienen en ella su anverso y su reverso. Dulces y poéticas unas, fieras y salvajes otras, son el reflejo del estado incoherente en que la sociedad vive.

  • El Cristianismo:
Opuso Jesús al politeísmo el dogma de la unidad divina, principio grande y fecundo cuyas consecuencias habrían podido regenerar al hombre. Del dogma de la unidad divina deriva inmediatamente el de la unidad humana; del de la unidad humana, el de la fraternidad y la solidaridad universales; del de la fraternidad y la solidaridad, la absoluta igualdad de todos los que componen la humanidad en el tiempo y el espacio. Si no hay sino un Dios y de él somos hechura, tenemos todos un padre, somos todos hermanos, constituimos todos con él una familia. Toda distinción fundada en la de clases y castas es absurda. La esclavitud, el patriciado, toda aristocracia carecen de razón; la igualdad es la única base legitima de las sociedades. Median entre los hombres diferencias por la determinación cualitativa de sus facultades físicas, intelectuales y morales; pero no pueden engendrar distintos derechos.

  • La filosofía:
Jesucristo no fue más que el continuador de los demás filósofos, uno de tantos ingenios como alumbraron el camino de perfección que sigue sin cesar la especie humana, un eslabón de esa larga cadena científica que empieza en los primeros siglos de la civilización é irá á perderse en el ocaso de los tiempos. No es cierto que, en el sentido que esto suele decirse, no haya tenido necesidad de antecesores ni de maestros: tuvo, como todo hombre, por maestros a todos sus mayores, por punto de partida todo el saber legado á la humanidad por generaciones de pueblos. Basta leer el Evangelio: á cada paso se ve reflejadas en sus páginas las sombras de Platón y de Zenón, la de Moisés y las de los esenios. Queda sin completar la doctrina; y no se la completa mientras no la desarrollan San Pablo y los demás apóstoles, San Agustín y los demás padres de la Iglesia, el sínodo de Nicea y los demás concilios.
Los sistemas no son por lo tanto sino evoluciones de la inteligencia; el cristianismo no es sino un orden de ideas más ó menos estable. No puede examinárselo aisladamente; se lo debe estudiar en los filósofos que le antecedieron y le sucedieron.

  • La civilización antigua:
El derecho romano no dejó de existir nunca en Europa: fue uno de los elementos que entraron por más en la formación social de todos los Estados.
Los códigos bárbaros hacen en todas partes mención de los romanos, y apenas hay documento ni acta de la época que no revele la aplicación de las leyes de Roma á las manifestaciones sociales de la vida de los pueblos.
No es tampoco cierto que la administración romana dejase de existir en: la Edad Media.
El régimen municipal, sobre todo, es incontestable que no desapareció en ningún tiempo. Lo han demostrado hasta la evidencia Savigny, Dupin, Raynouard y otros escritores.
Hubo durante la Edad Media naciones en que apenas dio señales de existencia; pero hasta en aquellas naciones vivía. Al primer grito de libertad que arrojaron los pueblos después de las cruzadas, surgió lleno de brío, y se encargó otra vez de regir los destinos de las ciudades que lograron derribar el feudalismo. En Italia dio pasos de gigante, y fundó repúblicas; en Inglaterra, en Francia, en los Estados de Alemania fomentó sin cesar el espíritu de independencia; en Aragón constituyó pueblos que se atrevieron á dictar leyes á sus Monarcas; en Castilla escribió las cartas-fueros. Fue esencialmente municipal la revolución europea de los siglos XI y XII y presentó en todos los pueblos el mismo carácter: si no hubiesen quedado vestigios de las antiguas curias ¿de dónde habrían recibido las ciudades la luz que las guió por el camino de su regeneración política?


LEER MÁS (ENLACE)- Francisco Pi y Margall – HISTORIA DE LA PINTURA EN ESPAÑA - ESTUDIOS SOBRE LA EDAD MEDIA

Ceferino Araujo Sánchez – PALMAROLI Y SU TIEMPO

Vicente Palmaroli nació en Zarzalejo en 1834, aprendiendo el arte de la pintura con su padre, el litógrafo italiano Gaetano Palmaroli, que trabajaba en Madrid a las órdenes de José de Madrazo. Tras la subida al poder de Espartero, la familia se instaló de nuevo en la ciudad italiana de Fermo, donde había nacido Gaetano, y en esa ciudad dio sus primeros pasos el pequeño Vicente como dibujante. Con los disturbios causados por la unificación italiana de 1848, la familia regresó a Madrid donde Palmaroli continuó su formación en la Academia de Bellas Artes, como alumno de Genaro Pérez Villaamil y de los hermanos Madrazo. Tras la muerte de su padre en 1853, obtuvo un puesto de litógrafo en el Real Museo. Tres años después, trabajó en el Escorial ilustrando la obra original de Rotondo “Historia del Monasterio de San Lorenzo”, encargo que le ocupó todo un año. Solicitó entonces la excedencia como litógrafo de cámara, que le fue concedida por Real Orden, para poder estudiar en Roma con una pensión de 12.000 reales al año. El 11 de agosto de 1857, emprendió viaje en compañía de Luis Alvarez Catalá y Eduardo Rosales, y a mediados de octubre los tres se instalaron en un estudio de la Via della Purificazione. Pronto comenzarían a asistir las tertulias del café El Greco y a ser conocidos con el apodo de “La Trinidad”. En 1859, Palmaroli viajó a Florencia y al sur de Italia, viajes que le sirvieron para tomar apuntes y bocetos de jóvenes vestidas con trajes típicos, impregnándose de las tendencias artísticas imperantes, que encabezaba Domenico Morelli.

En 1862, Palmaroli regresó a Madrid y mostró su obra en la Exposición Nacional de ese año, obteniendo una segunda medalla por su obra Santiago, Santa Isabel, San Francisco y San Pio V, patronos de España (llamada también La Intercesión). Su Pascuccia, una campesina de las inmediaciones de Nápoles, fue galardonada con la primera medalla. Permaneció en Madrid pintando retratos de la alta sociedad. En 1866 presentó a la Exposición Nacional su gran obra Sermón en la Capilla Sixtina, un magnífico interior con una gran preocupación por la luz, que le valió la medalla de primera clase y otra medalla, de segunda clase, en la Exposición Universal de París del año siguiente. En esta época, el pintor se mostró profundamente ecléctico y abordó todos los géneros: historia, costumbres, goyescas, interiores, asuntos religiosos, temas de época y retratos. En 1872 tomó posesión de su plaza como Académico de San Fernando y empezó a impartir clases en la recién creada Escuela de Artes y Oficios Artísticos.
Tras la proclamación de la Primera República, en 1873 y la abdicación de Amadeo de Saboya, Palmaroli vio reducido su número de clientes y se instaló en París, donde algunos de sus amigos, (Martín Rico y Raimundo de Madrazo) habían encontrado magníficos marchantes como Goupil, Walis y Knoedler, que se mostraban ansiosos por adquirir sus cuadros, pintados en el estudio de la Rue la Rochefoucauld.
Ese estudio parisino se convirtió en el centro de reunión de un numeroso grupo de miembros de la política, la literatura y el arte. En esta época, el artista pintó muchos cuadros de género como El Concierto (Madrid, Casón del Buen Retiro), que tuvieron enorme éxito y le llenaron de encargos. En 1883 regresó a Roma para hacerse cargo de la Academia Española. Allí organizó las exposiciones de los pensionados, que posteriormente mostraban su obra en las Exposiciones Internacionales, con tal éxito que fueron fundamentales para su nombramiento como Presidente de la Asociación Artística e Internacional, donde sustituyó a José Villegas. En 1893 regresó a Madrid y fue nombrado director del Museo del Prado. Falleció en esta ciudad en 1896.

