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Ángel Ganivet – EL ESCULTOR DE SU ALMA

Prologando la primera edición de esta postrera obra de Ganivet, Francisco Seco de Lucena escribe:
«El 1.º de Marzo de 1899 se estrenó en el teatro de Isabel la Católica de Granada, un drama místico, original de Ángel Ganivet y titulado El escultor de su alma.
El público, deslumbrado por la brillantez y armonía de una versificación sonora y rotunda, hermana gemela de la que subyuga en las obras de Calderón y Lope, fascinado por la sublimidad de los conceptos que surgían de boca de los actores, cayendo sobre la sala como manantial inagotable de belleza que hería la imaginación y sacudía fuertemente el espíritu, quedó cautivo del poeta desde el principio del drama, y tributó a la obra y al autor una ovación tan entusiasta como no se ha oído otra en el coliseo granadino.
Nadie pidió el nombre del autor, porque era de antemano conocido, ni se pidió tampoco su salida a la escena, porque quien concibió y dio forma a aquella soberana producción dramática, no pertenecía ya al mundo de los vivos.
La sensación que produjo aquella obra genial, inspirando en el ánimo de los amigos y admiradores de Ganivet y en general de los granadinos, vivísimo deseo de conservarla impresa, me han inducido a publicarla, con lo que juzgo cumplir un deber; pues habiendo tenido la fortuna de que el autor me confiara su obra, enviándome desde Riga para su representación en Granada, el manuscrito original de El escultor de su alma, considero que la obra de que se trata merece ser difundida por medio de la imprenta, a fin de que no permanezca escondida esta valiente y genial tentativa de reconstitución de nuestro teatro, iniciada por un granadino que honra con su nombre el de esta ciudad y el de la patria española.
El escultor de su alma es la única obra de Ángel Ganivet que permanece inédita. Sus demás libros, aunque reducidos a un escaso círculo por lo corto de las ediciones, están ya impresos. Algunos, como Granada la bella, Cartas finlandesas y Hombres del Norte, los publicó en artículos El Defensor de Granada, y son muchos los lectores granadinos que los conservan cuidadosamente. No se halla en el mismo caso la producción dramática, y a satisfacer un deseo general, así como a rendir el debido tributo de admiración al ilustre y malogrado literato, se encamina la publicación de este libro.
(…) Como detalle curioso de nuestra vida escolar en el Instituto, recuerdo que por aquel tiempo el autor de los magníficos versos que hacen de El escultor de su alma una de las obras de forma más brillante de nuestro teatro, sentía un profundo desdén por la rima y el metro. El profesor de Retórica quiso un día conocer las facultades poéticas de todos sus alumnos y, quizá con la esperanza de encontrar entre nosotros la crisálida de algún Zorrilla, escribió sobre el encerado, con clara letra, diez palabras que, formadas en columna una debajo de otra, constituían las terminaciones de los versos de una décima.
Para mañana, -nos dijo el catedrático- deben ustedes traer a clase una décima, y para ahorrarles el trabajo de los consonantes, ahí los tienen ustedes en el encerado. Todo se reduce a un trabajo de relleno que no puede ser más fácil.
Al día siguiente, no se reveló ningún poeta; pero se vio a cuanto alcanza la resistencia de una casa ruinosa, porque a pesar del diluvio de ripios que cayó aquella mañana sobre la clase de Retórica, el Instituto no se hundió.
Sólo un pequeño grupo de estudiantes no tomó parte en el concurso. Entre ellos figuraba Ganivet, que nos sorprendió con su retraimiento, y lo explicó en estas sustanciosas palabras:
-Para decir tonterías en verso, mejor es escribir prosa, o no escribir ni en prosa ni en verso, que es lo que yo hago.

(…) Las ideas que expuso Ganivet en uno de los más interesantes capítulos de Granada la bella acerca de «lo viejo y lo nuevo» tienen su aplicación práctica a la literatura dramática en la genial producción que con el título El escultor de su alma, drama místico en tres autos me envió desde Riga en Noviembre de 1898, días antes de su muerte.
Preocupándole la decadencia de nuestro teatro, hizo en El escultor una valiente tentativa encaminada a marcar los rumbos de la reconstitución posible del arte dramático mediante la adaptación de lo genuinamente nacional, lo que gloriosamente fructificó en siglos pasados, al espíritu de la época.
La representación de la obra, que fue un verdadero triunfo, dio lugar a los más apasionados comentarios, pues reconociendo todos su indiscutible mérito, diferían en cuanto a su fondo filosófico, y mientras unos, de acuerdo en esto con el pensamiento del autor, calificaban el drama como una producción que cabe dentro de la más pura ortodoxia, ya que el espíritu rebelde y antirreligioso de Pedro Mártir queda vencido al final del drama, otros por el contrario le atribuían una significación demoledora y una tendencia completamente negativa, no faltando tampoco quienes, apartándose de las dos interpretaciones, entendieran que el fondo del drama no afecta a las creencias religiosas, y que todo él se reduce a una teoría estética desarrollada en una acción dramática.
En realidad El escultor de su alma, merece la calificación de drama místico que le diera su autor.
El pensamiento artístico que guió a Ganivet cuando lo escribía, o mejor dicho, cuando lo pensaba, era el de adaptar los autos sacramentales del siglo de oro a las ideas y aspiraciones de nuestros días. Esta tendencia percíbese bien clara en el auto primero o auto de la fe cuya versificación emula las esplendideces de la forma calderoniana, y el concepto aparece sutil, algunas veces alambicado y siempre de gran altura filosófica. El auto segundo o del amor es de estilo más moderno, más plástico y por consiguiente más comprensible; y por último el auto de la muerte con que finaliza la obra, vuelve afectar el sello de grandeza hierática que ya se percibe en el primero, y deja al espectador suspenso, atónito y deslumbrado.
La idea principal de este drama singularísimo es también la auto-perfección del espíritu humano, conseguida mediante la lucha y el dolor; por eso le cuadra perfectamente la denominación de drama místico.
Pero al mismo tiempo El escultor de su alma es una creación grande y profundamente humana; en esta cualidad se halla el secreto de su fuerza dramática y su poder de fascinación sobre los públicos que ha de ir aumentando según transcurra el tiempo y el drama sea más conocido y se divulgue. Entre las cuatro figuras que intervienen en la acción y que han de tomarse como símbolos y no como figuras de carne y hueso (en cuyo último caso algunas escenas, de las más bellas ciertamente, no tienen explicación) sobresale la del protagonista Pedro Mártir en quien Ganivet quiso encarnar el hombre natural.
Pedro Mártir es un personaje al que no es difícil encontrar parentesco en la literatura dramática; pero en honra del autor y de la grandeza del tipo hay que decir que esos parientes de El escultor son las primeras figuras del arte universal, y se llaman Prometeo, Edipo y El Doctor Fausto. Las tres tienen con Pedro Mártir ciertos puntos de semejanza y ninguna se confunde con él; puede decirse que las cuatro figuras son otros tantos aspectos de una sola; la figura desolada del hombre, esclavo de la propia imperfección, combatiente siempre vencido y nunca domado, titán que trata de escalar el cielo por la conquista de la luz y prisionero eterno de las sombras.
En torno de esta colosal y novísima concepción del espíritu humano y de sus luchas, que aunque pretendiera explicarla no lo conseguiría, muévense otras figuras simbólicas: Cecilia personificación de la mujer creyente, y admirable contraste del espíritu rebelde de Pedro Mártir; Alma la creación humana, hija de la razón y de la fe, y símbolo de la belleza ideal, y por último Aurelio en quien se sintetiza la vanidad del mundo y es la única figura pequeña del drama, que está todo lleno por las dudas y rebeldías de Pedro Mártir, las ternuras de Alma y la resignación heroica de Cecilia, junto a las cuales la mediocridad de Aurelio resuena como una calabaza hueca.
Aún cuando en el segundo tomo de Los trabajos de Pío Cid, alude Ganivet, al referir las sustanciosas pláticas del protagonista con sus amigos de la «Cofradía del Avellano» a una tragedia que parece ser El escultor, de la que dice tenerla ya escrita, aunque sin bautizar, yo creo que el drama a que me estoy refiriendo ahora, no estaba escrito en aquella fecha, que es la del verano de 1897, sino que se escribió después, o por lo menos lo reformó el autor grandemente. Para ello me fundo en que Ganivet, no era hombre que dilatase la publicación de sus obras, una vez escritas y hasta setiembre de 1898 no me habla en sus cartas particulares de El escultor; y por otra parte encuentro el fundamento a mi creencia en que la referida producción parece de los últimos meses de su vida, pues ya se observan en ella ciertos rasgos de pesimismo tan acentuados, una tendencia al absoluto reposo como felicidad suprema, y un tan grande desprecio de todo lo terrenal, que no parece, sino que quien tales pensamientos concebía y expresaba, encontrábase ya casi desprendido de este mundo y mirando de frente el eterno arcano.
Al escribir este drama, como siempre que se elevaba a las puras regiones del ideal, Ganivet tenía el alma puesta en Granada, y así lo revela no sólo que el lugar de la acción es la Alhambra, a cuyos torreones está dedicado uno de los fragmentos poéticos más hermosos de la obra, sino que Ganivet quiso estrenarla en su tierra, y que los derechos de autor se dedicasen a aumentar el fondo disponible para erigir una estatua en esta ciudad al genial artista granadino Alonso Cano.
Por lo que hace a la forma literaria de esta audacísima y genial obra que cierra con broche de oro la producción de Ángel Ganivet, no necesito hacer demostración alguna: pronto saldrá el que me leyere (si hay quien tenga esa paciencia) del erial de este difuso y desmañado prólogo, para entrar en el campo amenísimo de El escultor. En él desde las primeras escenas percibirá los destellos geniales de aquel soberano talento; en esas páginas comprenderá que no han sido la amistad y el cariño los que me han guiado en esta exposición de los méritos literarios de Ganivet, sino el sentimiento de la más sincera y estricta justicia».

