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Carlos Gutiérrez - FRAY BARTOLEMÉ DE LAS CASAS, sus tiempos y su apostolado

Prólogo a la obra por Don Emilio Castelar

El tiempo que abraza la vida de este sacerdote extraordinario es un tiempo creador. La última mitad del siglo décimo quinto y la primera mitad del siglo décimo sexto tienen virtud tal para producir grandes hombres, que parece el género humano otra estirpe superior y semejante a las estirpes angélicas. Jamás han visto los celajes del tiempo estrellas de primera magnitud como las aparecidas en esta edad deslumbradora. Diríase que el espíritu moderno, al formarse, despedía de si, como mágicos chispazos, almas iluminadas enardecidas en las inspiraciones divinas. Todo crece en tales días, desde la tierra material que hollamos con nuestros pies de barro hasta el espíritu impalpable cuyas facultades nos unen a Dios con sus ideas de luz. Quién nos diera ver aquel crepúsculo en que el gótico florece para morir y los arcos triunfales del Renacimiento se elevan para aguardar la libertad; en que legiones de estatuas, animadas por soplo de nueva vida y hermoseadas por líneas de nuevas formas se destacan de los rosetones ojivales, cuyo brillo semeja al brillo del sol próximo a su ocaso; en que la antigüedad clásica transmite por el advenimiento de los helenos a nuestro mundo occidental todo el tesoro de sus ciencias, y por las excavaciones romanas entreabre todo el tesoro de sus artes; en que los pintores de celeste inspiración ponen la idea cristiana con todo su misticismo en la belleza griega con toda su armonía; en que el Pontificado mismo evoca los dioses desde las alturas del Vaticano, conjurándolos a resucitar en su antiguo esplendor la naturaleza, y los reformadores audaces elevan sobre este paganismo exuberante de vida el disco de la humana conciencia y su inmaculada pureza; en que, allá, en el cielo, se fija el sol, antes tenido por satélite de la tierra, como centro de los planetas, y aquí, en el bajo suelo, se descubre un Nuevo Mundo tan hermoso que parece ofrecer al género humano, reivindicador de su libertad, un paraíso inmaculado para extenderla y para gozarla.
Estos días vieron a Vives, a Vinci, a Rafael, a Miguel Ángel, a Gonzalo de Córdoba, a Colón, a Lutero, a Copérnico, a Bramante, a Savonarola, a Maquiavelo, a Carlos V, al Ticiano, a los hombres mayores quizás de los modernos tiempos. Mucho brillo debía tener quien brillara en aquellos cielos y esferas. Pues brilló con verdaderos resplandores Fray Bartolomé de las Casas, obteniendo que su voz se oyera en semejante coro de divinas voces y que su figura se destacara en semejante legión de gigantescas figuras. Bien es verdad que, para alcanzar esto, nació con dos virtudes esplendentes: la virtud de creer y la virtud de sentir lo que creía. En el alma, la inteligencia es como la etérea luz, que esclarece y la sensibilidad como el vívido calor que fecunda. Sin una idea sois como ciego y sin un sentimiento estáis como muerto. Pensar, ejercicio del espíritu tan divino que excede a los límites de nuestra naturaleza, y sentir lo pensado y difundirlo y encarnarlo en la viviente realidad, ministerio humano por excelencia. Así la gratitud universal se aleja de esos pensadores solitarios que aparecen rígidos como estatuas con una estrella pálida sobre su frente allá en regiones inaccesibles, mientras se rinde de hinojos ante el que ha sabido luchar con fortaleza y morir en el sacrificio, dando pedazos de su corazón alas gentes. Platón tendrá discípulos y Sócrates adoradores; porque si el uno supo pensar, el otro supo morir. Las Casas pensaba como los solitarios de su tiempo, dados a la religión y a la ciencia; y luego sentía con vivo sentimiento lo mismo que pensaba. Este ejercicio de la sensibilidad y de la inteligencia, esta armonía de la idea y de la acción, estas vocaciones múltiples que hacían de él un apóstol y un guerrero, un filósofo y un mártir; todas estas cualidades le daban esos caracteres verdaderamente extraordinarios que se elevan a ser como un ideal en la historia.
Las Casas no fijó su inclinación desde los dos primeros años de su vida. Al contrario, en los comienzos parecía tener vocaciones bien opuestas a las que luego fueran su tormento y su gloria. Originario de aquellos cruzados franceses que así venían a Occidente en busca de Toledo y Sevilla, como iban a Oriente en busca de Jerusalén y Constantinopla, su sangre heredaba el ardor, sus nervios la inquietud, su complexión la fuerza, sus músculos la energía, su natural todo el atrevimiento congénito a los destinados en estos continuos dramas de la historia, por una designación providencial, como a vivir y morir peleando. Hijo de un navegante que acompañara al descubridor del Nuevo Mundo en sus primeros viajes, tentaban le las aventuras, las navegaciones, las porfías con el furor de los elementos y la cólera de los hombres, las empresas maravillosas, la victoria sobre los mayores imposibles, creyendo panjearse poder y renombre. Quien había visto al autor de sus días perderse en el Océano inexplorado y traer una nueva creación del abismo inmenso donde solo parecían reinar el silencio y la muerte, bien podía creer borradas todas las fronteras que separan el deseo de su objeto, la esperanza de su cumplimiento, la idea de su realización, y la fantasía exaltada de las tristes realidades sociales. El hijo de uno de los descubridores del Nuevo Mundo, con harta razón podía creerse redentor nato de los habitantes de ese Mundo. Luego la ciudad de Sevilla, su cuna, como que mueve a la imaginación de atrevidas creencias y al intento de arriesgadas empresas. Aquel cielo deslumbrador, de arreboles tan varios, eleva el cerebro a otro cielo espiritual de ideas bien múltiples. Aquel río con cuyas aguas perfumadas soñaron los primeros poetas del mundo, susurra como el acompañamiento eterno a los cánticos de una eterna epopeya. Las torres, por cuyas cimas todavía veis discurrir las blancas figuras de los astrónomos árabes; los jardines, entre cuyos alicatados suenan los ecos de las guzlas y de los romances confundidos con la vibración de las armas; los naranjales, que os embriagan y exaltan con sus aromas; desde la vela flotante por el Guadalquivir hasta la palma meciéndose en la floresta; desde los luceros sembrados en sus noches hasta los ojos relampagueantes de sus mujeres, todo provoca, no solo a la concepción de muchas ideas y al fantaseo de muchos ensueños, sino a su realización y cumplimiento. Para ver como eran los hombres de aquellas edades, no hay sino entrar en la nave de la Catedral, erigida adrede tan grande, para que los venideros tomaran a sus constructores por locos, y bajo cuyas bóvedas creéis bogar impulsados de una brisa celestial en los espacios inconmensurables y en los abismos cerúleos del divino éter.¿No os parece que raza, origen, sangre, cuna, educación, todo cuanto le pertenecía y aun todo cuanto le rodeaba, movía al Padre Las Casas hacia las mayores empresas?
