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Modesto Lafuente – HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA

La monumental Historia General de España de Modesto Lafuente, es considerada el paradigma de la historiografía nacional del pensamiento liberal del siglo XIX. Pensamiento que hunde sus raíces en el periodo de la Ilustración, comienza a desarrollarse durante la Guerra de la Independencia, y adquiere carta de naturaleza con el romanticismo imperante de la época isabelina. Con su publicación finaliza el hasta entonces “reinado” de la Historia del padre Mariana, y se inaugura éste nuevo, mucho más acorde con las exigencias nacionales del momento. 
La obra de Lafuente, publicada en su primera edición entre 1850 y 1867, llegó a alcanzar un lugar de privilegio casi unánime en toda la sociedad de la segunda mitad del XIX, y hasta bien entrado el siglo XX. Su predicamento fue tal que devino en símbolo cultural de toda institución que se preciara de importante: ayuntamientos, bibliotecas de ateneos, casinos y centros docentes, así como bibliotecas particulares de políticos, burgueses y militares. Pero su difusión fue incluso mucho más lejos del círculo elitista e intelectual. Por su aparente llaneza de composición y lenguaje, así como por las múltiples anécdotas y pequeñas historias que jalonan su discurso identitario nacional, la Historia de Lafuente sirvió de modelo a muchos autores de libros de texto y manuales de enseñanza, arraigando vivamente entre las clases medias españolas, al punto que su posesión fue signo de cierta distinción. «En cuanto a la claridad —escribe Lafuente en el prólogo a la primera edición—, siempre he preferido a la vanidad que se disfraza bajo la brillantez de las formas, la sencillez que Horacio recomienda tanto, aconsejando a los autores que escriban no solo de manera que puedan hacerse entender, sino que no puedan menos de ser entendidos. La historia no es tampoco un discurso académico». 
Definitivamente, el éxito obtenido le avaló un cierto status oficial como modelo de historia general de la nación. «La historia pasó a ser un género con una gran aceptación —escribe Marc Baldó Lacomba de la Universitat de València en su artículo Regeneracionismo en la universidad y creación de la sección de historia (1900-1923)—. Todo miembro de la burguesía o clase media que se preciara tenía en su casa, al menos, una Historia de España en varios volúmenes. Además, la lectura histórica se consumía en distintos formatos: como compendio, como síntesis, como novela (ahí están los Episodios nacionales de Galdós). La historiografía liberal, especialmente la de la época romántica, era un género que, con frecuencia, estaba a caballo entre la literatura y la erudición; tenía que estar bien escrita para ser comprada y leída, y pasó a tener una amplia difusión; los historiadores de entonces eran buenos narradores, si no el mercado los hubiese marginado (en el liberalismo, como es sabido, el mercado manda)». 
La Historia de Lafuente no fue un caso aislado en la producción historiográfica del momento. Las historias generales constituyeron un género muy difundido en la Europa liberal del XIX. En estas obras, influidas en gran medida por la Historia de la civilización del francés Guizot, se sientan unas bases metodológicas sobre las que interpretar el devenir histórico, bases que tienen como epicentro el concepto aglutinador de nación, el romántico volkgeist o “alma nacional”, concepto que destilado de los acontecimientos, hasta de los más remotos, buscó la legitimación del estado-nación en el presente. La Historia, vista así, deja de ser un mero compendio de crónicas dinásticas y acontecimientos diplomáticos y militares, para centrarse en el protagonista por excelencia de los avatares históricos, un sujeto colectivo: la nación. Surge así una imagen inmutable de la genealogía nacional, basada en la arraigada caracterización del pueblo español como valeroso, religioso y básicamente conservador. En la magna obra de Modesto Lafuente, como en casi todos los escritores del siglo XIX, de cualquier signo ideológico, a la nación española se la identificó con el pueblo y con su manera de ser, confiriéndoles el carácter de atemporales y eternas a tales categorías sociológicas. Los españoles, por tanto, eran ese nuevo concepto político que adquiría rango de categoría histórica. Españoles eran los que, a lo largo de los siglos, habían encarnado el espíritu de un pueblo y habían defendido sus instituciones. Españoles que además, desde ahora, se convertían en los nuevos protagonistas del discurso político y, por supuesto, del relato historiográfico. Eran la nación, ni más ni menos. Por eso Modesto Lafuente podía escribir en el prólogo de su obra que “hace veinte años no hubiéramos podido publicar esta historia”, porque efectivamente escribía cuando ya la soberanía nacional permitía establecer un nuevo sujeto del devenir histórico. 
Con todo, «no había, sin embargo, un plan gubernamental o estatal para utilizar a los historiadores en pro de la nacionalización del país —escribe Jorge Vilches en su artículo Los liberales y la Historia—, o para inculcar una determinada ideología o mentalidad. Modesto Lafuente era un liberal, progresista pero de orden, muy independiente; fue sacerdote, luego periodista satírico –Fray Gerundio– y finalmente un historiador que vivió de su pluma sin depender de encargos institucionales ni tener que someterse a consigna académica alguna. Es más: los tres hombres que continuaron su Historia General no coincidían políticamente: Juan Valera era conservador; Andrés Borrego, liberal-conservador, y Antonio Pirala, progresista. Pero aquella obra se convirtió, como ha escrito Sisinio Pérez Garzón, en el libro de Historia de cabecera de las clases medias. 
Del artículo El nacionalismo español en los manuales de historia, a cargo de Ramón López Facal y publicado en Educació i Historia: Revista d´Historia de l´Educació (nº 2, 1995), extraemos lo siguiente: 
«La historiografía romántica liberal, especialmente la magna obra de D. Modesto La Fuente publicada entre 1850 y 1867 influyó de manera decisiva en la definición de estereotipos básicos de la historiografía posterior, especialmente en las obras escolares. En la Historia de España de Lafuente se perfila con nitidez el concepto de nación española (resultado de proyectar al pasado del modelo de Estado liberal-burgués) que perdurará durante mucho tiempo apenas matizado desde otras opciones ideológicas; la articula a partir de los siguientes elementos:  
- La idea de soberanía territorial: España es una nación formada por un territorio con cierta unidad, delimitado por unas fronteras que vienen determinadas en gran medida por una realidad geográfica «natural». 
- La unidad legislativa y política. La nación se constituye cuando está presente cierto grado de unidad política, con un gobierno «central» y un sistema legislativo común. 
- Una identidad de carácter. Los habitantes que viven en un mismo territorio están condicionados por el medio geográfico y participan de un mismo tipo de comportamiento. 
- La unidad religiosa. La religión católica ha contribuido a forjar la identidad de los españoles. Este rasgo es una aportación relevante de los historiadores moderados (Lafuente) común con los tradicionalistas (Gebhartd...) 
Esta concepción de la nación va a ser tan común que ni siquiera entre los autores más progresistas se suele poner en cuestión la importancia del catolicismo en la formación de la identidad nacional, ni se hace una reivindicación expresa de la soberanía nacional como un elemento constitutivo básico de la nación. Cuando algún historiador más radical critica —excepcionalmente— la importancia que la mayor parte de la historiografía dominante otorgaba al cristianismo en la formación de la identidad española, no lo hace desde una perspectiva racionalista-ilustrada del contrato social sino también desde cierto historicismo romántico, reivindicando una identidad común anterior al cristianismo en la época ibérica. 
Tras analizar más de una veintena de Historias de España publicadas en el siglo XIX, en su mayor parte manuales escolares, podemos resumir algunos rasgos comunes a todas ellas y muy similar al esquema adoptado por la historiografía francesa: 
- Los primeros pobladores históricos que se identifican son los iberos y a ellos se atribuye el origen del «carácter español». Se valora positivamente su «lucha por la independencia» frente a los fenicios, los cartagineses y sobre todo a los romanos. 
- Los visigodos son el origen de la monarquía hispánica y los primeros en lograr su «unidad política». 
- La Reconquista fue la gran forja de la nación. Los españoles (identificados exclusivamente con los cristianos peninsulares) expiaron el pecado de su desunión y los vicios de costumbres degeneradas; sólo con su unidad tras ocho siglos de esfuerzos lograron consumar la unidad perdida.  
- Los Reyes Católicos lograron la culminación de las aspiraciones nacionales al restaurar la unidad. Desde posturas ideológicas incluso contrapuestas se considera su reinado como el momento de mayor esplendor nacional. 
- La monarquía de los Austrias recibe una valoración más crítica; se la considera, generalmente, responsable de la decadencia española al dedicar los esfuerzos más importantes a empresas exteriores olvidando las verdaderas preocupaciones de la nación (representadas para muchos por los comuneros). A finales del XIX, desde posiciones tradicionalistas y neocatólicas se inicia la reivindicación de los reinados de Carlos I y Felipe II «providenciales» porque salvaron a Europa de los turcos y frenaron la expansión del protestantismo.
- El siglo XVIII se valora de manera diferente dependiendo del sesgo ideológico de los historiadores. Sin duda su mayor proximidad al proceso revolucionario-liberal influyó en ello. Para la mayoría merece una valoración positiva la voluntad modernizadora y de progreso de los gobernantes ilustrados (incluso entre autores muy moderados, aunque algunos hacen salvedad de la expulsión de los jesuitas por Carlos III). Los tradicionalistas y neocatólicos del último tercio del siglo censuran esos esfuerzos modernizadores que consideran contrarios al «verdadero sentir de la nación». 
- La revolución liberal apenas tiene cabida en los manuales escolares. En los textos publicados durante el siglo XIX se glorifica la guerra contra Napoleón y suelen evitar valoraciones sobre la etapa isabelina. En España no se produjo ningún fenómeno comparable a la reivindicación del proceso revolucionario realizada en Francia durante la III República. La influencia de la Iglesia católica y la hegemonía política del liberalismo doctrinario (partido moderado en la época isabelina y partido conservador a partir de la Restauración) propiciaron que incluso autores progresistas asumiesen un concepto de nación esencialmente conservador, sin considerar la soberanía nacional uno de sus rasgos definitorios». 
Es cierto que ante tales consideraciones, y a pesar de la ingente documentación de la que se hace uso, la obra de Lafuente carece de un cierto rigor científico. Es necesario señalar que el autor de la Historia General de España, como muchos otros que siguieron sus pasos, no era fundamentalmente un historiador. El rigor científico no se consideraba como absolutamente indispensable. Hasta principios del siglo XX los estudiosos y narradores de la historia se basaban en una formación filológica, jurídica, teológica, filosófica, literaria, periodística, política e incluso médica. 
Será unos años después, con la recepción tardía del positivismo en España cuando los especialistas de la Academia de la Historia, con Cánovas del Castillo como coordinador, y más tarde, la fundación del Centro de Estudios Históricos en 1909 (entidad en la que colaboran los dos principales impulsores de la historiografía española: Altamira y Menéndez Pidal), se planteen la necesidad de alcanzar un nivel de conocimiento científico suficiente como base de cualquier trabajo histórico. 
A medida que finalizaba el siglo XIX tomaba auge el inevitable debate sobre los fundamentos del Estado unitario por parte del historicismo regionalista, especialmente el catalán. El discurso de Lafuente se le antojaba excesivamente castellanista y excluyente; una historiografía centralista que intentaba monopolizar la representación de España. Presumiendo el autor de la Historia General las acusaciones que del tal frente habrían de imputarle, escribe en su prólogo: «Si en todas las historias son esenciales requisitos el método y la claridad, necesitase particular estudio para evitar la confusión en la de España, acaso la más complicada de cuantas se conocen, señaladamente en las épocas en que estuvo fraccionada en tantos reinos o estados independientes, regido cada cual por leyes propias y distintas, y en que eran tan frecuentes las guerras, las alianzas, los tratados, los enlaces de dinastías, que hacen sobremanera difícil la división sin faltar a la unidad, y la unidad sin caer en la confusión. Procuro, pues, referir con la separación posible las cosas de Aragón y las de Castilla, las de Navarra, Portugal o Cataluña, y las que tenían lugar en los países dominados por los árabes; aparte de los casos en que los sucesos de unos y otros estados corrían tan unidos que hacen indispensable la simultaneidad en la narración. (…) Siento haber de advertir que una historia general no puede comprender todos los hechos que constituyen las glorias de cada determinada población, ni todos los descubrimientos que la arqueología hace en cada comarca especial. No haría esta advertencia, que podría ofender al buen sentido de unos y parecer excusada a otros, si no tuviera algunos antecedentes para creerla necesaria». 