«La pieza teatral de Ángel Ganivet puede entenderse, en principio, como resultado de un influjo hispánico; en este sentido creemos que tanto Calderón de la Barca como los primitivos dramaturgos españoles parecen estar gravitando sobre la misma, como puede apreciarse, por ejemplo, en la concepción tripartita propia de algunos autos del final de la Edad Media o del primer Renacimiento, titulados aquí Auto de la Fe, Auto del Amor y Auto de la Muerte. Pero, junto a las raíces propiamente hispánicas, hay que apuntar también en la concepción de esta obra diversas corrientes finiseculares, de carácter simbolista, que sin duda Ganivet conocía y que han marcado en cierto sentido su drama. Junto a dramaturgos del norte de Europa, como Henrik Ibsen o Björnstjerne Björnson, analizados o comentados en los textos que componen Hombres del Norte, hay otros escritores que aportan por entonces una teoría y una práctica (entre los que están los franceses Stephane Mallarmé y Villiers de L´Isle Adam o el belga Maurice Maeterlinck) en la que se aprecian elementos constatados también en el drama ganivetiano.
Podemos concluir que, de lo expuesto hasta aquí, se desprende cierta familiaridad de Ángel Ganivet con autores y obras de la corriente simbolista, de tal manera que El escultor de su alma no tiene una explicación completa y absoluta dentro de los moldes propiamente españoles. La simbiosis entre lo europeo y lo hispánico da como resultado esta pieza, cuya comprensión en el plano de las formas literarias nos resulta más clara desde una perspectiva europeísta; quizás otras aportaciones del escritor granadino, ya imposibles por desgracia, nos hubieran dado, de una forma más clara, la clave de la tendencia que engloba a este enigmático drama místico. Lo que nos parece fuera de duda es que se trata de una obra poco convencional, prácticamente única en el panorama del teatro español de su momento, que se adelanta en muchos años a corrientes innovadoras que beben, en muchas ocasiones, de las mismas fuentes. Como en otros aspectos, Ganivet se nos aparece también en el teatro un espíritu adelantado a su época».



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Ángel Ganivet – LOS TRABAJOS DEL INFATIGABLE CREADOR PÍO CID

Tras su aventura africana, Pío Cid se enfrasca, a evocación de los doce trabajos de Hércules, en diferentes tareas como reformador de su patria. Así, uno tras otro, en los seis trabajos que comprende la obra (no pudieron ser doce conforme estaba previsto), el infatigable Pío Cid se ve envuelto en la educación de unos estudiantes, en el gobierno de una familia de mujeres, en la formación de un buen poeta, en la reforma política de España, en la regeneración de una mujer caída y en la cura de una duquesa enferma de frivolidad.
Como señalan muchos de los estudiosos de la obra ganivetiana, en Los trabajos… se abordan de manera consciente las principales inquietudes del movimiento regeneracionista finisecular, y de manera destacada, los aspectos relativos a la educación.
El título de la novela es en si mismo una parodia, pues el lector, lejos de encontrarse con legendarias hazañas fabulosas, comprobará que Los trabajos son transformaciones cotidianas íntimas con las que el hombre medio que es Pío Cid, ilumina su progresivo avance espiritual mientras ayuda a otros a avanzar espiritualmente también.
De hecho, el personaje central de la novela, al igual que su autor, es un ser poliédrico, lleno de múltiples contradicciones. En ocasiones aparece como un cínico, en otras como un idealista, y en su trasfondo deja ver muchas veces un halo de intelectual melancólico. El crítico Rafael Cansinos eleva la figura de Pío Cid a una edición moderna del pícaro, un simulacro que le permite a Ganivet, a modo de máscara, plasmar sus intenciones: «Los trabajos de Pío Cid —escribe Cansinos en su obra Los Hermes— son el intento más grande que se ha hecho para presentar la figuración de un mundo creado por la voluntad y por la eficacia de los conceptos, el más grande intento por asentar el mundo de la utopia, ese infantil y vagoroso mundo, de nubes y pájaros, sobre columnas tan firmes como aquellas que sustentan el mundo de la realidad. Los trabajos de Pío Cid son el manual del ideólogo, el índice de las más altas posibilidades mentales, el ejemplo más interesante de un mundo moral creado por el espíritu y el espejo más claro que puede presentarse como anticipación a los soñadores en lo futuro. Es la obra más alta del genio de la inducción y en ella nos parece ver el punto de partida, al menos en nuestra patria, de toda esa literatura de posibilidades que ha dado nuevo sentido y nueva vida a la novela picaresca. Fue ésta, desde su origen, en la literatura oriental, y acaso en los poemas épicos de la literatura griega y latina, un intento para mostrar hasta dónde puede elevarse un hombre asistido de la sola fuerza del genio y sostenido de las axilas por la voluntad, fuerte matrona. El pícaro es un gran inventivo que aspira a crear su mundo y a sostenerlo, frágil mundo sobre las yemas de los dedos, contra todas las leyes de la gravitación universal. De esta oposición a las normas tradicionales, se derivan los lances y episodios, los conflictos en que el personaje picaresco se salva por la astucia, inventora de efugios, burlando las inminencias que parecen inevitables. Esta burla del pícaro representa el triunfo del ingenio libre, con libertad de alas, sobre la fatalidad de las leyes físicas, sujetas en el puño del destino. La novela picaresca puede considerarse como el poema épico del ingenio, como la fiesta más viva de las facultades inventivas del hombre sobre las colinas peladas de las fuerzas fatales que en vano perpetúan su amenazante gesto extático. Por eso el personaje picaresco, mezcla de héroe y de hampón, suma viva de todos los poderes burladores, curva la más viva y suelta en la geometría espiritual, ha sido siempre la máscara más propia para encubrir las intenciones de una voluntad libérrima. Así, Pió Cid es la máscara de Ganivet, la representación plástica de sus intenciones, el simulacro creado por sus formas mentales y la sonda ponderable arrojada por él desde la orilla serena de las meditaciones al fluctuante mar de los fenómenos».
«De Los trabajos puede decirse —escribe Seco de Lucena—, como con razón decía uno de los más discretos apologistas de Ganivet refiriéndose a la totalidad de su obra, que puede compararse a una estatua que el escultor hubiera comenzado a labrar por el pie, dejándola sin concluir; sólo se sabe de ella que tiene los pies en dirección a Oriente y que pisa firme. Adivínase por la belleza del fragmento la hermosura que hubiera llegado a alcanzar la obra terminada; pero lo más noble de ella, el contorno del pecho y de la cabeza, la expresión del rostro, quedó para siempre enterrado con el maravilloso artífice.
Los trabajos de Pío Cid es la obra más cuidada de Ganivet; puso en ella el autor sus mayores empeños, y aún parece que trató de reflejar en sus páginas su propia vida. Lo imaginativo se mezcla en esta producción con lo histórico y real en términos que hacen dudar muchas veces donde acaba la autobiografía y da principio lo novelesco. Capítulos casi enteros hay en Los trabajos que reproducen con fidelidad fotográfica escenas y conservaciones que ante nuestros ojos se han desarrollado las unas, que aún suenan en nuestros oídos las otras, y llenándolo todo, el carácter enigmático, incoherente, con frecuencia contradictorio del protagonista. A veces Pío Cid semeja un andante caballero de nuevo cuño empeñado en desfacer espirituales entuertos; otras lo vemos complacerse en amargar a los que le rodean, lanzándolos, implacable, desde las cimas de la ilusión a la realidad impura que apaga los más nobles entusiasmos; su alma es una mezcla singular de cínico y de asceta, de sacrificios y de caídas, una perpetua contradicción, algo parecido al flujo y reflujo de las olas. En aquel carácter no hay más que dos notas permanentes: el desprecio de los intereses materiales y de las vanidades mundanas, y la serena tranquilidad con que son aceptados los vaivenes de la vida.
Pío Cid es un profundo estudio psicológico, y a la vez de moral y de filosofía universales; por el espíritu superior de aquel hombre, condenado a una vida oscura por su propia voluntad, van pasando todos los grandes problemas de la Ética; podrá participarse o no del criterio moral con que el protagonista de Los trabajos los resuelve; pero hay que descubrirse con respeto ante la magnitud de la empresa acometida por el autor, la valentía con que hace lo que pudiéramos llamar disección de las almas y el inmenso caudal científico de que alardea. Pío Cid es el espíritu del hombre moderno, atormentado por su propia cultura intelectual, el Promoteo de nuestros días, encadenado a la roca de su limitación, roídas sus entrañas por el buitre de la duda.
La infinidad de complejísimas cuestiones que en este admirable y misterioso libro se proponen, anunciaba el autor a sus amigos que quedarían resueltas, y tal vez en sentido muy diferente del que por la lectura de los dos primeros tomos se pudiera colegir, en el Testamento de Pío Cid, coronación y remate de la Odisea de este Ulises del mundo moral.
El pensamiento íntimo de Ganivet quedó truncado por su prematura muerte; el espíritu de Pío Cid incompleto, y la obra trascendental del insigne granadino, velada por las sombras del misterio. La esfinge sigue muda, y dijérase que una vez más ha devorado al viajero».



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Ángel Ganivet – LA CONQUISTA DEL REINO DE MAYA POR EL ÚLTIMO CONQUISTADOR ESPAÑOL, PÍO CID

La novela es la primera de las que habrían de componer (la prematura muerte del autor las dejó en dos) el llamado ciclo de Pío Cid; personaje central de las dos obras en el que la crítica ve una autoficción o alter ego de su creador. En referencia a la naturaleza autobiográfica que estas dos novelas encierran, algunos estudiosos postulan por enmarcar La conquista de Maya…, Los trabajos del infatigable…, y El escultor de su alma, en una trilogía autorreferencial en la que La conquista… sería una obra introductoria, Los trabajos… tomarían el protagonismo de eje central, y El escultor…, encarnado en la figura de Pedro Mártir, pondría el simbólico broche final (testamento místico) a la serie autoficcional.
La Conquista del Reino de Maya es en si misma una gran ironía, una utopía al revés, como algunos la han definido. Publicada la obra, el carácter satírico de la misma dejó desconcertados a propios y extraños: “Un libro raro”, titulaba Navarro Ledesma una reseña de la misma aparecida en El Globo en abril de 1897.
En la novela se narran las aventuras de Pío Cid en el reino africano e imaginario de Maya, en el que, convertido en Sumo Sacerdote, se da al trabajo de promover una serie de reformas acompañadas de un proceso de tecnificación e industrialización cuyos resultados acaban siendo grotescos.
La novela se ha interpretado como una crítica de la colonización del Congo belga, muy negativamente juzgada por Ganivet, como evidencian otros pasajes semejantes al de la carta escrita a Navarro Ledesma fechada el 10 de mayo de 1893, donde escribe que «Cualquiera que piense, no ya con la cabeza, sino con los calzoncillos, comprende que no se trata de la felicidad de la raza negra ni del progreso ni de nada por el estilo; se trata de un negocio en grande escala en el que el buen Leopoldo tiene metidos buenos millones».