Y sin embargo, como antes he dicho, fijo tarde, muy tarde, una vocación, la cual, según su firmeza y su intensidad, dirías congénita al calor de su vida y movida por el primer movimiento de su voluntad y de su animo. Ejemplos de esto hay en la historia. Nadie descubriera al primer escritor del siglo decimoctavo, a Rousseau, en el músico que anotaba sinfonías inacordes y componía operas medianas, como nadie descubriera al redentor que renovara las llagas de Cristo, a Francisco de Asís, en el joven coronado de flores, rey de festines, cantor de jácaras, que daba serenatas por las oscuras noches y requería de amores en exaltados coloquios a todas las muchachas de su pueblo. Y no cabe dudarlo, no; estas vocaciones tardías suelen ser vocaciones decisivas. No esta en nuestra complexión nacional ni en nuestros hábitos escribir memorias. El pudor que oculta las buenas acciones tiene tanta fuerza como la vergüenza que oculta las malas. Creemos que no importan a los demás ni nuestras virtudes ni nuestros vicios. Cierta soberbia nativa, cierta suficiencia orgullosa, cierta apelación continua a nuestro fuero interno, cierto individualismo un tanto excesivo nos arrastran a tal indiferencia por el ajeno juicio, aunque tenga la universalidad y la importancia de los juicios históricos, que jamás llegaran a comprenderlo aquellos pueblos, como el pueblo francés, por ejemplo, eminentemente sociable, y por lo mismo fácil de atemorizarse ante el tribunal de la historia, por lo cual aspiran sus naturales con defensas, alegatos, relaciones, autobiografías, a merecer bien de sus contemporáneos y bien de la posteridad. Nosotros, por el contrario, juzgámonos bastante pagados con parecernos bien a nosotros mismos. Así no existe en toda la literatura española un libro como las confesiones de San Agustín o como las confesiones de Rousseau. Y por este achaque o virtud ignoramos particularidades de la vida privada de nuestros prohombres, que acaso nos explicaran fases enteras de su vida pública. Respecto a las mocedades de Las Casas, debemos decir que este teólogo dominicano, orden llamada Jauría de Dios, profeso la jurisprudencia; que este defensor acérrimo de los indios tuvo por esclavo un indio en Salamanca; que este reformador, cuyas invectivas atacaban la apropiación de los hombres, empezó su vida en aquel Nuevo Mundo con ranchos y repartimientos; que este obispo, calzado de sandalias, vestido de sayal, con su crucifijo en las manos y el ardor místico en los ojos, abordo a las playas de América como los mas vulgares aventureros, aguijoneado por el apetito mas ordinario, por la sed de oro. ¿Como, por qué causa, por qué motivo de la voluntad, por qué impulso de la inteligencia, por qué afecto cambio súbitamente su vocación? Misterios de la historia. Lo cierto es que el abogado de Sevilla, el propietario de un pobre indio, el rebuscador de lucros se convirtió en misionero, en redentor de esclavos, en sacerdote de Dios y de la libertad.
Llegado fraile Bartolomé de las Casas a cierto período de su vida, un pensamiento evangélico le poseyó por completo, el pensamiento de la natural igualdad entre los hombres. Y el pensamiento obra sobre la voluntad como el motor inmóvil de Aristóteles sobre el movimiento universal. Como en toda fuerza aplicada hay algo de la fuerza cósmica, en toda acción concreta hay motivos generales y en todo motivo general o particular, hay ideas puras. El alma del alma de Las Casas estaba en su pensamiento de igualdad natural y el móvil de los móviles en su amistad a los indios. Casi todas las inclinaciones naturales de la humanidad se encuentran reunidas en cada individuo fundamentalmente. La causa generadora del genio en el desequilibrio, que da a unas facultades exclusivo predominio sobre el conjunto de todas las demás y con este predominio aptitudes sobresalientes merecedoras de sobresaliente gloria. Pasa con los móviles humanos lo que pasa con los gustos. El alimento que unos paladean con placer produce nauseas en otros; la melodía que halaga un oído fino se estrella en duro oído; el móvil que mueve a unos hacia el bien y el amor de su prójimo, mueve a otros hacia el mal, y a veces hacia el suicidio, hacia la destrucción de sí mismo. El límite con que los hechos exteriores refrenan toda acción desconcierta a los débiles y acera a los fuertes. Fray Bartolomé de Las Casas no luchara con tanto ahinco si no hubiera tropezado en su camino con tantas y tan diversas oposiciones.
En el mundo se repiten siempre los mismos fenómenos históricos. Todo redentor pasa por una pasión. Las dudas le asaltan, los dolores le acongojan, los amigos le venden, el error o el mal amenazador lo calumnian, los discípulos más queridos le abandonan, hasta que llega el día de la hoguera, de la cicuta, de la crucifixión, de la muerte en el desengaño y en la tristeza. Pero así como en la naturaleza reina la fatalidad, en la historia reina la libertad. Así como a la piedra no le pedís cuenta de su caída, se la pedís al hombre. El fatalismo de la materia bruta nada tiene que ver con la moralidad, y nuestras acciones son esencialmente morales. Por eso el bien, una idea verdadera, una acción recta, una obra de caridad, el esfuerzo por los oprimidos, la luz llevada a la conciencia de los ignorantes, la pugna por el derecho y la justicia pueden transitoriamente malograrse; pero en el movimiento general de la humanidad les toca, tarde o temprano, seguramente, una grande y definitiva victoria. Los defendidos por tanto ahínco por Las Casas habitan hoy el continente de la democracia, de la libertad y de la República.
El Nuevo Mundo se descubrió al terminar la Edad-media, pero bajo ideas de la Edad-media. Aunque su aparición debía, dilatando el planeta, dilatar también bien el espíritu, desconociéronse los efectos de revolución tan súbita hasta que brotaron a impulsos de los siglos y por el desarrollo natural de los acontecimientos Los descubridores iban guiados por la antigua idea de que todo vencido es naturalmente cautivo, y de que todo cautivo es naturalmente esclavo. La apropiación del hombre por el hombre reinaba todavía en el espacio, porque la idea de la desigualdad humana todavía reinaba. El mismo Colon aquel profeta de la naturaleza, aquel revelador de la tierra, aquel mártir de su propio genio, inmortal como todos los redentores por sus ideas y por sus desgracias, trajo de regalo, al tornar del primer viaje, entre productos del campo y riquezas del suelo, varios grupos de indios como pudiera traer varios hatos de ganado. Uno de estos indios le tocó en suerte a Las Casas que, en la irreflexión de su juvertud, lo reservó para su hogar y lo esclavizó a su servicio hasta que vino a despojarle de tamaña propiedad un regio rescripto.
Sin duda algún movimiento de su corazón, como aquel de Pablo en el camino de Damasco; alguna revelación de su conciencia, como aquella de Loyola en su lecho de dolor, trastocaron el natural artificioso, por la educación o por las costumbres sobrepuesto a su natural índole, y le movieron a buscar, sumergiéndose dentro de sí mismo, en los abismos insondables que cada alma guarda, aquellos tesoros de piedad, aquellos arrebatos de pasión, aquellas ideas de derecho que le alzaron a inmensa altura entre los conquistadores y los conquistados, para defender con pleno sacrificio de su tranquilidad y riesgo continuo de su vida la inocencia, desarrollando pasiones semejantes A una espada de fuego que flameara en sus manos, e ideas semejantes a verbos de redención que cayeran como henchidas del espíritu divino sobre las tristes llagas de la miseria. Lo cierto es que en aquella sociedad recién sujeta a la coyunda del absolutismo, donde predominaba la conquista, vio Las Casas en los vencidos hermanos de los vencedores; en aquella intolerancia universal, cuando los Reyes Católicos expulsaban a los judíos, cuando Torquemada traía el