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Ganivet - CARTAS ÍNTIMAS

«Hoy, al cabo de los años —escribe a modo de introducción de este epistolario Nicolás María López—, he pensado que no debía esconder o inutilizar escritos del inolvidable amigo, que, por su carácter intimo, y por referirse a aquel cenáculo granadino que él fundó con el nombre de «Cofradía del Avellano», pudieran reflejar un aspecto o faceta, como ahora se dice, de su vida. Y sobre todo, porque esas cartas contienen explicaciones y juicios propios acerca de sus obras, y constituyen una especie de autocrítica de todas ellas».
Efectivamente, en aquella fuente granadina que se situaba extramuros de la ciudad, al pie del Generalife y asomada al Darro, se reunía lo más granado de la intelectualidad local, Nicolás María López (Antón del Sauce), Matías Méndez Vellido (Feliciano Miranda), Ruíz de Almodóvar (Perico Moro), Rafael Gago (Castejón), Melchor Almagro (Gaudente el Joven), Afán de Rivera (Gaudente el Viejo)…
La cofradía era, como explica Nicolás María López (Antón del Sauce), sencillamente eso, una reunión de amigos sin domicilio ni reglamento; semejante a una academia helénica, sentados en torno a una fuente de agua fresca, entre álamos y avellanos, donde en amena tertulia, se hablaba "de lo divino y de lo humano".
«Esta correspondencia —sigue escribiendo el cofrade Antón del Sauce— no puede compararse con la de Navarro, ni en número ni en calidad; pero conviene tener en cuenta el distinto carácter de una y otra. La de Navarro, fue de polémica filosófica o literaria con un brillante escritor; y esta, es de amistad cariñosa y consejera con el paisano y discípulo.
Empiezan en 25 de mayo de 1895, casi al mismo tiempo en que terminan las del Epistolario de Navarro Ledesma, y acaban con la fechada en 10 de diciembre de 1898, pocos días antes de su muerte, tal vez la última o una de las últimas, que escribió en completo estado de lucidez».


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Ganivet - EPISTOLARIO

En el prólogo al Epistolario, el cervantista Francisco Navarro Ledesma, amigo y destinatario de las cartas de Ganivet que el libro recoge, escribe:
«Publico en este libro una parte de las cartas que me escribió mi inmortal y desventurado amigo Ángel Ganivet. Con las restantes que poseo podrán formarse aún ocho o diez series como la presente.
Para formar este libro no se ha hecho selección ninguna; sencillamente se han sacado unas cuantas cartas del legajo en que se contienen todas, y sólo se ha dejado de imprimir la parte de ellas que, por referirse a sucesos familiares, no ofrece interés para el público.
Bueno sería explicar al público algo de la vida de Ganivet. Me creo obligado a hacerlo, pero no en un prólogo, sino en un libro largo. Para satisfacer la necesidad que hay de prólogo en toda colección de cartas íntimas, copio a continuación unas cuartillas leídas por mí en el Ateneo de Madrid al comenzar la velada con que, en el curso actual, se conmemoró el aniversario de la muerte de Ángel Ganivet.
Esas cuartillas dicen así:
«Voy a contaros, en las menos palabras que pueda, una historia rara y maravillosa: la vida de un hombre bueno, de un hombre sabio, de un hombre humano, de un hombre libre. Voces más elocuentes que la mía loarán sus obras escritas, ensalzarán la grandeza de su pensamiento, reflejarán el aleteo de su inspiración y os dirán cómo si existe una España joven, robusta, pensadora, valiente y capaz de redimirse por los hechos y por las obras del espíritu, el alma de esa España debe identificarse con el alma de Ángel Ganivet, el filósofo, el poeta, el patriota, el inmortal.
Yo, señores, fui el amigo más íntimo de aquel grande hombre, y lo digo con la orgullosa humildad o con la altiva modestia con que el pobre pegujalero de la Mancha, nuestro sabio amigo Sancho, cuando llegase a viejo y oyera hablar de su amo el caballero de los Leones, diría llenándosele la boca de amargura y de lágrimas los ojos: -¡Yo fui su escudero!...- Obligación de piedad fraternal cumplo hoy hablándoos tanto cuanto la emoción me lo permita de aquél que al llamarme hermano suyo, me concedió la más alta honra que de hombre alguno pienso recibir. Yo vi de cerca nacer su alma grandiosa; la vi ensancharse, crecer, tocar al cielo, perderse en la penumbra de lo desconocido, en aquella sombra de sombras que llamamos... no sé cómo, locura, insania, amencia, muerte.
Nueve años duró nuestra estrechísima convivencia, nuestra íntima comunión, que tengo la dicha de poder renovar a toda hora, pues casi siempre estuvimos separados por centenares de leguas, y nuestra comunicación fue epistolar, siendo las cartas que me escribió tan extensas, frecuentes y numerosas, que impresas formarían unos cuantos volúmenes, y reconstituirían a los ojos de los lectores el panorama de una existencia consagrada al recto pensar y al honrado sentir, de una existencia cuajada de bondad pura y compacta como tabla de mármol blanco, sin veta de egoísmo ni de bajeza. La noble biografía, mejor diré, psicografía, que en sus páginas trazó Ganivet, escribiendo al hilo del pensar, con la libertad de quien habla a una tumba, es deber mío publicarla, y no esperéis que cometa la profanación de intentar resumir en cuatro desmayadas cuartillas lo que debe ser leído en toda su integridad y con devoto y silencioso recogimiento. Tampoco sería posible, ni oportuno siquiera, querer hacer pasar por este ambiente en pocos minutos nueve años de vida fecundísima a cuya intensidad ningún otro hombre de estos tiempos últimos ha llegado. Acerca de estos grandes espíritus, que en sus obras se han entregado y ofrecido por completo a quien los leyere, como sucede con Miguel de Montaigne, con Ángel Ganivet... y creo que con nadie más, no es factible escribir menos ni mejor de lo que escribieron ellos mismos, porque hombres de tan alto linaje y de tan gigantesca talla, sin querer comunican su grandeza aún a los actos vulgares e íntimos de la vida y dan importancia y dignidad a cuanto palpan. Y así como, por ejemplo, en el divino poema homérico Agamemnón, el augusto monarca, despedaza una ternera sin perder ni un punto la nobleza mayestática de su continente, de igual modo, en ocasión memorable, alguien que nos oye y yo vimos a nuestro inmortal amigo, el autor del Idearium español, cortar, aderezar y guisar con sus propias manos la carne que había comprado para el almuerzo..., y hacer esto, que no había hecho nunca hasta entonces, con la misma nobleza, gracia y aplomo con que ya en aquella época adobaba y componía la prosa castellana, por él llevada al extremo de la jugosidad y de la vibración. Es decir, que para él no había pequeñeces y nimiedades..., o el mundo entero era una nimiedad. Era un hombre completo, como el pan bueno y sano: con su harina y su salvado y su acemite; todo era sustancioso en él, todo interesante. (…).
Dos días antes de morir, el 27 de Noviembre de 1898, cuando ya estaba lleno del propósito de la muerte, dejó en casa de su amigo, el barón Brück, noble sueco residente en Riga, un pliego dirigido a mí, que es un verdadero testamento, pues en él dice: «Por si esta declaración fuese necesaria, hago aquí el resumen de mis ideas y de mis deberes.» Lo que a estas solemnes palabras, que me helaron los huesos, sigue, no me atrevo a leerlo en público. Son cosas hondas, arcanos, adivinaciones y presentimientos, en que solamente un cerebro miope verá súbito desvarío y no prosecución lógica de una idea que pasa las lindes de lo concebido, de un pensar que supera a los eunucos, inanes y mendicantes pensares ordinarios. Pero si de las seis proposiciones primeras, en que se muestra su cerebro luminoso con la acariciadora luz del sol que se pone, no quiero ni puedo leer nada, os leeré, para concluir, la séptima, en que aparece palpitante y sangrando su corazón, el más honrado y generoso que he conocido. Dice nada más que esto: «No recuerdo haber hecho mal a nadie, ni siquiera en pensamiento; si hubiera hecho algún mal, pido perdón.»