«La vida de Ganivet —escribe Santiago Valentí Camp en Ideólogos, teorizantes y videntes (1922)— puede decirse que fue una carrera de obstáculos en la que logró vencer casi siempre. En el orden intelectual jamás buscó el insigne escritor granadino el triunfo fácil, sino que, por el contrario, trató de marcar nuevos derroteros. Así, por ejemplo, La conquista del Reino de Maya por el último conquistador Pío Cid, que apareció en el verano de 1897, causó entre los amigos de Ganivet una impresión vivísima, llegándose a decir que con esta obra había dado un salto a las tinieblas. Ganivet, que, ya en Granada la Bella, estudió el alma de la colectividad en un estado de desenvolvimiento social superior, examinando la ciudad en reposo, trató en La conquista de proyectar el estudio de un organismo social rudimentario, en los primeros vagidos y cuando se inicia la evolución ascendente y progresiva. Haciendo gala de su humorismo, fue disecando una a una todas las instituciones sociales, poniendo de manifiesto sus defectos, sus errores y las consecuencias funestas a que muchas veces dan lugar los intentos de reforma cuando los pueblos carecen de capacidad para recibirlos. Pintó con mano magistral las aventuras y proezas de Pío Cid y el influjo que ejerció en una tribu de negros del África oriental, en donde supuso que existía el Reino de Maya, situado entre lagos.
Ganivet, que conocía muy a fondo la Historia y la Geografía, las razas y las costumbres, escribe una novela originalísima, imitando una serie de cuadros altamente pintorescos, en los que trazó el poder extraordinario de la adaptabilidad de Pío Cid, que, merced a la superioridad de la cultura europea, logró moldear la masa amorfa de negros, explotándolos con habilidad y adecuándose a su modo especial de ser. Es, en verdad, sorprendente la fuerza psíquica que hubo de derrochar el famoso escritor para tejer la curiosa y complicada urdimbre de esta novela, que, escrita toda ella en forma de narraciones de viaje, constituye, en el fondo, un profundo estudio de psicología de las muchedumbres, a la vez que una crítica aceradísima de las formas oropelescas de la civilización europea.
Pero Ganivet no se contentó con la parte que podríamos denominar negativa, sino que, a medida que censuraba lo que representa la conquista y colonización, que actualmente se denominan penetración e influencia, fue exponiendo sus puntos de mira especiales acerca de los problemas de la civilización, señalando aquello que esta conforme con los dictados del humanitarismo por ser producto de la Ética.
Ganivet desenvolvió la idea de que los héroes tradicionales, que la Historia primitiva ha pintado como autores de hazañas extraordinarias, merced a cuyo influjo las tramas se convirtieron de nómadas en sedentarias, llegando a constituir la ciudad y otros organismos sociales, no fueron más que la expresión plástica de los colosales esfuerzos colectivos realizados durante siglos por gran número de generaciones para conquistar un mayor grado de perfección política y social. En La conquista del Reino de Maya pone de manifiesto Ganivet el valor simbólico del proceso genético del pueblo Maya y con un conocimiento verdaderamente extraordinario de la Psicología de verosimilitud a una serie de cuadros episódicos, exponiendo el poder que tiene el hombre inteligente sobre los ignorantes y supersticiosos. En este respecto es admirable el capítulo en que describe la aparición de Pío Cid entre los negros y la sencillez con que estos le concedieron todos los honores hasta ungirlo como a un ser sobrenatural. Son también interesantes las páginas que consagra a estudiar los efectos de la sugestión para infundir en aquella tribu las más estupendas patrañas, como la resurrección de Arumi, debida a un milagro. La conquista de Maya termina con el sueño de Pío Cid, en el que trató Ganivet de reivindicar, con más espíritu que justicia, a los conquistadores españoles. Porque Ganivet fue grande en todo y cuando se equivocaba era para dignificar a aquellos a quienes la Historia a juzgado ya con severidad implacable.
En La Conquista del Reino de Maya hay muchísimo que leer y muchísimo más que estudiar. Los párrafos que dedica a describir la danza de los uagangas constituyen una de las críticas, más enérgicas de los vicios del parlamentarismo, así como los dedicados a la invención de los rujús son una sátira intencionadísima y rebosante de gracia, de las instituciones de crédito. Quien lea este libro sin penetrar en lo esotérico, es posible que lo encuentre árido y lo deje; pero si consigue percatarse de la intención del autor, hallará en la obra enseñanzas de un gran valor moral».

«Pío Cid —señala Nicolás María López— es un filósofo de la peor especie; no es un tipo español, pues aunque con éste se avenga bien lo de aventurero y osado, sóbrale en cambio la filosofía pesimista, el cinismo y perversidad incompatibles con nuestra legendaria generosidad y nobleza. Barbarie y perfidia hay indudablemente en muchas de las empresas de nuestros conquistadores: en los Cortés y Alvarados, en los Pizarros y Almagros encuéntranse en ellos rasgos de groseras pasiones, hijas de la falta de educación, pues Almagro fue guardador de puercos, y todos ellos soldados indisciplinados y aventureros; pero estas manchas se compensaban con su heroísmo épico, con sus ideales soberbios de ambición y grandeza, y, sobre todo, con su entusiasmo por la patria y la religión.
Pío Cid, en cambio, hecho conquistador moral por las circunstancias, es una especie de Schopenhauer andaluz, para el cual la vida es una comedia sin interés, y los hombres animales, que no tienen de bueno más que la facilidad con que se dejan engañar por otros más hábiles y bribones; dada la cultura que el lector le supone, no se concibe tal cinismo, tal ausencia de sensibilidad: Pío Cid padece la indiferencia, la falta de remordimientos. No hay violencia en suponer que quien ve en el asesinato un pasatiempo, quien toma á juego la muerte de sus hijos, quien cree excusable y útil la falta de honor, quien defiende como mejor política la del embrutecimiento, y como instituciones beneficiosas la poligamia y la poliandria, no es sino un loco criminal ó un criminal loco, entretenido en burlarse de aquellos salvajes, á los que embrutece y engaña, dejándoles, en vez de una idea moral, las corridas de toros, los escalafones para los empleados, el uso del alcohol... y el himno de Riego.
Es claro que todo esto no es sino una finísima sátira; pero esta sátira ¿á dónde va á parar? ¿Es á poner en ridículo el afán civilizador de los pueblos cristianos? ¿Es contra la idea humanitaria de la posibilidad del progreso de ciertas razas inferiores? ¿Es, en suma, una burla sangrienta de la misma civilización europea, cuyas conquistas, vistas así al desnudo en una sociedad virgen que las recibe inconscientemente, resultan ridículas pantomimas?... No está clara la intención del autor: el lector cree, á veces, haber dado en el quid, atribuyendo á ciertas teorías de Pío Cid un sentido simbólico determinado de crítica social; pero ve en seguida que el mismo Pío Cid se burla de sus teorías y de sus obras, y acepta las contrarias. Pudiera pensarse que Pío Cid era un conquistador, un aventurero español á la moderna, que en vez de las armas lleva reformas é ideas nuevas; pero en vista de la terrible sátira que emplea y de los fines que se propone al plantearlas, ¿quién puede tomar en serio tales creaciones?
Descartado, pues, todo pensamiento ó idea dominante, hay que ver en este libro una relación novelesca originalísima, que sirve de pretexto para satirizar muchas ideas convencionales de la civilización moderna, y otras que, por no ser convencionales, merecían más respeto.
Como obra literaria, es admirable la sencillez de su estilo, que sin levantar el vuelo ni hacer ostentación del más nimio adorno, tiene el candor y la ingenuidad agridulce que caracteriza a las obras clásicas; el maravilloso alarde de ingenio para llevar adelante una narración en que interviene tanto personaje, de tan raros nombres y extrañas figuras, y en que se van desarrollando peripecias innumerables y sucesos complicadísimos; el profundo estudio que revela de los pueblos salvajes.
El lector se queda atónito á medida que avanza en la lectura, y comprende que todo aquel reino de Maya, con su rey y sus reyezuelos; con sus ciudades, cuya posición topográfica y carácter local se describen admirablemente; con aquella innumerable serie de uagangas, pedagogos, nnanis, etc., etc., y todas aquellas ceremonias, afuiris, uouesus, días muntus, progresos, reformas, guerras, revoluciones, reacciones y crímenes, tan gráficamente pintados y minuciosamente descritos, no son sino una ficción pura, juego caprichoso, para tomar á broma todo lo existente en África... y en Europa».

Tal como apunta el cofrade amigo de Ganivet, quizás la novela sea también un reflejo del devenir histórico de Europa. Así lo entiende el estudioso del pensamiento ganivetiano, Miguel Olmedo Moreno, para quien La conquista… es una historia paródica, y amarga, de los últimos siete siglos europeos.

Acerca de la originalidad de La Conquista como utopía inversa, y del tipo de Pío Cid, como elementos literarios que tienen sus analogías en las aventuras barojianas de Silvestre Paradox o en La isla de los pingüinos de Anatole France, el literato y estudioso Rafael Cansinos Assens, escribe en su obra Los Hermes: «también, en cierto sentido puede compararse a Baroja con escritores tan españoles como Larra y Ganivet, que también desdeñaron las galas retóricas tradicionales y escribieron en un estilo acerado y fuerte de reflejos fríos y duros y profundos como los de los cristales emplomados. Sobre todo con Ganivet. Aún no ha sido debidamente estudiado el influjo que el escritor granadino, formado en el trato con la naturaleza y los escritores del norte, pudo haber ejercido en este otro escritor del norte. Ambos, aun en sus obras puramente, estéticas, tienen la intención sociológica…
Seria también interesante estudiar las analogías indudables entre el héroe de Ganivet y los personajes picarescos de Anatolio France. Estas analogías se hacen más vivas si se comparan La conquista del reino de Maya y La isla de los Pingüinos. Una enorme popularidad se ha granjeado esta obra, sátira acerba de los orígenes de las sociedades. Su titulo ha quedado como una frase definitiva, tan lapidaria y perfecta como Las mentiras convencionales y El mal del siglo, de Nordau. Los pingüinos han sido elevados a la categoría de símbolos. Y, sin embargo, ¡cuánto más grande, por la intención y por el desarrollo y por la pluralidad de las formas críticas, no es esta prodigiosa Conquista del reino de Maya, burlesca apoteosis del genio civilizador, suprema parodia de descubrimientos, conquistas y evangelizaciones, novela utópica al revés, laico evangelio de los orígenes, que corresponde en la esfera estética a las investigaciones rousseaunianas sobre los orígenes y el pacto social y en la que, con mano irreverente y festiva, se nos muestra la pobre y grotesca armazón de madera que sustenta las áureas efigies de los dioses!
Lo que es La isla de los Pingüinos respecto a la Conquista del reino de Maya, es Paradox, Rey, respecto a este mismo libro. Paradox, Rey tiene un irrefragable aire de familia con Pío Cid. Indudable que Baroja ha estudiado al pensador granadino, con el que le unen afinidades singulares de temperamento y espíritu. Como Baroja en nuestro tiempo, también Ganivet en el suyo fue un espectáculo raro y una palabra demasiado fuerte. También él fue un rebelde, un innovador, un antiliterario y un utópico; y también su obra fue un fruto demasiado crudo en los vergeles de la retórica de su tiempo, que se ornaban aún con las últimas flores del romanticismo y las primeras del realismo declamador.
Como Baroja, Ganivet fue un escritor para el futuro, que superó las fórmulas de su época y pudo hacer presentir la aparición de escritores tan fuertes y serios como Unamuno y Ortega Gasset y este mismo Baroja. Escritores graves, de un temple raro en España, llenos de ideas y de larguísimas intenciones estéticas, agudamente burilados, humoristas y paradójicos, plurales de aspectos y de matices, enemigos de la retórica tradicional que, por encima de las floraciones mediterráneas de la península, enlazan con lo más recio de nuestro genio clásico y labran sus sutiles taraceas modernas sobre los más firmes robles y alerces antiguos».