fuego de la Inquisición, cuando Cisneros derramaba el agua bendita sobre las carnes de los moriscos que gritaban cual si recibieran gotas de plomo fundido, quiso Las Casas llamar los idolatras al seno de la Iglesia por la caridad y no compelerles por la violencia; en aquella perversión del sentido, que lanzaba desde el púlpito apotegmas aristotélicos sobre el destino natural de unos hombres al vasallaje y el destino natural de otros hombres a la dominación y al imperio, sentía Las Casas como la adivinación del derecho moderno basado sobre los fundamentos de la igualdad humana; frente a frente de los poderosos, cada día más ensoberbecidos con su autoridad y mas tentados de confundirse con Dios, sostuvo Las Casas que no puede disponerse de los hombres contra su albedrío, ni gobernarse a los pueblos contra su soberana voluntad. No desconozcamos, porque seríamos ciegos, que en esta obra le inflamaron, le sostuvieron, le arrastraron exaltadísimos afectos. Las Casas, antes que todo, es desde el principio al fin de su vida un hombre de pasión, y por apasionado, sujeto a violencias en su proceder y a brusquedades en su lenguaje. Sin esa pasión, que todo lo creía posible, no luchara como lucio, ni padeciera como padeció; pero tampoco se agrandara como se agrando en el concepto de la humanidad y en el agradecimiento de la historia. Yendo toda sobresaliente cualidad acompañada de extraordinarios defectos, cuanto tenía su natural de apasionado, otro tanto tenía también de irreflexivo y poco cauto. Pero ¿como querer que brille el genio sin el desequilibrio de las facultades y de las aptitudes? No podéis poner en el apóstol esa fría razón del estadista; ni en el profeta ese calculo seguro del matemático; ni en el mártir los instintos de conservación que hacen vivir y envejecerse al egoísta. La generosidad de Las Casas podrá resultar nativa o adquirida, originaria de los impulsos de su corazón o de los hábitos de su existencia, pero tenía caracteres verdaderamente maravillosos y una fecundidad increíble en acciones heroicas. Así, al deseo vivísimo del bien se juntaba la esperanza segura de realizarlo y de cumplirlo. El acicate de esta esperanza le empujo a la acción y le liberó de las irresoluciones, porque ni su entendimiento admitía dudas, ni su voluntad debilidades o desmayos.
Dotado de verdadero valor acometía empresas arriesgadas, aunque cayese muchas veces en la temeridad que quiere tocar en lo imposible. Sano de cuerpo y alma, no le tentaba la ironía que suele tentar a los contrahechos y a los enfermos; robusto de voluntad y de fuerzas, no le aquejaba el desaliento que suele aquejar a los débiles y a los cobardes; piadoso de complexión, padecía con todos los que padecían y lloraba con todos los que lloraban; capaz de grandes indignaciones, aborrecía a los opresores al igual que amaba a los oprimidos; sujeto a la fiebre de una exaltación continua, tocaba como en el fanatismo, en la cólera, pero cólera de aquellas que el filosofo denominaba encendidas como el entusiasmo y no pálidas o verdosas como la envidia. Así tuvo en sus amarguras el mayor de los consuelos internos, la seguridad de haber obrado bien, y contra los denuestos y maldiciones el más seguro de todos los refugios, la satisfacción y hasta el contento de si mismo, reuniendo en verdad, como pocos hombres, el pensamiento a la acción.
Durante cierto tiempo de su vida, dejóse llevar por las ideas vulgares, como el cuerpo inerte por la corriente; y calculó, y comerció y luchó con la apropiación de sus semejantes; horror que tan amarga pena debía inspirar más tarde a su corazón arrepentido. La fuerza de sus remordimientos dominó la conciencia, de suerte que rescatara todas sus culpas, y la vista de una matanza de indios conmovió sus entrañas hasta el punto de concentrar todas sus facultades en aquel propósito avasallador de consagrarse exclusivamente A la redención y cura tanta y tan terrible miseria.
Para cumplir mejor esa vocación abrazó el sacerdocio. En efecto, la renuncia a toda familia que no fueran los desheredados y los oprimidos; el amor exclusivo y el matrimonio eterno con su idea de justicia; el templo por hogar; los altares del sacrificio por ara donde ardiera la vida; la comunicación diaria con él por los sacramentos; el socorro a toda aflicción y el consuelo a toda pena ofrecidos como observancia de los más rudimentarios deberes ; el auxilio al moribundo y la oración al muerto; todos estos ejercicios, al par que le acercaban a Dios, le movían también a servir y a honrar a la humanidad. Rodeado de indios recién convertidos a la religión y de conquistadores que se proponía convertir a la caridad; en presencia de aquellos mares apenas desflorados por nuestras quillas; a la sombra de aquellas selvas gigantescas por cuyas ramas corría aún el soplo vivificador de la creación, dijo la primera misa, en la cual ni siquiera tuvo vino, como si los empeños del acaso hubieran querido que del Nuevo Mundo fueran todas las ofrendas cual debían al Nuevo Mundo dirigirse todos los pensamientos del exaltado Sacerdote. Y desde este punto empieza su empresa tan rica en varios incidentes: emancipación de los propios esclavos, malogrando cuantiosísima fortuna; predicaciones al aire libre con celo evangélico por la libertad de los reducidos a servidumbre; viajes peligrosos de Santo Domingo a Cuba y de Cuba a España en pos del cumplimiento y realización de su ideal; oraciones continuas, de rodillas sobre las tablas de su nave, en presencia de lo infinito, para que el espíritu divino le asistiese y le consolase en su empresa; conferencias con el astuto Rey Católico, y con el ardentísimo Cardenal Cisneros, y con el piadoso Adriano de Utrech, y con los ministros de Carlos V; porfías empeñadas y aun batallas reñidas con el avariento prelado de Burgos y los codiciosos frailes de San Jerónimo; amarguras devoradas con resignación, pero sin desaliento, por las ingratitudes y traiciones de los mismos a quienes confiara su empresa y en su representación y su nombre; residencias intentadas a los jueces prevaricadores que recibían leyes benéficas y excusaban su debido cumplimiento; debates ruidosísimos en la Cámara real y a presencia de los altos consejos de la monarquía; navegaciones procelosas; propósitos benéficos completamente frustrados por las intrigas cortesanas; intercesión arriesgadísima entre los españoles y los indios; soledad en los desiertos del Nuevo Mundo bajo las dobles asechanzas de los elementos y de los salvajes; contratiempos increíbles con colonos llevados para ayudar en sus trabajos a los naturales de América; intensísimas angustias, así por las matanzas de indios como por las matanza de los españoles; negativa de absolución a los que poseyeran y se apropiaran sus hermanos en Dios, a sus iguales en naturaleza y en derechos; misiones, semejantes a los viajes apostólicos, desde las Antillas a Méjico, a Guatemala, al Perú, a España, desafiando todos los embates de la naturaleza y todas las iras de los hombres como un guerrero, con los fieles de su propio Obispado movidos a rebelión por su entereza en sostener sus excomuniones contra los crueles y los tiranos; renuncia a su ministerio en los conventos de España y por término de todo, influjo poderosísimo en las máximas y en las disposiciones mas humanas de las leyes de Indias como recompensa debida ciertamente al fervor de su creencia y a la exaltación de su celo.