La presente edición de 25 tomos corresponde a la Historia General de España desde los tiempos primitivos hasta la muerte de Fernando VII. Continuada desde dicha época hasta nuestros días (muerte de Alfonso XII) por D. Juan Valera con la colaboración de D. Andrés Borrego y D. Antonio Pirala. Impresa en Barcelona por Montaner y Simón entre 1888 y 1890.

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TOMO XX     TOMO XXI     TOMO XXII     TOMO XXIII    

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Francisco Pi y Margall – HISTORIA DE LA PINTURA EN ESPAÑA - ESTUDIOS SOBRE LA EDAD MEDIA

HISTORIA DE LA PINTURA EN ESPAÑA

En 1851 Pi y Margall publicó su Historia de la Pintura. La obra la emprendió Pi con gran ambición, pero no llegó a pasar del primer volumen, pues fue objeto de la censura eclesiástica del momento, asunto que le trajo no pocas complicaciones.
Abordando materia referente a la pintura medieval, Pi y Margall no pudo sustraerse de plasmar muchas de sus reflexiones acerca del papel de la religión, el cristianismo, los evangelios y la figura de Jesús. «Antes de 1851—escribe Pablo Correa, federalista y amigo de Pi, en su nota biográfica a la edición de La Federación— nadie había llegado en este país a hacer la crítica racional del cristianismo y la Iglesia. Él lo hizo en la Historia de la pintura, con la misma independencia, por lo menos, que posteriormente Strauss en Alemania y Renan en Francia».
No tardaron en llover sobre Pí y Margall las más furibundas críticas y censuras, suspendiéndose la publicación en el primer tomo.
El Episcopado presionó de tal manera sobre el gobierno moderado de Bravo Murillo, que el fiscal de Imprenta ordenó la recogida de la obra (la Congregación del Índice la incluyó entre los libros prohibidos), pasando Pi a ser fichado por la Censura real.

En la revista La Censura (número 94, octubre de 1852), publicación de carácter conservador y religioso, aparecen los siguientes comentarios respecto a la obra:

«Desde la página 7 de la introducción encontramos expresiones atrevidas e interpretables en mal sentido, ideas falsas y erróneas, torcida inteligencia de los dogmas y misterios de la religión cristiana, palabras ofensivas a la iglesia y sus ministros, etc. De buena gana procederíamos a examinar según costumbre capítulo por capítulo y página por página este libro, en que aparentando un objeto inocente y lícito parece que su autor se ha propuesto difundir los errores más trascendentales y perniciosos defendidos por los osados corifeos de las sectas modernas, panteístas, humanitarios, partidarios de la perfectibilidad y del progreso indefinido; pero como a ese examen habríamos de destinar muchas páginas de La Censura, y nos urge por razones poderosas acabarle en éste número, nos contentaremos con copiar aquí las páginas en que principalmente se destila toda la ponzoña de la impiedad. (…)Hablando de la doctrina moral que enseñó Jesucristo, y en especial de la infinita caridad que es el alma de la ley de gracia, disputa el impío autor al redentor del linaje humano la originalidad de su doctrina (…) Si tan impíamente juzga el señor Pi del hijo de Dios; ya pueden conocer nuestros lectores cómo juzgará del cristianismo y del Evangelio. Según él la creencia en el dualismo del cielo y de la tierra ha desviado a la humanidad de su camino, ha perpetuado el mal y ha hecho imposible el bien (pág. 159): ha creado un poder espiritual, la iglesia, que empezó a luchar y continúa luchando con el poder temporal, se hizo opresivo, tiránico y violento, se corrompió y ha llegado a hacerse tan odioso, que los mismos que le sirvieron en otros días de escudo, no viendo ya en él mas que un obstáculo para el progreso de la humanidad, son los primeros en provocar y acelerar su ruina (pág. 163).
El cristianismo según el autor no es mas que una evolución, un orden de ideas más o menos estable, pero no eterno: es el resultado legítimo de evoluciones anteriores; es esencialmente modificable; está expuesto a deber sucumbir a evoluciones posteriores: no puede ser examinado aisladamente: debe ser estudiado en los filósofos anteriores y posteriores, cuyas doctrinas forman parte integrante de la suya y la suya de la de ellos (pág. 185).
El Evangelio es defectuoso, obscuro, vago (pág. 164) y ha sido erróneamente interpretado por la iglesia (pág. 165): ha sido despojado del carácter social que le diera Jesucristo, y se ha creado un puro sistema religioso, el cual no basta para corregir; ni moralizar al hombre (pág. 176). No fue más que una evolución, una determinación de ideas (pág. 202); y hay si no una perfecta identidad, a lo menos una conformidad muy notable entre las ideas de aquel libro y las de Platón (pág. 203).
En fin el cristianismo para el autor es un mito y el Evangelio un drama.
El excelentísimo e ilustrísimo señor arzobispo de Santiago, como ya sabrán nuestros lectores, por su edicto fecha 9 de este mes ha prohibido en su diócesis la lectura de la Historia de la pintura en España por contener ideas impías, como que nacen del panteísmo, el cual no es más que un ateísmo disfrazado, y también altamente antisociales.
Es probable que los demás señores obispos imiten la conducta de aquel celosísimo prelado; pero aunque ese paso será de una importancia incalculable, todavía no basta. Se hace preciso que el gobierno siguiendo el buen camino donde parece que ha entrado con decisión de algún tiempo acá, prohíba la continuación de dicha obra y mande recoger lo que de ella va publicado: porque sería escandaloso que se permitiera la propagación y prosecución de un libro en que descaradamente se enseñan doctrinas anticristianas, impías, eversivas de los fundamentos de la sociedad humana, con tendencia a imbuir los delirios de esa turba de sectarios que aspiran a envolver el género humano en nuevas y más desastradas calamidades que las sufridas hasta aquí; de un libro en que se adultera la inteligencia del Evangelio, se proclama su origen puramente humano y su insuficiencia y se anuncia que de evolución en evolución llegará a perfeccionarse; de un libro en que se destruye el único freno posible para contener a los malos en la senda del crimen y alentar a los buenos en el ejercicio de la virtud; de un libro donde se acusa a la iglesia de errar en la inteligencia e interpretación del Evangelio; de un libro en que como para formar contraste se hace en algunos lugares una pintura risueña de la religión pagana, de sus dogmas, su culto, sus fiestas y sus ídolos; de un libro en que se calumnia e injuria, a veces hasta groseramente, a la iglesia, a los romanos pontífices, a los sacerdotes; de un libro en fin en que con halagüeño colorido y estudiado aparato de erudición se introduce en el ánimo de los lectores la ponzoña del error que mata instantáneamente. Vea el gobierno si es urgente y si está en su mismo interés prohibir cuanto antes la Historia de la pintura en España».