_______________________________

Araujo rindió sentido homenaje al maestro Palmaroli a través de tres extensos artículos publicados en La España Moderna (números 105-106-107 de 1897), que en su conjunto, conforman uno de los pocos trabajos monográficos dedicados a este artista.

«En Palmaroli —apunta Ana María Preckler en su Historia del arte Universal— se encuentra el dualismo, frecuente en los artistas de la segunda mitad del siglo XIX, de ser realistas en el estilo y al mismo tiempo estar imbuidos de sentimiento romántico».




LEER MÁS (ENLACE)- Ceferino Araujo Sánchez – PALMAROLI Y SU TIEMPO

Ceferino Araujo Sánchez – LOS MUSEOS DE ESPAÑA

Los Museos de España, publicada en 1875, no es tan solo un ameno recorrido por algunas de las principales galerías del territorio (Madrid, Sevilla, Toledo, Valencia, Barcelona, Valladolid, El Escorial, Zaragoza), sino que sirve en bandeja el planteamiento de algunos de los más esenciales temas del debate museístico del último cuarto del siglo XIX.
Centralización de colecciones y mejoras en la conservación, abandono gubernamental, coordinación y donaciones entre los diferentes museos, donaciones privadas, labor de las corporaciones (Sociedad Económica Matritense, Ateneo Científico y Literario), creación de un Gran Museo Nacional o Museo del Rey,… son aspectos que Araujo analiza en su obra desde una perspectiva que trata de justificar como objetiva, pero que, dado su talante crítico, traslucen un pesimismo compartido por algunos de sus colegas.
Araujo aboga por la presentación pedagógica de las colecciones (escuelas, cronología, géneros,…) en contraste a la exposición barroca o miscelánea: «... para que pudieran servir de enseñanza y ejercer la influencia en los adelantos del gusto y de la industria...», «... un museo es un establecimiento de tanta enseñanza como una cátedra o una biblioteca», señala el autor. En definitiva, un testimonio crucial de la evolución de la teoría y práctica del Museo, que a través diferentes etapas, pasó de ser un "cementerio de obras de arte", a convertirse en centro vivo y dinámico de la vida cultural de la sociedad.



LEER MÁS (ENLACE)- Ceferino Araujo Sánchez – LOS MUSEOS DE ESPAÑA

Ceferino Araujo Sánchez - GOYA

Araujo Sánchez fue un pintor, restaurador, grabador, y crítico de arte, nacido en Santander en 1824 y fallecido en 1897. Fue autor de dos conocidos estudios critico-biográficos sobre los pintores Goya y Palmaroli, colaborando también en importantes revistas y periódicos de la época, como El Arte en España, La Ilustración, La España Moderna, El Día o Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. El interés de Araujo por la política museística del momento quedo patente en su obra Los museos de España, de 1875, donde no se arredra en criticar algunas de las ausencias y deficiencias que presentaba por aquel entonces el Museo del Prado, proponiendo, a su vez, la fusión de sus colecciones con las de la Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Esta monografía sobre Goya tuvo su origen en una conferencia pronunciada en el Ateneo y que más tarde apareció en cuatro números diferentes de La España Moderna.
Aún admirando profundamente el genial talento del pintor aragonés, Araujo no deja de lado su sincera visión crítica acerca del artista objeto de su estudio: «La personalidad de Goya —escribe— es tan importante en la historia del arte, que son muchos los escritores que se han ocupado en escribir su biografía y en hacer juicios de sus cuadros y grabados; pero por lo mismo que ha llamado tanto la atención, se ha querido hacer de él lo que no fue; se ha inventado su leyenda, se han interpretado sus obras caprichosamente , y copiándose unos escritores a otros, ha resultado cierta unidad de opiniones que da a la fábula aspecto de verdad». « El objeto de este estudio —prosigue— es examinar sin pasión la obra de autor tan interesante, y exponer mis discrepancias de los que han escrito antes sobre el mismo».
«No tenemos, para juzgar a Goya como hombre, más datos positivos que algunos extractos de sus cartas, sus solicitudes a los reyes pidiendo ascensos en su carrera y sus obras.
De sus obras ya he dicho que se deduce que no tenía creencias políticas ni religiosas; era un escéptico, y como tal no se hallaba dispuesto a sacrificarse por nada, sino a transigir según sus conveniencias. Si hubiera sido patriota, al pintar Los Desastres de la guerra daría muestras de que simpatizaba con los que defendían sus hogares; pero para él tan feroz era el español que mataba un francés, como el francés que fusilaba a un español. «Bien te se está», dice de un extranjero moribundo. «Curarlos, y a otra», exclama ante unos combatientes heridos. La reflexión que le sugiere el ver a un compatriota a quien van a ahorcar por orden de los invasores, se reduce a decir: «¡Duro es el paso!» En otra ocasión le extraña la interpelación del agonizante, que presentando un crucifijo al paciente, con la cuerda al cuello, le conforta diciendo: «¿Te conformas?» ¡Siempre el sarcasmo! Siempre su eterna idea: ¡estúpidos! ¡salvajes! ¡fieras! No ve más, ¿cómo había de ver otra cosa en las corridas de toros? Basta examinar su Tauromaquia, para convencerse de que está tratada con el mismo espíritu.
En sus cartas se ve que le preocupaba mucho su familia, y el sostener el decoro correspondiente a persona a quien, «de los reyes abajo todo el mundo conoce», lo cual no se aviene con que anduviera continuamente mezclado en aventuras escándalos. De modo, que si como artista fue un hombre extraordinario y original, como ciudadano no ofrece rasgos particulares que le diferencien por vicios o virtudes del común de las gentes; que por más que se haya inventado y supuesto en contra, es lo que ha sucedido a la mayoría de los artistas».