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Ganivet - CARTAS ÍNTIMAS

«Hoy, al cabo de los años —escribe a modo de introducción de este epistolario Nicolás María López—, he pensado que no debía esconder o inutilizar escritos del inolvidable amigo, que, por su carácter intimo, y por referirse a aquel cenáculo granadino que él fundó con el nombre de «Cofradía del Avellano», pudieran reflejar un aspecto o faceta, como ahora se dice, de su vida. Y sobre todo, porque esas cartas contienen explicaciones y juicios propios acerca de sus obras, y constituyen una especie de autocrítica de todas ellas».
Efectivamente, en aquella fuente granadina que se situaba extramuros de la ciudad, al pie del Generalife y asomada al Darro, se reunía lo más granado de la intelectualidad local, Nicolás María López (Antón del Sauce), Matías Méndez Vellido (Feliciano Miranda), Ruíz de Almodóvar (Perico Moro), Rafael Gago (Castejón), Melchor Almagro (Gaudente el Joven), Afán de Rivera (Gaudente el Viejo)…
La cofradía era, como explica Nicolás María López (Antón del Sauce), sencillamente eso, una reunión de amigos sin domicilio ni reglamento; semejante a una academia helénica, sentados en torno a una fuente de agua fresca, entre álamos y avellanos, donde en amena tertulia, se hablaba "de lo divino y de lo humano".
«Esta correspondencia —sigue escribiendo el cofrade Antón del Sauce— no puede compararse con la de Navarro, ni en número ni en calidad; pero conviene tener en cuenta el distinto carácter de una y otra. La de Navarro, fue de polémica filosófica o literaria con un brillante escritor; y esta, es de amistad cariñosa y consejera con el paisano y discípulo.
Empiezan en 25 de mayo de 1895, casi al mismo tiempo en que terminan las del Epistolario de Navarro Ledesma, y acaban con la fechada en 10 de diciembre de 1898, pocos días antes de su muerte, tal vez la última o una de las últimas, que escribió en completo estado de lucidez».


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Ganivet - EPISTOLARIO

En el prólogo al Epistolario, el cervantista Francisco Navarro Ledesma, amigo y destinatario de las cartas de Ganivet que el libro recoge, escribe:
«Publico en este libro una parte de las cartas que me escribió mi inmortal y desventurado amigo Ángel Ganivet. Con las restantes que poseo podrán formarse aún ocho o diez series como la presente.
Para formar este libro no se ha hecho selección ninguna; sencillamente se han sacado unas cuantas cartas del legajo en que se contienen todas, y sólo se ha dejado de imprimir la parte de ellas que, por referirse a sucesos familiares, no ofrece interés para el público.
Bueno sería explicar al público algo de la vida de Ganivet. Me creo obligado a hacerlo, pero no en un prólogo, sino en un libro largo. Para satisfacer la necesidad que hay de prólogo en toda colección de cartas íntimas, copio a continuación unas cuartillas leídas por mí en el Ateneo de Madrid al comenzar la velada con que, en el curso actual, se conmemoró el aniversario de la muerte de Ángel Ganivet.
Esas cuartillas dicen así:
«Voy a contaros, en las menos palabras que pueda, una historia rara y maravillosa: la vida de un hombre bueno, de un hombre sabio, de un hombre humano, de un hombre libre. Voces más elocuentes que la mía loarán sus obras escritas, ensalzarán la grandeza de su pensamiento, reflejarán el aleteo de su inspiración y os dirán cómo si existe una España joven, robusta, pensadora, valiente y capaz de redimirse por los hechos y por las obras del espíritu, el alma de esa España debe identificarse con el alma de Ángel Ganivet, el filósofo, el poeta, el patriota, el inmortal.
Yo, señores, fui el amigo más íntimo de aquel grande hombre, y lo digo con la orgullosa humildad o con la altiva modestia con que el pobre pegujalero de la Mancha, nuestro sabio amigo Sancho, cuando llegase a viejo y oyera hablar de su amo el caballero de los Leones, diría llenándosele la boca de amargura y de lágrimas los ojos: -¡Yo fui su escudero!...- Obligación de piedad fraternal cumplo hoy hablándoos tanto cuanto la emoción me lo permita de aquél que al llamarme hermano suyo, me concedió la más alta honra que de hombre alguno pienso recibir. Yo vi de cerca nacer su alma grandiosa; la vi ensancharse, crecer, tocar al cielo, perderse en la penumbra de lo desconocido, en aquella sombra de sombras que llamamos... no sé cómo, locura, insania, amencia, muerte.
Nueve años duró nuestra estrechísima convivencia, nuestra íntima comunión, que tengo la dicha de poder renovar a toda hora, pues casi siempre estuvimos separados por centenares de leguas, y nuestra comunicación fue epistolar, siendo las cartas que me escribió tan extensas, frecuentes y numerosas, que impresas formarían unos cuantos volúmenes, y reconstituirían a los ojos de los lectores el panorama de una existencia consagrada al recto pensar y al honrado sentir, de una existencia cuajada de bondad pura y compacta como tabla de mármol blanco, sin veta de egoísmo ni de bajeza. La noble biografía, mejor diré, psicografía, que en sus páginas trazó Ganivet, escribiendo al hilo del pensar, con la libertad de quien habla a una tumba, es deber mío publicarla, y no esperéis que cometa la profanación de intentar resumir en cuatro desmayadas cuartillas lo que debe ser leído en toda su integridad y con devoto y silencioso recogimiento. Tampoco sería posible, ni oportuno siquiera, querer hacer pasar por este ambiente en pocos minutos nueve años de vida fecundísima a cuya intensidad ningún otro hombre de estos tiempos últimos ha llegado. Acerca de estos grandes espíritus, que en sus obras se han entregado y ofrecido por completo a quien los leyere, como sucede con Miguel de Montaigne, con Ángel Ganivet... y creo que con nadie más, no es factible escribir menos ni mejor de lo que escribieron ellos mismos, porque hombres de tan alto linaje y de tan gigantesca talla, sin querer comunican su grandeza aún a los actos vulgares e íntimos de la vida y dan importancia y dignidad a cuanto palpan. Y así como, por ejemplo, en el divino poema homérico Agamemnón, el augusto monarca, despedaza una ternera sin perder ni un punto la nobleza mayestática de su continente, de igual modo, en ocasión memorable, alguien que nos oye y yo vimos a nuestro inmortal amigo, el autor del Idearium español, cortar, aderezar y guisar con sus propias manos la carne que había comprado para el almuerzo..., y hacer esto, que no había hecho nunca hasta entonces, con la misma nobleza, gracia y aplomo con que ya en aquella época adobaba y componía la prosa castellana, por él llevada al extremo de la jugosidad y de la vibración. Es decir, que para él no había pequeñeces y nimiedades..., o el mundo entero era una nimiedad. Era un hombre completo, como el pan bueno y sano: con su harina y su salvado y su acemite; todo era sustancioso en él, todo interesante. (…).
Dos días antes de morir, el 27 de Noviembre de 1898, cuando ya estaba lleno del propósito de la muerte, dejó en casa de su amigo, el barón Brück, noble sueco residente en Riga, un pliego dirigido a mí, que es un verdadero testamento, pues en él dice: «Por si esta declaración fuese necesaria, hago aquí el resumen de mis ideas y de mis deberes.» Lo que a estas solemnes palabras, que me helaron los huesos, sigue, no me atrevo a leerlo en público. Son cosas hondas, arcanos, adivinaciones y presentimientos, en que solamente un cerebro miope verá súbito desvarío y no prosecución lógica de una idea que pasa las lindes de lo concebido, de un pensar que supera a los eunucos, inanes y mendicantes pensares ordinarios. Pero si de las seis proposiciones primeras, en que se muestra su cerebro luminoso con la acariciadora luz del sol que se pone, no quiero ni puedo leer nada, os leeré, para concluir, la séptima, en que aparece palpitante y sangrando su corazón, el más honrado y generoso que he conocido. Dice nada más que esto: «No recuerdo haber hecho mal a nadie, ni siquiera en pensamiento; si hubiera hecho algún mal, pido perdón.»