Extraído de http://www.filosofia.org/hem/dep/cen/sura691.htm Proyecto Filosofía en español



«De esta obra —apunta Correa en la citada nota biográfica de 1880— apenas se encuentra un ejemplar fuera de las bibliotecas de los hombres estudiosos. Fue el primero de sus trabajos serios y fundamentales. Su doctrina es profunda y su exposición bellísima. (…)Atribuye la pobreza de la Pintura en España durante la Edad Media al estado de guerra en que vivió constantemente, ya luchando los reinos y los nobles entre sí mismos, ya con los árabes, ya con el estado llano, que entonces, se levantaba en nuestras ciudades al amparo de la industria y el comercio; por lo cual, hace de continuo excursiones á Italia, donde nuestro arte tuvo sus modelos, su iniciación, mejor dicho, ¡Y cómo, con qué perspicacia señala el camino de las diferentes escuelas! ¡Con qué precisión nota sus relaciones y diferencias, determinando los pasos que daba la Pintura en su desarrollo progresivo, de escuela en escuela, de siglo en siglo, de pintor en pintor, de año en año! En su pluma hablan los cuadros. Sorprende sus secretos más recónditos, descubre sus detalles al pormenor, explica la razón de sus efectos y arranca de sus formas el espíritu del artista, mostrándolo evidente á los ojos del lector. (…) Mas como muestra de lo que es esta obra; copiaremos el paralelo que hace el Sr. Pi de los dos príncipes de la Pintura, Miguel Ángel, el autor sublime de El Juicio Final, de, La Creación y de otros frescos de la capilla Sixtina, y Rafael de Urbino, el pintor del Vaticano, el autor de los frescos La Escuela de Atenas, de Atila y San León, y de los cuadros La Sagrada familia (la Perla) I La Virgen de Silla y La Bella Jardinera y El Pasmo de Sicilia:
Miguel Ángel es un genio original, excéntrico, indomable, que convencido de sus fuerzas se arroja sin temor á ejecutar lo que concibe; Rafael es un genio vacilante que no teniendo aun bastante conciencia de si mismo, inclina con humildad la frente ante sus antecesores y sus maestros, apoyándose sobre el terreno de otro artista. No copia Rafael ni imita; pero elige y constituye con elementos ajenos su individualidad artística; Miguel Ángel, lejos de buscar esos elementos, los rechaza como del todo incompatibles con los que ha encontrado en sí mismo desde el instante en que ha tomado el pincel .... La manera de hacer de Rafael es progresiva, la de Miguel Ángel absoluta: Rafael tiene tres épocas; Miguel Ángel, una. Brilla el fuego del genio en los dos, pero de un modo distinto: en Rafael brilla como la luz del sol, cuyos rayos pasan al través de las más densas nubes; en Miguel Ángel, como la luz de la tempestad á cuyos vivos brillantes resplandores suceden las tinieblas. Miguel Ángel presenta más grandiosidad; Rafael, más gracia; éste embelesa, aquél impone. Rafael habla principalmente al corazón; Miguel Ángel, á la inteligencia: las bellezas del uno son fácilmente sentidas; las del otro, difícilmente comprendidas».

Menos amable, como es de suponer, fue la crítica de Menéndez y Pelayo en su Historia de los heterodoxos españoles:
El Sr. Pi publicó en 1851 una supuesta Historia de la pintura española, cuyo primer volumen (único conocido), con ser en tamaño de folio, no alcanza más que hasta los fines del siglo XV, es decir, a la época en que empieza a haber pintura en España y a saberse documentalmente de ella. De los restantes tomos nos privó la Parca ingrata, porque, escandalizados varios obispos, subscriptores de la obra, de las inauditas herejías que en ella leyeron, comenzaron a excomulgarla y a prohibir la lectura en sus respectivas diócesis, con lo cual el Gobierno abrió los ojos y embargó o quemó la mayor parte de la edición, prohibiendo que se continuara.
De la parte estética de esta Historia en otra parte hablaré. Pero la estética es lo de menos en un libro donde el autor, asiendo la ocasión por los cabellos y olvidando hasta que hay pintura en el mundo, ha encajado toda la crítica de la Edad Media, y principalmente del cristianismo. De esta crítica, centón informe de hegelianismo popular de la extrema izquierda y humanitarismo progresivo al modo de Pierre Leroux, quedó Pi y Margall tan hondamente satisfecho, que todavía en 1873, como si los años no hubiesen corrido, ni las filosofías tampoco, los reprodujo al pie de la letra con nuevo título de Estudios sobre la Edad Media, y en verdad que debió quedar escarmentado de hacerlo habiendo caído como cayeron bajo la férula de D. Juan Valera, que escribió de ellos la más amena rechifla en la Revista de España, sin que desde entonces el nombre filosófico de Pi y Margall haya podido levantarse de aquel tremendo batacazo. En sustancia, lo que en su Historia de la Pintura enseña Pi es que el cristianismo llevaba implícito, aunque confusamente, el dogma de la unidad y solidaridad humanas, del cual lógicamente se deduce el de la universal fraternidad y aun el del comunismo, pero que Jesús, hombre de aspiraciones sentimentales más bien que de convicciones profundas, no sistematizó su doctrina. Sin embargo de lo cual, el Sr. Pi y Margall no culpa a Cristo (le perdona la vida, como si dijéramos), porque Cristo, después de todo, para su tiempo sabía bastante. ¡Lástima que introdujese el dualismo entre el cielo y la tierra! Pero ¡cómo ha de ser!, la humanidad ha procedido siempre del mismo modo: empieza por tener aspiraciones, acaba por tener sistemas. Aparte de su dualismo, el Sr. Pi nota al cristianismo de poca invención. Jesucristo no fue más que el continuador de los demás filósofos que le habían precedido. Tomó de acá y de allá, de Platón, de Zenón, de Moisés, de los esenios… Sólo le faltó plagiar la Historia de la pintura del Sr. Pi, que en esto de rapsodias tiene tan sagaz olfato, que hasta descubre en la doctrina de los esenios reminiscencias de los poemas de Virgilio. A pesar de tantos arroyuelos como vinieron a enriquecerle, el Evangelio parece, a los ojos del Sr. Pi, oscuro, defectuoso y vago; en suma, una evolución, un orden de ideas más o menos estable, pero no eterno; el resultado legítimo de evoluciones inferiores, cosa absolutamente modificable. La crítica del cristianismo está hecha como pudiera hacerse la de una mala comedia. Lo absurdo, lo grotesco mejor dicho, de tal manera de proceder con ideas que a los ojos del más desalmado racionalista serán siempre las ideas que han guiado y guían a la más culta y civilizada porción de la especie humana y las que han inspirado, por espacio de diecinueve siglos, todo progreso social, toda obra buena, toda empresa heroica, toda sublime metafísica, todo arte popular y fecundo, arguye por sí sola no ya la vana ligereza del autor, sino el nivel espantosamente bajo a que han descendido los estudios en España cuando un hombre que no carece de entendimiento, ni de elocuencia, ni de cierta lectura, y que además ha sido jefe de un partido político y hasta hierofante y pontífice y cabeza de secta, no teme comprometer su reputación científica escribiendo tales enormidades de las cosas más altas que han podido ejercitar el entendimiento humano desde Orígenes hasta Hegel. Y no es cuestión de ortodoxia, sino de buen gusto y de estética y de sentido común. Ya sería harto ridículo decir compasivamente de Aristóteles: «No culpemos al Estagirita…» ¿Qué será decirlo de Cristo, ante quien se dobla toda rodilla en el cielo y en el abismo? ¡No parece sino que las viejas y los párvulos han sido los únicos que han creído en su divinidad!


«Pi y Margall —escribe Enrique Vera y González en Pi Y Margall Y La Política Contemporánea (1886)— mostró con este libro inmortal que sabía ascender á la altura de los primeros prosistas castellanos. Mostró algo, que no vale menos que eso: sus excepcionales conocimientos, sus profundos estudios filosóficos y artísticos y su poderosa originalidad de criterio (…). Pero con ser tan grande el valor intrínseco de la Historia de la Pintura, es mayor aún el valor de relación que adquiere ante los que conocen la vida literaria y la influencia poderosa que ejerce la posición social en las creaciones del espíritu. Las primeras obras de los jóvenes están impregnadas—por decirlo así— de un infantil y dulce sentimiento de ternura y bondad, que es ante todo una ilusión, una esperanza. Son generalmente floridas y difusas en su estilo, candorosas como el delirio de un niño, fáciles como los proyectos y las aspiraciones. Mas cuando Pi y Margal! escribió la Historia de la Pintura habían muerto en él, á fuerza de rudos y dolorosos desengaños, los ensueños seductores que todos hemos forjado, allá en nuestra adolescencia, cuando Madrid era para nosotros una esperanza de felicidad. Cuatro años de esa noble, pero difícil, lucha por la existencia en que avaloran su carácter y su grandeza de alma los jóvenes que sienten dentro de su ser la llama vivísima del genio y que todo lo han de esperar de sí mismos, desconocidos y puros, le habían enseñado lo bastante para saber á qué atenerse respecto del fruto de su trabajo.
El hermoso estilo de su obra, la virginal frescura de sus imágenes, no nació, pues, de la ilusión; nació del amor al arte por el arte, del sentimiento del deber; de esa escrupulosidad de conciencia literaria que todos reconocen en Pi y Margall y de que ha dado prueba en cuantos escritos han brotado de su pluma.
Para apreciar bien el sacrificio que el joven filósofo se impuso en aras de sus convicciones, ha de tenerse en cuenta que en aquella época sus escritos eran el único recurso con que contaba para subsistir y que la alarma producida en las gentes timoratas por la Historia de la Pintura, fue causa de que Pi y Margall dejase de escribir los Recuerdos y Bellezas de España. Los editores se negaron á admitir sus escritos por temor á atraerse la animadversión eclesiástica; Pi se vio abandonado hasta de amigos íntimos. Pero la desgracia no le abatió un solo instante: había cumplido con un sagrado deber de conciencia y podía alzar la frente con orgullo. El mismo lo había dicho al resumir sus consideraciones sobre la Edad Media. «El escritor publico debe dejar a un lado toda consideración y no obedecer más que a la voz de su conciencia. Si no se siente fuerte para luchar, debe romper su pluma; jamás emplearla en escribir una sola palabra contra sus propias convicciones. Emplearla así es un delito, es un crimen que jamás cometeremos. Sólo el hombre que ha llegado al último grado de envilecimiento puede ponerla al servicio de cualquier idea, á la merced de todo el mundo »