LEER MÁS (ENLACE)- Ceferino Araujo Sánchez - GOYA

Andrea Palladio – (I quattro libri) LOS CUATRO LIBROS DE ARQUITECTURA DE ANDRÉS PALADIO

Uno de los ecos en España de los I quattro libri (Venecia, 1570) de Andrea Palladio (1508-1580), fue esta meritoria contribución de José Ortiz y Sanz (1739-1822), publicada en Madrid, 1799 para la Real Academia de San Fernando.

Palladio nació en Padua el 30 de noviembre de 1508 y comenzó su formación como simple cantero. Su nombre auténtico era Andrea di Pietro dalla Gondola, pero cambió su apellido por el de Palladio (en honor a Pallas, diosa griega de la sabiduría) a partir de la tutela del poeta Giangiorgio Trissino, que supervisó sus estudios de arquitectura. Trissino le encargó la construcción de su villa en Cricoli, cerca de Vicenza y lo introdujo en los ambientes culturales más selectos del Véneto. Además, lo llevó consigo en una serie de viajes, en particular a Roma (1541, 1545, 1547, 1549), que permitieron al artista entrar en contacto con la obra de los mejores arquitectos vivos y estudiar, con una precisión casi arqueológica, los edificios de la Antigüedad. A su vez, estudió a fondo los tratados de Vitrubio, el único legado teórico de la arquitectura romana. El fruto de sus investigaciones fue la publicación del libro Le Antichità di Roma (1554), considerado durante más de dos siglos como la mejor guía sobre las ruinas de la ciudad eterna.
En 1549, el Concejo de la ciudad de Vicenza le encargó la reconstrucción de las logias del palacio de la Ragione, conocido como la Basílica; era una obra problemática a la que hasta entonces no había logrado dar solución satisfactoria ningún arquitecto. Palladio optó por revestir las antiguas estructuras con una envoltura clasicista, y el éxito de la obra fue tal que desde aquel momento se convirtió en el arquitecto preferido de la aristocracia de Vicenza, ciudad en la que construyó importantes palacios.
Entre las décadas de 1550 y 1570 se sitúa el aspecto más conocido y admirado de su producción: las villas de los alrededores de Vicenza (de La Rotonda a La Malcontenta), en las que aplicó por primera vez el esquema del templo clásico a un edificio civil. A partir de 1566, desarrolló gran parte de su actividad en Venecia, donde se le deben, entre otros edificios, las iglesias de San Giorgio Maggiore y del Redentor. Su última obra maestra fue el Teatro Olímpico de Vicenza (concluido por Scamozzi), en donde intentó recrear un teatro romano. Fundamentales para la difusión de su obra fueron sus Cuatro libros de la arquitectura (1570), uno de los textos teóricos y prácticos más difundidos del Renacimiento, en el que se incluyen ilustraciones de sus edificios.

Extraido de: Biografías y Vidas

Enlace de interés:  ENSEÑ-ARTE (Palladio)




LEER MÁS (ENLACE)- Andrea Palladio – (I quattro libri) LOS CUATRO LIBROS DE ARQUITECTURA DE ANDRÉS PALADIO

Claudio Perrault – COMPENDIO DE LOS DIEZ LIBROS DE ARQUITECTURA DE VITRUBIO

Claude Perrault (París, 1613 - ibíd. 1688) fue un célebre arquitecto, físico, mecánico, médico y naturalista francés, miembro de la Academia de Ciencias. Fue, curiosamente, hermano del escritor Charles Perrault, autor de cuentos tan célebres como Caperucita roja, La Cenicienta o La bella durmiente.
La creación de la Real Academia de Arquitectura en 1671 tuvo por principal objetivo la elaboración de una doctrina global de arquitectura que permitiera explicar la eclosión de la arquitectura francesa bajo Luis XIV (reinado 1643-1715) y, sobre todo, preservar la línea general y su tradición. El debate doctrinal giraba en torno al texto de Vitruvio, Los diez libros de arquitectura, único tratado de arquitectura de la Antigüedad que perduraría hasta esa fecha pero que debía ser analizado más a fondo debido a los puntos oscuros y enigmáticos todavía sin resolver. Claude Perrault recibe el encargo de una nueva traducción del texto de Vitruvio, y un riguroso comentario del mismo “que reafirmó su prestigio intelectual” a partir de 1666.
El Compendio, escrito hacia 1674, constituye una versión abreviada de enorme repercusión de la obra del tratadista romano. Perrault reorganizó en dos bloques el compendio: el primero con los aspectos modernos de la obra de Vitruvio, y el segundo con los antiguos. Esta obra fue fundamental para la difusión de la arquitectura de Vitruvio y fue gracias a ella que esta última influiría en los tratados y teorías de los siglos siguientes.
Fue traducida al castellano por Joseph Castañeda en 1761 para la iniciación en la arquitectura de los alumnos de la Real Academia de San Fernando de Madrid: «Esta ofrenda —escribe Castañeda— es el Compendio de los diez Libros de Arquitectura de Vitruvio, hecho en Francés por Claudio Perrault y traducido por mi al castellano. La estimación que consiguió este Librito en Europa, singularmente en Italia, la que todavía conserva en París, donde la moda le hubiera ya condenado a perpetuo olvido si no fuese tan sobresaliente su mérito, y sobre todo la grande utilidad que yo he sacado de su lectura, me han persuadido a que su traducción puede ser muy conveniente a la juventud de nuestras Escuelas.»
Para llevar a cabo dicha labor cotejó diferentes ediciones francesas y la italiana de 1747. Su traducción inauguraría la política editorial de la Academia destinada a la enseñanza de esta ciencia. Según Castañeda, la obra «es un resumen de las más puras doctrinas de la Arquitectura, sacadas del más sabio Arquitecto de los Antiguos puesta por el más docto de los Modernos en el método, claridad y orden que no tenía».