A propósito de la publicación del Epistolario, el jurista, periodista y crítico literario, Eduardo Gómez de Baquero, publicó el siguiente artículo en La España Moderna de agosto de 1904:
«El Epistolario se publica en buena ocasión. Ganivet vivió obscurecido. Su fama apenas traspasó el estrecho círculo local de la ciudad en que había nacido y el no más amplio de sus amistades particulares. Sólo muy al final de su vida empezaron á ser apreciadas sus obras. Su verdadera celebridad ha sido póstuma. Se explica esto sobradamente si se tiene en cuenta que el autor del Idearium murió muy joven, y que, por otra parte, no era un escritor de lo sensible, de la vida exterior, sino un escritor filosófico, para quien la conquista del público tenía que ser por lo mismo lenta y difícil. Hasta la fama póstuma que Ganivet ha logrado hubiera estado pendiente del azar, á no haber sido agente eficaz de ella la piadosa solicitud fraternal de los amigos del pensador granadino, que han llamado la atención sobre sus obras, y han conseguido que no cayese en el olvido la naciente celebridad alcanzada por Ganivet en sus últimos días.
Por eso el Epistolario se publica ahora en las mejores condiciones para que no pase inadvertido ó tenga escasísima difusión, como hubiese ocurrido tal vez hace algunos años. El nombre de Ganivet tiene ya la notoriedad precisa para que cualquiera de sus escritos despierte de antemano curiosidad é interés. Esto aparte de que en los Epistolarios suele haber una parte íntima, que no aconseja su publicación en vida. La muerte borra lo que pudiera haber de exhibición personal, si se publicasen viviendo el autor estos documentos particulares.
Este Epistolario no es completo. Es una muestra de la copiosa correspondencia epistolar que sostuvo Ganivet con sus amigos. Ocho ó diez tomos semejantes al que ahora ha visto la luz, dice el Sr. Navarro Ledesma que podrían formarse con las cartas que le escribió el autor del Idearium, y de entre las cuales están sacadas éstas, sin hacer selección alguna, sino tomando sencillamente unas cuantas del legajo que forman todas. Así, al menos, lo dice el colector. Sin duda Ganivet sostuvo también correspondencia con otros amigos de Granada; de suerte que bien puede considerársele, atendida la edad en que murió, como uno de los escritores que más abundantemente han cultivado el género epistolar. El caso es excepcional en España. El mismo Ganivet dice en alguna de sus cartas cuan raro es aquí que un amigo escriba á otro ausente, cuando no tiene alguna cosa de inmediata utilidad que comunicarle. Quizás se deba á nuestro carácter reconcentrado y poco comunicativo, por lo general; á la poca efusión de nuestra vida sentimental que se recoge dentro del alma, como queriendo aislarse del mundo exterior. Tal vez hay en ello algún resto de la antigua gravedad y altivez castellanas, ó una consecuencia de nuestra escasa vida social. Y no hay que olvidar tampoco que la pereza general es un grande obstáculo para largas y asiduas correspondencias epistolares entre españoles.
El interés que ofrece el Epistolario de Ganivet no es un interés autobiográfico, entendido en sentido material. Habla poco el malogrado escritor granadino de sucesos de su vida. Además, Ganivet, como la mayor parte de los hombres modernos que no son generales, políticos ó exploradores de las pocas tierras desconocidas que van quedando en el mundo, ó no desempeñan cualquier otro oficio expuesto á grandes peripecias, no tuvo apenas biografía ó materia para ella. Grande é inapreciable ventaja de la civilización es ésta, digámosle de pasada, de que la mayoría de los hombres, como los pueblos felices, no tengan historia, porque ello revela el orden de una sociedad donde es cada día más difícil que á un particular le ocurran aventuras extraordinarias. Y como abunda más lo malo que lo bueno, al no ocurrirle á uno nada se sale ganando.
En otro sentido es autobiográfico el Epistolario. Como comentario auténtico de las obras literarias, de las ideas y del carácter de Ganivet, reflejados fielmente en estas cartas, escritas en el abandono de la intimidad. Algo habla Ganivet en sus epístolas del país en que residía (se hallaba en Bélgica como vicecónsul de España en Amberes); alguna vez da noticia á su amigo de las menudencias de la vida diaria, relaciones con sus jefes, trabajos que le imponía su cargo, etc.; pero la mayor parte de las cartas está consagrada á discurrir en la forma familiar propia de estos escritos acerca de cuestiones filosóficas, literarias y sociales, y á dar alguna noticia de las obras que tenía en proyecto.
Hay una gran originalidad y una gran independencia en esos juicios. Originalidad sincera. Se ve que Ganivet no era uno de esos autores que cultivan deliberadamente la paradoja para llamar la atención y epater le bourgeois, lo cual es, entre paréntesis, uno de los más indecorosos ejercicios á que puede consagrarse la inteligencia humana, puesto que se reduce á hacer juegos malabares con las ideas, como los hacen con cuchillos ú otros artefactos los juglares de los circos; y no es gloria muy apetecible la de emular en la esfera del pensamiento al hombre rana ó al ilusionista de tal ó cuál acreditada compañía acrobática. Vale mucho más discurrir como Sancho Panza ó como todo el mundo.
La de Ganivet era, por el contrario, la única originalidad digna de respeto y hasta de envidia: la espontánea, la que sale de dentro, sin premeditación ni estudio. Reducir á un cuerpo de doctrina sistemático las ideas expuestas en estas cartas sería un trabajo de disección que no reflejaría ciertamente la fisonomía del Epistolario. El atractivo principal de éste y el de todas las cartas particulares, que merecen leerse, y que no son otra cosa que conversación escrita, consiste en su natural desorden, en su falta de sujeción á un plan lógico, en que se asiste, por decirlo así, en tales documentos, al alumbramiento de las ideas, ó se las sorprende en su germinación natural, en su súbita emergencia del obscuro fondo de lo inconsciente. Sin duda la forma de exposición sistemática que emplean el tratadista científico y cualquiera que desea enseñar á los demás alguna cosa, es la más cómoda y á veces indispensable; pero en cuanto el pensador se mete por este camino, que encuentra trazado ya y hecho, tiene que podar mucho su pensamiento, prescindiendo de todo aquello que le parezca incierto ó extravagante, después de sometido al examen de la reflexión. Por eso hay en las conversaciones y en las cartas mayor originalidad: allí está el pensamiento entero y al natural, antes de que la reflexión lo cribe, escoja en él y meta dentro de los moldes del método lo escogido.
Tengo acotados en el Epistolario algunos de los pensamientos que más me han llamado la atención, ya por lo felizmente expresados que están los unos, ya por la originalidad de otros, ó ya también por la luz que nos dan algunos para apreciar el carácter de Ganivet y las ideas á que rindió preferente culto. Unas cuantas citas de éstas creo que explicarán mejor la índole y el tono del Epistolario que cualquier análisis que pudiera hacerse del mismo.
Hay en las cartas de Ganivet observaciones psicológicas muy certeras. «Las relaciones sociales, dígase lo que se quiera—escribe—, son un gran medio de ventilar y de refrescar el espíritu; y esto lo dice uno que por vivir demasiado á solas anda á estas horas requemado física y moralmente». «El conocimiento simple—dice algunas páginas más adelante—es sólo la primera materia amorfa, de la que el sentimiento compone después cosas diferentes. En una de las rachas filosóficas que me suelen dar, creo que te dije que el sentimiento como facultad no existía, aunque lo personalicemos algunas veces, realmente lo único que hay ó que es, es la voluntad, la fuerza creadora, cuya primera materia es el conocimiento y cuyo impulso es el sentimiento ó lo que llamamos tal». En estos cuatro renglones hay toda una metafísica, que en lo esencial coincide con la de Schopenhauer.
La cuestión del matrimonio y de la monogamia era, por lo visto, una de las que más preocupaban al escritor granadino. Remito al lector á lo que dice sobre el particular en las páginas 70-71 y 94 á 97 del Epistolario. «En todos los pueblos que obran con algún sentido de la naturaleza, es cosa extraña la monogamia». «¿Qué es la prostitución más que la poligamia y la poliandria disfrazadas y más sucias que entre los salvajes?» De estas dos frases puede colegirse cuál era la opinión del autor del Idearium.
Sería curioso saber si Ganivet conoció ó no las obras de Nietzsche. Pudo conocerlas, puesto que sabía alemán, y en 1893, fecha de las cartas reunidas en el Epistolario, estaba ya publicada la mayor parte de los libros del autor de Así hablaba Zarathustra. Pero aunque exista la posibilidad, parece más probable que no tuviese conocimiento de ellos. Para creerlo me fundo en que no cita á Nietzsche en el Epistolario, en el cual habla con frecuencia de otros pensadores, y en que la fama del filósofo germano tardó bastante en difundirse fuera de Alemania. En 1893 no había alcanzado aún la celebridad universal, que después, por motivos diferentes, que no son del caso, ha conseguido. El hecho es que hay marcada coincidencia de ideas entre uno y otro en la opinión acerca de la democracia, coincidencia que nunca revestiría caracteres de imitación ó plagio por parte de Ganivet (de Nietzsche no hay que decirlo siquiera), puesto que bien claro se ve que el pensador granadino expresaba cosas hondamente sentidas que le salían del alma, y no una lección aprendida en un libro de moda. «Por una paradoja que más pertenece á la psicología que á la política—escribe Ganivet—, la libertad hay que buscarla en el poder de los hombres fuertes. Cánovas es más liberal que Sagasta; Narváez era más liberal que Cánovas; Prim (?) era más liberal que Narváez; y si llega á gobernar Cabrera, hubiera sido más liberal que Prim. El hombre más liberal que ha habido desde la Revolución francesa en Europa ha sido Napoleón, que consideraba á sus varios millones de súbditos como manadas de borregos, y los trataba, como buen pastor, á palos y á pedradas cuando era preciso. En cuanto un gobernante forma buen concepto de sus gobernados, revelando con esto valer muy poco, se encuentra entre ellos como uno de tantos, y no hay que esperar nada bueno de él... La cualidad esencial de un político debería ser la de sentir repugnancia y asco del común de las cosas y de las personas; esto es, todo lo contrario de lo que hoy priva, siendo como es número obligado de toda profesión política el afirmar con optimismo que está próximo el día de la felicidad de todos los ciudadanos, y que todos los bienes serán pocos para mejorar indefinidamente á la noble humanidad». «Tomado él pueblo como organismo—escribe más adelante—, me da cien patadas en el estómago, porque me parece hasta un crimen que la gentuza se meta en cosa que no sea trabajar y divertirse. Al mismo tiempo, creo que la organización del trabajo en el régimen liberal es insensata; pues someter la vida de los hombres al tira y afloja ó al alza y baja del mercado, como si se tratase de manufacturas, será muy liberal, pero es indecoroso para el género humano. Me parece mal que los altos manden en los bajos, hasta el extremo de no haber mandado yo nunca nada á nadie, ni á los criados de mi casa; mi placer es que sean listos y lo hagan sin que se les diga. Me gusta lo bueno, y aun lo selecto y lo aristocrático; pero no querría ser aristócrata por nada del mundo, y desprecio á los que merodean el trato con gentes de pergaminos. En suma, mi credo no puede reducirse á fórmula razonable, pues se compone de mucho amor y mucho palo para los pequeños, y mucho desprecio y mucha autoridad para los grandes».
Esta es, en suma, la doctrina del Rey absoluto ideal, del César bueno, del despotismo ilustrado. Uno de los más curiosos capítulos de la historia política en los tiempos modernos, es el que podría escribirse acerca del desdén y la aversión que han sentido hacia la democracia espíritus de primera magnitud, progresivos, modernos en toda la extensión de la palabra, y al mismo tiempo tan diferentes entre sí en sentimientos y en ideas, como Renán y Nietzsche, por ejemplo. Quizás ha influido en ello poderosamente el error de creer que la democracia era forzosamente un régimen de mediocridad que llevaba aparejada la postergación de los mejores.
Algún punto de semejanza con las ideas de Nietzsche ofrece también la admiración que expresa á veces Ganivet hacia la Grecia antigua y el Renacimiento italiano, comparados con el estado de las naciones modernas. «Tú recordabas días atrás —escribe— los tiempos felices de la Grecia, cuando aún no había aparecido la idea estúpida de ahogar la vida de las ciudades con lazos de unión política, que es una especie de confraternidad en que todos se abrazan para... reventarse. Ha habido otro momento semejante á aquél, el renacimiento italiano, preferible, ni hay que decirlo, con sus luchas menudas, á la unidad nacional, con que hoy se divierten nuestros vecinos del Mediterráneo. En Grecia, como en Italia, cuando carecían de «superior expresión política», se dio el caso, rarísimo en la Historia, de vivir el arte en medio de la calle, respirado por todo el mundo, con la misma avidez con que hoy se respira la atmósfera de negocios que nos rodea. Ciertamente aquello era más hermoso que esto; pues, aun en el punto débil, que fue y es el de combatir unos con otros, ya por pasiones, ya por intereses, entonces se combatía con más arte y se moría con más variedad. Quizás en medio siglo de gobierno de los Borgia, á pesar de lo que se dice, no fueron asesinados tantos ciudadanos como ahora en un mes, con motivo de las huelgas de los escapes de gas grisú, ó de los choques de trenes».
Uno de los puntos en que veo yo reflejado, en el párrafo anterior, el parentesco espiritual entre Ganivet y Nietzsche, es el desdén hacia el sentido histórico y hacia la historia misma. Casi siempre que habla de historia, Nietzsche la inventa y hace una interpretación fantástica ajustada á sus fines de demostración filosófica. Ganivet, en el texto copiado, no inventa, pero prescinde en absoluto de la necesidad histórica que ha determinado la creación de las grandes nacionalidades, de las mil razones, económicas entre otras, que hacen hoy forzosas esas grandes agrupaciones de hombres, y de la diferencia que hay entre que á uno lo asesine ó lo robe un déspota, por artista que sea, ó que pueda, por casualidad, perder la vida ó quedarse cojo en un accidente ferroviario.
Ganivet, además de filósofo, era humanista. Cuenta el señor Navarro Ledesma que aspiró á ser catedrático de griego. Este aspecto de su personalidad asoma también en el Epistolario. Véase uno de los pasajes en que aparece el humanista: «No me parece que hay modo de producir la impresión (mala ó buena) de lo clásico, escribiendo en rimas. Los consonantes y asonantes, recursos musicales á que acudieron generaciones degradadas para sustituir groseramente la armonía clásica, fundada tanto en el fondo como en la expresión, en el elemento psicológico de las palabras como en el fonético, son demasiado infantiles y destruyen la gravedad ideal, necesaria para cuajar las líneas de los tipos clásicos. La prosa da una idea pobre, pero el verso da una idea inexacta. Aun el verso declamatorio y severo de Racine se queda á muy respetable distancia de la verdad, traduciendo la pasión en efectismo teatral, y lo solemne en solemnidad de época».
Pongo aquí término á estas citas, que no pueden ser el resumen de un libro tan vario como la colección de cartas de Ganivet, sino sólo una muestra de su estilo y de sus ideas. Pero no sería justo terminar la reseña del Epistolario sin mencionar el excelente estudio acerca de Ganivet, escrito por el Sr. Navarro Ledesma, que sirve de prólogo á este libro, y que es un notable retrato moral de aquel gran escritor, al par que un piadoso y espléndido tributo rendido por la amistad á su memoria».