A propósito de la publicación del Epistolario, el jurista, periodista y crítico literario, Eduardo Gómez de Baquero, publicó el siguiente artículo en La España Moderna de agosto de 1904:
«El Epistolario se publica en buena ocasión. Ganivet vivió obscurecido. Su fama apenas traspasó el estrecho círculo local de la ciudad en que había nacido y el no más amplio de sus amistades particulares. Sólo muy al final de su vida empezaron á ser apreciadas sus obras. Su verdadera celebridad ha sido póstuma. Se explica esto sobradamente si se tiene en cuenta que el autor del Idearium murió muy joven, y que, por otra parte, no era un escritor de lo sensible, de la vida exterior, sino un escritor filosófico, para quien la conquista del público tenía que ser por lo mismo lenta y difícil. Hasta la fama póstuma que Ganivet ha logrado hubiera estado pendiente del azar, á no haber sido agente eficaz de ella la piadosa solicitud fraternal de los amigos del pensador granadino, que han llamado la atención sobre sus obras, y han conseguido que no cayese en el olvido la naciente celebridad alcanzada por Ganivet en sus últimos días.
Por eso el Epistolario se publica ahora en las mejores condiciones para que no pase inadvertido ó tenga escasísima difusión, como hubiese ocurrido tal vez hace algunos años. El nombre de Ganivet tiene ya la notoriedad precisa para que cualquiera de sus escritos despierte de antemano curiosidad é interés. Esto aparte de que en los Epistolarios suele haber una parte íntima, que no aconseja su publicación en vida. La muerte borra lo que pudiera haber de exhibición personal, si se publicasen viviendo el autor estos documentos particulares.
Este Epistolario no es completo. Es una muestra de la copiosa correspondencia epistolar que sostuvo Ganivet con sus amigos. Ocho ó diez tomos semejantes al que ahora ha visto la luz, dice el Sr. Navarro Ledesma que podrían formarse con las cartas que le escribió el autor del Idearium, y de entre las cuales están sacadas éstas, sin hacer selección alguna, sino tomando sencillamente unas cuantas del legajo que forman todas. Así, al menos, lo dice el colector. Sin duda Ganivet sostuvo también correspondencia con otros amigos de Granada; de suerte que bien puede considerársele, atendida la edad en que murió, como uno de los escritores que más abundantemente han cultivado el género epistolar. El caso es excepcional en España. El mismo Ganivet dice en alguna de sus cartas cuan raro es aquí que un amigo escriba á otro ausente, cuando no tiene alguna cosa de inmediata utilidad que comunicarle. Quizás se deba á nuestro carácter reconcentrado y poco comunicativo, por lo general; á la poca efusión de nuestra vida sentimental que se recoge dentro del alma, como queriendo aislarse del mundo exterior. Tal vez hay en ello algún resto de la antigua gravedad y altivez castellanas, ó una consecuencia de nuestra escasa vida social. Y no hay que olvidar tampoco que la pereza general es un grande obstáculo para largas y asiduas correspondencias epistolares entre españoles.
El interés que ofrece el Epistolario de Ganivet no es un interés autobiográfico, entendido en sentido material. Habla poco el malogrado escritor granadino de sucesos de su vida. Además, Ganivet, como la mayor parte de los hombres modernos que no son generales, políticos ó exploradores de las pocas tierras desconocidas que van quedando en el mundo, ó no desempeñan cualquier otro oficio expuesto á grandes peripecias, no tuvo apenas biografía ó materia para ella. Grande é inapreciable ventaja de la civilización es ésta, digámosle de pasada, de que la mayoría de los hombres, como los pueblos felices, no tengan historia, porque ello revela el orden de una sociedad donde es cada día más difícil que á un particular le ocurran aventuras extraordinarias. Y como abunda más lo malo que lo bueno, al no ocurrirle á uno nada se sale ganando.
En otro sentido es autobiográfico el Epistolario. Como comentario auténtico de las obras literarias, de las ideas y del carácter de Ganivet, reflejados fielmente en estas cartas, escritas en el abandono de la intimidad. Algo habla Ganivet en sus epístolas del país en que residía (se hallaba en Bélgica como vicecónsul de España en Amberes); alguna vez da noticia á su amigo de las menudencias de la vida diaria, relaciones con sus jefes, trabajos que le imponía su cargo, etc.; pero la mayor parte de las cartas está consagrada á discurrir en la forma familiar propia de estos escritos acerca de cuestiones filosóficas, literarias y sociales, y á dar alguna noticia de las obras que tenía en proyecto.
Hay una gran originalidad y una gran independencia en esos juicios. Originalidad sincera. Se ve que Ganivet no era uno de esos autores que cultivan deliberadamente la paradoja para llamar la atención y epater le bourgeois, lo cual es, entre paréntesis, uno de los más indecorosos ejercicios á que puede consagrarse la inteligencia humana, puesto que se reduce á hacer juegos malabares con las ideas, como los hacen con cuchillos ú otros artefactos los juglares de los circos; y no es gloria muy apetecible la de emular en la esfera del pensamiento al hombre rana ó al ilusionista de tal ó cuál acreditada compañía acrobática. Vale mucho más discurrir como Sancho Panza ó como todo el mundo.
La de Ganivet era, por el contrario, la única originalidad digna de respeto y hasta de envidia: la espontánea, la que sale de dentro, sin premeditación ni estudio. Reducir á un cuerpo de doctrina sistemático las ideas expuestas en estas cartas sería un trabajo de disección que no reflejaría ciertamente la fisonomía del Epistolario. El atractivo principal de éste y el de todas las cartas particulares, que merecen leerse, y que no son otra cosa que conversación escrita, consiste en su natural desorden, en su falta de sujeción á un plan lógico, en que se asiste, por decirlo así, en tales documentos, al alumbramiento de las ideas, ó se las sorprende en su germinación natural, en su súbita emergencia del obscuro fondo de lo inconsciente. Sin duda la forma de exposición sistemática que emplean el tratadista científico y cualquiera que desea enseñar á los demás alguna cosa, es la más cómoda y á veces indispensable; pero en cuanto el pensador se mete por este camino, que encuentra trazado ya y hecho, tiene que podar mucho su pensamiento, prescindiendo de todo aquello que le parezca incierto ó extravagante, después de sometido al examen de la reflexión. Por eso hay en las conversaciones y en las cartas mayor originalidad: allí está el pensamiento entero y al natural, antes de que la reflexión lo cribe, escoja en él y meta dentro de los moldes del método lo escogido.
Tengo acotados en el Epistolario algunos de los pensamientos que más me han llamado la atención, ya por lo felizmente expresados que están los unos, ya por la originalidad de otros, ó ya también por la luz que nos dan algunos para apreciar el carácter de Ganivet y las ideas á que rindió preferente culto. Unas cuantas citas de éstas creo que explicarán mejor la índole y el tono del Epistolario que cualquier análisis que pudiera hacerse del mismo.
Hay en las cartas de Ganivet observaciones psicológicas muy certeras. «Las relaciones sociales, dígase lo que se quiera—escribe—, son un gran medio de ventilar y de refrescar el espíritu; y esto lo dice uno que por vivir demasiado á solas anda á estas horas requemado física y moralmente». «El conocimiento simple—dice algunas páginas más adelante—es sólo la primera materia amorfa, de la que el sentimiento compone después cosas diferentes. En una de las rachas filosóficas que me suelen dar, creo que te dije que el sentimiento como facultad no existía, aunque lo personalicemos algunas veces, realmente lo único que hay ó que es, es la voluntad, la fuerza creadora, cuya primera materia es el conocimiento y cuyo impulso es el sentimiento ó lo que llamamos tal». En estos cuatro renglones hay toda una metafísica, que en lo esencial coincide con la de Schopenhauer.
La cuestión del matrimonio y de la monogamia era, por lo visto, una de las que más preocupaban al escritor granadino. Remito al lector á lo que dice sobre el particular en las páginas 70-71 y 94 á 97 del Epistolario. «En todos los pueblos que obran con algún sentido de la naturaleza, es cosa extraña la monogamia». «¿Qué es la prostitución más que la poligamia y la poliandria disfrazadas y más sucias que entre los salvajes?» De estas dos frases puede colegirse cuál era la opinión del autor del Idearium.
Sería curioso saber si Ganivet conoció ó no las obras de Nietzsche. Pudo conocerlas, puesto que sabía alemán, y en 1893, fecha de las cartas reunidas en el Epistolario, estaba ya publicada la mayor parte de los libros del autor de Así hablaba Zarathustra. Pero aunque exista la posibilidad, parece más probable que no tuviese conocimiento de ellos. Para creerlo me fundo en que no cita á Nietzsche en el Epistolario, en el cual habla con frecuencia de otros pensadores, y en que la fama del filósofo germano tardó bastante en difundirse fuera de Alemania. En 1893 no había alcanzado aún la celebridad universal, que después, por motivos diferentes, que no son del caso, ha conseguido. El hecho es que hay marcada coincidencia de ideas entre uno y otro en la opinión acerca de la democracia, coincidencia que nunca revestiría caracteres de imitación ó plagio por parte de Ganivet (de Nietzsche no hay que decirlo siquiera), puesto que bien claro se ve que el pensador granadino expresaba cosas hondamente sentidas que le salían del alma, y no una lección aprendida en un libro de moda. «Por una paradoja que más pertenece á la psicología que á la política—escribe Ganivet—, la libertad hay que buscarla en el poder de los hombres fuertes. Cánovas es más liberal que Sagasta; Narváez era más liberal que Cánovas; Prim (?) era más liberal que Narváez; y si llega á gobernar Cabrera, hubiera sido más liberal que Prim. El hombre más liberal que ha habido desde la Revolución francesa en Europa ha sido Napoleón, que consideraba á sus varios millones de súbditos como manadas de borregos, y los trataba, como buen pastor, á palos y á pedradas cuando era preciso. En cuanto un gobernante forma buen concepto de sus gobernados, revelando con esto valer muy poco, se encuentra entre ellos como uno de tantos, y no hay que esperar nada bueno de él... La cualidad esencial de un político debería ser la de sentir repugnancia y asco del común de las cosas y de las personas; esto es, todo lo contrario de lo que hoy priva, siendo como es número obligado de toda profesión política el afirmar con optimismo que está próximo el día de la felicidad de todos los ciudadanos, y que todos los bienes serán pocos para mejorar indefinidamente á la noble humanidad». «Tomado él pueblo como organismo—escribe más adelante—, me da cien patadas en el estómago, porque me parece hasta un crimen que la gentuza se meta en cosa que no sea trabajar y divertirse. Al mismo tiempo, creo que la organización del trabajo en el régimen liberal es insensata; pues someter la vida de los hombres al tira y afloja ó al alza y baja del mercado, como si se tratase de manufacturas, será muy liberal, pero es indecoroso para el género humano. Me parece mal que los altos manden en los bajos, hasta el extremo de no haber mandado yo nunca nada á nadie, ni á los criados de mi casa; mi placer es que sean listos y lo hagan sin que se les diga. Me gusta lo bueno, y aun lo selecto y lo aristocrático; pero no querría ser aristócrata por nada del mundo, y desprecio á los que merodean el trato con gentes de pergaminos. En suma, mi credo no puede reducirse á fórmula razonable, pues se compone de mucho amor y mucho palo para los pequeños, y mucho desprecio y mucha autoridad para los grandes».
Esta es, en suma, la doctrina del Rey absoluto ideal, del César bueno, del despotismo ilustrado. Uno de los más curiosos capítulos de la historia política en los tiempos modernos, es el que podría escribirse acerca del desdén y la aversión que han sentido hacia la democracia espíritus de primera magnitud, progresivos, modernos en toda la extensión de la palabra, y al mismo tiempo tan diferentes entre sí en sentimientos y en ideas, como Renán y Nietzsche, por ejemplo. Quizás ha influido en ello poderosamente el error de creer que la democracia era forzosamente un régimen de mediocridad que llevaba aparejada la postergación de los mejores.
Algún punto de semejanza con las ideas de Nietzsche ofrece también la admiración que expresa á veces Ganivet hacia la Grecia antigua y el Renacimiento italiano, comparados con el estado de las naciones modernas. «Tú recordabas días atrás —escribe— los tiempos felices de la Grecia, cuando aún no había aparecido la idea estúpida de ahogar la vida de las ciudades con lazos de unión política, que es una especie de confraternidad en que todos se abrazan para... reventarse. Ha habido otro momento semejante á aquél, el renacimiento italiano, preferible, ni hay que decirlo, con sus luchas menudas, á la unidad nacional, con que hoy se divierten nuestros vecinos del Mediterráneo. En Grecia, como en Italia, cuando carecían de «superior expresión política», se dio el caso, rarísimo en la Historia, de vivir el arte en medio de la calle, respirado por todo el mundo, con la misma avidez con que hoy se respira la atmósfera de negocios que nos rodea. Ciertamente aquello era más hermoso que esto; pues, aun en el punto débil, que fue y es el de combatir unos con otros, ya por pasiones, ya por intereses, entonces se combatía con más arte y se moría con más variedad. Quizás en medio siglo de gobierno de los Borgia, á pesar de lo que se dice, no fueron asesinados tantos ciudadanos como ahora en un mes, con motivo de las huelgas de los escapes de gas grisú, ó de los choques de trenes».
Uno de los puntos en que veo yo reflejado, en el párrafo anterior, el parentesco espiritual entre Ganivet y Nietzsche, es el desdén hacia el sentido histórico y hacia la historia misma. Casi siempre que habla de historia, Nietzsche la inventa y hace una interpretación fantástica ajustada á sus fines de demostración filosófica. Ganivet, en el texto copiado, no inventa, pero prescinde en absoluto de la necesidad histórica que ha determinado la creación de las grandes nacionalidades, de las mil razones, económicas entre otras, que hacen hoy forzosas esas grandes agrupaciones de hombres, y de la diferencia que hay entre que á uno lo asesine ó lo robe un déspota, por artista que sea, ó que pueda, por casualidad, perder la vida ó quedarse cojo en un accidente ferroviario.
Ganivet, además de filósofo, era humanista. Cuenta el señor Navarro Ledesma que aspiró á ser catedrático de griego. Este aspecto de su personalidad asoma también en el Epistolario. Véase uno de los pasajes en que aparece el humanista: «No me parece que hay modo de producir la impresión (mala ó buena) de lo clásico, escribiendo en rimas. Los consonantes y asonantes, recursos musicales á que acudieron generaciones degradadas para sustituir groseramente la armonía clásica, fundada tanto en el fondo como en la expresión, en el elemento psicológico de las palabras como en el fonético, son demasiado infantiles y destruyen la gravedad ideal, necesaria para cuajar las líneas de los tipos clásicos. La prosa da una idea pobre, pero el verso da una idea inexacta. Aun el verso declamatorio y severo de Racine se queda á muy respetable distancia de la verdad, traduciendo la pasión en efectismo teatral, y lo solemne en solemnidad de época».
Pongo aquí término á estas citas, que no pueden ser el resumen de un libro tan vario como la colección de cartas de Ganivet, sino sólo una muestra de su estilo y de sus ideas. Pero no sería justo terminar la reseña del Epistolario sin mencionar el excelente estudio acerca de Ganivet, escrito por el Sr. Navarro Ledesma, que sirve de prólogo á este libro, y que es un notable retrato moral de aquel gran escritor, al par que un piadoso y espléndido tributo rendido por la amistad á su memoria».