LEER MÁS (ENLACE)- Claudio Perrault – COMPENDIO DE LOS DIEZ LIBROS DE ARQUITECTURA DE VITRUBIO

Marco Vitrubio Polión – (De architectura) LOS DIEZ LIBROS DE ARQUITECTURA

Se desconoce el lugar y año de nacimiento del arquitecto Vitrubio. Se sabe, no obstante, que vivió durante la época de César y Augusto. Maffei (Verona illustrata) le consideró de Verona; otros creen que debió de nacer en Placencia, y algunos le juzgan natural de Mola de Gaeta, la antigua Formia; esta última suposición parece ser la mejor fundada.
Su existencia fue larga y activa: fue soldado, con César, en Hispania y Grecia, donde actuó como ingeniero militar. Luego residió en Roma, y allí trabajó en las construcciones imperiales. Julio César primeramente, y Augusto después, le ayudaron en su ancianidad con una subvención vitalicia, lo cual es una prueba del reconocimiento de ambos. En Roma compuso, durante los últimos años de su vida, su famoso tratado.
Lo mismo que las huellas de su existencia, también los restos de su labor han sido borrados casi enteramente por el tiempo; sólo existen algunos en la población de Fano, para la cual construyó Vitruvio una famosa basílica y un arco de triunfo augustal aún visible, aunque modificado. En el campo de la técnica se le debe la invención del módulo quinario en la construcción de los acueductos. Proyectó también máquinas de guerra y edificó muchos monumentos.
La fama de Vitruvio se debe al tratado De architectura, la única obra de estas características que se conserva de la Antigüedad clásica. Conocido y empleado en la Edad Media, la edición del tratado de Vitruvio en Roma en 1486 ofreció a los artistas del Renacimiento, imbuidos de la admiración por las virtudes de la cultura clásica tan propio de la época, un canal privilegiado mediante el que reproducir sus formas arquitectónicas. "Sus cinco órdenes -escribió Bradbury- construyeron Italia y siguen construyéndola todavía".
En realidad, Bradbury se quedó corto en tal afirmación, por cuanto en cualquier país y época, desde los tiempos de Roma hasta los nuestros, el neoclasicismo arquitectónico basó siempre sus propias normas en los órdenes griegos reducidos al esquema de Vitruvio. Posteriormente se publicó en la mayor parte de los países, y todavía hoy la obra de Vitruvio constituye una fuente documental insustituible, también por las informaciones que aporta sobre la pintura y la escultura griegas y romanas, con noticias de artistas y obras.

 -----------------------------------------------------------------

Dividido en diez libros y compuesto probablemente hacia el 27 a. de C., Sobre la arquitectura es el único tratado orgánico de su género que la antigüedad nos ha transmitido. El texto, que tiene el carácter de manual de resumen y divulgación, y que refleja los procedimientos de la arquitectura romana durante el último siglo de la república, es a veces incompleto y oscuro. El autor, anciano ya y enfermo, dedicó la obra a Augusto, su protector.

El libro I comienza por consideraciones acerca de las cualidades y de los deberes del arquitecto y sobre la naturaleza de la arquitectura, entendida como ciencia y como arte, y de sus varios aspectos. La "aedificatio" implica, en efecto, la construcción de edificios públicos (clasificados según su objeto sea la "defensio", la "religio" o la "opportunitas") y la construcción de edificios privados ("gnomónica", "machinatio"). Alude después al problema urbanístico: la elección de lugares propios para la fundación de ciudades, el trazado de las calles, la construcción del recinto de murallas defensivas y la distribución de los edificios dentro del recinto.
En el libro II, después de indicaciones históricas acerca del desarrollo de las construcciones desde los primeros tiempos de la humanidad, Vitruvio trata de la elección y el uso de materiales de construcción y de las estructuras murales, con ejemplos prácticos de aplicación en obras romanas y griegas.
En el libro III el autor describe los diversos tipos de templos dando normas de proporción y de simetría para las planimetrías y para cada una de sus partes, y ocupándose en particular de los de orden jónico. La columna asume en su concepto importancia capital en relación con las proporciones del templo, que están concebidas matemáticamente.
El libro IV trata de templos dóricos, corintios y toscanos, con preceptos técnicos y rituales de construcción.
El libro V está dedicado a los edificios de utilidad pública: el foro, la basílica, el erario, la cárcel, la curia, los teatros, los pórticos, los baños, la palestra y los puertos. Vitruvio se confirma como experto técnico donde trata de los teatros y de los puertos, y hasta se le percibe innovador cuando cita y describe sumariamente una obra suya: la basílica de Fano.
En el libro VI, discurriendo acerca de los edificios privados, Vitruvio se libera de los tratadistas griegos y reflexiona sobre las razones técnicas y las diferencias de clima y de costumbres que han determinado disposiciones diversas en los edificios privados griegos y romanos.
En el libro VII el autor da preceptos prácticos para los acabados (enjalbegados, pavimentos, decoraciones esculpidas y pintadas) que confieren a los edificios "venustatera el firmitatem".
Estudioso de hidráulica y constructor de conductos hidráulicos, Vitruvio trata en el libro VIII de estas materias.
Siguen en el libro IX los problemas geométricos y astronómicos aplicados a la "gnomónica". Finalmente, en el libro X, volviendo a basarse en los griegos, el autor habla de mecánica y de máquinas de paz y de guerra.

El pensamiento de Vitruvio se inspira en conceptos de racionalismo aritmético de origen pitagórico que se complican al combinarse con principios prácticos. En efecto, en su juicio interviene continuamente el elemento de la experiencia en el arte de construir. Desde un punto de vista teórico sus ideas son algo confusas, y su interpretación de algunas categorías sobre las que el autor parece fundarse no tiene nada de segura ("ordinatio", "dispositio", "distributio", "euritmia", "sinimetria").
El tratado tuvo suerte variada a través de los siglos, pero no ejerció una verdadera acción sobre el pensamiento artístico hasta León Battista Alberti (siglo XV) y los tratadistas del Renacimiento, y tuvo, gracias a la imprenta, vastísima difusión (la edición príncipe se imprimió en Roma en 1486). Sobre todo en el siglo XVI, la fama de Vitruvio se elevó aún más allá de los méritos reales de su obra: adquirió valor de rígido canon de la arquitectura antigua y, como tal, fue entendida en sentido normativo.

Las más famosas ediciones españolas de esta obra fueron las de Miguel de Urrea, Alcalá 1582, dedicada a Felipe II y la de Joseph Ortiz y Sanz (la que aquí presentamos), Los diez libros de Architectura de M. Vitrubio Polión traducidos del latín y comentados, Madrid 1787.




LEER MÁS (ENLACE)- Marco Vitrubio Polión – (De architectura) LOS DIEZ LIBROS DE ARQUITECTURA

EL TRATADO DE LA PINTURA POR LEONARDO DA VINCI Y LOS TRES LIBROS QUE SOBRE EL MISMO ARTE ESCRIBIO LEON BAUTISTA ALBERTI

Leonardo de Vinci (1452-1519) dejó constancia de su ilimitado interés por el conocimiento de la naturaleza y del arte en una ingente masa de escritos y dibujos. Entre ellos destacan los dedicados al arte de la pintura, sobre el que proyectaba redactar un tratado que nunca llegó a realizar. Fue probablemente Francesco Melzi, el amigo y discípulo que heredó sus manuscritos, quien compiló, hacia 1550, la antología conocida como Tratado de pintura (el Codex Urbinas 1270), fundamental, a pesar de sus graves defectos, por la fiel transmisión del pensamiento de Leonardo y porque reproducía numerosos fragmentos de originales hoy perdidos. Tras la muerte de Melzi los manuscritos sufrieron una lamentable dispersión y algunos desaparecieron para siempre.
El códice compilado por Melzi permaneció inédito, pero circularon algunas copias, algo reducidas y retocadas, una de las cuales, realizada en el siglo XVII (el Codex Barberinus 832), respondía al proyecto de Cassiano dal Pozzo de imprimir el Tratado con ilustraciones de Poussin.
La edición no se llevó a cabo, aunque en 1640 una copia de este proyecto fue entregada a Paul Fréart de Chantelou y, finalmente, el Tratado pudo ver la luz en una cuidada edición de Rafael Trichet du Fresne impresa por Langlois en suntuoso infolio (París, 1651), que contenía también los tratados de pintura y escultura de León Bautista Alberti. La inclusión de estos escritos, en particular la de su fundamental De pictura (1435), redoblaba la atracción del volumen.
Ya bien avanzado el siglo XVIII, en el marco de la renovación clasicista impulsada por la Real Academia de San Fernando, el ilustrado Diego Antonio Rejón de Silva tradujo al castellano la edición de Trichet du Fresne (Madrid, Imprenta Real, 1784), de la que suprimió tan sólo «El libro de la estatua», de Alberti.