ESTUDIOS SOBRE LA EDAD MEDIA


Este opúsculo no es sino el capítulo tercero inserto en la Historia de la Pintura en España. Capítulo principal sobre el cual pivotaron la mayor parte de censuras y que, al igual que su conjunto, corrió su misma suerte y no fue reimpreso hasta 1873 (como si los años no hubiesen corrido, ni las filosofías tampoco, al decir de Menéndez Pelayo).
Aún así, y a pesar de publicarse durante la Primera República, el ensayo no quedó exento de las críticas de los muchos opositores al federalismo pi-margalliano, como lo demuestra la del prolijo Juan Valera donde la ocasión le brinda pretexto para destacar lo poco original, las deficiencias y los errores intelectuales e historiográficos del escritor y político catalán:
La República federal, por ejemplo, quizá no se le hubiera ocurrido a nadie para España, a pesar de Suiza y los Estados Unidos, si Proudhon no escribe un libro sobre el principio federativo, y si Pi no lo traduce y lo comenta. Esta es la verdadera madre del cordero. (...) Pi, emigrado entonces, leyó y tradujo la nueva falacia de Proudhon; la tomó por lo serio, y de aquí que tengamos República federal en España. Sobre el tejido de la traducción de Pi han bordado luego los krausistas (...) Repito que hay mucho de fatal en todo esto. Casi no lo censuro; no tengo autoridad para censurarlo: yo lo deploro. Es tan invencible la fuerza que nos lleva a imitar en todo, exagerando y poniendo en caricatura (...) ideas y pensamientos extranjeros.

Los Estudios sobre la Edad Media comprenden:

  • Observaciones generales:
La Edad Media es edad esencialmente antinómica, edad de doble aspecto que tiene su tesis y su antítesis. Según el punto de vista que tomemos, es época altamente religiosa, de grandes virtudes, de elevados sentimientos; según la manera como la consideremos es, no sólo edad bárbara, sino también lodazal inmundo en que viven y se agitan las más viles pasiones. Tiene, mirada en conjunto, un carácter determinado y fijo; examinada en sus pormenores, no presenta uno de importancia que no sea en si contradictorio.
Nada, absolutamente nada, presenta en la Edad Media un carácter franco y decidido. Todo se presenta doble, tenebroso, Incomprensible para el que no lo examina á la luz de la filosofía. No sólo la religión y la política, hasta las costumbres tienen en ella su anverso y su reverso. Dulces y poéticas unas, fieras y salvajes otras, son el reflejo del estado incoherente en que la sociedad vive.

  • El Cristianismo:
Opuso Jesús al politeísmo el dogma de la unidad divina, principio grande y fecundo cuyas consecuencias habrían podido regenerar al hombre. Del dogma de la unidad divina deriva inmediatamente el de la unidad humana; del de la unidad humana, el de la fraternidad y la solidaridad universales; del de la fraternidad y la solidaridad, la absoluta igualdad de todos los que componen la humanidad en el tiempo y el espacio. Si no hay sino un Dios y de él somos hechura, tenemos todos un padre, somos todos hermanos, constituimos todos con él una familia. Toda distinción fundada en la de clases y castas es absurda. La esclavitud, el patriciado, toda aristocracia carecen de razón; la igualdad es la única base legitima de las sociedades. Median entre los hombres diferencias por la determinación cualitativa de sus facultades físicas, intelectuales y morales; pero no pueden engendrar distintos derechos.

  • La filosofía:
Jesucristo no fue más que el continuador de los demás filósofos, uno de tantos ingenios como alumbraron el camino de perfección que sigue sin cesar la especie humana, un eslabón de esa larga cadena científica que empieza en los primeros siglos de la civilización é irá á perderse en el ocaso de los tiempos. No es cierto que, en el sentido que esto suele decirse, no haya tenido necesidad de antecesores ni de maestros: tuvo, como todo hombre, por maestros a todos sus mayores, por punto de partida todo el saber legado á la humanidad por generaciones de pueblos. Basta leer el Evangelio: á cada paso se ve reflejadas en sus páginas las sombras de Platón y de Zenón, la de Moisés y las de los esenios. Queda sin completar la doctrina; y no se la completa mientras no la desarrollan San Pablo y los demás apóstoles, San Agustín y los demás padres de la Iglesia, el sínodo de Nicea y los demás concilios.
Los sistemas no son por lo tanto sino evoluciones de la inteligencia; el cristianismo no es sino un orden de ideas más ó menos estable. No puede examinárselo aisladamente; se lo debe estudiar en los filósofos que le antecedieron y le sucedieron.

  • La civilización antigua:
El derecho romano no dejó de existir nunca en Europa: fue uno de los elementos que entraron por más en la formación social de todos los Estados.
Los códigos bárbaros hacen en todas partes mención de los romanos, y apenas hay documento ni acta de la época que no revele la aplicación de las leyes de Roma á las manifestaciones sociales de la vida de los pueblos.
No es tampoco cierto que la administración romana dejase de existir en: la Edad Media.
El régimen municipal, sobre todo, es incontestable que no desapareció en ningún tiempo. Lo han demostrado hasta la evidencia Savigny, Dupin, Raynouard y otros escritores.
Hubo durante la Edad Media naciones en que apenas dio señales de existencia; pero hasta en aquellas naciones vivía. Al primer grito de libertad que arrojaron los pueblos después de las cruzadas, surgió lleno de brío, y se encargó otra vez de regir los destinos de las ciudades que lograron derribar el feudalismo. En Italia dio pasos de gigante, y fundó repúblicas; en Inglaterra, en Francia, en los Estados de Alemania fomentó sin cesar el espíritu de independencia; en Aragón constituyó pueblos que se atrevieron á dictar leyes á sus Monarcas; en Castilla escribió las cartas-fueros. Fue esencialmente municipal la revolución europea de los siglos XI y XII y presentó en todos los pueblos el mismo carácter: si no hubiesen quedado vestigios de las antiguas curias ¿de dónde habrían recibido las ciudades la luz que las guió por el camino de su regeneración política?


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HISTORIA DE LA CÉLEBRE REINA DE ESPAÑA DOÑA JUANA, LLAMADA VULGARMENTE, LA LOCA

ÍNDICE de la obrita

• Capítulo I: De cómo fueron los padres de Doña Juana La Loca, y las cosas que pasaban en su palacio.

• Capítulo II: De cómo se casó Doña Juana, los hijos que tuvo y otros asuntos del mayor interés.

• Capítulo III: Del mal temporal que fue causa para que el viaje de Doña Juana se hiciese más largo, y de la entrevista que tuvo con la querida de Felipe el Hermoso.

• Capítulo IV: De las disensiones que había en España, y la muerte de Doña Juana.

Un artículo de la época en que fue publicada esta obrita-folleto, reza de la siguiente manera hacerca de la historia de Doña Juana:

Isabel y el católico Fernando gobernaban la España con el esplendor a que la elevaron los grandes acontecimientos que tuvieron lugar en su reinado; los moros habían sido expulsados hasta el África y el genio de un genovés aventurero añadió al vasto dominio de los ilustres soberanos el imperio de un nuevo mundo. La inmensa herencia de Isabel y de Fernando estaba destinada a su hija única, esposa del Archiduque de Austria que nacido sobre el trono de los Césares regia con su cetro la Flandes. Juana a quien estaba reservada una gran parte de dos mundos, no veía la felicidad sino en el afecto de Felipe; entendida y generosa; sensible hasta la exaltación, amante hasta el entusiasmo, se entregó al archiduque con el abandono de una mujer tierna que todo lo ve en el objeto amado y no vive mas que de amor. Felipe poseía brillantes cualidades que justificaban en apariencia la pasión de su esposa; pero abandonado a los placeres, permanecía insensible a la excesiva ternura que había inspirado. Importunado al parecer con el amor de Juana no veía en ella más que una mujer dedicada a llenar sus deberes cuya extensión exageraba por debilidad acaso; estimaba, respetaba sus virtudes pero no le pagaba con amor.

Después de un año de permanencia en Bruselas donde Felipe se entregó a todos los excesos de la juventud y del poder absoluto, Juana dio al mundo un niño que con el nombre de Carlos V, debía ser un día el príncipe mas poderoso de la tierra y probar por su singular fin que puede descenderse del mas alto rango a la mas humilde condición sin perder mucho.

El archiduque aun después de ser padre no se desvió de los placeres desenfrenados. La tierna Juana herida hasta el fondo de su alma y exasperada por los celos, sentía debilitarse su razón; Felipe importunado sin duda de sus dolorosas quejas la trajo a España y volvió al punto a Flandes donde la guerra le llamaba. Dejó en Burgos a la triste Juana entonces en cinta, siendo inútiles las súplicas de ella para acompañarle: el archiduque permaneció insensible a su interesante delirio y apenas le acordó la gracia de una despedida. Juana le vio partir con una desesperación que acabó de extraviar sus sentidos; la esposa abandonada no recobraba su razón sino en algunos intervalos para sentir entonces todo el peso de su infortunio. Ni el hijo que llevaba en su seno, ni los desvelos de una corte cuidadosa podían arrancarla a sus dolores y concentrada en sí misma, decía a la reina Isabel cuando la prodigaba algún cuidado, no me consoléis ; no está conmigo , me olvida, se expone a los peligros de los combates y no estoy a su lado. ¡Ingrato! no quiere que muera con él.