Dos acusaciones graves se han dirigido al Padre Las Casas: la primera, que en su entusiasmo por la emancipación de los indios contribuyó a la esclavitud de los negros; y la segunda, que en su celo por las razas nativas del Nuevo Mundo, llegó, si no a negar los títulos de nuestra dominación necesaria en el momento de su apostolado, a tacharla de más cruel que ninguna otra entre las conseguidas por los procedimientos de conquista. La primera acusación paréceme victoriosamente refutada y aun desvanecida, con atender tan solo a que las expediciones de negros resultan muy anteriores a la predicación de Las Casas, e intentadas y promovidas más bien por la tendencia general del tiempo que por el consejo particular de nuestro apóstol. En cuanto a la segunda acusación, paréceme mucho mas difícil de excusar, aunque fácil de comprender y de explicar por el ardentísimo fuego de los combates, y el vehemente amor al bien, y la indignación contra la violencia, y la fuerza dada al argumento, y la ceguera natural entre el humo espesísimo de una guerra que, no por espiritual deja de ser olorosísima siempre, y a veces hasta cruel y sangrienta. Y no cabe dudarlo; el sentido histórico ha cønsiderado por mucho tiempo la con quista de América como la más cruel de las conquistas. Y este sentido ha pasado de tal suerte opinión general, que lo han adoptado unánimes los mismos descendientes de los descubridores, sin comprender cómo, insultando a sus padres se insultaban a sí mismos y desconocían a la faz del mundo ¡suicidas! los timbres más gloriosos de su raza. No excuso los crímenes cometidos en América por cariño a mi patria, como no lo excuso los crímenes cometidos en el terror, no por cariño a mi libertad. Mas declaro que América ha obtenido la civilización moderna, seguramente a mucho menos precio que Europa. Todos los pueblos guardan el recuerdo de una olorosísima salda del Paraíso, en apariencia tradición religiosa, en realidad poética enseñanza del cambio de la .inocencia y de la vida en el seno de la naturaleza por los horrores del combate y las penas del trabajo, que acongojan, que afligen, mas que también preparan al hombre para los grandes progresos y para el dominio sobre el planeta y la fundación de una sociedad basada en leyes justicia. No ha roto ninguna raza este cendal de la Naturaleza sin desgarrar latiera que la contiene, como no ha salido ningún feto a la luz y al aire sin desgarrar las entrañas que lo llevan. La culpa de saber, la fatiga de andar, el esfuerzo de inquirir, el trabajo en todas sus fases y todos sus aspectos no se inicia en las sociedades humanas sino mediante dolorosísimos y continuos sacrificios. La civilización que nosotros llevamos al Nuevo Mundo no la adquirimos a poco precio. La tierra patria está empapada de sangre, cubierta de huesos, convertida en vasto cementerio de conquistadores y conquistados, de vencedores y vencidos. Las irrupciones célticas, fenicias, griegas, cartaginesas, latinas, bárbaras, árabes, africanas, fueron mucho más crueles que la irrupción española en el Nuevo Mundo. Sobre aquella tierra que estaba fuertemente apegada a la Naturaleza, vertimos la religión del espíritu. Enseñárosle una de las maravillas del mundo, la más rica y más armoniosa de las lenguas que han hablado los hombres en los tiempos modernos. Dímosles unas artes que resplandecían al igual casi de las artes italianas. Fundámosle ciudades superiores a las ciudades de la Península. En vez de exterminar a los indios o lanzarlos a las selvas como hiciera nuestros orgullosos rivales sajones, les admitimos en nuestra sociedad. Las leyes, tanto civiles como eclesiásticas, sobre pujaron a las leyes mismas por que nos regíamos nosotros. Y al separarnos de América para dejar tantas Repúblicas independientes destinadas a brillar en la tierra como las estrellas en el cielo, si les dejamos pocos hábitos del gobierno de sí mismas porque los imposibilitaba el absolutismo en que unos y otros habían caído, en cambio, les pudimos legar un estado social tan progresivo que les permitía abolir la esclavitud sin pasar por la tremenda guerra en que estaba a punto de hundirse la maravillosa República del Norte. Para maldecimos, necesitan nuestros hijos maldecir al sublime descubridor que les adivinó cuando estaban ocultos en su inocencia; y a los exploradores que vencieron los misterios de sus selvas y escalaron las cimas de sus Andes y recorrieron sus costas y sus ríos: y a los misioneros que les mostraron la religión del espíritu y la religión de la libertad; y a los legisladores que les dieron leyes e instituciones bajo las cuales todavía viven y progresan. Mas justos los Estados-Unidos del Norte, han puesto en el Capitolio de Washington, al lado de los nombres y de las efigies de los apóstoles de su República los nombres de los españoles que han descubierto los bosques más bellos y han recorrido por vez primera los ríos más caudalosos de su inmenso territorio. No debemos dirigir la misma inculpación al erudito autor de este libro, en quien el apego al continente, donde ha nacido, no excluye el apego a la sagrada y vieja tierra donde nacieron sus padres. Historiando una vida tan procelosa como la vida de Las Casas, nunca maldice a la nación que engendró un alma tan grande como el alma de nuestro apóstol. Su relato desde el principio al fin está escrito con la mayor severidad de juicio, unida estrechamente a la mayor severidad de estilo. Claro, correcto, concienzudo, este trabajo se inspira al par en el espíritu de nuestra patria y en el espíritu de nuestra América. La sobriedad en el decir se hermana admirablemente con la elevación en el pensar y en ciertos sentimientos que, no por concisos en sus manifestaciones, dejan de ser íntimos y verdaderos en su fondo. Guiado por tales afectos e ideas, el Sr. Gutiérrez ha escrito la vida de su héroe bajo el influjo de dos sentimientos muy parecidos a los que animaban a Las Casas; el sentimiento religioso y el sentimiento liberal. Así es que, leyéndole, asistís a los tiempos del apostolado y conocéis la vida del apóstol. Hay algunos puntos tratados con profundidad verdadera, como la conversión de una vida donde predominaba grande desasosiego por el lucro, a una vida donde predominan la caridad y el sacrificio. Luego el análisis de las obras se funda en la doble apreciación de si el mérito intrínseco y del mérito que le prestan las circunstancias propias de su publicación.
Y en este análisis hecho a maravilla, resalta que las Casas tuvo con cierto presentimiento de los derechos naturales cierta convicción profunda de la soberanía social. Nada más propio en quien, de un lado, reconocía la igualdad humana, y de otro lado, el derecho de los pueblos a gobernarse a sí mismos y a intervenir en el voto y en la percepción de los impuestos. Sería digno de estudio el ver cómo la corriente democrática que las órdenes monásticas trajeron consigo y que produjo a Francisco de Asís en Umbría, a Jerónimo Savonarola en Toscana, a Bartolomé Las Casas en América, no se detuvo hasta que vino a interrumpirla en mal hora el predominio de la reacción jesuística.
Concluyamos: quien leyere con detenimiento esta historia encontrará una serie de ideas sistematizadas con rigor, otra serie de noticias dispuesta con lógica, consideraciones profundas en estilo terso; y se felicitará de que su autor haya enriquecido con una obra de este mérito los anales de la literatura, tanto en España como en América.