ENLACES
MIRROR 1                          MIRROR 2
LEER MÁS (ENLACE)- EL TRATADO DE LA PINTURA POR LEONARDO DA VINCI Y LOS TRES LIBROS QUE SOBRE EL MISMO ARTE ESCRIBIO LEON BAUTISTA ALBERTI

Paul Lefort - HISTORIA DE LA PINTURA ESPAÑOLA

Compendio de finales del siglo XIX donde el autor galo revisa el desarrollo de las artes pictóricas en España, iniciándose con los primeros manuscritos iluminados hasta la figura del pintor de Fuentetodos, Francisco de Goya.

La obra viene precedida de un prólogo del murciano Federico Balart (1831-1905), afamado crítico de arte y teatro, que no es sino una carta dirigida al traductor, Juan García Al-Deguer, escrita en los siguientes términos:

Sr. D. Juan García Al-Deguer:

Mi querido amigo: Excelente me parece la idea de dar á luz en castellano el libro de monsieur Lefort sobre La Pintura Española.
Sin coincidir en todos sus juicios con el distinguido escritor francés, creo que su obra tiende á llenar un fin no conseguido ni acaso procurado hasta hoy: el de presentar en un cuadro de cortas dimensiones y fácil adquisición el itinerario del arte pictórico español desde sus orígenes hasta Goya inclusive.
Las monografías sueltas que sobre nuestra pintura debemos á plumas nacionales y extranjeras, pueden prestar servicios inestimables á quien tenga medios para adquirirlas, tiempo para leerlas y fuerzas para digerirlas; pero ni el aficionado, distraído por otros estudios, ni el artista, ocupado en otras tareas, pueden llevar á cabo aquel trabajo de ordenación, comparación y enlace, sin el cual es imposible formar el árbol genealógico de nuestro
arte nacional.
No diré yo que monsieur Lefort haya acertado siempre al establecer el abolengo espiritual de nuestros artistas; pero, aparte de otros méritos, tiene el de haber dado un buen ejemplo, y quizá un eficaz estímulo, á los que con más extensión quieran tratar materia tan abundante, tan delicada y tan virgen en muchos de sus pormenores.
Triste sino el de los españoles, «largos en hazañas y cortos en escribirlas»: si manos extranjeras no hubiesen bosquejado el cuadro general de nuestra literatura, en obras, ya prematuras, como la de Bonterveck, ya diminutas y erróneas en muchos puntos, como la de Sismondi, ya escasas de crítica, si ricas de erudición, como la de Ticknor, posible es
que no tuviésemos todavía el rico tesoro de nuestros orígenes literarios, acumulado por Amador de los Ríos, ni la serie de excelentes monografías que, publicadas poco á poco por nuestro insigne Menéndez y Pelayo, sólo esperan ser completadas y cosidas para formar la verdadera historia de las letras españolas en los tiempos de su mayor lozanía.
De temer es que la de nuestras glorias artísticas tarde mucho más en llegar á ese punto de madurez; por lo menos, yo no sé que ninguno de los pocos capaces de escribirla tenga, por ahora, el propósito de emprenderla.
Agradezcamos, pues, al distinguido biógrafo de Velázquez. de Murillo y de Goya el servicio que acaba de prestar á nuestra pintura, poniendo su historia al alcance de todas las fortunas y de todas las inteligencias, en un bosquejo que, sean cuales fueren sus futuras correcciones, se recomienda desde luego por la sencillez, por la mesura y por la claridad.

Felicito á usted por su buen propósito, y me repito su buen amigo y paisano que le quiere de veras y le abraza,

Federico Balart
ENLACES
MIRROR 1                        MIRROR 2
LEER MÁS (ENLACE)- Paul Lefort - HISTORIA DE LA PINTURA ESPAÑOLA

Antonio Rafael Mengs / José Nicolás de Azara - OBRAS DE D. ANTONIO RAFAEL MENGS, PINTOR DE CÁMARA DEL REY

Ïndice de la obra:  
  • Noticias de la vida y obras de Don Antonio Rafael Mengs. Lista de las pinturas de Mengs existentes o hechas en España
  • Reflexiones sobre la belleza y gusto en la pintura
  • Comentario al tratado de la belleza de Mengs por Joseph Nicolas de Azara
  • Pensamientos de Mengs sobre los grandes pintores: Rafael, Corregio, Tiziano y los antiguos 
  • Carta a Mons. Fabroni sobre el grupo de estatuas de la Fábula de Níobe
  • Carta a Mr. Esteban Falconet, escultor francés en Petersburgo 
  • Fragmento de un discurso sobre los medios para hacer florecer las bellas artes en España
  • Carta a D. Antonio Ponz sobre el mérito de los cuadros más singulares que se conservan en el Palacio Real de Madrid
  • Carta a un amigo sobre el principio, progresos y decadencia de las artes del diseño
  • Noticias de la vida y obras de Antonio Alegri, llamado El Corregio
  • Lecciones prácticas de pintura
  • Discurso sobre la constitución de una academia de las artes
__________________________

El pintor y tratadista alemán Mengs (1728-1779), el más destacado del primer neoclasicismo, comenzó su formación artística en Dresde bajo la severa dirección de su padre, ­Ismael Mengs, pintor de la corte sajona.
Entre 1741 y 1744 residió en Roma con su padre y hermanas, y tuvo la oportunidad de estudiar la Antigüedad clásica y las obras de Miguel Ángel y Rafael en el Vaticano.
Tras permanecer varios años a caballo entre Dresde e Italia, el 20 de agos­to de 1752 ­ingresó en la Academia de San Lucas, y en 1755 inició su amis­tad con el teórico del neoclasicismo Johann Joachim Winckelmann.
Como destacado defensor del concepto de «belleza ideal», tomó por modelos la Antigüedad clásica y las obras de Rafael -para el dibujo y la ex­presión-, de Antonio Allegri, el ­Correggio -para la gracia y el claroscuro- y de ­Tiziano Vecellio -para el colorido-, aunque en sus obras también se advierten influencias de Guido Reni, Domenichino, Nicolas Poussin y ­Carlo Maratta, entre otros.
Por encargo de la corte sajona viajó en 1759 a Nápoles, en donde fue presentado a Carlos III antes de que este soberano partiese hacia España.
Desde 1761 y hasta su muerte en 1779 estuvo al servicio de Carlos III, aunque su presencia en España transcurrió de septiembre de 1761 a noviembre de 1769 y de julio de 1774 a enero de 1777. Pintor de cámara del rey a partir del 23 de julio de 1761, cuando fue reclamado por Carlos III en Roma, y primer pintor desde el 22 de octubre de 1766, ejerció una decisiva influencia en el arte cortesano español y su huella se aprecia en artistas como Francisco Bayeu, Mariano Salvador Maella y Francisco de Goya.  