Bien pronto Juana rehusó hasta el indispensable alimento; fue preciso hablarle en nombre de Felipe y del ser para cuya existencia debía conservar la suya. Todo el día lo pasaba escribiendo; cada noche un correo partía para Flandes cargado de cartas empapadas en lágrimas. Las horas que no escribía se las llevaba en la torre de donde siguió con la vista los pasos de su marido; la amargura de su pesar aumentaba incesantemente; ya no lloraba porque ya no tenia lágrimas.

Los ojos ávidamente dirigidos al horizonte del norte, contemplaban en la bóveda celeste los astros que Felipe podía ver también. Continuamente lo llamaba; creyendo hablar con él le dirigía tristes quejas o se precipitaba de rodillas y le pedía perdón; después exclamaba: «Me desprecia, no me ama, me aleja de si ¡Dios mió! ¿Permitiréis por mucho tiempo que abandone la mujer que le habéis dado? No, no, vos me lo traeréis, vos le obligareis a que no se separe de mí... Largos desmayos sucedían a este estado violento; la recostaban en su cama donde solo recobraba la voz para llamar a Felipe. En medio de estas angustias dio a luz su segundo hijo a quien se puso el nombre de Fernando. Su primer cuidado fue preguntar si se parecía a su padre: «ah! no, exclamó después de haberlo examinado; no se le parece ¿era acaso posible? » Los cuidados de la maternidad cambiaron muy poco su triste situación.

La reina Isabel murió y el interés trajo al archiduque a España; era demasiado tarde para la desgraciada Juana: al ver al que causaba su desesperación no manifestó más que los raptos del delirio y Felipe la mandó encerrar en la fortaleza de Medina del Campo. La locura de su mujer sin duda le humillaba y quiso ocultar su vergüenza en el recinto de las murallas: la vanidad ajada avergüenza a los príncipes pero no les avergüenzan sus crueldades. Felipe interceptó una carta que había obtenido de la debilidad de Juana en la cual confiaba a su padre la regencia de los estados, herencia de Isabel. Esto dio motivo a que estrechase mas que nunca el encierro de su esposa, hasta que engañado por el rey de Inglaterra, desgraciado en sus proyectos y en sus guerras, abismado con la doble fatiga de las intrigas y las traiciones, este joven ambicioso cayó gravemente enfermo. El peligro se hizo eminente; la noticia de esta nueva desgracia produjo en Juana un efecto admirable; su razón le volvió toda entera, recobró su autoridad y voló al lado del que la muerte disputaba a su ternura. Su voz, no alterada por el delirio y animada por el amor, hizo oír a Felipe acentos persuasivos que le volvieron la esperanza; no se separaba un instante del lado del enfermo; jamás el sueño la sorprendía, y su constante vigilancia dulcificaban los padecimientos del ingrato que por la primera vez pareció reconocer cuanto valía la mujer que había abandonado. Sus miradas lánguidas por el dolor penetraban hasta el corazón de Juana que las recibía con delicia; próxima a perderlo lo amaba mucho más. Su amor y su razón brillaban con esplendor. ¡Ah! la razón no la había recobrado sino para aumentar sus penas porque la dicha solo duró un instante. La muerte de Felipe volvió á sumirla en el abismo de donde había salió; su demencia que apareció con el delirio de la desesperación, se hizo mas sensible. Amó a su marido muerto como lo había amado vivo. Creía que no la había abandonado para siempre. No quiere esperarme en la tierra, decía, pero yo le aguardo aquí donde sin duda vendrá porque Dios no ha de querer separar a los que tan estrechamente ha unido. Persuadida de que el Cielo y el amor obrarían este milagro, esperaba algo más calmado el delirio el imaginario regreso. No consintió que ninguna mano extraña tocase a los restos de Felipe; por si sola se encargó del triste cuidado de dar a la muerte la apariencia debida; cuando hubo preparado para su amigo el lecho del reposo eternal, le coronó de flores y lo hizo exponer a la veneración del pueblo; pero sin separarse de esta preciosa reliquia, lloraba y dirigía al cielo plegarias arrodillada delante del ataúd que hizo depositar en su misma habitación. Yo quiero, decía, espiar el instante en que despierte; lejos de mi lado no se despertaría nunca; mi aliento le reanimará porque me lo ha prometido. En sus tiernas ilusiones creía Juana haber oído a Felipe ordenarle recorrer la España acompañada de su cadáver y asegurarle que recobraría la vida cuando atravesara un sitio agradable.



Feliz con la idea de obedecer a esta voz misteriosa, quiso que un numeroso y brillante cortejo se preparase a seguirla. Una mañana al rayar el día, el cuerpo del archiduque, fue depositado en un carro cubierto de terciopelo negro bordado de oro y rodeado por dos largas filas de criados del palacio con hachas encendidas; a la hora señalada se halló a la reina de rodillas cerca de los restos adorados. «Venid, decía a los oficiales, vedlo ahí con la misma armadura que le cubría cuando se separó de mi; ese chal pendiente de la pared es la señal de partida , y esa espada que resplandece en una mano vengativa, está destinada a combatir la muerte. Ved como me toma la mano y me guía. ¡Partamos!...» Al concluir estas palabras, Juana se levanta y seguida de su precioso depósito se lanzó en la litera de camino dando orden a su acompañamiento para ponerse en marcha. Estaba pálida, sus cabellos sueltos con abandono caían sobre su vestido de luto; en su frente se veía la serenidad de la esperanza, y al través de sus brillantes miradas se distinguía el misterio de la contemplación. Tal es el estado en que esta soberana atravesó su vasto imperio. Esta pomposa peregrinación del delirio y de la piedad, atraía las ávidas miradas de las poblaciones, que al ruido de las campanas y de la artillería corrían al encuentro de la reina. La compadecían, la veneraban, y por primera vez el delirio se atrajo el respeto de la multitud. La comitiva marchaba muy lentamente; en todos los puntos de descanso, el cuerpo de Felipe se colocaba en la habitación de la reina, quien antes de tomar algún alimento , antes de entregarse al sueño le contemplaba largo tiempo preguntando al parecer con sus miradas y después se respondía á sí misma. ¡No será todavía hoy!... Cada vez que el cortejo fúnebre llegaba a las márgenes de un arroyuelo o atravesaba una pradera esmaltada de flores o un valle perfumado de mirtos y naranjos , la esperanza animaba su frente, se detenía, se aproximaba al cuerpo con ansiedad, y levantando con mano trémula el velo que lo cubría murmuraba estas palabras: ¿Despiertas? ¿Es aquí?... Escuchaba largo tiempo, se inclinaba hacia el cadáver y expelía el aliento sobre los helados labios del amigo que creía volver así a la vida. Convencida de lo inútil de sus tentativas, «no es aquí aun, repetía, marchemos.».

La alternativa de la esperanza y el dolor destruían el resto de sus fuerzas , y su languidez llegó al mas alto grado; consiguieron hacerla tomar algún reposo y aun persuadirla que depositando en un lugar sagrado el cuerpo de Felipe, el milagro que esperaba se cumpliría mas fácilmente por la influencia del santuario.

El otoño había despojado los bosques de su verdor, y la noche que tan presto llega en esta estación de melancolía, sorprendió a la reina en el valle pintoresco de Peñaflor. Sobre la derecha del camino, la campana de un monasterio se dejó oír; el convoy se detuvo y reconoció que se hallaba inmediato a la célebre cartuja de Aula Dei. Por entre los árboles que poblaban la rivera, distinguieron el resplandor de las lámparas del santuario al través de los cristales, interrumpiendo por intérvalos el silencio de esta soledad el canto monótono de los religiosos que llevado de eco en eco parecía elevándose hasta el cielo. Tan sombrío retiro convenía al dolor de Juana y los restos inanimados de Felipe descansaron en fin en una capilla del templo. La infeliz; se detuvo bastantes días en aquel lugar, donde creía dejar más que su vida, ocupándolos en disponer un entierro solemne. Dispuesta a alejarse ya supo que existía un convento de monjas No lejos de la tumba querida; la proximidad le pareció una profanación y Felipe fue exhumado de nuevo y conducido a la sepultura de los reyes de Castilla. Estos celos aun bajo el imperio de la muerte unen al delirio un sentimiento exquisito de sensibilidad imposible de definir, pero que interesa involuntariamente.

Consumida por los tormentos y la fatiga de una vida errante, atormentada por sus pensamientos, Juana arrastró largo tiempo una existencia cruel; especie de sombra fluctuando entre la vida y la muerte, permaneció sin embargo sobre el trono, vano simulacro de su poderío. Los pueblos la amaban y deploraban sus desdichas; cuando lo produce un inmenso infortunio, el delirio no inspira menosprecio. Estimaban cuanto había de sublime en esta alma generosa que hubiera podido derramar sobre sus súbditos inmensos raudales de bondad. Por lo demás la religión y la potestad real, tan arraigada entonces en los pechos castellanos, hacían que se respetase en ella la majestad suprema. Algunas veces Juana se mostraba a sus vasallos; daba audiencias y recibía los embajadores. Las facciones se cubrían en esta época como sucede siempre, con su nombre y el de su hijo menor aun, para realizar ambiciosos planes; pero por una coincidencia extraña, el nombre de Juana se halla en la historia asociado y en todos los actos de autoridad, al nombre del poderoso Carlos V. En Tordesillas el 4 de diciembre de 1553 murió la hija de Isabel, legando al primer príncipe del siglo, el mas vasto y mas rico imperio del universo.