Bastante menos benévola que en los artículos precedentes, la afilada pluma de Manuel Azaña no pierde ocasión para sajar con precisión cirujana al sentidor —más que pensador, a juicio de Unamuno— granadino: «Ganivet es el tipo acabado del autodidacto —escribe Azaña, bajo pseudónimo de Cardenio, en La Pluma de 1921— de cultura desordenada y retrasada, mente sin disciplina. Grande es la actividad de su espíritu; lee, medita; escribe alguna vez. Todo lo va a poner en tela de juicio. Quiere llegar a la «fuerza madre», aislar «el eje diamantino alrededor del cual giran los hechos del diario vivir», esculpir con sus manos su propia alma. Pero siempre se nos aparece como abrumado y aterrado por los problemas mismos, y escapándose de ellos mediante una pirueta. (…)
Es un bilioso, huraño, vive “requemado física y moralmente”; es misántropo y misógino; en rigor, poco sensible: eso es lo que le faltó para ser un buen artista.
Tal es Ganivet en el Epistolario, breve colección de cartas que despiertan la maligna curiosidad de conocer no tanto las ulteriores epístolas del autor como las de su amigo y corresponsal Navarro Ledesma».



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Ganivet - HOMBRES DEL NORTE

Una explicación debo a los lectores de las Cartas finlandesas —escribe Ganivet—, cuya serie quedó interrumpida en el examen del Kalevala. Para completarla, había pensado dedicar algunas más al estudio de la literatura y artes contemporáneas; pero, estando muy ligado el movimiento intelectual de Finlandia al de Suecia y en general al de todos los países escandinavos, me ha parecido preferible tratar esta materia en algunos de estos esbozos críticos que iré describiendo como y cuando buenamente pueda. Y, ya puesto a dar explicaciones al lector, indicaré que con estos artículos sobre los Hombres del Norte no pretendo introducir ninguna influencia nueva en las artes españolas. Mi idea es vulgarizar entre mis paisanos lo poco que sé de estos países y particularmente de su literatura.

Hombres del Norte son un conjunto de seis ensayos dedicados a diferentes figuras de la literatura noruega (Jonas Lie, Bjornsterne Bjornson, Henrik Ibsen, Arne Garborg, Knut Hamsun y Wilhelm Krag), que por lo que tienen de captación del espíritu nacional, llamaron la atención del diplomático granadino.

Jonas Lie se le antoja el "Pereda noruego" por el "vigor" con que se atienen sus obras al suelo patrio, aunque también por su cortedad de vuelos: Lie es un autor nacional que en Noruega ha ejercido y ejerce mayor influencia quizá que Ibsen y Björnson, pero que por su falta de tendencias doctrinales, por su desdén hacia las ruidosas innovaciones artísticas, carece de relieve para atraer la atención del público europeo, más pagado del brillo de la novedad que del positivo mérito. Lie es el Pereda noruego, y sus obras, a causa del mismo vigor con que están adheridas al suelo del país por el que han sido inspiradas y para el que han sido escritas, se despegan de él difícilmente y no pueden remontar muy alto vuelo. Hay, sin embargo, una diferencia entre Pereda y Lie: este, ya que no disfrute de gran nombre literario en Europa, es leído, comprendido y admirado en todos los países escandinavos; en tanto que Pereda es considerado poco más que como un novelista regional en nuestra nación.
La mayor parte de las novelas de Lie son series de cuadros con unidad novelesca, en las que se describe la vida noruega observada desde diversos puntos de vista. Thomas Ross, Adam Schrader, Ruttland, Maissa Jons, Lodsen og lians hustru (Lodsen y su mujer), Onde magter (Fuerzas maléficas), Livsslaven (Esclavo de la vida), no son más que cuadros de la vida en los que va desfilando toda la sociedad noruega, desde las clases llamadas directoras, hasta el proletariado.
Jonas Lie es el tipo de esos literatos ejemplares que, sin pretensiones de renovar ni el arte ni las ideas, aceptan una forma que se ajuste a un modo de ver personal, y se aplican a dar cuerpo a la sociedad en que viven. Si alguna vez se aparta de su época, no es para profetizar ni para adelantarse a los acontecimientos: es para dar algunos pasos ateos y lamentarse de las cosas buenas que se fueron. Examinando uno a uno sus libros, ninguno nos hará pensar que su autor es un genio extraordinario; pero vista la obra en conjunto, hay en ella materiales para conocer plenamente la vida noruega durante un siglo, y quien tal hace tiene derecho a que se le considere como una figura literaria de primer orden y méritos para ocupar en el porvenir un puesto más alto que el que ocupan muchos meteoros del arte que en Noruega, y en otros países que no son Noruega, deslumbran durante algún tiempo con el brillo de una originalidad enfermiza, y desaparecen luego dejando tras de sí una obra oscura e inútil.

Bjornson, más una creación nacional que un creador, ha descubierto, a juicio de Ganivet, el carácter de Noruega. Encierra en su compleja personalidad literaria "todo lo bueno y todo lo malo de su país": Como político y como escritor, Björnson es un romántico, y si con alguien se le puede comparar es con Víctor Hugo, aunque el noruego es un Víctor Hugo de segundo orden. La idea principal de Björnson fue constantemente convertir a su país en un factor importante de la cultura europea; de aquí sus trabajos múltiples, encaminados a crear en su país una cultura a la moderna. Desde sus comienzos aparece Björnson con este carácter, cultivando simultáneamente la novela, la poesía lírica y los diversos géneros dramáticos, y dando casi siempre más importancia que a las obras a la misión social que él les asigna.
No es fácil dar a conocer en un artículo a una personalidad tan compleja y a ratos abigarrada como la de Björnson, el cual es como un compendio de todo lo bueno y de todo lo malo de su país. Así como Ibsen ha sido impuesto a Noruega por Europa, Björnson es una creación nacional; para mayor fortuna, habiendo nacido en el país de los osos, su fortaleza es la de un oso, y se llama oso por dos veces, pues el nombre Björnstjerne Björnson significa «Constelación de la osa mayor, Hijo del oso». En otro país hubieran dicho que un hombre que así se llamara estaba destinado a hacer el oso durante toda su vida, pero en Noruega son más serios, y ven en el nombre un simbolismo, la marca territorial de este innovador multiforme. Por esto Björnson no habla casi nunca en nombre propio; habla en representación del pueblo noruego, sin el cual se quedaría como un pez fuera del agua. «Yo quiero -ha dicho- vivir siempre en Noruega, aporrear y ser aporreado en Noruega, cantar en Noruega y morir en Noruega».

Dentro de la corriente decadentista, censurada por Ganivet en vista de su cosmopolitismo falso, le parece Knut Hamsun en "evolución constante", un "hombre de ideas frescas". No obstante, aunque aprueba el antipositivismo del decadentismo, tacha de afeminada, antiheroica, su incapacidad de lucha por nuevos ideales: Aún viven los hombres del renacimiento noruego Ibsen, Lie, Björnson, Kielland y otros astros menores, y la tendencia dominante es, sin embargo, la decadentista. Lo lógico hubiera sido dejar que se agotara el período noruego; callarse durante unos cuantos años y esperar un renuevo genuinamente nacional; mas si en el Norte la germinación de las propias ideas es lenta, la actividad exterior es muy viva. El cosmopolitismo es tan radical que quiere acapararlo todo, sin distinguir lo bueno de lo malo, ni si lo malo o bueno concuerda o no concuerda con el carácter del país.
Hamsun es el más fecundo y original entre los escritores nuevos. No es posible determinar bien cuál será la personalidad definitiva de un escritor que, como Hamsun, está en evolución constante y escribe al año una o dos obras. También en el teatro ha hecho asomadas y su último libro Aftenröde está escrito en forma dramática. Un crítico amigo de Hamsun, Christiensen, le ha definido diciendo que es un escritor que posee admirablemente el arte de la conversación y que quiere ser poeta. Mas, a pesar de que su talento psicológico es poco profundo y sus ideas muy volubles, tiene una cualidad de gran valor, la que le ha granjeado el título de Dostoiewski noruego, la de conocer la miseria humana. Hamsun ha sido marino, obrero, emigrante y cowboy en los Estados Unidos y, en suma, se ha ido formando él solo, a fuerza de rodar por el mundo y es quizá, por la misma independencia de su cultura estética, el escritor joven de quien puede esperar más su país.
En lo tocante a su significación, como uno de los cabezas del decadentismo, ya he dicho que no hallo esta tendencia bien encaminada. Hay en el decadentismo un lado bueno, el de ser una protesta contra el positivismo dominante; pero esta protesta hay dos modos de formularla; quejándose como mujeres, que es lo que hacen los decadentistas, o luchando como hombres para afirmar nuevos ideales. El decadentismo es cansancio, es duda, es tristeza, y lo que hace falta es fuerza, resolución y fe en algo, aunque sea en nuestro instinto; que, cuando nos impulsa, a alguna parte nos llevará.

En Noruega el decadentismo ha suscitado una reacción religiosa en las obras de Arne Garborg, con un espíritu muy afín al de Ganivet, que cree descubrir en él una crítica profunda de toda la cultura moderna, expresada en novelas de ideas y en poesía alegórica.
Localista, Ganivet aplaude a Garborg por haber hecho una lengua literaria de su "lengua natural", el dialecto noruego del maal: Arne Garborg representa en Noruega la reacción religiosa que ha sucedido a la decadencia o decadentismo, provocado por las exageraciones de la escuela naturalista ; y su significación no es aislada, puramente personal, puesto que en todas las literaturas se registra el mismo fenómeno, bien que con caracteres diferentes. El tolstoysmo en Rusia es esta misma reacción, que ha buscado su asiento en el cristianismo primitivo, transformándose en socialismo o comunismo evangélico. En Francia son muchos los novelistas que, por convicción o dilletantismo, vuelven los ojos a la religión, entre otros Rod, Huyssman y Bourget (este, principalmente, a partir de su Cosmopolis). En Dinamarca no ha mucho que el jefe de los decadentes o neorrománticos, Jörgensen, se convirtió al catolicismo, publicando, inspirado por sus nuevas creencias, libros tan notables como Beuron (descripción de este convento de benedictinos) y Den yderste Dag (El día del Juicio). En Noruega todas estas fases están personificadas en Garborg, de quien ha dicho Björnson que es un hombre cuyas creencias han viajado con billete circular. Comenzó por pietista; creyente fanático, se declaró más tarde librepensador, cayó luego en el escepticismo; regresó contento al hogar cristiano y aun anduvo cerca de la religión dogmática; y, últimamente, ha defendido las excelencias del tolstoysmo.
Pero lo interesante no son las metamorfosis religiosas de Garborg, sino que cada una de ellas ha dado pie para alguna obra de importancia.
La novela moderna exige, ante todo, la verdad artística, y la verdad exige que se haga hablar a los personajes en la lengua en que hablan realmente. Habrá, sin duda, un interés político en que disminuya el número de las lenguas, las cuales son la causa constante de antagonismos y dificultad grave para donde se hablan diversas lenguas o dialectos. Y tanto es así, que no hay nación donde no exista una «cuestión de lenguas», forma embozada en que salen a la luz divergencias más profundas. Pero si políticamente están los hombres interesados en servirse de un solo idioma, ya que no en todo el mundo, en grandes demarcaciones, artísticamente tienen un interés no menor en hablar en su lengua natural.
Quien quiera que conozca los malos ratos que se pasan para expresar una idea miserable en la lengua que más a fondo se domina, no ha de ser tan desalmado que critique a quien escribe en el idioma o dialecto en que piensa, so pretexto de que no es lengua regular u oficial. Allí donde haya una docena de hombres que se expresen naturalmente en una forma de lenguaje, allí hay un verdadero idioma y si uno de esos hombres es artista debe escribir en este idioma suyo y no en ningún otro; que el arte tiene sus fueros y ha de buscar la mayor perfección posible, sin tener en cuenta consideraciones ajenas a su misión. Por esto, aunque la tentativa de Garborg ha dado lugar a vivas controversias, su triunfo es ya indiscutible, porque un hombre resuelto que tiene de su parte la razón, se impone siempre. Garborg ha tenido imitadores y hoy cuenta ya una literatura en «nuevo noruego» o maal, periódicos e imprentas y aun cátedra para la enseñanza científica del dialecto. De esta suerte, si como hombre de ideas puede imputársele a Garborg la introducción de algunas tendencias exóticas en la literatura noruega, como escritor tiene el mérito de haber creado una lengua literaria y de haber dado con ella un carácter más nacional al renacimiento iniciado por sus predecesores.