Su ideario es­tético fue publicado en las Gedanken über die Schönheit und über den ­Geschmak in der Malerey (Zúrich, 1762) y en las ediciones póstumas de sus Obras, a cargo de su amigo José Nicolás de Azara y de Carlo Fea, que fueron traducidas al francés, al alemán y al inglés.  

Extraído de Museo del Prado. Enciclopedia Online 
 ENLACES
MIRROR 1                      MIRROR 2



 Esta otra obra contiene una extensa colección de láminas del pintor.
 ENLACES
MIRROR 1                        MIRROR 2
LEER MÁS (ENLACE)- Antonio Rafael Mengs / José Nicolás de Azara - OBRAS DE D. ANTONIO RAFAEL MENGS, PINTOR DE CÁMARA DEL REY

Manuel Bartolomé Cossío - EL GRECO

Manuel Bartolomé Cossío, dedicó su vida a renovar la siniestra pedagogía de la España de su tiempo. Defendió la enseñanza reflexiva, el aprender como fin único de la educación. Desde su compromiso con la Institución Libre de Enseñanza y desde su leal servicio a la II República defendió una enseñanza democrática que llegase a todas las clases sociales y a todos los lugares de España. La escasa relación que mantuvo con Haro, que circunstancialmente le vio nacer en 1857, no impidió su decisiva intervención en la concesión en 1933 del primer Instituto de Enseñanza Secundaria a la ciudad.
Catedrático, maestro de maestros, historiador del Arte y, ante todo, hombre bueno y leal servidor del progreso y la libertad.

Manuel Bartolomé Cossío nace en Haro en 1857. Es hijo de D. Patricio Bartolomé, juez de Haro en esa fecha, y de Dña. Natalia Cossío, de orígenes cántabros.
Tras estudiar la carrera de Filosofía y Letras entra en contacto con la Institución Libre de Enseñanza y con su fundador Giner de los Ríos. En 1879 estudia becado en la Universidad de Bolonia. Desde esta fecha viajará por toda Europa para conocer los nuevos sistemas pedagógicos.
En 1882 gana la cátedra de Historia de las Bellas Artes en Barcelona. En 1904 será nombrado catedrático de Pedagogía.
En 1908 publica "El Greco" obra fundamental en el redescubrimiento de la obra del gran pintor.
A la muerte de Giner de los Ríos asume la dirección de la Institución Libre de Enseñanza.
Tras los difíciles años de la Dictadura de Primo de Rivera M. Bartolomé Cossío se suma con entusiasmo a la obra reformista de la II República. Es nombrado Presidente de las Misiones Pedagógicas que extenderán la cultura y serán la manifestación de solidaridad democrática con las clases populares españolas. En reconocimiento a sus méritos es nombrado Primer Ciudadano de Honor de la República.
En 1935 muere en Collado Mediano.

___________________________________________



Los maravillosos cuadros de El Greco: el Entierro del señor de Orgaz, el Caballero de la mano en el pecho y otros muchos, fueron estudiados en profundidad por nuestro admirado Cossío. Desde 1.886 hasta 1.908 buscó, viajó, analizó y recogió ingente información sobre la vida y la obra de un pintor desconocido por casi todos en aquel tiempo e, incluso, menospreciado por algún que otro crítico de arte.
Entonces las obras del genial pintor cretense se encontraban almacenadas en estado lamentable de abandono, polvorientas y dañadas, repartidas por colecciones de Toledo y Madrid fundamentalmente.
El peor enemigo del arte y del patrimonio monumental es la ignorancia y la desinformación, que no permiten apreciar y valorar todo aquello que es irrepetible y maravilloso. Pues bien, Cossío (pedagogo y crítico de arte) viajó a Toledo (ciudad completamente vinculada a El Greco) y comenzó a realizar un exhaustivo estudio de sus obras. Hay que darse cuenta del esfuerzo que esto le debió suponer, pero finalmente en 1.908 publicó su libro “El Greco”, verdadera obra maestra y referencia obligada para todo aquel que se interese por la obra de este pintor. Hoy es un libro con plena vigencia, lo que supone un gran mérito tras un siglo escrito.
Cualquier obra que consultemos sobre El Greco nos va a hacer referencia al libro de Cossío, porque, además de ser el primero, sigue siendo muy completo e interesante.
Supongamos por un momento que, o no hubiera existido nuestro “patrono” o no se hubiese ocupado de El Greco. En estos momentos podríamos estar en dos situaciones: o las pinturas se hubieran acabado perdiendo tras siglos de abandono o compradores extranjeros las hubiesen adquirido a precio bajo y hoy tendríamos que ir a París, Londres o Nueva York para poder admirarlas.
Por si fuera poco lo anterior, Cossío reivindicó de El Greco su carácter de hidalgo español y sus personajes serían el paradigma de “lo español”, santos, apóstoles, nobles y burgueses retratados por él darían rostro a la esencia de España, al espíritu español, según una visión romántica y apasionada que era la que siempre caracterizó a Cossío, hombre vehemente y volcado en sus ilusiones y proyectos. Gracias a Cossío, El Greco pasa del olvido a gran genio de la pintura española y como ejemplo a seguir para los pintores y artistas. Por si fuera poco, Cossío creyó identificar unas casas del siglo XV de la judería toledana como las que habitó El Greco. Ni corto ni perezoso, habló con su amigo el Marqués de la Vega-Inclán para que comprase esas casas y las convirtiese en museo. Así se hizo y, aunque hoy sabemos que no eran las casas de El Greco, el museo del pintor cretense se ha convertido en visita obligada dentro de la ciudad de Toledo.