(Extraído de EL GABINETE DE LECTURA, Gaceta de las familias. Madrid 20 de febrero de 1842).



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Francisco José Orellana – LA REINA LOCA DE AMOR

Francisco José de Orellana (1820-1891), había comenzado su carrera con un libro de poesías: Lágrimas del Corazón. (1848). Pero rápidamente se especializó en folletines históricos en la línea de Manuel Fernández y González, con títulos como Gontrán el bastardo o el Pastor de las Navas (1853), Isabel Primera (1854), El conde de España o la Inquisición militar (1856), Luz del Alba o El hombre de cuatro siglos (1857), Quevedo (1857) o Cristóbal Colón (1858). De 1871 es Historia del General Prim  de contenido político y tendencia progresista.
Una de sus novelas de más éxito fue La reina loca de amor (1854), publicada tan sólo un año antes del estreno de Locura de amor, el drama de Manuel Tamayo y Baus.

“Orellana nació en Albuñol, en plena Alpujarra —escribe Federico Rahola en su discurso necrológico sobre el autor—, el 6 de Agosto de 1820. Debió ejercer primordial y marcado influjo en el espíritu de Orellana, el periodo transcurrido desde el año 35 al 40, que corresponde al de sus 15 a 20 años, edad en que el entendimiento y el corazón reciben las más duraderas e indelebles impresiones.
Por aquel entonces, hacía el romanticismo estragos en todas partes. Wherter y René eran los tipos ideales a que aspiraban a acercarse todos; los Bandidos de Shiller y el D. Alvaro representaban el espíritu indómito que bullía en todas las inteligencias y agitaba todos los corazones. Era la época de Víctor Hugo, de Chateaubriand, de Lamartine.
Orellana, que estudiaba en Granada jurisprudencia y humanidades, tenía a su lado a Fernández y González, a Alarcón, a Valera, pléyade de jóvenes destinados a gran renombre, todos imbuidos en las nuevas ideas. ¿Cómo librarse del contagio?”.

La aparente locura de la Reina Juana vino a ser asunto tratado una y otra vez por los novelistas románticos, divulgado por sus herederos los folletinistas, y aún llegado al teatro europeo y cine de nuestros días. La razón de la permanencia del tema está en las pasiones humanas que encierra: los celos. La pasión de la reina, y la vigilancia que hizo a su esposo crecieron ante su negativa a aceptar la muerte del ser querido.
“En diciembre de 1506 —apunta Jiménez Losantos en uno de sus artículos de Los Nuestros—una mujer embarazada de ocho meses anda de noche, a pie, por los campos de Castilla. Va detrás de un cortejo silencioso que a la luz de las antorchas porta un ataúd. En él van los restos de su joven marido, muerto tres meses antes. La mujer lleva al cuello, colgada de una cinta negra, la llave del féretro. El cortejo no para en las ciudades, ni en los pueblos, ni en las posadas, ni en los conventos de monjas, ni en ningún lugar donde pueda encontrarse una joven. A la viuda la acompañan hombres armados y con antorchas, algún fraile y mujeres mayores. Ella lleva el rostro cubierto por un velo, pero todos saben que esa mujer que se esocnde tras un velo negro es la más rica y poderosa del mundo. Es doña Juana I de Castilla que, huyendo de la peste declarada en Burgos, lleva a su marido don Felipe I a enterrar a Granada, junto a la reina Isabel la Católica”.




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Roger Collins - LA ESPAÑA VISIGODA (409-711)

La España visigoda se nos solía presentar como la prefiguración de una monarquía unificada en que la Iglesia y Estado colaboraron para crear una sociedad ordenada y estable. La ruptura con esa tradición fosilizada nos permite mirar hoy con nuevos ojos a una época que Roger Collins nos invita a reconsiderar, sobre la base de las nuevas aportaciones realizadas por la investigación histórica y arqueológica. El cuadro tradicional queda aquí transformado en la imagen de una sociedad en la que una pequeña aristocracia militar dominaba una amplia población civil que no sólo no se integró con ella, sino que vio con la mayor indiferencia su derrota a manos de un puñado de invasores del otro lado del estrecho.
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Juan Ortega Rubio - LOS VISIGODOS EN ESPAÑA

Juan Ortega Rubio fue un reconocido historiador que nació el 6 de febrero de 1845 en Puebla de Mula.
Tras hacer sus primeros estudios en la capital municipal de Mula, ingresó en el Seminario de San Fulgencio de Murcia. Aunque la intención no fuera la de realizar enteramente estudios eclesiásticos, era usual, en la época, que el seminario resultara una primera etapa en la formación académica, sobre todo si existían intenciones de hacer estudios superiores.
Tras su etapa por el Seminario Diocesano se trasladó a Madrid para ingresar en el Instituto de San Isidro, donde se graduó como Bachiller en Artes en el año 1866. Tres años después de su graduación se licenció en Filosofía y Letras, doctorándose en el año 1871.
En Valladolid, Ortega y Rubio llegó a cursar también estudios de derecho, que completó en 1880. Pero unos años antes de terminar estos últimos, en 1876, fue nombrado catedrático de Historia Universal en la Universidad de Valladolid.
En 1883 se trasladó a Madrid, donde ejerció como catedrático hasta 1918.
La labor de Ortega y Rubio fue variada y abundante, además de preocuparse de numerosas historias locales, sobre todo de la ciudad pucelana, de la que destaca su Historia de Valladolid como manual de referencia, también investigó otras regiones, como lo refleja las relaciones topográficas del municipio alcalaino de Villabilla, al tiempo que efectuó la traducción de los textos de Dradley, como su Historia de los Godos o la Historia de Holanda de Rogers.
Además de su labor académica se ocupó de la redacción de la Revista Contemporánea, siendo director de la misma desde 1901, una publicación donde a veces escribía con el seudónimo de Pedro Ansurez.
Entre sus obras figuran:  Historia de la Regencia de María Cristina Habsbourg-Lorena, ‎Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, Historia de Madrid y de los pueblos de su provincia, Historia de España, un Compendio de Historia Universal y la presente Los visigodos en España.
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Andrés Bernáldez - HISTORIA DE LOS REYES CATÓLICOS

Andrés Bernáldez, (Fuentes de León, Badajoz , hacia 1450 - Los Palacios y Villafranca, 1513), conocido como el cura de los Palacios, fue un eclesiástico e historiador español. Fue capellán de Diego de Deza, arzobispo de Sevilla.
En su Historia de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel recoge aspectos importantes de la Castilla de finales del siglo XV: la Guerra de Granada, la expulsión de los judíos y las vicisitudes de Cristobal Colón (del que recoge haber sido amigo personal, haberle alojado varias veces en su casa de Los Palacios y Villafranca, y trabajar sobre testimonios y documentos proporcionados por él mismo de primera mano; siendo una de las fuentes que más claramente recoge su origen genovés.
Sus restos se creen enterrados en la Parroquia Mayor de Santa María la Blanca de la sevillana localidad de Los Palacios y Villafranca, donde ejerció su cargo parroquial. En esta Parroquia son sus libros parroquiales los más antiguos que se conservan.

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Antonio Ferrer del Río - EXÁMEN HISTÓRICO-CRÍTICO DEL REINADO DE DON PEDRO DE CASTILLA

Pedro I de Castilla, el Cruel o el Justiciero (Burgos, 30 de agosto de 1334 - Montiel, 23 de marzo de 1369), hijo de Alfonso XI de Castilla y María de Portugal, reinó sobre Castilla y León entre 1350 y 1369, año en que fue asesinado, posiblemente por su hermano bastardo Enrique de Trastámara, el futuro Enrique II de Castilla contra quien luchara durante todo su reinado.

Antonio Ferrer del Río fue uno de los más importantes representantes junto al conde de Toreno, Alcalá Galiano, o el marqués de Miraflores, de una cierta historiografía isabelina, filosófica de herencia ilustrada, no exenta de ingredientes románticos y referentes guizotianos, donde la estructura político-jurídica se convierte en el hilo conductor de la historia nacional.
Entre sus obras destaca Historia del levantamiento de las comunidades de Castilla, 1520-1521, el Examen histórico-crítico del reinado de D. Pedro de Castilla (1851) y la Historia del reinado de Carlos III en España (1856). En 1867 publicó las biografías de sus amigos Modesto Lafuente y José de Espronceda.
Destacado traductor, tuvieron especial fortuna sus versiones de la Historia del Consulado y del Imperio de Adolphe Thiers y de la Historia universal de César Cantú.
Cultivó también la literatura. Discípulo de Alberto Lista, en 1846 publicó una Galería de la literatura española que le abriría años más tarde las puertas de la Real Academia Española.
Autor de novelas históricas como De patria en patria (1861), fue además activo periodista (dirigió en 1843 El Laberinto y colaboró asiduamente en las más importantes revistas de su época). Liberal progresista, en 1871 fue nombrado Director General de Instucción Pública.
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Andrés Giménez Soler - EL SITIO DE ALMERÍA EN 1309

Andrés Giménez Soler (Zaragoza 1869 - id., 1938) fue un excepcional catedrático e investigador formado en Zaragoza, en cuya Facultad de Letras recibió fuerte influencia de su profesor Pablo Gil, quien le hizo preocuparse por el arabismo entonces en boga en la Universidad zaragozana; doctorado en Madrid, oposita al Cuerpo Facultativo de Archivos, ganando plaza en 1893 con destino en el Archivo de la Corona de Aragón de Barcelona, a la sazón bajo la dinastía de los Bofarull. Allí, durante doce años, se dedica a estudiar fuentes documentales aragonesas y comienzan sus primeras publicaciones sobre figuras del reino, instituciones y temas arabistas; su primer trabajo sustancial para el futuro será el relativo al origen del Justicia de Aragón. En sus veinticinco años de catedrático en Zaragoza, escribió y publicó cerca de un centenar de libros y monografías sobre historia, especialmente de España, y de todas sus épocas, sobre arte, sobre arabismo, sobre geografía, sobre temas docentes y aun filosóficos.
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Álvaro Lope Orriols - POLÍTICA ECONÓMICA DE LOS REYES CATÓLICOS

Estudio histórico crítico leido en la solemne clausura de la Serie de Conferencias dadas en la Sociedad Económica Graciense de Amigos del País, para conmemorar el IV Centenario del descubrimiento de Ámerica.
Álvaro Lope Orriols fue presidente de dicha Sociedad Económica, individuo correspondientes de las Reales Academias de Buenas Letras de Barcelona y Matritense de Jurisprudencia y Legislación. Socio Honorario de la Asociación de Escritores y Artistas, miembro de los Congresos Económico y Mercantil de Barcelona, Vicepresidente de la Asociación de Publicistas e individuo de otras varias sociedades literarias y científicas.