Bastante menos benévola que en los artículos precedentes, la afilada pluma de Manuel Azaña no pierde ocasión para sajar con precisión cirujana al sentidor —más que pensador, a juicio de Unamuno— granadino: «Ganivet es el tipo acabado del autodidacto —escribe Azaña, bajo pseudónimo de Cardenio, en La Pluma de 1921— de cultura desordenada y retrasada, mente sin disciplina. Grande es la actividad de su espíritu; lee, medita; escribe alguna vez. Todo lo va a poner en tela de juicio. Quiere llegar a la «fuerza madre», aislar «el eje diamantino alrededor del cual giran los hechos del diario vivir», esculpir con sus manos su propia alma. Pero siempre se nos aparece como abrumado y aterrado por los problemas mismos, y escapándose de ellos mediante una pirueta. (…)
Es un bilioso, huraño, vive “requemado física y moralmente”; es misántropo y misógino; en rigor, poco sensible: eso es lo que le faltó para ser un buen artista.
Tal es Ganivet en el Epistolario, breve colección de cartas que despiertan la maligna curiosidad de conocer no tanto las ulteriores epístolas del autor como las de su amigo y corresponsal Navarro Ledesma».



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Ganivet - HOMBRES DEL NORTE

Una explicación debo a los lectores de las Cartas finlandesas —escribe Ganivet—, cuya serie quedó interrumpida en el examen del Kalevala. Para completarla, había pensado dedicar algunas más al estudio de la literatura y artes contemporáneas; pero, estando muy ligado el movimiento intelectual de Finlandia al de Suecia y en general al de todos los países escandinavos, me ha parecido preferible tratar esta materia en algunos de estos esbozos críticos que iré describiendo como y cuando buenamente pueda. Y, ya puesto a dar explicaciones al lector, indicaré que con estos artículos sobre los Hombres del Norte no pretendo introducir ninguna influencia nueva en las artes españolas. Mi idea es vulgarizar entre mis paisanos lo poco que sé de estos países y particularmente de su literatura.

Hombres del Norte son un conjunto de seis ensayos dedicados a diferentes figuras de la literatura noruega (Jonas Lie, Bjornsterne Bjornson, Henrik Ibsen, Arne Garborg, Knut Hamsun y Wilhelm Krag), que por lo que tienen de captación del espíritu nacional, llamaron la atención del diplomático granadino.

Jonas Lie se le antoja el "Pereda noruego" por el "vigor" con que se atienen sus obras al suelo patrio, aunque también por su cortedad de vuelos: Lie es un autor nacional que en Noruega ha ejercido y ejerce mayor influencia quizá que Ibsen y Björnson, pero que por su falta de tendencias doctrinales, por su desdén hacia las ruidosas innovaciones artísticas, carece de relieve para atraer la atención del público europeo, más pagado del brillo de la novedad que del positivo mérito. Lie es el Pereda noruego, y sus obras, a causa del mismo vigor con que están adheridas al suelo del país por el que han sido inspiradas y para el que han sido escritas, se despegan de él difícilmente y no pueden remontar muy alto vuelo. Hay, sin embargo, una diferencia entre Pereda y Lie: este, ya que no disfrute de gran nombre literario en Europa, es leído, comprendido y admirado en todos los países escandinavos; en tanto que Pereda es considerado poco más que como un novelista regional en nuestra nación.
La mayor parte de las novelas de Lie son series de cuadros con unidad novelesca, en las que se describe la vida noruega observada desde diversos puntos de vista. Thomas Ross, Adam Schrader, Ruttland, Maissa Jons, Lodsen og lians hustru (Lodsen y su mujer), Onde magter (Fuerzas maléficas), Livsslaven (Esclavo de la vida), no son más que cuadros de la vida en los que va desfilando toda la sociedad noruega, desde las clases llamadas directoras, hasta el proletariado.
Jonas Lie es el tipo de esos literatos ejemplares que, sin pretensiones de renovar ni el arte ni las ideas, aceptan una forma que se ajuste a un modo de ver personal, y se aplican a dar cuerpo a la sociedad en que viven. Si alguna vez se aparta de su época, no es para profetizar ni para adelantarse a los acontecimientos: es para dar algunos pasos ateos y lamentarse de las cosas buenas que se fueron. Examinando uno a uno sus libros, ninguno nos hará pensar que su autor es un genio extraordinario; pero vista la obra en conjunto, hay en ella materiales para conocer plenamente la vida noruega durante un siglo, y quien tal hace tiene derecho a que se le considere como una figura literaria de primer orden y méritos para ocupar en el porvenir un puesto más alto que el que ocupan muchos meteoros del arte que en Noruega, y en otros países que no son Noruega, deslumbran durante algún tiempo con el brillo de una originalidad enfermiza, y desaparecen luego dejando tras de sí una obra oscura e inútil.

Bjornson, más una creación nacional que un creador, ha descubierto, a juicio de Ganivet, el carácter de Noruega. Encierra en su compleja personalidad literaria "todo lo bueno y todo lo malo de su país": Como político y como escritor, Björnson es un romántico, y si con alguien se le puede comparar es con Víctor Hugo, aunque el noruego es un Víctor Hugo de segundo orden. La idea principal de Björnson fue constantemente convertir a su país en un factor importante de la cultura europea; de aquí sus trabajos múltiples, encaminados a crear en su país una cultura a la moderna. Desde sus comienzos aparece Björnson con este carácter, cultivando simultáneamente la novela, la poesía lírica y los diversos géneros dramáticos, y dando casi siempre más importancia que a las obras a la misión social que él les asigna.
No es fácil dar a conocer en un artículo a una personalidad tan compleja y a ratos abigarrada como la de Björnson, el cual es como un compendio de todo lo bueno y de todo lo malo de su país. Así como Ibsen ha sido impuesto a Noruega por Europa, Björnson es una creación nacional; para mayor fortuna, habiendo nacido en el país de los osos, su fortaleza es la de un oso, y se llama oso por dos veces, pues el nombre Björnstjerne Björnson significa «Constelación de la osa mayor, Hijo del oso». En otro país hubieran dicho que un hombre que así se llamara estaba destinado a hacer el oso durante toda su vida, pero en Noruega son más serios, y ven en el nombre un simbolismo, la marca territorial de este innovador multiforme. Por esto Björnson no habla casi nunca en nombre propio; habla en representación del pueblo noruego, sin el cual se quedaría como un pez fuera del agua. «Yo quiero -ha dicho- vivir siempre en Noruega, aporrear y ser aporreado en Noruega, cantar en Noruega y morir en Noruega».

Dentro de la corriente decadentista, censurada por Ganivet en vista de su cosmopolitismo falso, le parece Knut Hamsun en "evolución constante", un "hombre de ideas frescas". No obstante, aunque aprueba el antipositivismo del decadentismo, tacha de afeminada, antiheroica, su incapacidad de lucha por nuevos ideales: Aún viven los hombres del renacimiento noruego Ibsen, Lie, Björnson, Kielland y otros astros menores, y la tendencia dominante es, sin embargo, la decadentista. Lo lógico hubiera sido dejar que se agotara el período noruego; callarse durante unos cuantos años y esperar un renuevo genuinamente nacional; mas si en el Norte la germinación de las propias ideas es lenta, la actividad exterior es muy viva. El cosmopolitismo es tan radical que quiere acapararlo todo, sin distinguir lo bueno de lo malo, ni si lo malo o bueno concuerda o no concuerda con el carácter del país.
Hamsun es el más fecundo y original entre los escritores nuevos. No es posible determinar bien cuál será la personalidad definitiva de un escritor que, como Hamsun, está en evolución constante y escribe al año una o dos obras. También en el teatro ha hecho asomadas y su último libro Aftenröde está escrito en forma dramática. Un crítico amigo de Hamsun, Christiensen, le ha definido diciendo que es un escritor que posee admirablemente el arte de la conversación y que quiere ser poeta. Mas, a pesar de que su talento psicológico es poco profundo y sus ideas muy volubles, tiene una cualidad de gran valor, la que le ha granjeado el título de Dostoiewski noruego, la de conocer la miseria humana. Hamsun ha sido marino, obrero, emigrante y cowboy en los Estados Unidos y, en suma, se ha ido formando él solo, a fuerza de rodar por el mundo y es quizá, por la misma independencia de su cultura estética, el escritor joven de quien puede esperar más su país.
En lo tocante a su significación, como uno de los cabezas del decadentismo, ya he dicho que no hallo esta tendencia bien encaminada. Hay en el decadentismo un lado bueno, el de ser una protesta contra el positivismo dominante; pero esta protesta hay dos modos de formularla; quejándose como mujeres, que es lo que hacen los decadentistas, o luchando como hombres para afirmar nuevos ideales. El decadentismo es cansancio, es duda, es tristeza, y lo que hace falta es fuerza, resolución y fe en algo, aunque sea en nuestro instinto; que, cuando nos impulsa, a alguna parte nos llevará.