ENLACE
MIRROR 1                    MIRROR 2


ENLACE
MIRROR 1                         MIRROR 2
LEER MÁS (ENLACE)- Manuel Bartolomé Cossío - EL GRECO

Pedro de Madrazo - CATÁLOGO DE LOS CUADROS DEL MUSEO DEL PRADO

Pedro de Madrazo (Roma, 1816-Madrid, 1898) es, junto con Gregorio Cruzada Villaamil o Valentín Carderera, uno de los grandes nombres de la historiografía de la pintura española en las décadas centrales del siglo XIX, y uno de los historiadores espa­ñoles de su época que contribuyeron más intensamente al estudio de las obras del Prado y a la difusión de su conocimiento.
Su nombre está íntimamente ligado a una de las empresas más importantes del romanticismo español: la revista El Artista, de la que fue fundador y colaborador asiduo, y que se había creado como emulación de la famosa publicación homónima que salía en París. En esta ciudad precisamente, Pedro vivió varios años durante la década de 1830, y allí entabló relación con importantes escritores, como Alejandro Dumas o Victor Hugo. Su firma fue habitual en muchas de las revistas españolas de su tiempo, como No me olvides, Semanario Pintoresco Español, El Renacimiento, Museo Español de Antigüedades o La Ilustración Española y Americana.

Con el Museo del Prado, Madrazo, mantuvo una intensa relación intelectual, que se prolongó durante más de cinco décadas. En ese tiempo fue el autor de todos los catálogos oficiales de pintura de la institución, sobre los que se había reservado la exclusiva de la publicación y explotación comercial.
La primera versión del catálogo de Pedro de Madrazo data de 1843, cuando tenía veintisiete años.

Extraído de  Javier Portús Pérez, Museo Nacional del Prado, Enciclopedia Online

La edición que aquí presentamos corresponde a la número diez, de 1910, anunciándose como una versión corregida, con la numeración reformada, ilustrada con 100 láminas (en esta versión digital a color), y conteniendo 112 autógrafos de firmas intercalados.
ENLACES
MIRROR 1                               MIRROR 2
LEER MÁS (ENLACE)- Pedro de Madrazo - CATÁLOGO DE LOS CUADROS DEL MUSEO DEL PRADO

Manuel Mesonero Romanos - VELÁZQUEZ FUERA DEL MUSEO DEL PRADO (1899)

En torno a 1899 y con motivo del tercer centenario del nacimiento del pintor sevillano, se incrementan las reseñas y obras referentes a su figura. Prueba de ello es la obra de Jacinto Octavio Picón, aparecida en esta Biblioteca, y la presente Velázquez fuera del Museo del Prado. Apuntes para un catálogo de los cuadros que se le atribuyen en las principales galerias públicas y privadas de Europa.
ENLACES
MIRROR 1                      MIRROR 2
LEER MÁS (ENLACE)- Manuel Mesonero Romanos - VELÁZQUEZ FUERA DEL MUSEO DEL PRADO (1899)

CATÁLOGO ILUSTRADO DE LA SALA DE VELÁZQUEZ EN EL MUSEO DEL PRADO DE MADRID (1899)

La historia del Museo del Prado del año 1899, aún ese ambiente depresivo ocasionado por el desastre del 98,  tuvo su más relevante actuación cultural con la celebración del tercer centenario del nacimiento de Velázquez: un solemne acto el 6 de junio de 1899, presidido por la reina regente María Cristina, sirvió para la instalación en la gran sala ovalada de la planta superior del Museo -la anteriormente llamada «de la Reina Isabel» y desde entonces y hasta la actualidad «de Velázquez»- de los cuadros del sevillano tras su depuración y expurgo por Aureliano de Beruete y Moret, que el año anterior había escrito una biografía capital sobre el genial barroco.
El propio Beruete leyó un discurso exponiendo los criterios utilizados por la comisión designada al efecto, y fruto de todo ello es el Catálogo ilustrado de la sala de Velázquez en el Museo del Prado de Madrid (1899), que al incorporar las fotografías de las obras convierte a esta publicación en el primer catálogo parcial del Museo ilustrado con este tipo de técnica.

Fuente: Museo Nacional del Prado: Enciclopedia online

Al celebrar el tercer centenario del nacimiento del pintor español D. Diego de Silva Velázquez, queriendo reunir las obras que de él atesora el Museo del Prado en una sala que tuviera las
mejores condiciones, tanto para ser admiradas como para su conservación, el Gobierno de S. M. nombró por Real orden de 13 de Marzo de 1899 una Junta, compuesta de los excelentísimos señores D. Luis Álvarez, D. Juan Facundo Riaflo y D. José Fernández y Jiménez y los señores D. Aureliano de Beruete y D. Luis Menéndez Pidal, á fin de que estudiase y llevara á cabo la referida idea.
La sala escogida para tal objeto fué la llamada de la Reina Isabel de Braganza, sala de honor donde hasta esta fecha estaban colocadas las obras maestras de las distintas escuelas; pero como quiera que adolecía de graves defectos pensóse en corregirlos disponiendo su ventilación por la techumbre para regularizar las temperaturas en las distintas estaciones del año, la colocación de un toldo que amortiguara su excesiva luz cenital y la coloración nueva de los muros en el tono más en armonía con las obras que sobre ellos iban á colgarse.
Preparada de este modo la sala se dispusieron en ella los cuadros, guardando un riguroso orden cronológico, hasta donde lo permiten los datos que de las fechas de su ejecución llegaron hasta nosotros, y procediendo de derecha á izquierda, desde el lienzo de la Adoración de los Reyes hasta el de Los santos ermitaños.

ENLACES
MIRROR 1                               MIRROR 2
LEER MÁS (ENLACE)- CATÁLOGO ILUSTRADO DE LA SALA DE VELÁZQUEZ EN EL MUSEO DEL PRADO DE MADRID (1899)

Francisco María Tubino y Rada - MURILLO, SU ÉPOCA, SU VIDA, SUS CUADROS

Francisco María Tubino y Rada (San Roque, 1833-Sevilla, 1888), tan polifacético de actividades,  fue un intelectual, político e historiador, convertido, dada su radical ideología progresista,  en uno de los principales jefes del federalismo en Sevilla.
Tubino fundó y dirigió La Andalucía (1868-1873) y entre sus numerosos estudios artísticos, históricos y literarios, destacan, “Pablo de Céspedes” (Madrid, 1868); “El arte y los artistas contemporáneos en la Península” (Madrid, 1871);  “Estudios Prehistóricos” (Madrid, 1872); “Cervantes y el Quijote” (Madrid,1872); “Filosofía del arte en Andalucía” (Revista de España, XXIV y XXIX, 1872);“La escultura contemporánea. Discurso de recepción en la Academia de SanFernando “ (Madrid, 1877); “Historia del renacimiento literario contemporáneo en Cataluña, Baleares y Valencia” (Madrid, 1880); “Estudios sobre el arte en España” (Sevilla, 1886); “Viaje científico a Dinamarca y Suecia” (Madrid, 1869) y la presente "Murillo, su época, su vida, sus cuadros" (Sevilla, 1864), que constituye una cuidada monografía sobre el célebre pintor seiscentista sevillano.
ENLACES
MIRROR 1                  MIRROR 2
LEER MÁS (ENLACE)- Francisco María Tubino y Rada - MURILLO, SU ÉPOCA, SU VIDA, SUS CUADROS