Asimismo, elogia a Wilhelm Krag como "versificador que va camino de ser un gran poeta". El versificador asombra con sus sonoridades externas, pero llega a cansar, lo mismo que el poeta que apenas interesa al principio para seducir al lector después. Krag hace una poesía decadentista para Ganivet "templada y casi inofensiva", capaz de expresar un estado espiritual con musicalidad rimada: Se sabrá quién es Krag en cuanto anuncie que es un gran versificador que va camino de ser un gran poeta y que es ya el mayor entre los noruegos. Era casi una criatura en 1891 cuando publicó en el periódico Samtiden un poema breve titulado Fandango, que de golpe y porrazo le dio la fama de que goza y que continúa siendo su obra maestra. Krag fue en Noruega lo que Salvador Rueda en España; sólo que Krag ha cumplido casi todo lo que prometía. Yo no conozco en lengua noruega nada tan perfecto como Fandango. Las poesías de Björnson son más fuertes y sanas; las de Bortker, en las que hay mucho de Heine, son más delicadas, y las de Vogt revelan más independencia de temperamento; en ninguno de estos poetas anteriores a Krag había hecho asomadas el decadentismo, que con él se inicia aunque en forma templada y así inofensiva, por ser Krag refractario a los refinamientos sensualistas que dan tono a la secta; pero Krag les supera a todos por la maestría suma con que expresa su «estado de espíritu» en rimas musicales.

Pero de todos ellos descuella su opinión de Henrik Ibsen, "personificación" de la literatura noruega. Sin tocar su kierkegaardismo, Ganivet le compara con Nietzsche por su defensa acalorada del individuo frente a la sociedad. Pero lejos de ensalzar su pasión por el heroísmo, le critica por la inmoderación de su individualismo, que le lleva a "las mayores exageraciones autoritarias". Ganivet divide a sus figuras masculinas en dos tipos, los "imbéciles", que acentúan por contraste la superioridad de los personajes femeninos, y los solitarios luchadores con la sociedad: Siendo el tipo favorito de Ibsen el hombre justo y fuerte que lucha contra la sociedad, ha tenido que presentar al lado de Rosmer y de Stockmann las desviaciones del tipo: Borkmann, que, llevado de su excesiva ambición, se hunde sin conseguir su intento, mientras su hijo Erhart, en quien cifraba su orgullo, se divierte alegremente con la señora Wilson. El egoísmo del hijo sobrepuja al del padre. En Lille Eyolf, el niño Eyolf muere ahogado, y su muerte es como un castigo del proceder egoísta de sus padres. Hay, por último, en esta serie de personalidades que aspiran a saltar por encima de la moral, de la ley o de la voluntad social, una muy interesante: la protagonista de Hedda Gabler, la obra maestra de Ibsen, a mi juicio. Hedda Gabler es lo que llamaba el novelista alemán Spielhagen una «naturaleza problemática», un problema sin solución, o sea una mujer que carece de condiciones para adaptarse al medio social; no es tan vulgar que se acomode a la vida rutinaria, ni su espíritu es tan elevado que se sobreponga a las rutinas; no es tan buena que se conforme con vivir modesta y honradamente, ni se atreve a ser mala por miedo al qué dirán: el autor la coloca entre un hombre de extraordinario mérito, Ejlert Loevborg, a quien Hedda no es capaz de comprender, y un pedantesco profesor, Joergen Tesman, con quien se casa sin estimarle. Y entre los rasgos contradictorios de figura tan anómala, el que la embellece y la hace simpática es el amor a lo bello, el amor a una muerte bella. Se dirá que su falta de condiciones para la existencia se traduce en la idea singular de suicidarse en una reunión de familia, después de tocar un vals en el piano.
Como Mariana es, en mi sentir, la mejor obra de Echegaray y más duradera, Hedda Gabler es la mejor obra de Ibsen. Porque en el teatro lo bueno y lo que dura es lo psicológico. Las cuestiones sociales pasan, y las que hoy nos enardecen, mañana nos hacen bostezar. Y en el teatro de Ibsen, aparte otros defectos menores, como la afectación y cierta fraseología bíblica, que a ratos deslucen la naturalidad del diálogo, el punto flaco es la importancia excesiva que se da a los «problemas sociales». Sobre esto, y con referencia a Dumas, ha escrito el crítico inglés Archer una frase muy gráfica, que ahora recuerdo y cito para terminar: «Las obras que se proponen corregir abusos o reformar instituciones sociales pierden su virtud tanto más pronto cuanto más inmediato es el efecto que producen. Si no tienen otro principio de vitalidad más vigoroso, se hunden bien pronto en el olvido, como balas de cañón que mueren en la misma brecha que abrieron».


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Ganivet - CARTAS FINLANDESAS

Nicolás María López en el prólogo a las Cartas finlandesas, escribe:
«Cuando nuestro paisano y amigo Ángel Ganivet fue ascendido en la carrera consular á que pertenece y destinado á prestar sus servicios en Helsingfors, capital del antiguo ducado de Finlandia, cerca del Polo Norte y en el propio país de los lapones, sus amigos, á quienes tenía ya acostumbrados á la instructiva é interesante información de sus viajes con la publicación de Granada la bella y otros artículos y cartas particulares, sentimos viva curiosidad de conocer las costumbres y la vida de aquel remoto país.
Comprendió nuestro Cónsul que, de contestar á todas y cada una de las cartas en que le asaeteábamos á preguntas, hubiera necesitado establecer un negociado especial para sus curiosos amigos, y repetir muchas veces las impresiones que iba recibiendo en aquellas tierras: así es que tuvo la feliz idea de escribirnos á todos juntos desde las columnas de El Defensor; y como era á principios de curso, abrió cátedra de cosas de Finlandia, para exponernos lo que se le fuera ocurriendo.
Este es el origen de las Cartas finlandesas; y como Ganivet no es hombre de proyectos, sino de realidades, desde que me anunció la idea hasta la aparición de la primera carta, no transcurrió más que el tiempo preciso para que ésta se recibiera y se publicara.
Fueron saliendo todas las demás con algunos intervalos, nunca debidos á la pereza del corresponsal, sino á las tardanzas del correo ó á las exigencias de la confección del periódico, y nos fuimos recreando con la sabrosa amenidad, nítido estilo, originalísimas observaciones y substanciosos argumentos de estas Cartas.
Cada día que se publicaba una, nos preguntábamos: «¿Han leído ustedes la carta de Ganivet?» Y comentábamos las curiosidades que nos contaba el desterrado de Finlandia. Así se fué aumentando el círculo de los lectores, y acabóse por “esperar la Carta finlandesa como el santo advenimiento, despertándose el deseo de guardarlas, como había ocurrido con los artículos de Granada la bella. Y como con éstos tuvo su autor la singular bondad de reunirlos y hacer una preciosa edición privada para regalo de sus amigos, á éstos, en justa correspondencia, se les ha ocurrido editar las Cartas finlandesas para regalárselas al autor, y también por el egoísmo de conservarlas juntas, sin la molestia y dificultad de una colección de periódicos.
Aparte de que si las cartas se escribieron para los amigos, nada más natural que éstos las editen y saquen del in pace del olvido, dando á conocer un trabajo que es, sin duda, de los mejores —al menos para mi gusto— de los que han salido hasta ahora de la pluma de nuestro paisano.
No voy á hacer aquí de Maese Pedro, anunciando la traza y mérito de los cuadros que el lector ha de ver á continuación; pero bueno es hacer constar, prescindiendo de todo afecto ó estimación á la persona del autor, que las Cartas finlandesas merecen el honor que se les dispensa, pues constituyen una obra interesantísima, reveladora de un espíritu de observación profundo, de vigorosa erudición y cultura de altos vuelos.
Con estilo sencillísimo, matizado de gracejos é ironías de gusto delicado, en los que se ve asomar la cara al ingenio granadino, á través de la ilustración cosmopolita que ha ido atesorando el autor, expone éste, con ingenioso desorden y encantadora amenidad, una serie de estudios acerca de las costumbres, ideas, literatura, curiosidades y manera de ser de las razas que habitan la pintoresca Península finlandesa, formando el trabajo más completo que acerca de este país se ha escrito, no ya en España, donde apenas de nombre es conocido, sino en Europa entera.
Su forma tampoco tiene parecido con obras análogas: no son crónicas de viaje, cuajadas de descripciones y puntos de vista cogidos al vuelo, y no porque el autor carezca de aptitud descriptiva, como pretende demostrar graciosamente en una de las cartas, sino porque rehúye lo superficial y pintoresco para penetrar mejor en lo íntimo y verdaderamente característico; mucho menos es una obra de información geográfica, histórica, política ni artística, construida con postes y tarugos de todas estas ciencias, á manera de guía, como hay tantos libros que, aunque útiles, sólo dan idea del mecanismo y de la cultura exterior de un pueblo, despreciando ó no parando mientes en el detalle insignificante, en el pormenor que pasa inadvertido, en el rasgo curioso y típico, donde muchas veces, por raro azar, se encuentra depositado el espíritu y la clave de toda una civilización, como en los remansos y filtraciones de un río se hallan las aguas más puras y cristalinas; ni son estas Cartas imaginaciones puramente literarias, apuntes de tourista, ligeros, vagos, puramente subjetivos. Son confidencias en que un entendimiento extremadamente lúcido va razonando sobre lo que ve, comparando y deduciendo unas veces; investigando, informando ó reconstruyendo, otras, y todo esto sin esfuerzo, con aparente indiferencia.
Las Cartas finlandesas tienen, desde el primer momento, el tono confidencial de verdaderas cartas amistosas, animadas, nutridas é ingenuas: el «cosmopolitismo de los granadinos» queda demostrado en la primera, con la graciosa escena del sombrerero en el Grao de Valencia, y en seguida el autor expone sus propósitos con gran desenfado y naturalidad, declarando, para que los amigos no tengan que agradecerle su trabajo, que, siendo agente de España en el extranjero, se cree obligado á escribirle á sus paisanos, como lo hicieron los agentes políticos de las Repúblicas italianas, que eran los periodistas y corresponsales de aquella época; expresando su pensamiento con estas palabras: «No trato de hacer un estudio científico; voy sencillamente á exponer las ideas que se le ocurren á un español que por casualidad habita en Finlandia.
Estas ideas brotan en seguida en raudal abundante y cristalino. Y la variedad de pensamientos, el desorden armónico, la amenidad profunda y discretísima, son, como en su primera obra Granada la bella, el atractivo poderoso de estas Cartas, y lo que hace que se lean de un tirón.
Algunos creen que estas cualidades de naturalidad y facilidad en un escritor son dotes que Dios concede á algunos, como el tener buenos ojos ó buena voz, y que el escribir no le cuesta al dichoso mortal que las posee más trabajo que coger la pluma para ir dejando caer toda suerte de primores y agudezas. No negaré yo la facilidad que algunos tienen de escribir, que es lo que se llama habilidad en toda operación inteligente; mas para producir lo que se llama una obra artística, que tenga valor estético, se necesita un esfuerzo serio y profundo. No sé hasta qué punto Ganivet poseerá aquella facilidad ó habilidad, pues no le he sorprendido, nunca en momentos de producción literaria: la única creación intelectual que hizo á mi vista fue un soneto, y en aquello tuvo que sudar el quilo; lo que sí afirmo es que las Cartas finlandesas no son una obra ligera, aunque lo aparenten, y no se producirían jugando ó como quien escribe á su familia, sino con concentraciones y reflectores de la inteligencia y de la voluntad; en aquella suavidad del discurso, que parece que va di- vagando á su capricho, sin rienda ni dirección; en las transiciones, episodios, notas y observaciones múltiples, que fluyen como al azar, en plática confidencial, no ha de ver el lector de las Cartas un acierto casual, sino un arte delicado y sutil, el supremo arte de la amenidad, la «difícil facilidad,» que dijo Boileau, creo que el primero; amenidad que, si es siempre deleitosa, es punto subido en asuntos graves y complicados.
Sólo poseyéndola se comprende que cuestiones tan arduas como la etnografía de Europa, y especialmente de Escandinavia y de Finlandia; las teorías acerca de la constitución de las nacionalidades europeas; la organización política moderna, y en especial de Finlandia; la representación, el parlamentarismo, el cesarismo, etc., etc., sean servidos en las primeras Cartas de tal modo que trague uno sin sentir, como en píldoras, una dosis científica que quizás no tendrían tratados voluminosos y macizos.
En la Carta IV habla, especialmente de política, manifestándose partidario de la evolución por la influencia de las ideas, y de la representación por clases; la forma de Gobierno le tiene sin cuidado, dando á entender que el Monarca más absoluto puede ser el apto para hacer la felicidad de su país si tiene capacidad y buen deseo; del parlamentarismo habla con fina crítica, y no deja de tener gracia su teoría acerca del sufragio. «Yo —dice— soy ardiente partidario del sufragio universal, con una limitación: la de que no vote nadie.» Y trata de explicar la paradoja de este modo: «Yo salgo á la calle con cinco duros en el bolsillo y vuelvo á casa sin haber gastado un céntimo, y vuelvo alegre, porque he ido por todas partes con la seguridad que da el llevar cinco duros para lo que pueda ocurrir; en cambio, salgo sin un cuarto y vuelvo de mal humor, porque se me ha antojado comprar todo lo que he ido viendo y he temido verme en un compromiso, que me obligara á declarar mi precaria situación.»
Son muy curiosas sus observaciones psicológicas sobre el uso de nombres y apellidos, deduciendo de ellas el carácter de los pueblos (Carta V). El fondo del carácter finlandés es estudiado con gran profundidad en medio de aparente ligereza en la Carta VI, una de las más substanciosas, que es complemento de la anterior.
Sus noticias acerca de la mujer finlandesa fueron de las que más sorprendieron y se comentaron en Granada cuando se publicó uno de los artículos de Granada la bella. Hubo quien después, con la de las Cartas VIII y IX, creyó que aquello era sólo una broma de nuestro paisano, y a la mayor parte no les cabía en la cabeza que señoritas decentes, en Finlandia ni en ninguna parte, hicieran la vida que él nos describía; sin embargo, ésta precisamente es una de sus cartas más serias: habla con formalidad, y particularmente ha confirmado cuanto en ella dice; es menester tener en cuenta la enorme distancia á que nos encontramos de aquel país, en el mapa y en las costumbres, para no sorprenderse de algunas de éstas, que, después de todo, son lógicas, dado el clima y las ideas dominantes.
Muy interesante es la exposición y comentario de las ideas de los finlandeses acerca de España, así como el extracto que hace del libro de impresiones de viaje del pintor sueco Lundgren, desconocido en España, que ha proporcionado al distinguido bibliógrafo D. Elías Pelayo una nota más que añadir á su nutrido estudio acerca de Sierra Nevada.
En la Carta XII, Vistas, paisajes y cuadros pintorescos finlandeses, á pesar de decir que es incapaz de describir, hace sentir, casi ver, la impresión exacta de la vida en aquel país helado. «Finlandia es triste; pero su tristeza engaña al hombre y le hace creer que vive contento. El período de las nieves es propicio para soñar aletargado, como reptil que hace su laboriosa digestión; y al salir del letargo, se cae en la embriaguez de los días interminables, en que el sol apenas se ausenta, en que desde el lecho, por las ventanas de par en par, ve uno desvanecerse las luces del crepúsculo vespertino cuando surgen por Oriente las de la aurora. Entre el letargo y la borrachera corre veloz el tiempo y vive uno feliz: sólo turba esta tranquilidad la idea vaga de una vida más enérgica. La gente del país tiene acaso el presentimiento de esa vida; pero el meridional tiene fijo el recuerdo que á veces asalta violentísimo y produce la incurable nostalgia.»
La entrada de la primavera, la llegada de los vendedores ambulantes, de los organilleros, que por lo visto hacen allí el mismo papel que entre nosotros las golondrinas, dan á este cuadro una pincelada de ingenua poesía.
Las costumbres estudiantiles (XIII) el alquiler de las casas (XIV) y la estructura de éstas (XV) y la vida doméstica, el arte culinario (XVI), el sistema monetario, los espectáculos teatrales (XIX), las fiestas populares (XVII) el regocijado estudio sobre los borrachos (XVIII), todo, en suma, lo que es curioso, importante ó notable (no en el sentido de admirable, sino digno de ser notado), es contado por el autor con la misma amenidad y abundancia de ideas, cuyo vigor intelectual no decae un momento; hasta la última (XXII), dedicada á decirnos cómo mueren los finlandeses; siendo la XX la más larga de todas, consagrada al estudio del poema épico finlandés, el Kalevala, un estudio de crítica literaria de tanta novedad como importancia.
A este suculento guisado hay que añadir las especias de esa fina ironía que dije antes; ironía profunda, de la que por acá no encontraríamos parecido, á no ir demasiado lejos, tal vez al humorismo inglés. En las notas agridulces de humorismo transcendental del clásico Viaje sentimental por Francia, de Sterne, ó en la finísima sátira con que se ha ocupado de Inglaterra en su libro John Bull, nuestro vecino el notable escritor portugués Ramalho Ortigao, quizás encontraríamos rasgos parecidos á aquéllos con que Ganivet sazona sus Cartas finlandesas.
Del estilo no hay que hablar, pues basta leer unos cuantos párrafos para quedar prendado de la sencillez y facilidad con que el autor avanza por los asuntos más complicados, sorteando todas las dificultades sin artificios retóricos, con ingenuidad que tiene algo de infantil».