En Noruega el decadentismo ha suscitado una reacción religiosa en las obras de Arne Garborg, con un espíritu muy afín al de Ganivet, que cree descubrir en él una crítica profunda de toda la cultura moderna, expresada en novelas de ideas y en poesía alegórica.
Localista, Ganivet aplaude a Garborg por haber hecho una lengua literaria de su "lengua natural", el dialecto noruego del maal: Arne Garborg representa en Noruega la reacción religiosa que ha sucedido a la decadencia o decadentismo, provocado por las exageraciones de la escuela naturalista ; y su significación no es aislada, puramente personal, puesto que en todas las literaturas se registra el mismo fenómeno, bien que con caracteres diferentes. El tolstoysmo en Rusia es esta misma reacción, que ha buscado su asiento en el cristianismo primitivo, transformándose en socialismo o comunismo evangélico. En Francia son muchos los novelistas que, por convicción o dilletantismo, vuelven los ojos a la religión, entre otros Rod, Huyssman y Bourget (este, principalmente, a partir de su Cosmopolis). En Dinamarca no ha mucho que el jefe de los decadentes o neorrománticos, Jörgensen, se convirtió al catolicismo, publicando, inspirado por sus nuevas creencias, libros tan notables como Beuron (descripción de este convento de benedictinos) y Den yderste Dag (El día del Juicio). En Noruega todas estas fases están personificadas en Garborg, de quien ha dicho Björnson que es un hombre cuyas creencias han viajado con billete circular. Comenzó por pietista; creyente fanático, se declaró más tarde librepensador, cayó luego en el escepticismo; regresó contento al hogar cristiano y aun anduvo cerca de la religión dogmática; y, últimamente, ha defendido las excelencias del tolstoysmo.
Pero lo interesante no son las metamorfosis religiosas de Garborg, sino que cada una de ellas ha dado pie para alguna obra de importancia.
La novela moderna exige, ante todo, la verdad artística, y la verdad exige que se haga hablar a los personajes en la lengua en que hablan realmente. Habrá, sin duda, un interés político en que disminuya el número de las lenguas, las cuales son la causa constante de antagonismos y dificultad grave para donde se hablan diversas lenguas o dialectos. Y tanto es así, que no hay nación donde no exista una «cuestión de lenguas», forma embozada en que salen a la luz divergencias más profundas. Pero si políticamente están los hombres interesados en servirse de un solo idioma, ya que no en todo el mundo, en grandes demarcaciones, artísticamente tienen un interés no menor en hablar en su lengua natural.
Quien quiera que conozca los malos ratos que se pasan para expresar una idea miserable en la lengua que más a fondo se domina, no ha de ser tan desalmado que critique a quien escribe en el idioma o dialecto en que piensa, so pretexto de que no es lengua regular u oficial. Allí donde haya una docena de hombres que se expresen naturalmente en una forma de lenguaje, allí hay un verdadero idioma y si uno de esos hombres es artista debe escribir en este idioma suyo y no en ningún otro; que el arte tiene sus fueros y ha de buscar la mayor perfección posible, sin tener en cuenta consideraciones ajenas a su misión. Por esto, aunque la tentativa de Garborg ha dado lugar a vivas controversias, su triunfo es ya indiscutible, porque un hombre resuelto que tiene de su parte la razón, se impone siempre. Garborg ha tenido imitadores y hoy cuenta ya una literatura en «nuevo noruego» o maal, periódicos e imprentas y aun cátedra para la enseñanza científica del dialecto. De esta suerte, si como hombre de ideas puede imputársele a Garborg la introducción de algunas tendencias exóticas en la literatura noruega, como escritor tiene el mérito de haber creado una lengua literaria y de haber dado con ella un carácter más nacional al renacimiento iniciado por sus predecesores.

Asimismo, elogia a Wilhelm Krag como "versificador que va camino de ser un gran poeta". El versificador asombra con sus sonoridades externas, pero llega a cansar, lo mismo que el poeta que apenas interesa al principio para seducir al lector después. Krag hace una poesía decadentista para Ganivet "templada y casi inofensiva", capaz de expresar un estado espiritual con musicalidad rimada: Se sabrá quién es Krag en cuanto anuncie que es un gran versificador que va camino de ser un gran poeta y que es ya el mayor entre los noruegos. Era casi una criatura en 1891 cuando publicó en el periódico Samtiden un poema breve titulado Fandango, que de golpe y porrazo le dio la fama de que goza y que continúa siendo su obra maestra. Krag fue en Noruega lo que Salvador Rueda en España; sólo que Krag ha cumplido casi todo lo que prometía. Yo no conozco en lengua noruega nada tan perfecto como Fandango. Las poesías de Björnson son más fuertes y sanas; las de Bortker, en las que hay mucho de Heine, son más delicadas, y las de Vogt revelan más independencia de temperamento; en ninguno de estos poetas anteriores a Krag había hecho asomadas el decadentismo, que con él se inicia aunque en forma templada y así inofensiva, por ser Krag refractario a los refinamientos sensualistas que dan tono a la secta; pero Krag les supera a todos por la maestría suma con que expresa su «estado de espíritu» en rimas musicales.

Pero de todos ellos descuella su opinión de Henrik Ibsen, "personificación" de la literatura noruega. Sin tocar su kierkegaardismo, Ganivet le compara con Nietzsche por su defensa acalorada del individuo frente a la sociedad. Pero lejos de ensalzar su pasión por el heroísmo, le critica por la inmoderación de su individualismo, que le lleva a "las mayores exageraciones autoritarias". Ganivet divide a sus figuras masculinas en dos tipos, los "imbéciles", que acentúan por contraste la superioridad de los personajes femeninos, y los solitarios luchadores con la sociedad: Siendo el tipo favorito de Ibsen el hombre justo y fuerte que lucha contra la sociedad, ha tenido que presentar al lado de Rosmer y de Stockmann las desviaciones del tipo: Borkmann, que, llevado de su excesiva ambición, se hunde sin conseguir su intento, mientras su hijo Erhart, en quien cifraba su orgullo, se divierte alegremente con la señora Wilson. El egoísmo del hijo sobrepuja al del padre. En Lille Eyolf, el niño Eyolf muere ahogado, y su muerte es como un castigo del proceder egoísta de sus padres. Hay, por último, en esta serie de personalidades que aspiran a saltar por encima de la moral, de la ley o de la voluntad social, una muy interesante: la protagonista de Hedda Gabler, la obra maestra de Ibsen, a mi juicio. Hedda Gabler es lo que llamaba el novelista alemán Spielhagen una «naturaleza problemática», un problema sin solución, o sea una mujer que carece de condiciones para adaptarse al medio social; no es tan vulgar que se acomode a la vida rutinaria, ni su espíritu es tan elevado que se sobreponga a las rutinas; no es tan buena que se conforme con vivir modesta y honradamente, ni se atreve a ser mala por miedo al qué dirán: el autor la coloca entre un hombre de extraordinario mérito, Ejlert Loevborg, a quien Hedda no es capaz de comprender, y un pedantesco profesor, Joergen Tesman, con quien se casa sin estimarle. Y entre los rasgos contradictorios de figura tan anómala, el que la embellece y la hace simpática es el amor a lo bello, el amor a una muerte bella. Se dirá que su falta de condiciones para la existencia se traduce en la idea singular de suicidarse en una reunión de familia, después de tocar un vals en el piano.
Como Mariana es, en mi sentir, la mejor obra de Echegaray y más duradera, Hedda Gabler es la mejor obra de Ibsen. Porque en el teatro lo bueno y lo que dura es lo psicológico. Las cuestiones sociales pasan, y las que hoy nos enardecen, mañana nos hacen bostezar. Y en el teatro de Ibsen, aparte otros defectos menores, como la afectación y cierta fraseología bíblica, que a ratos deslucen la naturalidad del diálogo, el punto flaco es la importancia excesiva que se da a los «problemas sociales». Sobre esto, y con referencia a Dumas, ha escrito el crítico inglés Archer una frase muy gráfica, que ahora recuerdo y cito para terminar: «Las obras que se proponen corregir abusos o reformar instituciones sociales pierden su virtud tanto más pronto cuanto más inmediato es el efecto que producen. Si no tienen otro principio de vitalidad más vigoroso, se hunden bien pronto en el olvido, como balas de cañón que mueren en la misma brecha que abrieron».


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Ganivet - CARTAS FINLANDESAS