Sixto Mario Soto - SABATINI, ESTUDIO BIOGRÁFICO

El autor, académico correspondiente de la de Bellas Artes de San Fernando, se enfrenta en esta obra de 1903 a la biografía del que fuera uno de los más célebres arquitectos, ingenieros y urbanistas durante el reinado de Carlos III, Francisco Sabatini.
Sabatini nació en Palermo en 1721, y se formó en Nápoles y Roma. Desde 1760 y hasta 1797, fecha de su muerte en Madrid, desarrolló su actividad en España, como ingeniero militar y como arquitecto de dos reyes (Carlos III y Carlos IV). Proyectos urbanísticos, palacios, edificios civiles, monumentos emblemáticos – como la célebre Puerta de Alcalá- , hospitales, conventos, cuarteles, iglesias, caminos y proyectos de ordenación del territorio ocuparon su actividad durante casi cuarenta años.
Sabatini tuvo la personalidad de un ingeniero militar – especialista en el arte de las fortificaciones- de un carácter eminentemente científico, de un estudioso de las matemáticas y de las ciencias de la naturaleza , más que de un artista o arquitecto. El estilo de Sabatini, por tanto, responde a su formación militar. El carácter uniforme, sobrio y regular de su arquitectura del neoclasicismo.– sometida a esquemas geométricos ordenados y rigurosos – sirve de tránsito gradual de la arquitectura tardobarroca a la del neoclasicismo. Con todo, conviene recordar que Sabatini fue también un magnífico arquitecto. Un profesional de la arquitectura, formado en la escuela del barroco tardío italiano, que contaba con la necesaria maestría y dominio del oficio –de sus recursos formales y esquemas topológicos- , tal como se pone de manifiesto en el estudio de sus proyectos para capillas e iglesias centralizadas. Proyectos en los que demuestra haber asimilado a la perfección las ricas posibilidades que presentan la resolución funcional de estos espacios, de acuerdo con las soluciones planteadas por arquitectos como Vignola, Bernini, Rainaldi ó, más recientemente, por Fuga o Vanvitelli.

Al servicio del rey, Sabatini llevó a cabo fundamentalmente trabajos de ampliación o remodelación de edificios ya existentes, como el Palacio Real de Madrid, el palacio de Aranjuez y el palacio de El Pardo, destruido este último poco antes por un incendio. Con excepción de las iglesias de Santa Ana en Valladolid y de San Pascual en Aranjuez, todas sus obras se sitúan en Madrid. Las más destacadas son la Puerta de San Vicente, la casa de los Ministerios y la casa de la Aduana.

ENLACES
MIRROR 1       MIRROR 2
LEER MÁS (ENLACE)- Sixto Mario Soto - SABATINI, ESTUDIO BIOGRÁFICO

Gregorio Cruzada Villaamil - LOS TAPICES DE GOYA

Gregorio Cruzada Villaamil o Villamil (Alicante, 1832 - Madrid, 29 de noviembre de 1884), fue un historiador y crítico del arte, periodista y político.
Como periodista fue redactor de La Revista Ibérica y dirigió La Razón (1860-1861), el boletín mensual El Arte en España (1862-1870) y El Averiguador (1867). Usó el cervantino pseudónimo "El difunto pintor Orbaneja". Denunció la ruina de la Catedral de León y promovió su restauración; conocido por su gran trabajo historiográfico, siguió los pasos de Ceán Bermúdez y con la metodología del positivismo documentó a fondo sus trabajos y cargó de datos sus juicios para conseguir el más alto rigor. Después de Antonio Palomino, fue el primer estudioso de Diego Velázquez, en especial su relación con Rubens. Acompañó a Berlín a su gran amigo el poeta y dramaturgo Eulogio Florentino Sanz, nombrado secretario de la legación española, aunque volvió enseguida.

Mención aparte merecen sus trabajos sobre Francisco de Goya, de quien descubrió en 1870 los cartones para tapices en el sótano del Palacio Real de Madrid; logró que pasaran a engrosar la colección del Museo del Prado.

Fundó y promovió diversos estudios sobre el arte en España, destacando en especial el citado boletín mensual El Arte en España, que dirigió entre 1862 y 1870. Como crítico de arte varias veces apoyó la carrera de pintores como Antonio Gisbert. Conspicuo liberal, Cruzada ejerció varias veces puestos públicos de importancia y relacionados con el patrimonio artístico, como jefe de la Comisión de Inventarios, y las direcciones generales de Estadística y de ­Correos y Telégrafos; en este último cargo estuvo un sexenio (1875-1881) y le cupo restaurar la red destrozada por la última guerra carlista y elaborar unos Anales de las Ordenanzas de Correos de España (1879) en varios volúmenes. Fue miembro correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando; perteneció también a la Sociedad de Bibliófilos Españoles y colaboró con Francisco Asenjo Barbieri en exhumar códices de música antigua española, de los cuales descubrió algunos, en especial el Cancionero de Palacio o de Barbieri, que halló en la Biblioteca del Palacio Real en 1870 y fue impreso en 1890.

En la obra de Goya, fue el primer historiador que revisó sus cartones y los catalogó cuidadosamente, rescatando varios documentos de archivo para lograr un buen estudio.

Con el nombre de cartones para tapices[1] se conoce a un conjunto de obras emprendidas por Francisco de Goya entre 1775 y 1792 para la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara.
Por influencia de su cuñado Francisco Bayeu, el pintor de Fuendetodos se asentó en la corte de Madrid hacia finales de 1774. Al año siguiente comienza a pintar los cartones para la confección de tapices que adornarán los palacios del rey Carlos III. Con un breve intervalo entre 1780 y 1786, Goya realizará esta labor hasta 1792.
En su mayoría esta parte de la obra goyesca se resguarda en el Museo del Prado, heredero de las colecciones reales españolas. Otras obras de esta serie fueron llevadas al extranjero durante la Guerra de Independencia, y se conservan en pinacotecas de Suiza, Reino Unido y Estados Unidos de América.
ENLACES
MIRROR 1      MIRROR 2
LEER MÁS (ENLACE)- Gregorio Cruzada Villaamil - LOS TAPICES DE GOYA

Conde de la Viñaza - GOYA, SU TIEMPO, SU VIDA, SUS OBRAS

Estudio biográfico a cargo de Cipriano Muñoz y Manzano, Conde de la Viñaza, al que acompaña un catálogo razonado de las obras del genial pintor de Fuendetodos.
ENLACE
LEER MÁS (ENLACE)- Conde de la Viñaza - GOYA, SU TIEMPO, SU VIDA, SUS OBRAS