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Ganivet - EL PORVENIR DE ESPAÑA

Podría considerarse, a juicio de muchos, El Porvenir de España como un excelente apéndice al Idearium español. En este singular epistolario los dos pensadores, uno vasco y el otro granadino, reflexionan acerca de esa España que fue, la que es y la que podría ser.
La relación entre Ganivet y Unamuno fue breve, pero intensa; y ejemplifica de forma clara y temprana los temas recurrentes, las preocupaciones, y porque no, también las contradicciones del movimiento finisecular del 98. Movimiento, entendido de manera restrictiva, por el llamado “tema de España” y esa búsqueda de identidad nacional (el alma española) capaz de recomponer a una España decadente que se apercibía de la inminente desaparición de lo que había sido la aventura imperial.
El porvenir de España no es sino el conjunto de cuatro cartas abiertas, dos de Ganivet y dos de Unamuno, publicadas en el Defensor de Granada en 1898 y escritas en torno a la aparición del Idearium. El impulsor de tal idea fue Navarro Ledesma, íntimo de Ganivet, quien sería también artífice del famoso Epistolario ganivetiano.
En realidad, más que una comunión de ideas, que también algunas hubo, entre Unamuno y Ganivet hubo una real comunión de actitudes en cuanto a la desazón y angustia de la España que les tocaba vivir.

En el prólogo a la edición de 1912, Unamuno escribe:
«Conocí a Ángel Ganivet en la primavera de 1891 hallándonos ambos en Madrid con el fin de hacer oposiciones a cátedras de griego, yo a esta de Salamanca que profeso, y él a una de Granada. El Tribunal, presidido por mi venerado Maestro D. Marcelino Menéndez y Pelayo, era el mismo para las dos oposiciones, pero los ejercicios eran distintos; primero, los de la cátedra de Salamanca, y después, los de Granada. Ganivet asistió a mis ejercicios todos y yo a los suyos, y todos los días de aquellos alegres y claros de Mayo y Junio, nos reuníamos después de almorzar en el café, y después de haber concluido los ejercicios, a media tarde, nos íbamos a tomar sendos helados —de que, como yo, era goloso— a una horchatería de la Carrera de San Jerónimo y desde allí al Retiro.
Tenía yo entonces veintisiete años aún no cumplidos y era Ganivet algo más que un año más joven que yo. Él por aquel tiempo hablaba mucho menos que me han dicho hablaba después, y yo hablaba tanto o más, que he seguido hablando, y era yo, por lo tanto, quien de ordinario llevaba la palabra. Pero sus observaciones e interrupciones eran agudas y sutiles, aunque creo recordar que no siempre congruentes. De lo que más hago memoria es de las cosas que de los gitanos de Granada me contaba, y él escribió más tarde, recordar unas ranas algo antropomórficas que solía dibujar yo en la mesa del café, pues por aquel tiempo me entró el capricho, sugerido por un dibujo japonés, de ilustrar la Batracomiomaquía, para lo que me había provisto de ranas, a las que con una especie de potro, colocaba en posturas humanas, tomando luego apuntes del natural de ellas.
Después de una compañía cotidiana de más de mes y medio, reuniéndonos y conversando día a día, Ganivet y yo nos separamos, yo para venir a mi cátedra de Salamanca, y él, pues no le dieron la de Granada, que se llevó D. José Alemany, muy excelente helenista hoy, para ir a vivir la vida de Pío Cid y a prepararse a oposiciones al Cuerpo consular. Y pasó el tiempo, y yo, justo es decirlo, llegué casi a olvidar a aquel granadino parco en palabras que durante mes y medio me sirvió a diario de ¡oh, amado Teótimo! para ejercer mi instinto de charla.
Algunos años después de esto, hacia 1896, hallándose en ésta de Catedrático de Derecho civil mi muy querido amigo el granadino D. José María Segura, uno de los hombres más simpáticos y de los conversadores más amenos e ingeniosos que he conocido, me dijo si no me acordaba de un cierto Ángel Ganivet a quien en Madrid había conocido y me dio unas correspondencias escritas por éste desde Gante a El Defensor de Granada. Las leí y me encontré con otro hombre que el que en nuestras conversaciones se me había mostrado. Le escribí, me contestó y trabamos una nueva relación, ésta epistolar, que no se interrumpió hasta pocos días antes de su misteriosa y tal vez trágica muerte en que me escribió su última carta de nuestra correspondencia, una carta desolada y trágica. Porque yo no sé bien lo que escribiría a otros, pero en las cartas que a mí me escribió, el trágico problema de ultratumba palpitaba siempre.
De ésta nuestra correspondencia, que duró dos años, nació la idea de cambiar cartas abiertas y públicas en El Defensor de Granada en que expusiéramos los dos nuestros respectivos puntos de vista por entonces referentes al porvenir de España, objeto primordial de la preocupación suya y de la mía.
Como han pasado cerca de catorce años desde que estas cartas abiertas se publicaron y en estos años he cambiado no poco en mi manera de ver y apreciar nuestras cosas yo, por mi parte, habría condenado a no ser jamás reeditada la parte que en este volumen me corresponde, y si he accedido a ello, es sólo para que así resulte más claro y más justificado lo de Ganivet que a lo mío se refiere como lo mío a lo suyo. Quiero, pues, hacer constar que sólo como antecedente o más bien concomitante de una obra de Ganivet dejo que se publique mi parte.
Ni es cosa tampoco, me parece, de que me ponga ahora aquí a señalar aquellos puntos en que ratificaría y aquellos otros en que rectificaría o refutaría hoy mis opiniones de entonces. La conducta de todo hombre que de veras vive y no es esclavo de una embrutecedora y tiránica consecuencia, es una continuación, ratificación y rectificación de su pasado .Y en un escritor basta seguirle. Además, no tengo ahora a la vista el material de este volumen y ni recuerdo tampoco lo que escribí entonces.
Aunque aquí trato de Ganivet he de tratar también, por fuerza, de mí mismo, y el lector ha de permitirme un desahogo, desahogo que dejo se achaque a ese egotismo que algunos me reprochan.
Es el caso que al hablar de Ganivet algunos le han llamado precursor, y de hecho todos somos precursores de los que nos siguen y continuadores de los que nos preceden, pues la cadena humana no se rompe sino para los locos. Ahora, cuando al llamarle precursor se han referido, entre otros, en alguna ocasión a mí, tiene ello un sentido contra el que quiero protestar. Porque si se llama precursor al que muere antes que otro, como Ganivet murió hace más de trece años, y yo, por la gracia de Dios, aún vivo, claro es que me precurrió en la muerte; pero si se aplica al nacimiento natural, yo nací un año, tres meses y catorce días antes que él, y si al nacimiento espiritual, como publicistas, también empecé a escribir antes que él.
Cuando Ganivet publicó su Idearium español, hacía ya algún tiempo que había publicado yo en La España Moderna, en los números de los meses de febrero a junio de 1895, mis cinco ensayos En torno al casticismo, en los que se encuentran, en germen unas veces y otras desarrolladas, no pocas ideas del Idearium. Lo que podría comprobar con las cartas mismas que Ganivet me escribió. Es decir, y lo digo redondamente y sin ambages, que si entre Ganivet y yo hubo influencia mutua fue mucha mayor la mía sobre él que la de él sobre mí.
Esto podrá parecer un pretexto para recriminaciones por carambola, y sobre un muerto venerando, que es peor, y de hecho lo es. Porque sí; de Ganivet, de aquel hombre todo pasión y lealtad, nada sino mucho bueno tengo que decir; pero ya estoy harto de oír que niegan haberme conocido y conversado conmigo los que más me deben —aunque yo también les deba algo— y de ser víctima del robo con asesinato.
No me he dedicado nunca a administrador, con mayores o menores emolumentos de administración, de la gloria ajena ni a exhibir las cartas de altos espíritus que a cambio de las muchas que yo he escrito he recibido; pero guardo el culto de los hombres en uno u otro sentido heroicos con los que he tenido la suerte de encontrarme alguna vez e ir un trecho del brazo por el camino de la vida. Y sé que si Ganivet resucitara aprobaría mi anterior desahogo.
Y hechas estas aclaraciones personales, demasiado personales, en exceso humanas acaso, aquí quedan al lector las cartas abiertas de Ganivet y mías, debiendo repetirle una vez más que por lo que hace a éstas, a las mías, quedan invalidadas por cuanto después he escrito sobre los mismos temas y que hoy por hoy sólo en parte respondo de ellas. Aunque en rigor un escrito una vez publicado no es ya del autor, sino de todo el que lo lea, y habrá de seguro quien se encuentre más de acuerdo con lo que escribí hace catorce años que con lo que escribo yo. Pero no seré éste yo, seguramente.
De lo que me felicito es de poder contribuir a que sea mejor conocido aquel hombre de pasión, de pasión más que de idea, aquel gran sentidor, sentidor más que pensador —lo mismo que Joaquín Costa, otro apasionado y sentidor— en esta tierra en que es pasión y sentimiento y entusiasmo más que ideas y doctrinas lo que falta».