Nicolás María López en el prólogo a las Cartas finlandesas, escribe:
«Cuando nuestro paisano y amigo Ángel Ganivet fue ascendido en la carrera consular á que pertenece y destinado á prestar sus servicios en Helsingfors, capital del antiguo ducado de Finlandia, cerca del Polo Norte y en el propio país de los lapones, sus amigos, á quienes tenía ya acostumbrados á la instructiva é interesante información de sus viajes con la publicación de Granada la bella y otros artículos y cartas particulares, sentimos viva curiosidad de conocer las costumbres y la vida de aquel remoto país.
Comprendió nuestro Cónsul que, de contestar á todas y cada una de las cartas en que le asaeteábamos á preguntas, hubiera necesitado establecer un negociado especial para sus curiosos amigos, y repetir muchas veces las impresiones que iba recibiendo en aquellas tierras: así es que tuvo la feliz idea de escribirnos á todos juntos desde las columnas de El Defensor; y como era á principios de curso, abrió cátedra de cosas de Finlandia, para exponernos lo que se le fuera ocurriendo.
Este es el origen de las Cartas finlandesas; y como Ganivet no es hombre de proyectos, sino de realidades, desde que me anunció la idea hasta la aparición de la primera carta, no transcurrió más que el tiempo preciso para que ésta se recibiera y se publicara.
Fueron saliendo todas las demás con algunos intervalos, nunca debidos á la pereza del corresponsal, sino á las tardanzas del correo ó á las exigencias de la confección del periódico, y nos fuimos recreando con la sabrosa amenidad, nítido estilo, originalísimas observaciones y substanciosos argumentos de estas Cartas.
Cada día que se publicaba una, nos preguntábamos: «¿Han leído ustedes la carta de Ganivet?» Y comentábamos las curiosidades que nos contaba el desterrado de Finlandia. Así se fué aumentando el círculo de los lectores, y acabóse por “esperar la Carta finlandesa como el santo advenimiento, despertándose el deseo de guardarlas, como había ocurrido con los artículos de Granada la bella. Y como con éstos tuvo su autor la singular bondad de reunirlos y hacer una preciosa edición privada para regalo de sus amigos, á éstos, en justa correspondencia, se les ha ocurrido editar las Cartas finlandesas para regalárselas al autor, y también por el egoísmo de conservarlas juntas, sin la molestia y dificultad de una colección de periódicos.
Aparte de que si las cartas se escribieron para los amigos, nada más natural que éstos las editen y saquen del in pace del olvido, dando á conocer un trabajo que es, sin duda, de los mejores —al menos para mi gusto— de los que han salido hasta ahora de la pluma de nuestro paisano.
No voy á hacer aquí de Maese Pedro, anunciando la traza y mérito de los cuadros que el lector ha de ver á continuación; pero bueno es hacer constar, prescindiendo de todo afecto ó estimación á la persona del autor, que las Cartas finlandesas merecen el honor que se les dispensa, pues constituyen una obra interesantísima, reveladora de un espíritu de observación profundo, de vigorosa erudición y cultura de altos vuelos.
Con estilo sencillísimo, matizado de gracejos é ironías de gusto delicado, en los que se ve asomar la cara al ingenio granadino, á través de la ilustración cosmopolita que ha ido atesorando el autor, expone éste, con ingenioso desorden y encantadora amenidad, una serie de estudios acerca de las costumbres, ideas, literatura, curiosidades y manera de ser de las razas que habitan la pintoresca Península finlandesa, formando el trabajo más completo que acerca de este país se ha escrito, no ya en España, donde apenas de nombre es conocido, sino en Europa entera.
Su forma tampoco tiene parecido con obras análogas: no son crónicas de viaje, cuajadas de descripciones y puntos de vista cogidos al vuelo, y no porque el autor carezca de aptitud descriptiva, como pretende demostrar graciosamente en una de las cartas, sino porque rehúye lo superficial y pintoresco para penetrar mejor en lo íntimo y verdaderamente característico; mucho menos es una obra de información geográfica, histórica, política ni artística, construida con postes y tarugos de todas estas ciencias, á manera de guía, como hay tantos libros que, aunque útiles, sólo dan idea del mecanismo y de la cultura exterior de un pueblo, despreciando ó no parando mientes en el detalle insignificante, en el pormenor que pasa inadvertido, en el rasgo curioso y típico, donde muchas veces, por raro azar, se encuentra depositado el espíritu y la clave de toda una civilización, como en los remansos y filtraciones de un río se hallan las aguas más puras y cristalinas; ni son estas Cartas imaginaciones puramente literarias, apuntes de tourista, ligeros, vagos, puramente subjetivos. Son confidencias en que un entendimiento extremadamente lúcido va razonando sobre lo que ve, comparando y deduciendo unas veces; investigando, informando ó reconstruyendo, otras, y todo esto sin esfuerzo, con aparente indiferencia.
Las Cartas finlandesas tienen, desde el primer momento, el tono confidencial de verdaderas cartas amistosas, animadas, nutridas é ingenuas: el «cosmopolitismo de los granadinos» queda demostrado en la primera, con la graciosa escena del sombrerero en el Grao de Valencia, y en seguida el autor expone sus propósitos con gran desenfado y naturalidad, declarando, para que los amigos no tengan que agradecerle su trabajo, que, siendo agente de España en el extranjero, se cree obligado á escribirle á sus paisanos, como lo hicieron los agentes políticos de las Repúblicas italianas, que eran los periodistas y corresponsales de aquella época; expresando su pensamiento con estas palabras: «No trato de hacer un estudio científico; voy sencillamente á exponer las ideas que se le ocurren á un español que por casualidad habita en Finlandia.
Estas ideas brotan en seguida en raudal abundante y cristalino. Y la variedad de pensamientos, el desorden armónico, la amenidad profunda y discretísima, son, como en su primera obra Granada la bella, el atractivo poderoso de estas Cartas, y lo que hace que se lean de un tirón.
Algunos creen que estas cualidades de naturalidad y facilidad en un escritor son dotes que Dios concede á algunos, como el tener buenos ojos ó buena voz, y que el escribir no le cuesta al dichoso mortal que las posee más trabajo que coger la pluma para ir dejando caer toda suerte de primores y agudezas. No negaré yo la facilidad que algunos tienen de escribir, que es lo que se llama habilidad en toda operación inteligente; mas para producir lo que se llama una obra artística, que tenga valor estético, se necesita un esfuerzo serio y profundo. No sé hasta qué punto Ganivet poseerá aquella facilidad ó habilidad, pues no le he sorprendido, nunca en momentos de producción literaria: la única creación intelectual que hizo á mi vista fue un soneto, y en aquello tuvo que sudar el quilo; lo que sí afirmo es que las Cartas finlandesas no son una obra ligera, aunque lo aparenten, y no se producirían jugando ó como quien escribe á su familia, sino con concentraciones y reflectores de la inteligencia y de la voluntad; en aquella suavidad del discurso, que parece que va di- vagando á su capricho, sin rienda ni dirección; en las transiciones, episodios, notas y observaciones múltiples, que fluyen como al azar, en plática confidencial, no ha de ver el lector de las Cartas un acierto casual, sino un arte delicado y sutil, el supremo arte de la amenidad, la «difícil facilidad,» que dijo Boileau, creo que el primero; amenidad que, si es siempre deleitosa, es punto subido en asuntos graves y complicados.
Sólo poseyéndola se comprende que cuestiones tan arduas como la etnografía de Europa, y especialmente de Escandinavia y de Finlandia; las teorías acerca de la constitución de las nacionalidades europeas; la organización política moderna, y en especial de Finlandia; la representación, el parlamentarismo, el cesarismo, etc., etc., sean servidos en las primeras Cartas de tal modo que trague uno sin sentir, como en píldoras, una dosis científica que quizás no tendrían tratados voluminosos y macizos.
En la Carta IV habla, especialmente de política, manifestándose partidario de la evolución por la influencia de las ideas, y de la representación por clases; la forma de Gobierno le tiene sin cuidado, dando á entender que el Monarca más absoluto puede ser el apto para hacer la felicidad de su país si tiene capacidad y buen deseo; del parlamentarismo habla con fina crítica, y no deja de tener gracia su teoría acerca del sufragio. «Yo —dice— soy ardiente partidario del sufragio universal, con una limitación: la de que no vote nadie.» Y trata de explicar la paradoja de este modo: «Yo salgo á la calle con cinco duros en el bolsillo y vuelvo á casa sin haber gastado un céntimo, y vuelvo alegre, porque he ido por todas partes con la seguridad que da el llevar cinco duros para lo que pueda ocurrir; en cambio, salgo sin un cuarto y vuelvo de mal humor, porque se me ha antojado comprar todo lo que he ido viendo y he temido verme en un compromiso, que me obligara á declarar mi precaria situación.»
Son muy curiosas sus observaciones psicológicas sobre el uso de nombres y apellidos, deduciendo de ellas el carácter de los pueblos (Carta V). El fondo del carácter finlandés es estudiado con gran profundidad en medio de aparente ligereza en la Carta VI, una de las más substanciosas, que es complemento de la anterior.
Sus noticias acerca de la mujer finlandesa fueron de las que más sorprendieron y se comentaron en Granada cuando se publicó uno de los artículos de Granada la bella. Hubo quien después, con la de las Cartas VIII y IX, creyó que aquello era sólo una broma de nuestro paisano, y a la mayor parte no les cabía en la cabeza que señoritas decentes, en Finlandia ni en ninguna parte, hicieran la vida que él nos describía; sin embargo, ésta precisamente es una de sus cartas más serias: habla con formalidad, y particularmente ha confirmado cuanto en ella dice; es menester tener en cuenta la enorme distancia á que nos encontramos de aquel país, en el mapa y en las costumbres, para no sorprenderse de algunas de éstas, que, después de todo, son lógicas, dado el clima y las ideas dominantes.
Muy interesante es la exposición y comentario de las ideas de los finlandeses acerca de España, así como el extracto que hace del libro de impresiones de viaje del pintor sueco Lundgren, desconocido en España, que ha proporcionado al distinguido bibliógrafo D. Elías Pelayo una nota más que añadir á su nutrido estudio acerca de Sierra Nevada.
En la Carta XII, Vistas, paisajes y cuadros pintorescos finlandeses, á pesar de decir que es incapaz de describir, hace sentir, casi ver, la impresión exacta de la vida en aquel país helado. «Finlandia es triste; pero su tristeza engaña al hombre y le hace creer que vive contento. El período de las nieves es propicio para soñar aletargado, como reptil que hace su laboriosa digestión; y al salir del letargo, se cae en la embriaguez de los días interminables, en que el sol apenas se ausenta, en que desde el lecho, por las ventanas de par en par, ve uno desvanecerse las luces del crepúsculo vespertino cuando surgen por Oriente las de la aurora. Entre el letargo y la borrachera corre veloz el tiempo y vive uno feliz: sólo turba esta tranquilidad la idea vaga de una vida más enérgica. La gente del país tiene acaso el presentimiento de esa vida; pero el meridional tiene fijo el recuerdo que á veces asalta violentísimo y produce la incurable nostalgia.»
La entrada de la primavera, la llegada de los vendedores ambulantes, de los organilleros, que por lo visto hacen allí el mismo papel que entre nosotros las golondrinas, dan á este cuadro una pincelada de ingenua poesía.
Las costumbres estudiantiles (XIII) el alquiler de las casas (XIV) y la estructura de éstas (XV) y la vida doméstica, el arte culinario (XVI), el sistema monetario, los espectáculos teatrales (XIX), las fiestas populares (XVII) el regocijado estudio sobre los borrachos (XVIII), todo, en suma, lo que es curioso, importante ó notable (no en el sentido de admirable, sino digno de ser notado), es contado por el autor con la misma amenidad y abundancia de ideas, cuyo vigor intelectual no decae un momento; hasta la última (XXII), dedicada á decirnos cómo mueren los finlandeses; siendo la XX la más larga de todas, consagrada al estudio del poema épico finlandés, el Kalevala, un estudio de crítica literaria de tanta novedad como importancia.
A este suculento guisado hay que añadir las especias de esa fina ironía que dije antes; ironía profunda, de la que por acá no encontraríamos parecido, á no ir demasiado lejos, tal vez al humorismo inglés. En las notas agridulces de humorismo transcendental del clásico Viaje sentimental por Francia, de Sterne, ó en la finísima sátira con que se ha ocupado de Inglaterra en su libro John Bull, nuestro vecino el notable escritor portugués Ramalho Ortigao, quizás encontraríamos rasgos parecidos á aquéllos con que Ganivet sazona sus Cartas finlandesas.
Del estilo no hay que hablar, pues basta leer unos cuantos párrafos para quedar prendado de la sencillez y facilidad con que el autor avanza por los asuntos más complicados, sorteando todas las dificultades sin artificios retóricos, con ingenuidad que tiene algo de infantil».



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