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Evaristo Escalera - GARIBALDI Y SUS GLORIAS

Las antiguas monarquias se aliaban frecuentemente, no solo para resistir al genio conquistador de algún príncipe que intentase sojuzgarlas, sino tambien, y mas principalmente, para mantener sumisos a sus subditos, a quienes despreciaban como los dueños de los ingenios a sus esclavos comprados, pero cuya fuerza irresistible no les era desconocida. De esta manera aquel pueblo en que se despertaba el espíritu de Espartaco, al primer grito de independencia, al primer movimiento de rebelion, veia cubrirse sus fronteras de soldados enemigos, que le amagaban con sus armas, como los centinelas de una prisión al reo que quisiera luchar con su carcelero; y el rey, que contaba con el auxilio de todos los ejércitos de Europa para sostener su autoridad, doblaba el peso de sus cadenas y mofándose de su impotencia, obligándole a pagar a los extranjeros opresores el precio de su servicio, robustecía las bases de su trono con los huesos de algunos millares de mártires, que sacrificaba fríamente para escarmiento de las generaciones futuras.
Si los pueblos se hubieran aliado a la manera de sus opresores, este sistema de nada hubiera servido; pero por muchos siglos los pueblos han vivido sin conocerse, separados por preocupaciones que sus tiranos han explotado, luchando unos con otros, como hermanos engañados en las sombras de la noche. Hoy es cuando, derramada la luz por todas partes, se reconocen y se abrazan : alíense, pues, hoy para siempre, consideren que alcanza a todos el ultraje que a uno de ellos se infiera, consideren que tienen bienes comunes, que son raices de un mismo árbol, partes de un mismo corazon, y dejarán de ser el juguete del depotismo, cuyo triunfo ha sido la vergüenza de la humanidad.
¡Union, union! esta es la palabra que debe sonar constantemente en nuestros labios, la idea que debe iluminar nuestra mente, el sentimiento que debe llenar nuestro corazón; con ella lo podemos todo; sin ella seremos como flechas esparcidas que puede quebrar un niño. «Union,union,» y nuestros hijos bendecirán nuestra memoria porque les habremos redimido borrando de la frente de la humanidad la mancha que en ella han impreso tantos siglos de esclavitud; «union, union,» y comenzará el reinado de la libertad, que no es otra cosa que la justicia.