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José Augusto Sánchez Pérez - ALFONSO X EL SABIO

Alfonso X, llamado el Sabio, fue rey de Castilla y de León entre 1252 y 1284, siendo una de las figuras políticas y culturales más significativas de la Edad Media en la Península Ibérica y en el resto del continente europeo. Hijo del monarca Fernando III -en el cual confluyeron definitivamente los dos tronos que habrían de constituir la Corona de Castilla- y de la primera esposa de éste, Beatriz de Suabia -hija del emperador Felipe de Suabia-; nació el 23 de noviembre de 1221, en Toledo. Contrajo matrimonio, en 1249, con Violante de Aragón, hija del rey aragonés Jaime I el Conquistador. A la muerte de su padre, reanudó la ofensiva contra los musulmanes (dentro del proceso general de la Reconquista), ocupando las fortalezas de Jerez (1253) y Cádiz (c. 1262). En 1264, tuvo que hacer frente a una importante revuelta de los mudéjares asentados en el valle del Guadalquivir. La tarea más ambiciosa del Rey fue su aspiración al Sacro Imperio Romano Germánico, proyecto al que dedicó más de la mitad de su reinado. La última familia que había ostentado la titularidad del Imperio eran los Hohenstaufen, de la que descendía por línea materna Alfonso X. Junto al Rey Sabio apareció otro candidato al Sacro Imperio, el inglés Ricardo de Cornualles. En 1257, los siete grandes electores imperiales no unificaron su decisión y durante varios años el Imperio estuvo vacante, ya que ninguno de los dos candidatos consiguió imponerse. Finalmente, en septiembre de 1273, Rodolfo I de Habsburgo fue elegido emperador y, en mayo de 1275, Alfonso X renunció definitivamente al Imperio ante el papa Gregorio X.
Los últimos años de su reinado fueron especialmente sombríos. Desde 1272, un sector de la alta nobleza se enfrentó al monarca. Además, la muerte en 1275 del infante Fernando, primogénito de Alfonso X, abrió un disputado pleito de sucesión. Los hijos de aquél, los llamados infantes de la Cerda, Alfonso y Fernando, pugnaron por la sucesión regia con el infante Sancho, segundo de los hijos de Alfonso X. Finalmente, fue este último infante el que consiguió imponerse en el trono, al que accedió en 1284 -tras el fallecimiento de su padre-como Sancho IV.
En el terreno económico, Alfonso X facilitó el comercio interior en su reino con la concesión de ferias a numerosas villas y ciudades. El Rey estableció un sistema fiscal y aduanero avanzado que potenció los ingresos de la Hacienda regia. Su más conocida disposición en asuntos económicos fue el reconocimiento jurídico del Honrado Concejo de la Mesta, institución aglutinadora de los intereses de la ganadería trashumante del reino.
Una de las facetas más importantes del reinado de Alfonso X fue su labor legisladora, indisolublemente ligada a la introducción en Castilla y León del Derecho romano. Bajo su impulso, se organizó un formidable corpus de textos jurídicos, tanto doctrinales como normativos. Sus obras más significativas en este terreno fueron el Fuero Real, el Espéculo y el Código de las Siete Partidas. Las grandes realizaciones del monarca en el campo de la cultura le merecieron con justicia el apelativo de Sabio . La nota más singular de su empresa cultural fue su vinculación simultánea a Oriente y Occidente. Con él se desarrolló en la Corona de Castilla una cultura de síntesis, en la que entraban ingredientes tanto cristianos como musulmanes y judíos. La fecundidad de la colaboración entre intelectuales de las tres culturas tiene su máxima expresión en la Escuela de traductores de Toledo.
Dentro de esta magnífica empresa cultural brilló con luz propia la astronomía, cuya obra más significativa fueron las Tablas astronómicas alfonsíes, elaboradas en 1272. La actividad historiográfica de Alfonso X y de sus colaboradores se concretó en obras como la Estoria de España y la Grande e general estoria, redactadas en lengua romance como prueba del importante apoyo del monarca al idioma castellano.
En el campo de la poesía, Alfonso X nos ha transmitido un espléndido repertorio de Cantigas, siendo las más conocidas las de carácter religioso o de Santa María. El monarca castellano-leonés potenció notablemente los estudios musicales, y, en el terreno propiamente recreativo, destaca la obra que salió de los talleres alfonsinos con el nombre de Libros de axedrez, dados e tablas. Por lo que se refiere a la arquitectura, la obra más importante llevada a cabo durante su reinado fue la catedral de León, finalizada años después del fallecimiento de Alfonso X, el cual tuvo lugar, el 4 de abril de 1284, en Sevilla.
© eMe

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Carlos Navarro y Rodrigo - EL CARDENAL CISNEROS

Prólogo a la obra.

Concebí esta obrita como una máquina de guerra contra la situación pasada. En unos tiempos en que la prensa, sobre esclava, estaba a merced de funcionarios, cuyo celo era superior a su ilustración, y nada la permitían que de cerca o de lejos turbase la plácida beatitud de los Ministros, era preciso acudir a la Historia para que a pretexto de esclarecer épocas y sucesos pasados, pudieran aventurarse observaciones y juicios acerca de todo lo contemporáneo, tan lleno de iniquidades y vergüenzas.
No hay duda alguna de que existe una gran semejanza, cuando no una triste identidad, entre los tiempos, de Enrique IV y los últimos por que ha pasado nuestra infeliz Patria. No hay duda alguna de que el espléndido período de la Reina Católica y los años postreros de la última domiación, constituyen una perfecta antítesis. Evocar vagamente una y otra época para atraer la indignación pública con este paralismo histórico, sobre esa dominación , asombrosamente igual a la de Enrique IV, por sus desórdenes y vicios, radicalmente opuesta a la de la primera Isabel, que tanta grandeza, virtudes , genio y patriotismo tuvo; hé aquí lo que me propuse al escribir la biografía del Gran Cisneros, que me daba ocasión para hacer excursiones sobre estos dos remados y deslizar mi critica, histórica al parecer, contra todo lo que pasaba en España.
El cañón de Alcolea derrumbó aquella situación antes de que empezase a ver la luz pública mi pobre trabajo, pero cuando ya estaba con repetición anunciado en las columnas de La Revista de España. Quise recoger el original que tenia dado, y no lo consintió el ilustrado Director propietario de la misma, fundándose en que era faltar a un compromiso contraido con el público. Cedí, y entonces empezaron de nuevo mis apuros, porque envuelto, a pesar de mi insignificancia, en el ardiente torbellino de la politica, individuo de la Junta revolucionaria de Madrid, teniendo que acudir a los Comicios electorales de una provincia lejana para poder
formar parte de la Asamblea Constituyente, y en caso de que el éxito coronase mis esfuerzos, como lo conseguí, habiendo de cumplir con los deberes que acompañan al cargo de Diputado, importantísimo hoy como nunca, iba a faltarme el tiempo para revisar lo escrito y acabar mi estudio.
No se extrañen, pues, sus defectos. De todos modos, era un ensayo; pero escrito en las condiciones en que éste lo ha sido, deben de ser muchas, son indudablemente muchas sus faltas. Dicen que siempre los padres encuentran a sus hijos hermosos, acabados, perfectos. No ocurre así al autor de estas líneas respecto a la biografía de Cisneros. No le maravillará que se la motegen en todos sentidos. Si algo le asombra, es que haya podido verla concluida, cuando tantos asuntos solicitaban perentoriamente su atención, y tenía que consagrarse horas enteras, durante muchos días, a un trabajo árido, oscuro, penoso, al de consultar libros antiguos, lo mismo de la Biblioteca Nacional que de otras particulares, y hasta papeles del Archivo de Simancas.
Mil gracias a mi docto y buen amigo D. Manuel M. Murguía, Director del último, que me ha facilitado gustoso cuantos datos le he pedido, y gracias también a D. Feliciano Ramírez de Arellano, deudo muy querido mío, que ha puesto a mi disposición los raros y curiosos libros de su escogida biblioteca.
Una observación para concluir. Los estudios históricos no brillan en proporción de los trabajos que suponen. Un escritor de imaginación, un poeta, un novelista, tiene dentro de su fantasía como la primera materia de todas sus obra: el que a la historia se dedica es, en primer lugar, el minero que va por galerías y subterráneos buscando el metal precioso que siempre encuentra mezclado con impuras escorias; después debe de tener algo del químico para analizar y depurar en el crisol de su crítica los materiales acumulados; y por último, necesita ser artífice para presentar al público con formas bellas, o agradables al menos, la plata o el oro que le han dado sus anteriores análisis.
En el ensayo que entrego a la estampa, y apenas si merece el nombre de estudio histórico, yo puedo asegurar que he tenido mucho del pobre minero. ¿Habré tenido algo del químico? ¿Habré tenido algo del artista? Mucho lo dudo, porque después de todo, cuando yo veo concluido mi libro, digo lo que Cisneros , que, al embarcarse en Cartagena para África, cuando creía tener admirablemente dispuesta su expedición , escribía con tristeza: Yo he recibido mucho trabajo y no poco desengaño que pensaba que sabia ordenar estas cosas.