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Ángel Ganivet – IDEARIUM ESPAÑOL

"Toda nuestra Historia demuestra que nuestros triunfos fueron debidos más a nuestra energía espiritual que a nuestra fuerza puesto que nuestras fuerzas siempre fueron inferiores a nuestras obras; no pretendemos hoy trocar los papeles y confiar a un poder puramente material nuestro porvenir. Antes de salir de España hemos de forjar dentro del territorio ideas que guíen nuestra acción, porque caminar a ciegas no puede conducir más que a triunfos azarosos y efímeros, y a ciertos y definitivos desastres".

Llegaba á este punto de mí crónica —escribe Emilia Pardo Bazán en su artículo El correo (La Ilustración Artística, diciembre de 1898)— cuando el correo me trae la triste nueva del fallecimiento del escritor granadino Ángel Ganivet.
En otra crónica anterior le consagraba mención elogiosa á propósito de sus Carlas finlandesas, por las cuales acababa de enterarme de que existía, no en España, sino muy lejos de ella, un escritor lleno de ingenio y de picante atractivo. Leídas las Cartas finlandesas, mi deseo de poseer los demás libros, algunos raros ya en el mercado, de tan chispeante autor, deseo manifestado al docto catedrático de Granada Sr. González Garbín, me valió, además del único ejemplar que le quedaba á Ganivet de su Granada la bella, una carta que por extremadamente halagüeña para mí debo á un tiempo esconder y conservar como oro en paño, en memoria de tan corta como agradable relación literaria.
¡No dio tiempo la muerte ni á que yo respondiese á Ganivet, manifestándole mi gratitud, diciéndole el interés vivísimo que despertó en mí el Idearium. Séame lícito entretejer aquí, á modo de corona de siemprevivas, algunas impresiones acerca de este libro muy singular. Ganivet, en el Idearium, muéstrase católico, y católico ferviente, pero enemigo de todo empleo de la fuerza, de toda coacción religiosa. Es tolerante,…, porque cree. Al combatir como error vulgar ó común la idea de que las naciones protestantes poseen mayor cultura y mayor influencia política que las adheridas al catolicismo, cita á Bélgica: «Allí —advierte— no se emplea sistemáticamente la fuerza.» Nosotros, por haberla empleado largos siglos, estamos ya, en opinión del autor, como embotados, anestesiados, dormido el nervio religioso; y siente Ganivet que para vigorizar nuestro catolicismo, nos harían falta unas cuantas docenas de herejes, pero verdaderos, revoltosos, de talla, contra los cuales reaccionaríamos, despertándose así nuestra alma, en lo más íntimo y sensible de sus fibras. Si esta es la explicación del actual indiferentismo religioso que en España hace estragos, la de nuestro espíritu de independencia está en nuestro territorio: somos independientes porque formamos una península: nuestra forma nos aísla, sin alcanzar á evitarnos las invasiones de que las islas como la Gran Bretaña están casi exentas; expuestos á la agresión, cultivamos el propósito de rechazarla; hemos llegado, con la imaginación, á creernos isleños, «Nuestra historia es una serie inacabable de invasiones y de expulsiones, una guerra permanente de independencia. »
Una de las páginas más profundas del Idearium y más aplicable ahora, es la que establece la distinción, mejor dicho, la oposición entre el «espíritu guerrero» y el «espíritu militar».
El primero es espontáneo, el segundo reflejo; aquél está en el hombre, éste en la sociedad... «Una nación que teme, que no se siente segura, pone toda su fe en los cuarteles... España es por esencia un pueblo guerrero, no un pueblo militar.»
A la tétrica luz de los recientes sucesos, ¡cuánta enseñanza encierra la fórmula indiscutible de Ganivet! Y no puede negarse; pruébase con la historia en la mano. Mi nunca olvidado amigo Cánovas del Castillo defendió un día, teniendo la bondad de discutir conmigo, la superioridad del valor pasivo y obediente, mudo y mecánico, sobre el valor tumultuoso, individualista-el valor de guerrilla. Yo, aprendiendo en las doctas palabras del maestro, sostenía mi afirmación: será más grande el soldado-máquina, pero no será español jamás. Aquí, lo bueno que se hizo, hízose por arranque, como dice Ganivet; sin compás, plan ni medida. Y esto es tan nuestro, que los extranjeros no lo comprenden, no se dan cuenta de ello, y califican de bandoleros á nuestros espontáneos é inspirados conquistadores.
Necesitaría extenderme en triple ó cuádruple espacio del que estas crónicas usufructúan en La Ilustración, si quisiese recontar los puntos de vista nuevos, muchas veces felices, siempre expuestos de un modo sugestivo que hace pensar, que encuentro hojeando el Idearium, obra tan compendiosa y tan nutrida. Escrito por un meridional, el libro es claro, sucinto, sin alardes de método ni extensas demostraciones; libro de guerrilla también. Ejemplos familiares y de carácter pintoresco lo ilustran, quitándole toda pretensión de tratado de filosofía. Es un estudio del alma española, que revela á un hombre capaz de razonar, como dicen los pintores, la figura de la patria. Se ve que está escrito al correr de la pluma, pero sobre material que el autor ha meditado despacio y sentido con calor de cariño. Es libro de joven por los manantiales que brotan de él; libro jugoso, vibrante, un libro que palpita. ¡Van escaseando tanto los libros así!
Hay un insidioso galicismo, que empleo de mala gana, y que no sé evitar; Ganivet muere sin dar su medida. Quizás, viviendo, no produjese cosa más eléctrica que el Idearium; como el malogrado Joaquín Bartrina, con quien tiene Ganivet vaga semejanza intelectual —á pesar de ser católico y optimista, y Bartrina lo contrario—, es probable que nos haya dejado la medula honda de su espíritu en su breve tomo de poesías. De los cuatro períodos que según Pablo Bourget comprende la vida del gran escritor —el primero en que se le ignora, el segundo en que se le aclama para hacer rabiar á los que le preceden, el tercero en que se le difama porque triunfa, el cuarto en que se le perdona porque se le olvida—, Ganivet sólo conoció el primero, y empezaba á saborear el segundo, que gracias á su muerte está ahora en la plenitud… Sí, ahora la prensa, cada día más avara de sitio, más cerrada á lo que es verdaderamente literario y sin embargo no es teatral, entierra á Ganivet con una apoteosis. Peor suerte tuvo España, á quien entierran clandestinamente.

Emilia Pardo Bazán, 1898.



Decíamos que en La España filosófica contemporánea, Ganivet sostenía en germen muchas de las cuestiones que más tarde habría de abordar en el Idearium. A juicio del profesor Jorge Novella Suárez (Angel Ganivet y su España Filosófica Contemporánea, en Anales del Seminario de Historia de la Filosofía, vol. 19, Universidad Complutense, Madrid, 2002, pp. 241- 253), esta génesis de pensamiento se corresponde a los tres principales bloques que conforman el Idearium: En primer lugar, el estoicismo senequista, de raíz cínica, que entusiasma al joven Ganivet; la virtud de la autarquía, de la autosuficiencia del sabio que conlleva un cierto rechazo de la política: su lectura de Séneca y del estoicismo contiene los rasgos que le caracterizarán durante toda su vida y conformaran su pensamiento: filantropía, libertad interior, independencia del individuo, pesimismo, teorizante-profético, religiosidad, iluminado, místico, solitario, etc.
En segundo lugar, la necesidad de reconstrucción de España en torno a ideas-madre o ideales, así como “sobre los pilares de la tradición”.
Y en tercer lugar, la abulia como la enfermedad de España, “esa debilitación natural de la voluntad por la ausencia de convicciones vitales que le suministren energía”. El camino no es difícil para salir de ese marasmo, eso sí, siempre que no sea infiel a sus tradiciones y a su espíritu individualista.