Hoy nuestros hermanos pelean en Italia por recobrar su independencia. Esa nación tan bella, y cuya frente coronan tantos laureles, esa nación que tantas veces ha tenido en sus manos el cetro del mundo, esa nación en cuyo altar brilla siempre la llama del genio, y que podriamos llamar la musa de Europa, yacia esclavizada a los pies del Austria, que de trecho en trecho como una argolla de coyuntura en coyuntura habia puesto en ella un centinela coronado que la impidiera todo movimiento. Hoy un soplo de vida ha pasado sobre las tumbas, un milagroso vigor se ha derramado por los miembros entumecidos del encadenado Prometeo, y los lazos que le oprimian se rompen uno per uno; no necesita nuestro auxilio material, pero la fuerza de nuestra opinion dobla la suya en su empresa: mostremos todo el interés que nos inspira, mostremos a sus héroes la admiracion que les consagramos, extendamos por todas partes la noticia de sus glorias, y plegue al cielo que dentro de poco la hija de los Césares recobre su trono y la patria de Bruto se levante entre los pueblos como un faro de la libertad.
En estos momentos, todo libro, todo folleto, toda hoja suelta que cante las glorias de Italia y popularice los nombres de sus héroes es un servicio que se presta a la causa de la libertad, porque contribuye a mantener vivo el entusiasmo, a robustecer y ensanchar el círculo de la opinion liberal, y en nuestro siglo si todavia desgraciadamente el sol refleja en los sables ensangrentados, la verdadera fuerza, la única irresistible, es la de la opinion pública, sin la cual al cabo de la jornada (el mismo Napoleon lo confesó en Santa Elena), el sable es siempre vencido.
He aquí el pensamiento que ha inspirado este libro, acerca de cuya ejecucion no me creo autorizado para hablar, por la amistad que con el autor me une y que se robustece de dia en dia en mi corazón viéndole trabajar con infatigable celo por el triunfo de la idea política a que he consagrado mi vida, a la gran obra de la redencion del pueblo, a la realizacion del triple dogma de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Carlos Rubio, 1860



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Enrique de Leguina - JUAN DE LA COSA, estudio biográfico

No son muchas las noticias que tenemos sobre Juan de la Cosa, uno de los pioneros en las expediciones que abrieron América a los europeos y uno de los que más viajes realizó al Nuevo Mundo. Nació en Santoña hacia 1460 y no tenemos más datos de su vida hasta que aparece mencionado en Lisboa en 1488, el año que Bartolomé Dias regresaba a Portugal tras rebasar el cabo de Buena Esperanza. Posiblemente De la Cosa estaba en la capital portuguesa como espía, enviado por los Reyes Católicos. Afortunadamente el marino consiguió escapar antes de que los oficiales lusos le capturaran. En 1492 Juan de la Cosa participa activamente en la expedición de Colón, siendo el propietario de la nao "Santa María", capitana de la expedición. Las relaciones con el almirante no fueron muy estrechas y éste acusa al cántabro de haber sido el culpable del hundimiento de la "Santa María" en la nochebuena de 1492. Los recientes estudios parecen negar esta acusación ya que De la Cosa también participó en el segundo viaje colombino y recibió una compensación económica sustanciosa de la reina Isabel I por la pérdida de su nao (28 de febrero de 1494).
En 1499 el marino cántabro participa como piloto mayor en la expedición de Alonso de Ojeda. En este viaje se exploraron las costas entre la boca del Orinoco y el cabo de la Vela, siendo herido De la Cosa por una flecha indígena. A su regreso realizó su famosa "Carta-mapamundi" en la que recoge y representa todas las tierras descubiertas hasta el momento tanto por portugueses o españoles, incluso los descubrimientos de Cabotto. El mapa está realizado en el Puerto de Santa María en el año 1500 y en la actualidad se guarda en el Museo Naval de Madrid, habiendo sido adquirido por el Estado en pública subasta en 1853. Se especula que esta obra fuera un encargo realizado por los Reyes Católicos.
En octubre de 1500 De la Cosa realiza su cuarto viaje, como capitán y corresponsable, en compañía de Rodrigo Bástidas. Las costas entre el cabo de Vela y el Darién serán recorridas durante la expedición, obteniendo importantes remesas de oro. En recompensa por el éxito, los Reyes le nombran alguacil mayor de Urabá. Será entonces cuando el marino aparezca como oficial asalariado de la recién creada Casa de la Contratación. En 1503 la reina Isabel le encomienda una delicada misión de espionaje en tierras portuguesas de la que no saldrá tan bien parado como en la primera ocasión. De la Cosa será arrestado y la propia Isabel tendrá que intervenir para conseguir su libertad.
Los exploradores deseaban obtener de la Corona una capitulación para ampliar las zonas por descubrir. La deseada capitulación será conseguida y Juan de la Cosa realiza su quinto viaje, ahora como capitán general. Los cuatro barcos que formaban la expedición recorrieron las costas entre isla Margarita y el golfo de Urabá, recogiendo en Cartagena de Indias a los hombres de Cristóbal Guerra, poniendo rumbo a La Española. Regresó a España en 1506 y al año siguiente será requerido por la Casa de la Contratación para dirigir una pequeña escuadra de vigilancia de las costas entre Cádiz y el cabo de San Vicente, zona frecuentada por los piratas. En 1508 participará -junto a Yáñez Pinzón, Díaz de Solis y Américo Vespucio- en la comisión en la que se discutía el proyecto de una expedición a Asia por la ruta occidental.
Su sexto y último viaje lo realizará en 1510, junto a Ojeda y Nicuesa, recibiendo del rey Fernando una importante ayuda ya que iba a instalarse junto a su familia en las nuevas tierras, recibiendo el cargo de Teniente Gobernador. En contra de los deseos del cántabro, Ojeda decidió desembarcar en la zona donde más tarde se asentaría Cartagena de Indias. El primer choque con los indios fue victorioso para los exploradores pero De la Cosa fue encargado de realizar una internada hasta Turbaco, siendo sorprendido por un grupo de indios que dispararon flechas envenenadas contra ellos, causando la muerte del marino y sus acompañantes.