Carlos Navarro y Rodrigo, 1869


 

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Juan de Vallejo - MEMORIAL DE LA VIDA DE FRAY FRANCISCO JIMÉNEZ DE CISNEROS

FRANCISCO JIMÉNEZ DE CISNEROS (1436-1517)
por Luis Suárez Fernández

Nació en Torrelaguna (Madrid) el año 1436, y murió en Roa (Burgos) el 8 de noviembre de 1517. Hijo de un hidalgo de escasa fortuna, Cisneros ha llegado a ser, por un conjunto de circunstancias ajenas enteramente a su voluntad, uno de los más excelsos personajes de la historia de España. Por su formación era un universitario, estudiante en Alcalá, graduado en Salamanca y viajero a Roma. De Roma trajo una bula del Papa otorgándole el primer beneficio que vacara en el arzobispado de Toledo. Vacó el arciprestazgo de Uceda. Pero el arzobispo Carrillo, que había destinado la prebenda a un pariente suyo, intentó convencer a Cisneros de que renunciara. El temple del futuro cardenal era de hierro. Fue a la cárcel y no renunció, hasta que el arzobispo, convencido por algunas personas, cedió y le permitió tomar posesión de Uceda. Desde aquí pasó a Sigüenza, en cuya iglesia catedral fue capellán mayor, y vicario del obispo, cardenal Mendoza. La amistad con don Pedro González de Mendoza fue el comienzo de su extraña fortuna, pues supo apreciar el valor de Cisneros. En 1484 abandonó la capellanía y, bruscamente, ingresó en el convento de franciscanos de San Juan de los Reyes, en Toledo. Vivió, durante ocho años, en pleno arrebato ascético. Fueron, según confesión propia, los años más felices de su vida. Su poderosa elocuencia, simple, incluso tosca, pero honda y profundamente humana, le permitía arrastrar las multitudes. Su fama era ya inmensa en 1492, cuando, tras haber corrido los conventos de Castañar y la Salceda, era guardián en este último. Poseía dotes para el mando, pero era quizá excesivamente duro. Cisneros marchó siempre hacia su objetivo derribando obstáculos, nunca soslayándolos.
En 1492, designado arzobispo de Granada fray Hernando de Talavera, quedó vacante el puesto de confesor de la reina. Entonces el cardenal Mendoza, que guardaba de él un gran recuerdo, recomendó para este cargo a fray Francisco. Comenzó así a intervenir en política, como consejero de la reina. Al mismo tiempo, designado provincial, recorría los conventos franciscanos y formaba su primer gran proyecto: la reforma de su Orden. La ocasión llegó cuando, muerto el cardenal Mendoza, Cisneros fue designado, por recomendación del difunto, para sucederle en la silla primada de Toledo (1495). Su reforma tuvo dos partes sucesivas: en su Orden trató de restablecer la observancia de la regla franciscana en su prístina pureza; en el clero secular intentó poner coto a las inmunidades y privilegios. En uno y otro caso encontró una dura resistencia. Los franciscanos acudieron al general de la Orden; los canónigos, al Papa. Todo fue inútil. La reforma siguió adelante.
En 1499, hizo, acompañando a los reyes, un viaje a Granada. Allí consideró que la obra de conversión, realizada por fray Hernando de Talavera, mediante la dulzura, iba muy despacio y resolvió quedarse en la ciudad para dar mayor impulso a la misma. Mediante conferencias con los alfaquíes y dádivas, obtuvo en las primeras semanas unos resultados maravillosos. Pero con ello se atrajo el odio de los moros y produjo el descontento. Sin arredrarse, Cisneros empleó mano dura contra los inquietos, haciendo encarcelar a los más peligrosos. El resultado fue un terrible motín que estuvo a punto de costar la vida a Cisneros. Sitiado en su casa de la Alcazaba, se defendió con sus criados toda una noche. Inmediatamente hubo de abandonar la ciudad. Su celo excesivo sirvió tan sólo para provocar una terrible guerra de guerrillas en las Alpujarras. Tres años más tarde, en 1502, dominada ya la insurrección, obtuvo de los reyes que los mudéjares de Castilla fuesen obligados a convertirse o a emigrar. Es muy difícil juzgar a Cisneros en este punto. Si hubo por su parte dureza y hasta crueldad, ¿no era ciertamente un tremendo peligro para España la existencia de contingentes crecidos de musulmanes, correligionarios y simpatizantes de turcos y berberiscos?
Los últimos años de la vida de Isabel la Católica los pasó Cisneros casi siempre en la corte. Era el consejero más fiel. Al mismo tiempo, se ocupaba en sus proyectos de reforma de las costumbres, y en uno nuevo: la moderna Universidad de Alcalá de Henares, uno de sus mejores timbres de gloria. No estaba, sin embargo, en Medina del Campo cuando murió la reina. Era una hora de crisis para Castilla. Entre Felipe el Hermoso y Fernando el Católico, Cisneros se inclinó por este último, intervino en todas las negociaciones de la concordia de Salamanca y luego permaneció al lado del monarca flamenco cuando el aragonés marchó a Nápoles. En 1506 murió Felipe I. Cisneros, obrando por su propia autoridad, constituyó una regencia con los nobles más fieles a la memoria de Isabel y reclutó tropas. Así cortó de raíz los manejos turbios de la camarilla de descontentos que quería entregar la regencia a Maximiliano de Austria. El cardenal dirigió un mensaje a Fernando el Católico urgiéndole el retorno. Éste le trajo, en nombre del papa, el capelo desde Roma.
Cisneros aprovechó la presencia de Fernando el Católico para dar impulso a un proyecto que siempre había acariciado: la conquista del Norte de África. En 1507, el dinero de la archidiócesis de Toledo sirvió para financiar la expedición victoriosa contra Mazalquivir. Al año siguiente, el cardenal preparó directamente la conquista de Orán y del reino de Tremecén, firmando para ello las oportunas capitulaciones con Fernando el Católico. Le acompañó en la empresa Pedro Navarro, uno de los más famosos capitanes de aquel tiempo. La ciudad fue tomada después de un vigoroso asalto (1509). La campaña no siguió, porque Cisneros interceptó cartas de Fernando el Católico a Pedro Navarro, que le hicieron entrar en sospecha. En efecto, el monarca no ahorraba sinsabores a Cisneros, de quien quería obtener la permuta de la silla primada por la de Zaragoza que ocupaba su hijo natural Alfonso de Aragón. Una vez más se puso de manifiesto la voluntad inflexible del franciscano.
Fernando no tenía simpatía por Cisneros, pero en el fondo de su alma de gobernante sentía una profunda admiración por aquel hombre duro, tenaz, infatigable, que aprovechaba los meses que le dejaba libre el servicio del rey para crear la magnífica Universidad de Alcalá, y para preparar la edición de la Biblia Complutense. Por eso, en el momento de morir, le dejó encomendada la regencia, durante la menor edad de su nieto Carlos de Gante. El 23 de enero de 1516, Cisneros tomó posesión de su gobierno y se mantuvo en él a pesar de la oposición de los nobles e incluso del infante don Fernando.
Cisneros consiguió que el propio príncipe heredero don Carlos confirmase su nombramiento de regente. Tenía un gran enemigo: la nobleza. Contra ella organizó una milicia ciudadana destinada a constituir un cuerpo de 30.000 hombres que impondrían la autoridad de la corona en todas partes. Los nobles trataron de estorbarlo, y fomentaron incluso rebeliones en algunas ciudades, la principal de todas en Valladolid. Cisneros dominó los motines, e impuso a los nobles el reconocimiento de Carlos como rey, y no sólo como regente. Hasta dos guerras exteriores hubo de realizar: una en Navarra, en donde Juan de Albret retornaba con ánimo de recobrar su reino, y otra en el Mediterráneo contra el corsario Barbarroja. La primera se tradujo en una victoria castellana. Cisneros tomó la medida de destruir todas las fortificaciones navarras, a excepción de Pamplona. La segunda fue una derrota.
Carlos tenía prisa en reinar. Sus consejeros no, pues desde Flandes vendían y daban las mercedes que les parecía oportuno. Únicamente y para contrarrestar la eficaz labor de Cisneros, enviaron sucesivamente tres personajes: Adriano de Utrecht, deán de Lovaina, La Chau y Amerstoff. No llegaron a alcanzar influencia. Finalmente, el propio rey vino a España desembarcando en Tazones (Asturias), el 19 de septiembre de 1517. Cisneros salió a su encuentro. Se había acordado verificar éste en Mojados, cerca de Valladolid. Pero el anciano cardenal no llegó a conocer al monarca cuya corona había salvaguardado íntegramente, pues en el camino, murió en Roa, el 8 de noviembre de 1517.

Luis Suárez Fernández, Francisco Jiménez de Cisneros, en AA. VV., Diccionario de Historia de España. Madrid, Revista de Occidente, 1952, Tomo I, pp. 655-656.

 
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