Por su parte, Francisco Seco de Lucena, en su prólogo a El escultor de su alma, amigo personal del autor y ganivetiano de pro, escribe lo siguiente:
En Idearium español, obra importantísima de filosofía política en la que el autor se eleva a prodigiosas alturas en una admirable concepción sintética de la Historia, el trabajo de auto-creación se encomienda a las energías propias de la raza española, y en la restauración del espíritu español que hace cuatro siglos se escapó de España, es donde encuentra el insigne hijo de Granada la única forma de redención posible para este desventurado pueblo que hoy se agota por no encontrar nuevos ideales con que sustituir los que ya cumplió hace siglos en la Historia de la Humanidad.
Ausente de su país, el fondo imborrable de españolismo que atesoraba el granadino ilustre adquirió mayor relieve; estudió para su patria y para el honor de su patria como obrero incansable; y más español cuanto más lejos de España le empujaba el destino, escribió la obra más consoladora, y de más noble hermosura, de más sano patriotismo y de más elevada filosofía política que se ha publicado durante el último siglo en nuestro país.
Esta obra es el Idearium español, libro que en poco más de ochenta hojas contiene la sustancia de centenares de volúmenes. La índole de las materias que contiene, la concisión con que están expuestas, pues, el Idearium es un compendio cuyo desarrollo aplazó el autor para más tarde, hacen dificilísimo dar idea de esta obra. Sin embargo, de estas dificultades, he aquí un extracto de extractos, una especie de quinta esencia del bellísimo libro.
Considerando la nación española como un gran ser que vive en la Historia, dedica el autor la primera parte de su libro a analizar el espíritu nacional en todas sus fases: espíritu religioso, espíritu territorial, espíritu militar, espíritu jurídico, espíritu artístico; y del estudio de estas fases, que el autor explica llevando la convicción al ánimo de quien lo lee, pasa a examinar el desarrollo histórico de la nación y demuestra cómo por un extravío de las aptitudes naturales de nuestro espíritu, independiente y de resistencia como definidamente peninsular, pero contrario al ideal conquistador que su territorio impone a los países continentales, España se lanza a la conquista y realiza una expansión militar como no se conoce otra en la Historia, abarcando con sus únicas fuerzas todo el mundo, y semejando, por ello nuestra política internacional en la Edad Moderna, una rosa de los vientos.
No correspondía ni a nuestras aptitudes ni a nuestras fuerzas obra tan colosal, lograda a costa del empobrecimiento de nuestra vida interior y propiamente nacional que debe tener su asiento en la península, y tras la expansión vino la decadencia representada en un largo Calvario de cuatro siglos, que se inicia apenas llegado el apogeo de nuestro poderío con el descubrimiento y la conquista de América. Extraviado en esta forma el rumbo histórico de la nacionalidad, se pierden unas aptitudes y otras no llegan a su completo desarrollo como ocurre en el arte español cuyo siglo de oro, es solamente un anuncio de lo que hubiera sido el genio nacional desarrollándose en su propia y natural esfera.
España agobiada bajo el peso de sus grandezas llega a la época presente debilitada y empobrecida; apenas puede sostener el recuerdo de su antiguo esplendor, y sus últimas colonias son para ella no un objeto de beneficio, sino pesada carga como lo fueron siempre, porque en el espíritu nacional no encarna la idea de la colonización como la entienden algunos pueblos, limitada a explotar la colonia; sino el sentimiento más noble de la asimilación de las razas y la propaganda de las ideas.
En estas condiciones hay que considerar cerrado nuestro período histórico que arranca de la toma de Granada, abandonar la antigua teoría que computaba la grandeza de las naciones por la extensión de su dominio material y entrar de lleno en otra evolución histórica cuyo principio tiene que ser la reconcentración de las fuerzas nacionales en sí mismas y el desarrollo de todas nuestras energías en el verdadero territorio de la patria, en el viejo solar europeo de donde ha de surgir la nueva fase de nuestra historia y la dominación duradera del genio de España en el mundo mediante la conquista ideal, ante la que son efímeras e infecundas todas las obras cimentadas en la fuerza. Hay que reconstituir en cierto modo la nacionalidad española, precisa la restauración espiritual de España, si hemos de cumplir la noble misión que nos corresponde en la historia futura, la que estaríamos cumpliendo, sin aquella distracción del espíritu territorial: la de constituir un centro de universal cultura que convierta a España en una Grecia cristiana.

Otro amigo del círculo granadino de Ganivet y miembro del grupo que componía la denominada Cofradía del Avellano, Nicolás María López, prologando la edición de las Cartas finlandesas, escribe:
Muy poco después de Granada la bella (cuya edición hecha en Helsingfors es una curiosidad bibliográfica), apareció en nuestra ciudad, impreso en casa de Sabatel, el Idearium español. Es obra de muchos vuelos y de muchas pretensiones, tal vez más de lo que á la misma convenía; pero hay que reconocer que es un trabajo de mérito, no sólo por su riqueza de pensamiento, novedad é imparcialidad de algunos juicios, sino por su estilo conciso, enérgico, brillante, como una superficie de acero bien bruñido.
Es un sumario de ideas, un estudio de lo que el autor llama la constitución ideal de España.
Sin plan al parecer, en párrafos ó ideas sueltas y disgregadas, sin más jalones que las tres primeras letras del alfabeto, se va ocupando:
A) Del carácter ó espíritu español en sus manifestaciones religiosa, filosófica, territorial ó debida á la naturaleza del país, guerrera y militar, jurídica y artística; después, B) de la política exterior de España en sus distintas épocas, y sus diversas tendencias y direcciones, hasta el día; y por último, C) trata de la aplicación de las ideas expuestas antes para llegar á la regeneración ó restauración espiritual de España.
Téngase en cuenta que esta espacie de índice (que acabo de hacer ahora mismo, pues el libro no lo tiene, ni epígrafe alguno por ninguna parte) es sólo relativo al pensamiento general de la obra, porque en ella, en párrafos inmediatos, y á veces en un mismo párrafo, se tocan las cuestiones más diversas que puedan imaginarse.
Recuerdo que leí el Idearium muy despacio, á pequeños sorbos como licor fuerte y de muchos grados, y siempre sacaba la sensación del vértigo. Marea aquella rapidísima serie de ideas, unas veces brillantes, otras violentas, absurdas, que el autor va arrojando con la habilidad y ligereza de un juglar que nos deslumbra con vistosos juegos.
Las transiciones imprevistas, la sorprendente variedad de pensamientos, que en Granada la bella y en las Cartas constituyen un poderoso atractivo, perjudican en el Idearium: en las dos primeras, la idea fundamental está circunscrita, y las divagaciones son agradables adornos; pero en el Idearium estas divagaciones no hacen otra cosa sino meter al lector en intrincado laberinto. Si bien es cierto que el autor no se propuso hacer un libro de exposición, sino una colección de notas, de ideas sueltas, sugeridas por la meditación después de abundante lectura, también lo es que, á fuerza de sintetizar el pensamiento, éste se disgrega, procede á saltos, y la abundancia de ideas produce confusión.
La ingenuidad con que está escrito, su estilo austero é imperativo, le presta un poder que se impone al lector, el cual sigue deslumbrando aquella abundante vena intelectual, que brota incesantemente hasta la última página; pero apenas el lector medita un poco, encuentra allí muchas afirmaciones indemostradas, caprichosas; consecuencias extrañas, por no decir ilógicas, que si en el pensamiento del autor aparecieron en serie correlativa, en el del lector provocan sorpresa y desconcierto, toda vez que roto el hilo del raciocinio, y sucediéndose las ideas rapidísimamente, como las imágenes en el cinematógrafo, resultan contradicciones y paradojas. Si este desconcierto, producido por una sintetización demasiado rápida, no estuviera explicado por la índole de la obra (que el mismo título denuncia), y si en muchas de sus partes no tuviera períodos de vigoroso juicio, nos induciría á pensar en un estado de honda perturbación.
En suma: el Idearium parece el epílogo ó resumen de un largo proceso polemista, y es una disertación ó filosofía sintética acerca de España, principalmente en su política exterior.
Hacer de esta obra un detenido estudio nos ocuparía demasiado, pues es mucho lo que habría que puntualizar y discutir, y ahora además sería inoportuno.
La clave del Idearium está expresada en este párrafo con que termina la parte B del libro, que no podemos sustraernos al deseo de reproducir, por su extraordinaria oportunidad en la actual y tremenda crisis nacional: «Una restauración de la vida entera de España no puede tener otro punto de arranque que la concentración de todas nuestras energías dentro de nuestro territorio. Hay que cerrar con cerrojos, llaves y candados todas las puertas por donde el espíritu español se escapó de España para derramarse por los cuatro puntos del horizonte, y por donde hoy espera que ha de venir la salvación; y en cada una de esas puertas no pondremos un rótulo dantesco que diga: «Lasciate ogni speranza», sino este otro más consolador, más humano, muy profundamente humano, imitado de San Agustín: «Noli foras iré; in interiore Hispaniae habitat veritas».
Así como este otro, que se halla algunas páginas más adelante, y que sirve de complemento al anterior: «Puesto que hemos agotado nuestras fuerzas de expansión material, hoy tenemos que cambiar de táctica y sacar á luz las fuerzas que no se agotan nunca, las de la inteligencia, las cuales existen latentes en España, y pueden cuando se desarrollen levantarnos a grandes creaciones que, satisfaciendo nuestras aspiraciones á la vida noble y gloriosa, nos sirvan como instrumento político reclamado por la obra que hemos de realizar.»
El Idearium, a pesar de su importancia, pasó desapercibido; nadie (que yo sepa) dijo una palabra de él; fuera de Granada, la prensa de Madrid, que dedica artículos de fondo, con hiperbólicos encomios, á los versos chulescos de López Silva y otras cosas así, no se fijó siquiera en este libro de tan jugosa labor intelectual. Al año de publicado, una dichosa casualidad, el amor á todo lo granadino del ilustrado Catedrático señor Segura, lo ha llevado á manos del Sr. Unamuno, joven Catedrático de Salamanca, que en poquísimo tiempo, por su estilo vibrante, intención demoledora y gran ilustración, se ha colocado, casi por asalto, en la vanguardia de nuestros escritores; el cual, con el título El porvenir de España, ha publicado acerca del Idearium una curiosa serie de artículos, que dieron lugar á amistosa contestación de Ganivet y á otra réplica de Unamuno: estos artículos han venido así á constituir un Apéndice del Idearium.
De buena gana echaría mi cuarto á espadas sobre tema tan interesante, sobre todo porque bien lo merecen ciertas atrevidas afirmaciones; pero tengo todavía algo más que decir de Ganivet, y temo abusar de la paciencia del lector. Quédese esto para otra ocasión; que ideas tan transcendentales, como las que apunta el Sr. Unamuno, nunca pierden su actualidad. Lo lamentable es que jóvenes que tratan de levantar el espíritu nacional; que se inspiran en tan noble deseo como el de ilustrar la conciencia colectiva con ideas puras, pongan el ideal demasiado lejos, en utopías, que reclaman paladinamente en un espiritualismo de perfección inasequible, en un pseudo-cristianismo que participa de los errores de antiguas sectas...


Para Julián Marías (El 98 antes del 98: Ganivet, publicado en Literatura y generaciones Madrid, Espasa-Calpe, colección Austral, 1975), el análisis tanto del Idearium como de la posterior correspondencia que el mismo suscitó con Unamuno, convierten a Ganivet en miembro de pleno derecho de la llamada generación del 98.
«Ganivet pertenecía, sin duda, a la generación del 98 —postula Marías— había nacido un año después que Unamuno, un año antes que Valle-Inclán-, pero, como Moisés, se quedó a las puertas de la tierra prometida. La inspiración que llevaba dentro, la de la nueva época, no llegó a florecer en su propia obra».
Reconoce, no obstante, cosa que Manuel Azaña había señalado anteriormente, que el Idearium encierra en su título una notable paradoja, pues «como construcción intelectual, como doctrina o teoría, el Idearium español no es demasiado consistente, sus mecanismos de justificación fallan, muestra la arbitrariedad con excesivo impudor». Algo que incluso, algunos de los más ganivetianos miembros de la Cofradía del Avellano, como Nicolás María López prologando la edición de las Cartas finlandesas, habían percibido. Percepción, en todo caso, que para los fieles al granadino no menoscababa el valor de la obra, más bien todo lo contrario, entendida en el contexto de su producción y de la personalidad de su autor, la dotaba de formidable frescura y originalidad. El propio Marías reconoce que a pesar de la señalada confusión e insuficiencia intelectual «el Idearium español es profundamente atractivo, y sentimos que Ganivet, confusamente, de una manera oscura y vacilante, "pone el dedo en la llaga" y ve o palpa cosas muy verdaderas».
Paradójico le resulta también a Marías que Ganivet, «hombre saturado de cultura europea —y no de las más próximas tradicionalmente a España, sobre todo la francesa, sino de las nórdicas—, que vive mucho tiempo fuera de su país, sea tan profunda y cerradamente español». Nada insólito, por otra parte, pues «conviene advertir que esta paradoja se repite muchas veces, y que todavía hoy vemos un precipitado de españolismo obsesivo en muchos hombres que han vivido los últimos treinta años lejos de España, que han hecho sus vidas —más o menos a contrapelo— en tierras extrañas. "España como privación", este sería un tema incitante».