 
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Pablo Alonso de la Avecilla - PIZARRO Y EL SIGLO XVI (novela histórica)

Los españoles, sí, con los instintos feroces de aquellos siglos ensangrentarían con horror los nuevos continentes; pero sus crímenes serían siempre crímenes del siglo XVI, crímenes comunes a todos los europeos que invadían el Nuevo Mundo, crímenes propios del fanatismo de aquellos tiempos de ignorancia y de error; crímenes al fin de aventureros, que como todos los aventureros de Europa, volaban a la muerte, o a saciar su ambición en los tesoros de la virginal América; pero si las primeras páginas de la historia del Nuevo Mundo pudieran sernos enojosas, a las españolas debieron al fin aquellas regiones el amor a la libertad, y la pureza del cristianismo que los han conducido a la civilización e independencia: y hoy podemos satisfechos decir a la Europa entera, nos llaman nuestros hermanos.
Pablo Avecilla

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Marqués de Rojas - SIMÓN BOLÍVAR

José María Rojas Espaillat (Caracas, Venezuela, 1 de septiembre de 1828 - †París, Francia, 29 de octubre de 1907), abogado, escritor y diplomático venezolano, conocido también como «el marqués de Rojas» Fueron sus padres los dominicanos José María Rojas Ramos y Dolores Espaillat. Entre sus hermanos figuró el sabio Arístides Rojas. A partir de 1840 estudia, junto con su hermano Arístides, en el colegio Independencia de Caracas, regentado por Feliciano Montenegro y Colón, siendo en este plante condiscípulo de Antonio Guzmán Blanco, con quien termina estableciendo lazos de amistad. Luego estudia derecho en la Universidad Central de Venezuela donde se gradúa el 3 de octubre de 1852. Después de graduado, se dedica al libre ejercicio de su profesión y retoma, junto con su hermano Arístides, la dirección del Almacén Rojas tras la muerte de su padre en 1855. Entre los estatutos de esta firma comercial, le estaba prohibido a sus socios-accionistas participar en asuntos políticos. No obstante, a pesar de dichos estatutos José María Rojas ayudó a financiar la conspiración de José Tadeo Monagas contra la presidencia de la República del general Julián Castro (marzo 1858). Cónsul de Chile en Venezuela en los primeros años de la década de 1860, declinó el ofrecimiento que se le hizo de desempeñar la Cartera de Hacienda (1862).
Cuñado de Henry Lord Boulton, dirigió, entre 1857 y 1870, la sucursal caraqueña de la firma H.L. Boulton & Co. En 1863, acompañó a Antonio Guzmán Blanco en su misión a Europa con el fin de negociar el empréstito de 1.500.000 libras esterlinas conocido como el Empréstito de la Federación. En mayo de 1873, fue enviado por Guzmán Blanco a España como ministro plenipotenciario de Venezuela, ocupando luego igual cargo en París en 1874 y en La Haya en 1875. En este último año, editó en París, en colaboración con su hermano Arístides, la Biblioteca de escritores venezolanos contemporáneos, importante compendio de las letras venezolanas desde sus orígenes hasta la segunda mitad del siglo XIX. Desde 1876 hasta 1883, salvo en el interregno del gobierno del presidente Francisco Linares Alcántara (1877-1878), sirvió como ministro plenipotenciario y agente fiscal de Venezuela en Londres. En 1881, el papa León XIII le concedió el, título pontificio de marqués. La actuación de Rojas en Europa fue objeto de múltiples controversias. En este sentido, tuvo que enfrentarse con la inflexibilidad de la diplomacia inglesa con relación a los límites con Guayana Británica y con la revisión del Tratado de Paz, Comercio y Navegación, que se había firmado originalmente en 1825, en época de la Gran Colombia. Sin embargo, pese a estas dificultades, Rojas logró un ajuste de la deuda externa con los accionistas ingleses y fue uno de los negociadores del contrato del ferrocarril inglés Caracas-La Guaira. Asimismo, tanto en España como en Francia, expuso la necesidad de un tratado de reciprocidad sobre el comercio de productos naturales de Venezuela con esos países.
Quizás el tratado suscrito por Rojas que mayor oposición encontró en Venezuela, pese a la defensa que del mismo hiciera Guzmán Blanco, fue el Protocolo Rojas-Pereire (1879), el cual tuvo que ser anulado ya que se argumentaba que el consorcio francés que operaría en Venezuela bajo los términos de este tratado tendría tanto poder como la antigua Compañía Guipuzcoana. Miembro fundador de la Academia Venezolana de la Lengua en 1883, Rojas criticó desde Europa e discutido discurso oficial que pronunció Guzmán Blanco en la sesión inaugural de la Academia. Al mismo tiempo, Rojas publicó un libro sobre Simón Bolívar en el que planteaba la necesidad de que Antonio Leocadio Guzmán aclarase la misión cumplida en 1826 en el Perú ante el Libertador. La polémica suscitada por las críticas de Rojas al discurso de Guzmán Blanco, así como por las insinuaciones de su libro sobre Bolívar, causaron la ruptura de su amistad con el Ilustre Americano. Tras renunciar a todos sus cargos diplomáticos, Rojas permaneció en Europa, residenciado en París, donde le dedicó los últimos años de su vida a actividades culturales. Por un tiempo su casa en París se convirtió en el centro de reunión de intelectuales.

Fuente: Wikipedia
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Alfredo Delvau - VIDA Y AVENTURAS DE JOSÉ GARIBALDI

Durante su juventud, Garibaldi siguió los pasos de su padre, un marino de origen genovés, y estuvo embarcado durante más de diez años. En 1832 consiguió el título de capitán de buques mercantes. Mientras trabajaba al servicio de la marina sarda, tomó parte en un motín republicano en el Piamonte que resultó fallido. Si bien pudo escapar, fue condenado al exilio. Por aquel entonces había entrado en contacto con la obra de Giuseppe Mazzini, el gran profeta del nacionalismo italiano, y la del socialista francés Saint-Simon.
Entre 1836 y 1848 vivió en Sudamérica, donde participó en varios acontecimientos bélicos, siempre al lado de quienes combatían por la libertad o la independencia. En 1836 intervino voluntariamente como capitán de barco en la fracasada insurrección secesionista de la república brasileña de Rio Grande do Sul y en 1842 fue nombrado capitán de la flota uruguaya en su lucha contra el dictador argentino Juan Manuel de Rosas. Al año siguiente, durante la defensa de Montevideo, organizó una legión militar italiana, cuyos miembros fueron los primeros «camisas rojas».
Noticias de su buen hacer como militar y estratega llegaron hasta Europa, adonde regresó en 1848 para luchar en Lombardía contra el ejército austriaco y dar un primer paso hacia la unificación de Italia, que fue su objetivo durante las tres siguientes décadas. Su intento de hacer retroceder a los austriacos no prosperó y debió refugiarse primero en Suiza y posteriormente en Niza.
A finales de 1848, sin embargo, el papa Pío IX, temeroso de las fuerzas liberales, abandonó Roma, adonde se dirigió Garibaldi junto a un grupo de voluntarios. En febrero de 1849 fue elegido diputado republicano en la asamblea constituyente, ante la cual defendió que Roma debía convertirse en una república independiente. En abril, se enfrentó a un ejército francés que intentaba restablecer la autoridad papal, y lo propio hizo en mayo ante un ejército napolitano. Si bien no tenía opción alguna de evitar la caída de la ciudad, su lucha se convirtió en uno de los más épicos y recordados pasajes del Risorgimiento.
El 1 de julio, Roma fue finalmente asaltada, y Garibaldi y sus hombres se refugiaron en el territorio neutral de San Marino. Condenado por segunda vez al exilio, residió en Tánger, Staten Island (Nueva York) y Perú, donde regresó a su antiguo oficio de capitán de buque mercante.
En 1854, Cavour, el primer ministro piamontés, creyó que si le permitía volver a Italia, Garibaldi se alejaría del republicano Mazzini. Para ello, le concedió el mando de las fuerzas piamontesas en lucha con las austriacas. Venció en Varese y Como, ambas en mayo de 1859, y entró en Brescia al mes siguiente, con lo cual el Reino de Lombardía se apropió del Piamonte. Conseguida la paz en el norte del país, Garibaldi se dirigió a Italia central. Víctor Manuel II, rey piamontés, dio al principio su apoyo a un ataque contra los territorios papales, pero a última hora le pareció demasiado peligroso y le obligó a abandonar el proyecto.
Garibaldi aceptó la renuncia y se mantuvo fiel, pero la cesión de Niza y Saboya a Francia por parte de Cavour y Víctor Manuel le pareció un acto de traición y decidió actuar por su cuenta. Como por el norte un acuerdo era imposible, decidió forzar la unificación conquistando el Reino de Nápoles, bajo soberanía borbónica. En mayo de 1860, al frente de un ejército de un millar de hombres (la expedición de los mil o de los «camisas rojas»), se apoderó de Sicilia y en septiembre entró en Nápoles, que cedió a Víctor Manuel II.
En 1861 se proclamó el nuevo Reino de Italia, pero desde sus inicios Garibaldi se mantuvo en la oposición, pues Roma continuaba siendo ciudad papal. Con la consigna de «Roma o la muerte», intentó durante años luchar contra el poder pontificio, sin demasiado éxito, hasta que en 1862, en la batalla de Aspromonte, cayó herido y fue hecho prisionero. Tras ser amnistiado, pasó a presidir el Comité Central Unitario Italiano y ofreció sus servicios a Francia. Fue elegido diputado para la Asamblea de Burdeos (1871) y diputado al Parlamento italiano (1875), el cual pocos años antes de su muerte le asignó una pensión vitalicia por los servicios prestados.

Extraído de Biografias y Vidas

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CARTAS Y RELACIONES DE HERNÁN CORTÉS A CARLOS V

Las Cartas de relación escritas por Hernán Cortés, fueron dirigidas al emperador Carlos V. En estas cartas, Cortés describe su viaje a México, su llegada a Tenochtitlán, capital del imperio azteca, y algunos de los eventos que resultarían en la conquista de México.
Hernán Cortés era de linaje noble y estudió durante algún tiempo latín, gramática y leyes en la Universidad de Salamanca, aunque sin graduarse, obtuvo los conocimientos y habilidades necesarias de buen escritor, sus cartas tienen verdadero valor literario e histórico, pues las descripciones en ellas plasmadas figuran en primer término de las crónicas de la conquista del Imperio Azteca.
Así como otros españoles que describieron la gran ciudad de Tenochtitlán, Cortés describe éste lugar con un tono de asombro y de maravilla: La ubicación de la ciudad en medio de un lago rodeado de montañas, la arquitectura espléndida, y evidentemente la riqueza material.

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