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Ángel Ganivet - GRANADA LA BELLA

La primera obra que publicó Ganivet fue Granada la bella, cuyo capítulo inicial apareció en El Defensor de Granada el 23 de Febrero de 1896.
Ganivet censura con desenfado y valentía poco comunes, la serie de manías que han convertido a las ciudades en campo experimental de los mayores absurdos y truena contra la epidemia de reformas que han pasado casi todas las grandes urbes de Europa y que tarde y con daño ha venido a apoderarse de este humilde rincón granadino.
Las demoliciones y los ensanches, destruyendo a capricho barriadas enteras, tal vez, las más interesantes desde el punto de vista del arte y la arqueología, han quitado a las poblaciones el sello espiritual que supieron imprimirlas sus habitantes, han destruido la fisonomía de cada una para convertirlas a todas en ridícula alineación de casas, manzanas y calles que nada inspiran al sentimiento y a la imaginación, como no sea la idea desconsoladora de la vulgaridad.
Éste es sólo uno de los puntos de vista de la originalísima Estética urbana que aplicando los principios del sentido común a su amadísima ciudad, creó Ganivet en Granada la bella. La cuestión del alumbrado y la limpieza, la del agua, la de la educación popular, la del arte, en sus diversos aspectos, y con especialidad en sus relaciones con la naturaleza, la casa, los monumentos y la mujer, forman la gradación admirable que eleva en cada capítulo el interés de Granada la bella, que es la obra de un artista, un filósofo y un buen granadino, hecha de una pieza, como vulgarmente se dice, escrita a vuela pluma en dos semanas, y a pesar de ello, brillante y tersa de estilo, cuajada de pensamientos felices, y tratando por primera vez, al menos en España, cuestiones importantísimas de la más diversa índole; pero todas relacionadas íntimamente, como una de tantas fases de la ley universal de armonía, que se muestra así en los dominios de lo meramente ideológico, como en la naturaleza, en la vida individual como en la vida colectiva.
Granada la bella no es sólo una «Estética urbana» es también un ensayo felicísimo de una ciencia que ahora empieza a mostrarse con caracteres propios y a recoger en un sistema de doctrina sus materiales antes dispersos, la Psicología colectiva. Ese ensayo, lo aplicó Ganivet a lo que él más directamente tenía experimentado, su ciudad natal, y puede afirmarse que Granada la bella es el más completo y fino análisis del carácter granadino. Aunque las cuestiones se encuentran sólo esbozadas a pincelada larga, en este libro hay materiales sobrados para una construcción científica de excepcional importancia y extraordinario desarrollo, que seguramente formaba uno de los planes de producción futura que se proponía Ganivet.
Francisco Seco de Lucena (Prólogo a El escultor de su alma).
Granada, Mayo 1904.



«Voy a hablar de Granada —escribe Ganivet al iniciar su obra—, o mejor dicho, voy a escribir sobre Granada unos cuantos artículos para exponer ideas viejas con espíritu nuevo, y acaso ideas nuevas con viejo espíritu; pero desde el comienzo dése por sentado que mi intención no es cantar bellezas reales, sino bellezas ideales, imaginarias. Mi Granada no es la de hoy: es la que pudiera y debiera ser, la que ignoro si algún día será. Que por grandes que sean nuestras esperanzas, nuestra fe en la fuerza inconsciente de las cosas, por tan torcidos caminos marchamos las personas, que cuanto atañe al porvenir se presta ahora menos que nunca a los arranques proféticos».
Granada la bella: aunque muy corta — como que no es más que una colección de doce artículos, — bastó para acreditarlo de escritor original y profundo. Son páginas éstas vibrantes, saturadas de ideas simpáticas, que se leyeron en Granada con avidez. Tiene artículos magistrales, como los titulados Nuestro arte y Nuestro carácter, que son intensos estudios psicológicos y críticos; el que lleva por título Luz y sombra, que es un capítulo de estética de las ciudades, así como Lo viejo y lo nuevo, El constructor espiritual, y todos, en fin. Es difícil en tan pocas páginas haber encerrado tanta substancia en estilo tan vigoroso y bizarro. Puede decirse que Ganivet salió formado escritor del primer golpe.
A pesar de haber publicado después obras de mayor transcendencia y de más empeño, para muchos de sus amigos— yo entre ellos — Granada la bella sigue siendo la obra predilecta.
Su asunto también contribuye á hacerla más sugestiva: la pureza del ideal estético; el culto de lo bello, de lo típico y característico de cada pueblo; el atractivo de lo sencillo y sincero... «el embellecimiento de las ciudades por medio de la vida bella, culta y noble de los seres que las habitan,» como dice el autor, es la idea dominante de este librito encantador.

Nicolás María López (Prólogo a las Cartas finlandesas).
 Granada, Julio de 1898.



Es triste, tristísimo, que inteligencias como la de Ganivet se agosten en plena florescencia por un exceso de voluntad, por una ambición de espíritu. Tal vez si Ganivet hubiese obtenido la cátedra de lengua griega de Granada en las brillantes oposiciones que en 1891 hizo en lucha con Alemany, hoy le tendríamos en la cúspide de los pensadores españoles, enriqueciendo las letras patrias, con los raudales de su talento clarísimo: pero la expatriación nos le arrebató, y la ambición espiritual fue su ruina.
¡Cuánto debió escribir, que no es conocido! En la obra literaria de Ganivet, hoy conocida, hay revelaciones, de una labor primaria, de ensayo, que él mismo, acaso, destruyó: El escultor de su alma, por ejemplo, es un drama de versificación inspiradísima que no puede ser trabajo de improvisación. Ganivet, indudablemente, había escrito muchos versos, porque era un verdadero poeta; pero ¿dónde están sus escritos? Preciso es reconocer que en aquel insigne literato hay algo enigmático, algo inaudito; algo que se aparta de las leyes que suelen regir la vida de la mayor parte de los escritores.
Ganivet no puede ser juzgado con absoluta certeza, porque su obra es incompleta, fragmentaria, y él mismo no acabó de revelar todo su bagaje cerebral, dándonos tan solo esbozos. Es sibilítico en sus juicios; pero no como el oráculo apolino que vaticinaba ambiguamente, sino como aquellos patriarcas de la Biblia que tenían algo de profetas. Si no fue un profeta, fue desde luego un vidente, un precursor, con inspiración cierta de las cosas que estaban por venir o que venir debían.
¿Qué es su Idearium español? Una serie de aspiraciones, una cadena de pronósticos sobre el porvenir de la patria, redimida por el arte, por la ciencia, por el trabajo, más espiritual que material, con olvido de grandezas pasadas, de sueños ya irrealizables, de utopías guerreras, de quijotismos ilusorios. Y esto que Ganivet quería y vaticinaba tiene ya realidad en España, donde no se piensa en conquistas ni en vuelos icaros, sino en una paz laboriosa, que al cabo llegará, tal como la soñó Ganivet en su Idearium, el más bello tratado de ciencia política de los tiempos modernos.
¿Qué es El escultor de su alma? Una condensación de todo lo que ha venido a engendrar el modernismo contemporáneo en la literatura y en el arte. ¿Qué son Los trabajos de Pío Cid y la Conquista del reino de Maya, con todo y estar ambas obras incompletas? Pío Cid es un genio, un profeta, de cuyos labios brota un raudal de filosofía práctica, compendio de todas las aspiraciones de la vida moderna. La Conquista del reino de Maya es el ideal de un pueblo redimido por su propia fe, el Ave Fénix renaciendo de sus propias cenizas. Rafael Gago y Palomo es el que mejor ha descifrado las grandes concepciones de estas dos obras de Ganivet.
Ganivet es en todo grande: grande para concebir, grande para expresar. Observador de recio vuelo, se coloca siempre en la altura, y su mirada de águila sorprende cosas que no pueden ver los que no pueden remontarse. Muchos le llaman enigmático por que no han sabido comprenderle. Pío Cid y Pedro Mártir no son dos esfinges sin alma, dos Ídolos caprichosos, dos creaciones sin espíritu: son dos símbolos hermosos, inmortales (como lo es el Doctor Fausto) de las eternas aspiraciones de la humanidad.
Literato y critico de juicio hondo, de comprensión clarísima, sus Hombres del Norte es una exposición hermosa del fondo ético, del alcance social y del nervio literario de las literaturas escandinavas, como las Cartas finlandesas son una labor afiligranada sobre la cultura, usos y costumbres de aquellos pueblos, y sobre otras muchas materias candentes de sociología, literatura y arte en general; todo discreto, acertado, profundo, avalorado por una observación critica que asombra.
Estas mismas perfecciones se ven aumentadas en su Epistolario, condensación del presente y del porvenir español, y de enorme labor crítica sobre materias abstrusas, que solo un espíritu curtido en la filosofía social puede desentrañar.
No es, sin embargo Ganivet, ni un pensador hosco, ni un escritor severo, siempre colocado en el trípode de la seriedad. Tiene, con frecuencia, rasgos de humorismo que hacen reír, descripciones vivas que hablan a los sentidos, sin rebasar los moldes de la corrección; desenfados de estilo y lenguaje que parecen tocar los límites de la crudeza; pero estos que alguien pudiera creer pecados de sentido moral, no son otra cosa que accidentes de forma, detalles de expresión más o menos realistas, pero que no llegan al fondo, siempre pulcro, sano, elevadísimo; que no descomponen ni deprecian el alto mérito de la concepción estética, como no disminuyen la hermosura de un vaso griego ciertos detalles de atrevimiento en las figuras, sino que antes bien contribuyen a embellecer y avalorar el conjunto de la obra.
Ganivet, en su voluntario ostracismo, siempre dirigió sus ojos a Granada. Granada la bella condensa en sus doce capítulos todo el amor que Ganivet sentía por su patria; sin dejar por ello de censurar lo mucho que en ella hallaba de censurable, ofreciéndonos un cuadro de lo que él quería que fuese Granada. Y a este propósito habla con suma discreción de sus costumbres, de sus hermosas mujeres, del carácter de los granadinos, de su arte, de su especial manera de ser que tanto le perjudica en sus aspiraciones, de todo en fin, lo que él estimaba digno de alabanza o merecedor de correctivo.
Esta misma tendencia tuvo su colaboración en El libro de Granada, que trabajaron con él Méndez Vellido, Nicolás María López y Ruiz de Almodóvar. No se ha hecho hasta hoy, gran cosa en Granada para enaltecer y perpetuar la gloria de Ganivet; es más, yo afirmo que fuera de Granada y aún fuera de España, le conocen y alaban más que nosotros. Su Idearium, sobre todo, ha entrado de lleno, por derecho de conquista, en el Catálogo de libros de los grandes pensadores modernos».

Ángel del Arco en La Alhambra (Revista quincenal de Artes y Letras) de 15 de julio de 1917.



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